Portada del relato Las Voces del Cielo
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Fragmento:


Lyria, temblando, reparó en la profunda herida que se abría en la ciudad: madres llorando, sacerdotes que recitaban plegarias para proteger los tejados, niños tapados en sótanos. Observó a Hemeris, con su manto de lobo y el cabello trenzado, y se preguntó si era realmente humano.

Duración: 08:51

Las Voces del Cielo
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Texto de ajuste de pausa.

El día en que cayó la luz sobre Mardeth, los dioses no miraron. Así lo contaba el orador de la plaza, resonando sus palabras entre columnas quebradas y sombras largas. Sin embargo, en el Gran Archivo, oculta tras muros de piedra y centurias de polvo, reposaba la verdad: no todos eran ciegos ante la fatalidad; algunos la habían previsto, otros la habían montado a lomos de bestias de alas flameantes. "El Ocaso llega desde arriba", rezaba el códice de Hemeris, profeta ciego de sangre pura, cuyas palabras tejieron el destino de reinos y de hombres.

Aquella noche, Hemeris fue arrancado de su letargo por el presagio de alas que cortaban el viento. En la penumbra de su cámara, la sombra de los tapices temblaba como si guardara un secreto. A tientas, recorrió el camino de piedras hasta el ventanal sin vidrios, respirando el aroma de promesas rotas. No necesitaba ver el horizonte para saber que estaban allí: las bestias que traerían tanto esperanza como destrucción.

En la plaza, alguien gritó. Los guardianes corrieron, pero no encontraron otra cosa que plumas ensangrentadas arrastradas por el viento y el eco de un canto ululante. El poder de los profetas no era entender, sino anunciar; y, quizás, padecer antes que los demás.

Hemeris, nacido sin luz pero con la percepción afilada por los dioses, había previsto aquella noche desde hacía décadas. La ceguera era un don en su linaje: sólo los ojos sellados podían escrutar más allá del velo carnal y observar los signos ocultos en el murmullo del mundo. La primera vez que soñó con criaturas de alas de azufre y bronce, apenas era un infante en el Santuario de Vedas. Poco después, su padre, también profeta, fue llevado por una de ellas: apenas un destello, un rugido, y el aire colmado de plumas.

Algunas bestias aladas eran tan grandes como casas, otras apenas más grandes que halcones. Todas compartían el don de volar entre realidades, según se decía, y de llevar consigo mensajes de otro tiempo. Para Hemeris, eran heraldos y verdugos, y el cumplimiento de su profecía acercaba la garganta del destino a las carnes abiertas de Mardeth.

En la antesala del templo, Lyria -su fiel acompañante de muchos años, una mujer preparada para leer el mundo a través de palabras ajenas- aguardaba. Cuando Hemeris se acercó, su bastón tocando la piedra pulida, ella habló en voz baja:

—Han bajado al borde del río, Maestro. Se han llevado a un niño.

Hemeris asintió, encorvado bajo el peso de lo inevitable.

—¿Cuántos han visto? —preguntó.

—Tres. Uno era rojo como la sangre, otro negro como la noche, y el último… de un plata tan pálido que parecía traslúcido —enumeró ella—. La gente dice que has llamado a estas criaturas, que tus palabras las atraen.

Hemeris no sonríe. Hacía años que había olvidado los gozos del humor.

—Hace mucho tiempo que lo supe, Lyria. Les advertí, pero nadie escuchó. Nadie escucha nunca hasta que llega la noche de los gritos y las alas.

Lyria, temblando, reparó en la profunda herida que se abría en la ciudad: madres llorando, sacerdotes que recitaban plegarias para proteger los tejados, niños tapados en sótanos. Observó a Hemeris, con su manto de lobo y el cabello trenzado, y se preguntó si era realmente humano.

Subieron juntos al altar mayor, donde las columnas sostenían el cielo y la piedra parecía respirar. Un murmullo inquietante recorría los patios exteriores, como si las paredes escuchasen a las bestias dando círculos en lo alto.

—Cuéntame lo que ves —pidió Hemeris.

—El cielo... está dividido. No hay luna ni estrellas, solo vapor y sombra. Hay algo grande sobrevolando la Acrópolis, y cada aleteo empuja nubes espesas hacia la ciudad. Las antorchas parecen temblar de miedo —describió Lyria, su voz ahogándose por el terror.

Hemeris, prestando oído a los suspiros y a la manera en que el aire introducía frío en la estancia, alzó la voz para que la ciudad escuchara. Era antiguo el ritual: profecía no entregada era carga, profecía compartida era redención.

—Ciudadanos de Mardeth, hace veinte inviernos la noche me susurró este momento. Bestias de leyendas han cruzado el umbral del tiempo. No vienen por carne, aunque devoren. No buscan oro, aunque roben. Vienen a saldar la deuda de sangre y temor que Mardeth contrajo cuando expulsó a los Fundidos, nuestros hermanos de la primera estirpe, los que hablaban con el viento y las nubes.

Un murmullo recorrió la plaza; aquellos que conocían las antiguas historias sabían de los Fundidos: parte humanos, parte criaturas celestiales, arrojados al exilio por la superstición de los hombres ciegos.

Mientras la ciudad se cubría de pánico, al interior del templo llegaba un cortejo de nobles vestidos de púrpura.

—Hemeris, debes ayudar —demandó la matriarca Seridia, depositaria de la fe pública—. Dinos cómo aplacar la furia de los cielos.

Hemeris permaneció inmóvil. La túnica sobre los ojos indicaba reverencia, no sumisión. En el silencio, el eco de gigantescos batir de alas llenaba el mundo. Luego sus labios articularon la condena:

—Nadie puede aplacar aquello que no comprende. Solo la ofrenda de verdad y de reconocimiento traerá alguna esperanza.

La matriarca vaciló.

—¿Hablas de los Fundidos?

—Sí —afirmó él—. Aquellos que desterraron llevan la promesa de paz rota en su alma. Hasta que no sean bienvenidos otra vez entre nosotros, las criaturas de alas nos acosarán.

En ese momento, un trueno convulso sacudió los cimientos del mundo. Una de las bestias, el ser de plata, descendió como un cometa ante el templo, sus garras hendieron la piedra, sus ojos de ámbar escrutaron a los mortales. Su boca se abrió y, de entre las llamas, brotó la voz de un Fundido exiliado, fundiéndose con la resolución de un dios y la melancolía de quien vaga sin patria.

—Vosotros, que os enorgullecéis de vuestros ojos, no veis nada. Solo los ciegos comprenden los verdaderos designios del corazón.

Hemeris se adelantó con paso inseguro, guiado por el sentido de la vibración y el olor del azufre, y habló:

—Hermano, fui bautizado en el olvido para recordar lo que todos olvidaron: fuisteis injustamente condenados. Retornad. Os necesitamos. La oscuridad que cubre nuestra ciudad viene desde dentro.

El Fundido, fusionado a la bestia, agitó sus alas. De su pecho surgió un brillo que iluminó la plaza—y, por un instante, los ciudadanos de Mardeth vieron a los Fundidos no como monstruos, sino como hermanos de carne, portadores de las viejas canciones y la magia que una vez bendijo los campos.

La matriarca cayó de rodillas.

—Perdónanos.

Pero las bestias no se disolvían tan fácilmente con palabras. Quedaba la deuda: la ciudad necesitaba testimoniar su cambio. Hemeris, comprendiendo esto, señaló el altar viejo, donde se realizaban antiguas alianzas.

—Hay que sellar el pacto renovado con acción —dijo él—. Los Fundidos regresarán, pero solo si Mardeth entrega algo de valor, símbolo de humildad y renacimiento.

Durante tres días y tres noches, la ciudad deliberó. Finalmente, cuando aún las alas de bestia recorrían las calles y la ciudad se hallaba al borde del colapso, llegó la decisión—elegirían a uno de los nacidos en la nobleza para vivir entre los Fundidos, aprender su lengua y sus costumbres, y, a cambio, ofrecerían amparo a todo Fundido que deseara cruzar de nuevo el umbral de la ciudad.

La elegida fue Lyria. La acompañante de Hemeris, con su empatía y su voz clara, pareció la opción obvia. Vestida de blanco, con una diadema tejida de plumaje concedido por las bestias, descendió entre los Fundidos, montando al ser plateado, rumbo al exilio voluntario mientras las multitudes miraban en silencio.

Hemeris, más solo y viejo, en la penumbra del templo, sonrió con tristeza. En sus sueños, la ciudad estaba llena de color otra vez, y las alas ya no traían terror, sino viento fresco y nuevas historias. Los profetas eran recordados no por sus advertencias, sino por la voluntad de cambiar lo inmutable.

Muchos años después, entre crónicas y canciones, se narraría cómo Mardeth aprendió que la ceguera más peligrosa nace de los corazones cerrados. Solo los verdaderamente ciegos, como Hemeris, miraron más allá de las alas y la profecía, y vieron la posibilidad de redención. Así, las bestias dejaron de sobrevolar la ciudad. En los días claros, sus sombras acariciaban los techos como bendición, y los Fundidos, alguna vez exiliados, coexistieron con humanos.

El viento, portador de voces y de historias renovadas, seguía cantando su canción sobre Mardeth, y cuando los niños preguntaban por las criaturas de alas de fuego y profetas sin ojos, las madres solían responder: "Fueron ellos quienes nos enseñaron a mirar". Porque en la ciudad de Mardeth, la ceguera y el vuelo dejaron de ser condena, y se convirtieron en piedra angular de un futuro menos oscuro.

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