Fragmento:
—Soy el Guardián Keir, y tu mundo, niña, peligra. Las fronteras se debilitan, y la sangre de tus hermanas está en juego tanto como las vidas de los míos. —Alzó una mano, y del aire surgió una esfera oscura, temblorosa—. El Abismo comienza a filtrar sueños. Sueños que matan.
Duración: 08:19
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El sonido de cánticos, insólitos, rotundos, recorría la galería subterránea y escapaba como humo bajo las puertas de bronce del Priorato. Eran voces de mujeres tejidas en la penumbra, el idioma impronunciable de aquellas que habían cruzado los límites de la fe y la razón. Alrededor de la gran antorcha, vestidas de velos carmesí y diademas de cobre, cinco se inclinaban en círculo, marcando el suelo con cenizas negras de escarcha y venas de azufre. Tara, la más joven, temblaba. Su iniciación la hacía sangrar, y la sangre era exigida. El color, la costumbre, la maldición, todo era rojo.
Mientras tanto, en las ruinas antiguas del bastión de Ingal, sobre la frontera de la realidad y el abismo, otra asamblea se reunía. Ellos no cantaban. Portaban armas forjadas al borde del sueño, cascos sin nombre, armaduras tejidas de vacío. Decían guardar la esperanza del mundo, pero todos sabían cuál era el nombre verdadero: Guardianes del Abismo. Su juramento no era cantar, sino encerrar y esperar. Un error: su vida y alma sellarían el precio.
Fue una noche sin estrellas, cuando la luna parecía apenas visible entre las nubes ferrosas, que ambas órdenes entraron en colisión. Siempre había ocurrido a través de los siglos: confrontación, tregua, traición. Pero esta vez, el mundo estaba herido, y la herida sangraba sueños oscuros.
Todo comenzó con una carta. Una simple carta, lanzada al viento, llegó a las manos de Tara dos días después de su iniciación. Había estado observando los campos desde su ventana goticada, presintiendo que algo invisible la acechaba. La carta era breve, la tinta desvaída, y venía firmada por “El Custodio de las Brumas”.
“En el umbral de las sombras, la luz no siempre es enemiga. Ven a la Torre Envuelta al alba, y verás el verdadero precio del poder.”
Tara sabía que estaba prohibido responder. Su superiora, la Bastionaria Anai, mantenía a todas las jóvenes recluidas, lejos de tentaciones y, sobre todo, lejos de los Guardianes. Pero Tara era inquieta. Había visto los ojos de la Bastionaria arder en la vigilia, había soñado mil veces con el brillo de una espada que nunca fue para ella. Así que, bajo el amparo de la noche, tejió un hechizo de sigilo y escapó.
La Torre Envuelta era un vestigio de una era antes del abismo. Allí, la piedra parecía susurrar nombres que ya nadie recordaba, pero cuando Tara entró, no la recibió el frío sino una débil calidez, el eco de una voz grave y cansada.
—No la mires a los ojos, muchacho —susurró la silueta entre las columnas rotas de piedra—; ni tampoco te pierdas en su perfume. Son milenios de engaños los que yacen sobre su piel.
Tara apretó los dientes. —¿Quién eres? ¿Por qué enviaste la carta?
De la sombra emergió un hombre de barba gris, ceñido por una capa desgastada. Sus ojos, vacíos y sin fondo, no contenían nada humano.
—Soy el Guardián Keir, y tu mundo, niña, peligra. Las fronteras se debilitan, y la sangre de tus hermanas está en juego tanto como las vidas de los míos. —Alzó una mano, y del aire surgió una esfera oscura, temblorosa—. El Abismo comienza a filtrar sueños. Sueños que matan.
Tara sintió la punzada de la revelación. Había escuchado las leyendas, cuentos de viejas enemistades, pero jamás creyó que el abismo fuera más que un mito para asustar a principiantes como ella. Pero en ese momento, mientras la esfera oscilaba y brillaba como un corazón latiendo, comprendió.
—¿Qué necesitas de mí? —preguntó.
Keir la observó largamente.
—Necesito que convenzas a tus hermanas. La Bastionaria Anai posee el conocimiento de un antiguo ritual, uno que puede sellar la grieta que se abre en el bastión. Pero requiere de sacrificio. Uno real. —Hizo una pausa, como si buscara un respiro, pero en sus ojos sólo había vacío e inexorabilidad—. Solo el vínculo de sangre entre hechicera y guardián puede ser garantía.
Los latidos de Tara aceleraron.
—¿Quieres que nos unamos? ¿Después de siglos de odio mutuo?
—No hay camino fácil. El abismo no conoce de rencores, sólo de hambre. Y está hambriento ahora.
Antes de darse cuenta, Tara huyó. Corrió a través del bosque y evitó las flechas etéreas de los centinelas del Priorato. Cuando llegó, sus ropas seguían empapadas de rocío y sudor. No intentó mentir: la Bastionaria Anai reconoció su traición, pero la escuchó.
En la sala del consejo, bajo el retablo de las Llamas Eternas, Tara relató todo. La mayoría de las hechiceras se burlaron y sugirieron encerrarla. Pero la Bastionaria, tras largas horas de silencio y deliberación, aceptó considerar el consejo del Guardián Keir.
El encuentro ocurrió al tercer amanecer. En la linde quemada de los dos territorios, bajo un arco de piedra calcinada, las hechiceras de carmesí y los guardianes de armadura vacía se enfrentaron. Al principio solo intercambiaron amenazas y miradas. Pero Tara, joven pero firme, dio un paso al frente junto a Keir.
—El abismo vendrá, quieran o no. Moriremos, o morirá nuestro orgullo —dijo Keir, con una voz que parecía propia y ancestral.
Anai, la Bastionaria, examinó a su alrededor, los campos ya comenzaban a enroscarse de sombras. Tara sintió la energía invisible, un rumor de alas y aullidos. De repente, los bordes del mundo parecieron retorcerse: la grieta del abismo era visible, una herida luminosa en la tela misma del lugar. Del otro lado, figuras sin forma acechaban, tentáculos de humo, ojos líquidos y bocas invisibles.
Anai supo lo que debía hacerse. Sacó la daga ceremonial. —Vínculo de sangre, lazos sellados. El abismo no toma lo que ya es uno —entonó.
Keir asintió y extendió su muñeca. Tara, temblorosa, hizo lo mismo. Las cuchillas cortaron piel, y la sangre se mezcló, roja y oscura, sobre la grieta entre los mundos. Las otras hechiceras y guardianes se sumaron, unos renuentes, otros liberados como si un peso arcaico cayera de sus hombros.
El ritual fue febril, extenuante. Tara sintió que atravesaba eras con cada palabra, cada latido, y allí, por un momento, vio visiones de amores prohibidos, traiciones antiguas, pactos secretos entre hechiceras y guardianes que se remontaban a los primeros días de la luna. Finalmente, la grieta se contrajo, rugió y se cerró, no sin antes lanzar un último zarpazo: un aullido tan antiguo y profundo que heló la sangre de todos.
El silencio que siguió fue abismal, pero era un silencio nuevo. El alba se alzó con timidez sobre las ruinas.
El precio llegó enseguida. Varios de los guardianes colapsaron, sus cuerpos azotados por sueños letales, y algunas hechiceras detectaron en sus venas un frío desconocido, como si el abismo hubiera dejado una astilla dentro de cada una. Pero la tierra se curó. Por ahora.
Al despedirse, Keir tomó la mano de Tara.
—No somos enemigos, pequeña sangre roja. Lo fuimos sólo porque el abismo así lo quiere. Somos los que sostienen la frontera. Y esa frontera siempre sangra.
Ella apretó su mano. —Habrá otra grieta, otro canto, otro sacrificio, ¿verdad?
Keir asintió, con la mirada fija en el horizonte.
El vínculo que crearon resistió un año, un año de cosechas ricas y noches tranquilas. Pero cuando las sombras volvieron a temblar, Tara ya no era una sola en su linaje: portaba en su sangre tanto el fuego de su arte como la cicatriz azul del vacío. Había cruzado, aunque fuera un poco, la frontera entre la hechicería y la guardia.
Esa noche, mientras las primeras estrellas surgían y la Bastionaria susurraba oraciones viejas de protección, Tara tomó una decisión. Subió a la torre más alta del priorato y, desde allí, lanzó una nueva carta al viento. Esta vez, no firmada por una hechicera ni por una guardiana: sólo con el símbolo, entrelazado de ambos, de aquellos que entienden que la eternidad es un ciclo de heridas y pactos.
Hubo un tiempo, recuerda Tara en sus sueños, en que creímos que la sangre y la sombra no podían mezclarse. Ahora los campos son rojos por igual: de amapolas, de magia y de sacrificio. Porque ninguna frontera sobrevive al tiempo, y solo quienes aceptan sangrar juntos permanecerán cuando el abismo vuelva a abrir los ojos.
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