Fragmento:
Un anciano, envuelto en un manto de lana empapado, se acercó cojeando, deteniéndose junto a Arik. Parpadeó, los ojos anegados de mar y años, y murmuró: “Los que han ido demasiado lejos esta noche regresan cambiados, muchacho”.
Duración: 08:21
Voces en la Escollera
La llovizna, fina y helada, caía como un sudario sobre los muelles de Hvaal. Arik, aún joven para los ojos de un anciano, pero con la mirada de quien ha vivido más inviernos de los que admite, se refugiaba bajo el saliente de un almacén cerrado a cal y canto. Los barcos gemían amarrados a los pilotes de piedra, como si también ellos sintieran miedo del mar en esa noche, cuando la niebla se colaba desde el abismo.
Había llegado solo, como tantos otros a esa ciudad del norte, por un rumor que circulaba de boca en boca entre los marineros, susurrado en copas vacías y entre las grietas de la madera vieja: “Esta noche, las Puertas pueden abrirse”. Pocos sabían de qué puertas hablaban, y menos aún se atrevían a buscar respuestas. Arik, sin embargo, sentía el rumor como un mandato.
En su infancia, creía que historias de criaturas del abismo no eran más que cuentos para asustar a los niños y recordar a los adultos que el mar es más profundo de lo que parece. Pero desde que su hermana desapareció hacía dos años, una noche también de niebla espesa y llanto de gaviotas, Arik aprendió a prestar atención a las advertencias y a las leyendas.
Esa noche, la ciudad parecía distinta. Los guardias no paseaban por el puerto y las ventanas, detrás de las cortinas raídas, emitían una luz temblorosa, como si todos supieran –y temieran– lo que venía.
Un anciano, envuelto en un manto de lana empapado, se acercó cojeando, deteniéndose junto a Arik. Parpadeó, los ojos anegados de mar y años, y murmuró: “Los que han ido demasiado lejos esta noche regresan cambiados, muchacho”.
Arik asintió, inseguro. “¿Dice que las puertas realmente se abren?”.
El anciano se encogió de hombros. “Se han abierto antes. Y lo viejo siempre encuentra la manera de regresar. Lo que cruza es lo que vivía cuando los hombres aún no habíamos soñado en hablar”.
La respuesta no era tranquilizadora, pero estimuló la determinación de Arik, como si confirmar el peligro lo hiciera más deseable. Se apartó del refugio y, sin mirar atrás, se dirigió al extremo más antiguo de la escollera, allí donde el faro, apagado por orden de no se sabe quién, marcaba el fin del mundo civilizado y el inicio del abismo.
Allí estaba. Lo sintió incluso antes de verlo: algo vibraba en el aire, un escalofrío en la espina dorsal que no debía a la noche fría. Pensó en su hermana, en las travesuras de infancia, en cómo ella inventaba juegos en los que atravesaban portales invisibles hacia reinos de mares eternos. Solo que ahora, en la realidad, los reinos eternos esperaban bajo el agua.
La niebla se abrió como un telón y Arik supo, sin necesitar verlo exactamente, que la Puerta iba a abrirse. Júralo, parecía decir el mar, jura que no saltarás. Porque todos sabían que mirar era conceder poder; saltar era aceptar el abismo y sus criaturas.
En el límite de la escollera, entre los antiguos sillares, un resplandor azulado se formó en el aire. No era neblina ni reflejo, sino una hendidura vertical, como una grieta en la noche. De sus bordes rezumaba agua que no era agua, brillando apenas como una luna sumergida.
Y de esa puerta abierta emergieron las voces. No eran palabras, sino ecos de anhelos perdidos: el susurro de un amor que no fue, el grito de un pacto roto, el murmullo de lo que muere y regresa. Eran, pensó Arik con horror y maravilla, las voces de todos los que alguna vez se habían perdido en el mar.
La superficie de la escollera empezó a vibrar bajo sus pies. Arik pensó en huir, pero sus rodillas no le obedecían. De la puerta emergió una figura: imposible de definir en forma, pues parecía cambiar con cada parpadeo; a veces era un ser de tentáculos y ojos múltiples, en otras un cuerpo humanoide envuelto en algas y caracolas, y a ratos era solo sombra.
“Estoy aquí”, se atrevió a decir Arik.
La criatura osciló, acercándose como si se arrastrara por el aire y el agua a un tiempo. El resplandor aumentó y, con él, las voces. Una le pareció familiar: risa, voz cálida, recuerdos de juegos infantiles. Era ella.
El ser, sin mover boca, le habló en la mente: “Cruza el umbral, hermano”.
El terror y el deseo batallaron en el pecho de Arik. “¿Eres tú, Sila?” preguntó al vacío.
La criatura extendió una mano, o una sucesión de extremidades líquidas. “Solo la sombra de lo que fui. Pero tú puedes recordarme”.
Mirar más de cerca fue difícil, porque la realidad misma temblaba alrededor de la puerta. Arik sintió un viento imposible, olor a sal y a cosas que el hombre nunca debía oler. No supo cuánto tiempo estuvo de pie, pero el tiempo carecía de sentido ante la puerta: minutos, siglos, lo mismo daba.
“¿Qué eres ahora?” preguntó.
“Soy lo que regresó”, respondieron todas las voces al unísono.
¿Debía cruzar? Si lo hacía, quizás encontraría a Sila. O perdería lo último de sí mismo. Miró la ciudad a lo lejos, las luces temblorosas como luciérnagas ahogadas, y luego la hendidura luminosa, la criatura, los susurros, el abismo. Sintió frío en las costillas.
“Dices que puedo recordarte. ¿Por qué quieres que cruce?”
“Porque cada recuerdo es un ancla”, explicó la criatura, y su forma vaciló de nuevo, fragmentándose en docenas de rostros conocidos y desconocidos. “Somos todos los que fuimos y nadie en particular. Las puertas nos toman, pero a veces—solo a veces—basta con sostener un nombre, un solo nombre, para cerrar lo que nunca debió abrirse.”
Entonces Arik comprendió el equilibrio terrible en juego: si saltaba, podía perderse con ellos, aumentar el poder de la Puerta; si retenía el recuerdo, si resistía el deseo y el miedo, quizás, solo quizás, podría sellarla.
El resplandor creció; el agua subía, lamía las piedras; el aire era cuajada de promesas y amenazas. Todo pendía de su voluntad.
“Te recuerdo, Sila. Te recuerdo feliz, con lazos de hierba en el pelo, escondida en la cala, riendo porque la vida aún era nuestra”, recitó Arik, aunque el aire se volvía espeso y le costaba respirar.
La criatura se estremeció. La Puerta vibró, como si en su centro un corazón estuviera a punto de estallar. Alrededor de Arik, otras figuras emergieron, cada una llorando por un nombre perdido.
“Recuerda”, exclamó el ser, el eco final de su hermana.
Arik cerró los ojos, concentrando su mente en el recuerdo y no en el susurro del abismo. “Te recuerdo, Sila. No eres esto. No eres abismo. Eres mi hermana. Estás aquí, conmigo, en este instante robado a la oscuridad”.
La Puerta palpitó una última vez. El resplandor se apagó, las voces se fundieron en un canto único y, con un gemido que no era de este mundo, la hendidura se cerró, primero apenas un hilo de luz, luego nada.
El mar se calmó. La niebla, despacio, regresó a su curso. Arik estaba solo en la escollera; sólo el recuerdo de Sila permanecía, luminoso y real como la herida de una vida querida.
Volvió con paso torpe. El anciano aún estaba allí, sentado en el mismo escalón mojado, como si hubiese visto todo. Arik le miró y, sin saber cómo, entendió que la batalla no era solo suya, sino la de todos los que habían amado y perdido, la de todos los que alguna vez tuvieron que enfrentar las puertas del tiempo y sus monstruos.
“¿Lo conseguiste?” preguntó el viejo.
“No del todo”, respondió Arik, “pero la puerta está cerrada por ahora. Y supe que lo más valiente no era cruzar, sino recordar”.
El rostro del anciano se iluminó con orgullosa tristeza. “Eso es lo único que salva al mundo, muchacho. El recuerdo.”
Bajo la llovizna, al borde del mar que nunca revela todos sus secretos, Arik supo que viviría con la herida. Pero que esa herida era en sí un puente: no hacia el abismo, sino a la posibilidad de volver a cerrar las puertas cada vez que se abrieran. Porque mientras la humanidad recordara a sus muertos, a los perdidos, a los amados que el mar arrebataba, ninguna criatura del abismo tendría poder total.
Y en la bruma de Hvaal, con las campanas de la madrugada temblando a lo lejos, Arik decidió que él, y quizás otros como él, serían guardianes anónimos, cuidadores de nombres. Porque sólo los nombres pueden cerrar las puertas del tiempo y callar, aunque sea por un instante, el canto de las criaturas del abismo.
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