Portada del relato Las Lamentaciones del Alba
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Fragmento:


Más allá de los arcos, una nevada repentina golpeó el tejado. Ilyas, inclinando la cabeza, no evitó la amargura de su respuesta: “Más de la que el Gran Río puede lavar, Majestad. Menos de la que el este exige para olvidar.”

Duración: 07:52

Las Lamentaciones del Alba
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Texto de ajuste de pausa.

No importaba cuán alto ladrara el viento, ni las palabras heladas con que la luna testimoniara el declive de los años; Ilyas caminaba sin voltear hacia la muralla. El crepúsculo, como una mano ahuecada, acariciaba los techos de la Ciudad de Jade, proyectando sobre el río un reflejo de oro viejo, ajado. Más allá del muro, desde las tierras donde antaño las estepas olían a menta y hierro, revueltos en la brisa de las caravanas, venía un rumor de truenos y jinetes. Y sin embargo, entre las manos de Ilyas, el peso de un pergamino importaba más que todas las promesas de sangre.

Aun los dioses se cansaban de las súplicas de los hombres, pensó. Pero aquel invierno, tras décadas de pactos rotos y banquetes de embajadores, sólo el viejo cronista yacía reclinado junto al lago de la estación imperial, llamado por un destino que ya no podía rechazar.

“El Emperador llama”, le había susurrado la cortesana Bardah, inclinando la cabeza, ocultando sus ojos con la seda. “Después de la última luna, nada será igual. Ni para la estepa, ni para la ciudad.” Habían compartido la cama durante más de una docena de inviernos, sus cuerpos anudados en secretos y resignación. A veces, tras el amor, Bardah le narraba fábulas de dioses que lloraban por los hombres. Ilyas, por su parte, sólo ofrecía historias de mortales aferrándose al poder.

La Ciudad de Jade se erigía en la frontera del imperio, bajo un cielo tan vasto que, por las noches despejadas, los ancestros podían deslizarse entre estrellas como barqueros perdidos. Pero, bajo sus acantilados, el poder temblaba: el joven Emperador, Alikhan, custodiaba un trono forjado en los fuegos del crimen y la traición. El rumor era que un ejército de la estepa venía a reclamar no sólo la ciudad, sino la memoria de una reina asesinada.

Esa noche, en las cámaras privadas de la Biblioteca Sagrada, Ilyas aguardó. Estaba rodeado de rollos y códices en tinta azul, de mapas con palabras borradas por generaciones de escribas temblorosos. Sabía que los pasos del rey anunciaban un nuevo capítulo, y que toda palabra suya, registrada o olvidada, podría cambiar el oscuro curso del mundo.

Alikhan entró al fin, escoltado por dos guardianes que caminaban como si las sombras fueran su única patria. No vestía ropajes imperiales, sino una túnica raída, y bajo el flequillo caído brillaba esa mirada —no tanto de un halcón como del muchacho al que nunca lograron domar del todo—. Sus palabras, al fin, cayeron, como hojas secas arremolinadas en el umbral del invierno.

“¿Cuánta sangre registraste ya, Ilyas? ¿Cuántas veces los grandes del mundo temblaron ante tu pluma?”

Más allá de los arcos, una nevada repentina golpeó el tejado. Ilyas, inclinando la cabeza, no evitó la amargura de su respuesta: “Más de la que el Gran Río puede lavar, Majestad. Menos de la que el este exige para olvidar.”

El joven monarca no sonrió. Se sentó frente a él, sin escudo ni espada, sólo la plenitud sombría de la elección. “El ejército de Sukhbat atravesó la frontera. Ayer. Traen a Arige, el hijo de la última reina de la estepa, una corona tejida en pelo de yegua y esperanza. Quieren lo nuestro, dicen que fue robado. Dicen que tu pluma disfrazó la traición de mi familia.”

Ilyas no replicó enseguida. Todo en la memoria de la ciudad —sus plazas, sus fuentes, la música en los opacos patios de los palacios— era una telaraña de medias verdades, de actos justificados en nombre del futuro. Pensó en Bardah y en las fábulas tejidas al final del amor. Los dioses llorando por la arrogancia de los hombres, los héroes destruyendo lo que amaban en nombre de algo más vasto y terrible que ellos mismos.

“El relato y la verdad raras veces caminan abrazados, Majestad”, murmuró Ilyas. “Pero sé lo que temes. He escrito tu linaje, tus victorias, tus pactos. No he escrito aún cómo acabarás, ni la ciudad, ni la sangre. ¿Qué deseas que recuerde la Historia?”

Alikhan interrumpió con un ademán tenso. “No lo entiendes. Arige exige la entrega de la ciudad, pero sobre todo que la traición de mi madre —la muerte de la reina de la estepa— sea reconocida. Quiere tu testimonio, tu verdad, escrita y leída en la plaza mayor. Los dioses de la estepa son viejos y coléricos. Dicen que la palabra de un cronista es sagrada; lo dicho ante el pueblo se vuelve verdad incluso contra la voluntad de los dioses.”

Ilyas sintió la gravedad de los años encorvándole el alma. Las estepas poseían su propio lenguaje para la verdad y la mentira. Allí, un juramento en la boca de un kronikar era tan temible como la espada de un kan.

“¿Y si tu madre fue inocente?”

El joven soberano vaciló. Durante un breve instante, en los grandes ventanales, la nevada se volvió más densa, el mundo más pequeño, confinado a la llama vacilante de una lámpara de aceite. Alikhan, con voz opaca, preguntó: “¿Qué importa, si basta que tú digas lo contrario? La historia es el eco de quien la narra.”

Ilyas contempló el pergamino en su regazo, las palabras aún no escritas anidando como urracas inclementes. Recordó la noche en que Bardah le contó que todo amor era político, y recordó también lo que le dijo su padre, muchos años atrás, mirando el mismo río: “Un día escribirás algo tan cierto que deberás morir por ello.”

Alianza, destino o traición, nada de eso servía en el umbral de lo irrevocable. Esa noche, Ilyas pidió a los guardias que le dieran hasta el alba. El Emperador consintió con un gesto, sabiendo quizás que la única batalla real sería librada con la pluma y no con la lanza.

Solo en la biblioteca, Ilyas escribió durante horas. No relató la versión del palacio, tampoco la de la estepa. Intentó, con la honradez del condenado y la claridad del anciano, narrar no el acontecimiento sino sus consecuencias: el invierno largo que sucedió a la muerte de la reina, la sed de venganza que germinó en ambos bandos, la pesadumbre en los sueños de los niños, la parálisis de los poetas, el miedo y la esperanza combatiendo a la sombra del trono.

Terminó justo antes del alba, cuando los primeros rayos cavaron, con dedos de agua, en los mármoles helados. Selló el relato con el anillo del cronista, y bajó solo hacia la plaza mayor, su capa arrastrando un rastro húmedo por el suelo empedrado.

La multitud esperaba. Guerreros de la estepa en sus caballos moteados, portando estandartes trenzados en crines; ciudadanos envueltos en ropajes de lana, con el miedo y el rencor asomando bajo las capuchas; y, sobre todo, Bardah, en un extremo del gentío, sus ojos llorando ya la historia que sería dicha.

Ante todos, Ilyas leyó. Su voz no tembló. Describió la violencia, la traición, la clemencia con igual precisión, pero se negó a atribuir toda la culpa a un solo nombre. Terminó: “La muerte de la reina abrió un invierno del que no hemos salido. Las cicatrices no pertenecen a una sola familia ni a un solo linaje. Esta ciudad y la estepa están tejidas con la misma sangre, con la misma pérdida”.

Cuando Ilyas terminó, los murmullos se alzaron y bajaron como las olas que lamían la base del muro. Nadie atacó, nadie celebró. El ejército de la estepa se retiró despacio; la multitud se esfumó en el silencio de la mañana. Bardah corrió hacia Ilyas, abrazándolo como si los años pudieran ser borrados en un instante.

Esa noche, el cronista supo que su destino no era morir, sino vivir con la verdad incómoda, siempre a medias, nunca del todo admitida ni refutada. Y, mientras en la cámara del trono el joven Emperador contaba los nombres de los caídos en la nieve, y mientras Arige, el heredero de la reina muerta, miraba hacia las estepas y se preguntaba por la justicia, Ilyas supo lo que los dioses siempre habían entendido: que la historia, como la herida, nunca sana, sólo aprende nuevas maneras de doler, susurrando su triste promesa al eco del viento.

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