El eco estridente de las campanas de Saint Mary retumbó bajo un cielo azufroso, y la ciudad de Londres se plegó al misterio de otra noche amenazada por la enfermedad. Corría el año 1349 y la peste, ineludible como el destino que nadie escoge, devoraba calles, mercados y hasta las casas de los aristócratas que habían huido creyéndose inmunes al dolor del vulgo. En el corazón de la vieja capital, muy cerca del río fuliginoso, se levantaba una de las pocas bibliotecas privadas que aún no había sucumbido al pillaje ni al fuego: la del Maestro Aldous Grey.
Maestro Grey, apodado por algunos “el mago” —aunque él detestaba las etiquetas, como cualquier verdadero estudioso del saber arcano—, vivía rodeado de papel, polvo y manuscritos atesorados a costa de años de sobornos y favores. Era el tipo de hombre que inspiraba temor y respeto, pues las gentes sencillas creían que nadie podía amasar libros tan antiguos sin pactos con fuerzas innombrables, o como mínimo un filón de mala suerte dispuesto a desbordarse. Había algo de verdad en el rumor, porque Aldous nunca había sido visto fuera de su biblioteca, salvo para recoger los paquetes clandestinos que le suministraba la única persona capaz de moverse por la ciudad con impunidad: Elenna Blacke.
Elenna era hija bastarda de un médico sajón y una prostituta normanda. Su cabello, negro como la pez, caía en cortinas desordenadas que velaban su rostro anguloso; una máscara ante la curiosidad de los curiosos. A nadie le extrañaba su presencia alrededor del templo del saber de Grey, aunque pocos se atrevían a cruzar palabra con ella. Había algo en la forma en que observaba el mundo, una mezcla de astucia y cansancio, que desanimaba a los atrevidos.
Aquella noche, Elenna llegó cargada con un fardo pesado, envuelto en varios paños de lino teñidos de un azul desvaído. Recorrió el jardín en ruinas, esquivando las manchas de hierba ennegrecida por el paso de la plaga, hasta alcanzar la puerta posterior. Los nudillos llamaron de una forma convenida: tres golpes y un rasguido largo, susurro convertido en contraseña.
Aldous le abrió con premura. La luz de las velas tejía sombras inquietantes sobre su túnica raída. Apenas un saludo: un ademán brusco y la invitación a entrar.
—¿Lo tienes? —preguntó, el tono ronco y expectante.
En silencio, Elenna depositó el bulto sobre la mesa principal, apartando pergaminos y retazos de pergamino marginados por la urgencia de la llamita que ardía en sus pupilas. Mientras ella desenvolvía el paquete, Aldous se aferró al respaldo de la silla más próxima. Todo este ritual, repetido durante meses, jamás había cesado de parecerle sagrado y peligrosamente adictivo.
El códice era una joya robada —literalmente— de los sótanos de la abadía de Canterbury. Páginas iluminadas con una precisión inquietante, escritas en una mezcla indescifrable de latín vulgar y frases germánicas. Había símbolos que ni Elenna ni el mago reconocían por completo: triángulos entrelazados, dragones que parecían retorcerse a voluntad, letras condensadas en espirales diminutas, a veces en tinta roja, a veces en negro intenso.
Aldous hojeó el manuscrito, con reverencia de quien reconoce la obra de una vida. De pronto, se detuvo.
—Mira esto —le señaló a Elenna una ilustración: una mujer de cabellos trenzados, vestida con ropajes que parecían desmentir su tiempo, sostenía en las manos un espejo. Pero el reflejo no le devolvía la misma figura, sino el rostro de un hombre encapuchado—. Este es el pasaje que busco.
Elenna arriesgó un dedo para señalar la inscripción diminuta junto al dibujo.
—¿Qué dice? —preguntó.
Aldous pronunció las palabras en voz baja, como temiendo que un eco hostil pudiera escucharlas.
—“Quien cruce la cara del tiempo acaso no regrese con la propia”.
La intranquilidad fue palpable. El mago cerró el libro de golpe. Trepando entre legajos allí alrededor, extrajo una caja de madera de nogal con pequeñas cerraduras y metales abollados.
—Te traje lo que me pediste de la botica de Giles —anunció Elenna, sacando un paquetito arrugado de hierbas secas—. Pero… ¿qué es esa caja?
Los dedos de Aldous titubearon al abrirla, como temiendo liberar un demonio invisible.
—Un espejo de obsidiana. Según los escritos, la única vía para contemplar aquello que no es de este mundo… sin perder la razón, claro.
La peste, admitió Elenna entre dientes, no era ni de lejos lo más peligroso de Londres. Allí el miedo tenía tantas formas como reflejos podía atrapar un espejo.
Poco después, y tras vacilar con la liturgia del silencio que suele acompañar a cualquier acto prohibido, Aldous se dispuso a preparar el ritual descrito en el códice. La madrugada había descendido como un manto denso sobre la ciudad; el aire olía a muerte y a incienso viejo.
—Necesito tu ayuda —admitió el mago, observando a Elenna con una mezcla de pánico y esperanza—. Si me “pierdo”, debes destruir el espejo y todos mis escritos. Sin excepción.
La joven asintió, tragando saliva. Su valentía no era de las que aparecen en relatos de caballería; era de las que no tienen opción de elegir. Ayudó a Aldous a disponer el espejo sobre la mesa, encendió las velas de sebo con aceites que oscurecían la llama y, siguiendo el dictado del códice, colocó a su lado las hierbas misteriosas.
Aldous entonó el cántico: una letanía susurrante. La obsidiana empezó a oscurecer aún más, como si la noche misma fluyese dentro, dando vueltas sobre sí hasta borrar toda imagen. El reflejo de Aldous se distorsionó. La barba se estiró, los ojos se agrandaron, y de pronto, el rostro de la ilustración —el hombre encapuchado— lo observaba desde la otra orilla.
Elenna quedó petrificada. El mago, sin apartar la mirada, comenzó a murmurar palabras en el idioma del códice. El aire se tornó irrespirable. Se oyó un crujido, como de madera resecándose bajo un incendio invisible.
Hubo un latido —una pausa de todo, como si el mundo olvidara seguir girando— y luego un estallido.
Aldous cayó hacia atrás, rígido, la boca abierta en un grito sin sonido. El espejo chorreó una negrura líquida, absorbió la llama de las velas y casi toda la luz. Elenna, en un impulso más instintivo que razonado, arrojó la mezcla de hierbas al cristal. Un relámpago osciló entre el artefacto y el suelo, un temblor sordo cimbró la biblioteca.
Por un instante, vislumbró dentro del espejo algo imposible. La ciudad de Londres, pero no la Londres plomiza de su siecle, sino una metrópolis iluminada por faros sin fuego, carretas sin caballos, hombres y mujeres con ropajes ceñidos y destellos de colores imposibles. Todo girando, todo rugiendo como una sinfonía de tiempos entreverados.
El reflejo emitió un alarido. Elenna temió perder la cordura, pero se aferró a la única certeza humana: que la realidad solo es soportable cuando uno cierra los ojos a tiempo. Golpeó el espejo con la caja de nogal. El cristal de obsidiana se estrelló en mil fragmentos, y con él, la visión se disipó.
Aldous yacía en el suelo, semiconsciente. Temblaba como un niño febril. Sus ojos tardaron una eternidad en reencontrar el mundo, pero cuando lo hicieron, parecían los de otro hombre.
—El futuro… El futuro quiere devorarlo todo —balbuceó.
Elenna no preguntó. Todos los magos acaban entendiendo demasiado tarde que nadie puede soportar largas miradas al abismo de los tiempos. Lo ayudó a incorporarse. Sin música, sin gloria. Solo la terquedad de quienes no temen ensuciarse las manos por rescatar a un amigo.
Las calles junto a la casa bullían ya con rumores de nuevos muertos y fogatas purificadoras. El códice, cuidadosamente envuelto, fue sumido en una tinaja llena de sal, y los fragmentos del espejo, diseminados en el pozo trasero, allí donde la peste parecía preferir sus propias capas de silencio.
En los días siguientes, Aldous se recluyó aún más —por pura supervivencia y algo de instinto de conservación—. Elenna, mientras tanto, continuó sus quehaceres, visitando a enfermos, contrabandeando bienes de primera necesidad, y asegurándose de que nadie más intentara jugar con los reflejos del tiempo.
Pasaron semanas de incertidumbre, donde la frontera entre la superstición y el milagro se volvió casi irreconocible. En uno de esos atardeceres envueltos en niebla, Aldous llamó a Elenna desde una venta:
—Lo que has visto, lo que has hecho, quedará entre los dos. Pero sé esto: la historia rara vez nos recompensa por sobrevivirle.
Elenna sólo asintió, encogiéndose bajo las gruesas capas de harapos. Había aprendido, junto a libros peligrosos y magos temblorosos, que las peores pestes no siempre toman la forma de enfermedades, sino de preguntas cuyo eco nunca termina de apagarse.
Quizá algún día, pensó, alguien encontraría entre las piedras el vestigio de la biblioteca y el rumor de un espejo hecho añicos. Quizá entonces comprenderían que el verdadero peligro, en toda época, es mirar demasiado hondo en los pozos oscuros del tiempo… y creerse a salvo solo porque nada ha respondido de vuelta.
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