Portada del relato La Bruma Sobre Carthago
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Fragmento:


No volvió la cabeza. Lo había jurado. El hombre que mira atrás en Carthago nunca regresa. Así decían las madres de la ciudad baja. Así rezaba la inscripción cincelada en la puerta oeste, aunque nadie se atrevía a entrar desde el tercer ocaso.

Duración: 08:34

La Bruma Sobre Carthago
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Texto de ajuste de pausa.

El camino era apenas una herida en el crepúsculo, un sendero de tierra polvorienta donde el pasado y el futuro serpenteaban entre lirios secos y piedras pulidas siglos atrás por sandalias de soldados y sandalias de mendigos. Nadie viajaba por allí al caer la noche. Todos conocían las historias: en cuanto el sol se sumergía detrás de las dunas, los espíritus de la vieja Carthago despertaban, vestiduras traslúcidas, ojos de nácar, y caminaban entre los viñedos como dueños de la tierra que sus descendientes apenas recordaban.

Pero Zeth Ailion, hijo de ninguna familia, caminaba por el camino aquel crepúsculo. No había raza en sus venas que se recordara con orgullo, ni clan que reclamara su sombra; solo un nombre y una misión casi imposible, otorgada por la Hermandad de la Medianoche, aquéllos que guardaban los secretos del Reino Vuelto Cenizas.

En sus hombros pesaba un manto negro, raído, hilado con runas de cobre y plata. Unas botas altas mordían su pierna derecha; la izquierda iba envuelta en vendajes oscuros, igual que la pierna de un hombre recién arrancado de una tumba. En una mano, el bastón-cometa, tallado en ébano y decorado con la espiral de Sumall, el símbolo prohibido desde las Guerras del Segundo Crepúsculo. Su otra mano, la derecha, parecía carbonizada, y apenas era capaz de sostener el amuleto: un fragmento de vidrio etergranate, palpitando con un pulso lento y enfermizo.

La noche cayó abruptamente, y la bruma, densa y color pizarra, rodó sobre el camino como un hechizo. La atmósfera vibró con las voces de los que ya no tenían lengua—las Infinitas, los susurros de las almas que jamás cruzaron el umbral de la paz. Zeth escuchó las antiguas palabras dispersas entre las hojas de los olivos: “Nosotros éramos vosotros... Vosotros seréis nosotros...”

No volvió la cabeza. Lo había jurado. El hombre que mira atrás en Carthago nunca regresa. Así decían las madres de la ciudad baja. Así rezaba la inscripción cincelada en la puerta oeste, aunque nadie se atrevía a entrar desde el tercer ocaso.

“¿Sabes el precio del fracaso, joven hermano?”

La voz de la Hermana Malicia, su mentora, sonaba aún en la memoria de Zeth.

“Sí”, respondió, y el viento apartó su respuesta como la brisa aparta cenizas.

Y fue entonces cuando los vió: los centinelas de la bruma, con armaduras de escamas plateadas y ojos vacíos, avanzando hacia él sin relinchar, porque hace siglos que no existían caballos en Carthago. Su paso era el de guerreros que olvidaron la batalla y la carne, pero aún recordaban el juramento.

—El portador ha llegado —dijo uno, trasluciéndose parcialmente en el aire como si nadara en agua estancada.

Zeth se detuvo. El bastón-cometa latía en su mano, el etergranate centelleando con un tinte azulado. Sabía lo que debía hacer: recordar su propia mortalidad, recitar el Verso del Umbral.

—Por las Aguas que No Corren—susurró, pulsando la energía ancestral tanto como se atrevía—, por el Polvo que No Descansa. Yo, cuya sombra se disipa en la bruma, pido acceso a la Ciudad Silente.

Los centinelas evaluaron al forastero con ojos vacíos de deseo, pero llenos de propósito. Retrocedieron como si el suelo mismo los repeliera. La bruma se abrió delante de él, como una cortina de seda rasgada, y el camino se transformó en escalinatas resquebrajadas que subían entre ruinas que aún conservaban mosaicos de oro y esmeralda.

Zeth ascendió, notando el escalofrío por la espalda. El anillo de etergranate palpitaba cada vez más rápido; la ciudad parecía respirar—aunque fuera una respiración avejentada por siglos y plagada de venenos de guerra. Carthago era un cementerio bajo los primeros astros, pero más viva que cualquier otro lugar que Zeth hubiera pisado.

Cuando alcanzó la cima de la colina, las puertas de la Acrópolis se abrieron sin tocarse. Un torbellino de figuras danzantes afiló el aire: los Antiguos, altos, envueltos en capas de luz ámbar, sus cuerpos apenas sostenidos por el recuerdo de huesos.

—Sabemos tu propósito, joven nacido entre nombres rotos —anunció la Dama del Alba, la más anciana—. Buscas el Reloj Celeste, la máquina cuyo tic-tac une los días de los vivos con los susurros de los muertos.

Zeth asintió. Como todo iniciado, su miedo estaba consagrado. Solo el deber lo sostenía, aunque la voz le flaqueara.

—La Hermandad me envía. Si la máquina no se reactiva antes de la Medianoche Azul, las líneas de poder se resquebrajarán. El Velo caerá sobre el mundo.

La Dama del Alba ladeó su rostro iridiscente, y con un gesto, la ciudad misma pareció contener el aliento.

—¿Sabrías pagar el precio, forastero? —inquiriò ella, su voz reverberando en las piedras mohosas.

—Nadie viene a Carthago esperando regresar —contestó Zeth.

Las figuras olvidadas abrieron el corredor de las Columnas Susurrantes. Zeth pasó entre ellas, y los ecos de mil lenguas antiguas rozaron su piel, recordándole los nombres de los que una vez caminaron en carne y deseo, y ahora solo existían entre los latidos ralentizados del etergranate.

El corredor conducía al corazón de la ciudad: la Cámara de Relojería, donde el tiempo descansaba en un lecho de engranajes polvorientos y péndulos corroídos por la sal y la magia. Allí, flotando sobre un pedestal de obsidiana, el Reloj Celeste giraba, pausadamente, inmóvil en su movimiento. Los Rubíes del Mediodía y el Zafiro del Amanecer custodiaban su esfera casi transparente.

Zeth se arrodilló. La ceremonia requería una gota de sangre, y dejó que los vendajes de su pierna izquierda resbalaran; el rojo oscuro empapó el aire, dibujando espirales en dirección al reloj. Cantó el Himno de los Rotos, un salmo que aprendió durante el segundo invierno en los sótanos de la Hermandad, entre ratas y el eco de látigos:

—Por las Emperatrices caídas.

—Por los hijos que no regresan.

—Por los nombres que se han dispersado en las estrellas.

Un engranaje oculto giró. El péndulo tembló. El etergranate de su amuleto ardió con un estallido de luz azul, iluminando las grietas del suelo y los zarcillos de enredaderas secas que cubrían las columnas. Los espíritus de la Cámara retrocedieron, temerosos del poder ancestral.

Pero nada tan sagrado ocurre sin oposición.

La bruma tembló y, de entre las sombras, avanzó la Silueta de los Tiempos Perdidos, una criatura que parecía forjada de todas las derrotas de Carthago, su rostro un collage de rostros históricos, su espada de obsidiana tan larga como un hombre. Cada paso que daba robaba colores del aire.

—No eres digno —tronó, la voz como las puertas de una cripta—. El reloj exige sacrificio, no ritual.

Zeth, exhausto, alzó la frente.

—Yo tengo poco que ofrecer, salvo mi vida. Pero mi vida está aquí para cambiar el destino de todos los que vendrán.

El péndulo del reloj se detuvo. La silueta alzó la espada, y durante un latido, el tiempo mismo se congeló. Zeth sintió que el corazón le sangraba, que el canto de los muertos llenaba el aire denso. Recordó a la Hermana Malicia, su voz dulce entre las sombras; recordó el hambre y la furia, los días cuando robar era sobrevivir y la noche, apenas un refugio.

—¡Toma lo que queda —gritó, su voz retumbando en la cúpula—, pero deja que el mundo vuelva a girar!

El sacrificio fue aceptado. El amuleto estalló, esquirlas de etergranate se incrustaron en la piel ya ennegrecida de su mano. Sufrió: el dolor era la llave de la transición. La Silueta se disipó en la bruma, aullando nombres que ningún mortal entendía.

Y el Reloj Celeste reinició su tac-tac, primero quedo, luego crescendo, hasta inundar la cámara con un pulso de energía que expulsó a todos los muertos, arrancando de las paredes retazos de historia y de olvido.

Zeth cayó, exhausto, las lágrimas surcando sus mejillas sucias. Sabía que no abandonaría Carthago. La Hermandad tuvo su sacrificio; el Velo permanecería erguido entre los mundos otro ciclo.

“Nosotros éramos vosotros. Vosotros seréis nosotros”. Susurraron ahora, cálidos, los espíritus al rodearle. El cuerpo de Zeth parecía enraizarse en la piedra, fusionándose con el mármol gastado del suelo, sus cabellos convertidos en filamentos de plata oxidada.

Al amanecer, la bruma se disipó. La ciudad brilló, joven y antigua a la vez. Y en el pedestal negro, el Reloj giraba, y la sombra de un hombre sin linaje se convirtió en guardián: en el primero, el último, el eterno.

Así fue sellado un nuevo capítulo en la leyenda de Carthago, donde el sacrificio teje el tiempo, y la bruma sólo se aparta cuando alguien sin nombre logra recordar el precio de la eternidad.

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