Portada del relato Los Susurros de la Penumbra
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Fragmento:


"Y maravilla delante, si creemos en los cuentos," respondió la reina. "Nos adentramos no en el exilio, sino en la transición." Nadie replicó: cada uno entendía que Aelis ya no se dirigía a ellos, sino al recuerdo de su Abuela, cuentacuentos y gran mentirosa de palacio.

Duración: 08:48

Los Susurros de la Penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

***

Dicen que, al oeste del antiguo reino de Lyselle, donde las mareas rugen y los montes parecen nublar el horizonte, existen extensiones de vacío que ningún mapa se atreve a nombrar del todo. En esas tierras mutables, donde la vegetación surge de minerales y la luz habita los árboles mismos, ondean bosques de cristal cuyas copas resplandecen en profusos colores al menor roce del viento. Pero aún más extraño que tales arboledas son las torres, errantes y milenarias, que algunos aseguran ver moviéndose lentamente por el país invisible, enormes y discretas como espectros petrosos.

La leyenda habla de que las torres buscan el perdón o la memoria, y que sus moradores jamás envejecen. Pero el relato que deseo compartir versa sobre la temporada en que los hombres y las mujeres de Lyselle, acosados por la guerra y el olvido, debieron elegir entre adentrarse en la maleza reluciente o atreverse a seguir la sombra fugaz de una torre. Es el tiempo de la última reina, Aelis de Lyselle, cuyo reinado se recuerda no tanto por el esplendor sino por la huida tenaz, y por la esperanza que depositó en lo inexplicable.

La casa de Aelis estaba sitiada. Las fuerzas de Helios, sus antiguos aliados, habían cruzado el Gravan y tras meses de escaramuzas menores, por fin estrangularon la ciudad trasciudad y, después, la fortaleza. El séquito de la reina se hizo cada vez más pequeño, hasta que solo lo componían su senescal Dorian, una curandera llamada Jana, su capitán Valen, y seis caballeros mustios con más cicatrices que armadura. Sabían, día tras día, que los muros pronto caerían.

En la antesala de la última noche, cuando el asedio resonaba como un mar lejano, la reina Aelis decidió huir. No por cobardía ni por esperanza vana, sino por la persistente certeza de que no todos los caminos de Lyselle se hallaban perdidos. Decretó que saldrían antes del alba, arriesgando el paso por la Puerta del Lobo, abandonando a los suyos, a su sangre y a la casa que la había visto nacer.

No fue fácil esquivar los ojos de Helios, pero la fortuna favorece, a veces, a los desesperados. El escaso grupo pronto encontró refugio en las malezas que bordeaban el oriente. Valen guiaba, tenso como un laúd en llama, mientras las lágrimas de Aelis se mezclaban con la quietud de la noche. "¿Dónde iremos, Majestad?", preguntó Jana. "Solo hay muerte tras nosotros."

"Y maravilla delante, si creemos en los cuentos," respondió la reina. "Nos adentramos no en el exilio, sino en la transición." Nadie replicó: cada uno entendía que Aelis ya no se dirigía a ellos, sino al recuerdo de su Abuela, cuentacuentos y gran mentirosa de palacio.

La luz llegó como una herida fina aquella mañana, revelando lo que sólo en los cuentos había sido dicho: los árboles centelleaban en todas las direcciones, sus tallos crecían firmes como columnas, y las hojas colgaban como fragmentos tallados de humo azul y ámbar que, moviéndose, hacían llover confusos reflejos sobre la hierba. El grupo se frenó a la vez, escudriñando la maleza. Nadie se atrevía a hablar con fuerza. Aquí, cualquier grito podía quebrarse y nunca volver.

Jana dobló una rodilla y tocó el tronco de una hayas cristalina. La fría corteza se sintió extrañamente viva, pulsante. Al apartar la mano, el calor le recorrió el brazo como una plegaria. "Aquí todo responde", murmuró, pero sólo Valen la oyó.

Avanzaron durante horas, a veces dormidos de pie, a veces marchando como autómatas. Fue en un recodo donde vieron la primera sombra que no era suya: alta, angulosa, y envuelta en la bruma danzante del mediodía. Era la torre errante, una y muchas, pues a cada parpadeo parecía cambiar de forma, a veces esbelta como una aguja, otras maciza como un almacén de sal. Giraba despacio sobre sí misma, emitiendo un suspiro de piedra. Nadie se atrevió a acercarse de inmediato.

La reina volvió a hablar, voz quebrada por la responsabilidad. "Si hemos de sobrevivir, es con los prodigios, no contra ellos." Ordenó marchar hacia la torre, que relucía tenuemente, invitando. Los caballeros dudaron, pues Helios o no, caminar hacia la magia siempre fue último recurso. Pero uno por uno la siguieron, y la torre pareció notar la presencia.

No hubo puerta visible, solo un encaje de luz al pie de la estructura. Allí, Jana, con los ojos en llamas, presionó la palma contra la superficie. Un susurro se deslizó, agudo y tierno al tiempo, y la roca se deshizo en una abertura negra. Sin discusión, el grupo entró, envuelto por un aire frío y seco, no ajeno al temor, pero protegido momentáneamente de la muerte exterior.

El interior era un milagro de espejos curvados y rampas imposibles, de luces que no nacían de antorchas ni del día, sino de dentro de la misma piedra. Los ecos tardaban en morir, como si las palabras debieran sopesarse antes de decidir quedarse. Un par de caballeros se arrodillaron, suplicando a dioses nunca nombrados.

Los días se sucedieron sin ritmo fijo dentro de la torre. No se sabía cuándo era de noche o de día fuera, sólo que el hambre menguaba y el sueño nunca terminaba del todo. Aelis, cada vez más introspectiva, se dejó guiar por las corazonadas de Jana, que parecía entender el lenguaje de las paredes. "Las torres recuerdan," le confió a la Reina. "No sé cuántos han pasado por aquí, pero escucho sus ecos lamentándose en las vetas del mármol."

Pero la paz fue breve: desde los confines de la torre llegaron otros sonidos. Golpes sordos, el rumor de pasos titilantes, aullidos de lobos que nunca existieron. Reyertas nacieron brevemente entre los caballeros, hasta que uno —el mejor espadachín, decían— desapareció entre los múltiples corredores y nunca volvió. Gritos se filtraron por las noches, y Valen, enloquecido, intentó romper uno de los muros, cortándose la mano en el intento.

"Nos perderemos aquí," murmuró entonces. "No son refugio, sino destino."

Aelis sintió la verdad en esas palabras. Si Lyselle fuera a morir, aquí sería un sepulcro sin tumba. Movida más por necesidad que por comprensión, buscó a Jana y la interrogó. "¿Dices que la torre recuerda? ¿Qué busca? ¿Por qué camina?"

Jana tartamudeó al principio, como perturbada por una revelación personal. "He tocado las paredes y soñado los sueños de esta torre. Quiere regresar —no a una tierra, sino a un tiempo. Las torres errantes son custodios de lo que se olvida. Nosotros, Majestad, somos parte del olvido de Lyselle y, si no encontramos la salida, permaneceremos disueltos en la memoria de ella."

La reina comprendió al fin el precio: para salvar a los suyos, debía romper el ciclo del abandono, aceptar lo que había perdido y permitir que la torre lo guardara para siempre. Llamó a todos y, de rodillas, entonó el viejo himno de Lyselle, una canción que celebraba el hogar entre bosques de cristal y ríos de mercurio, donde las risas eran más frecuentes que los llantos.

La torre se estremeció. A medida que entonaban, las paredes vibraron, reverberando el eco de una ciudad que ya no existía, hasta que la puerta que los había tragado se abrió una vez más, presentando al grupo una salida en mitad del bosque.

Al salir, Lyselle y la guerra habían desaparecido. Los árboles cristalinos alzaban sus copas sobre extensas praderas que ninguna plaga ni ejército había arruinado. Era otro reino, otra era, pero el bosque seguía allí, infinitamente paciente.

Aelis suspiró y se volvió hacia la torre, que ya marchaba, ahora apenas visible por entre las ramas relucientes. Recordó entonces el consejo de su abuela: "Un buen cuento te lleva de vuelta, pero no al mismo sitio."

En ese momento, comprendió el misterio de los bosques y de las torres: no custodiaban ruinas sino posibilidades, y en el profundo silencio cristalino, un pueblo exiliado podía enterrar a su reina, o renacer en la leyenda.

La vida nueva improvisó sus reglas. Está dicho que los hijos de Aelis aprendieron a forjar armas con la savia endurecida de los árboles, que los cantores ensayaron versos que tan solo los ecos del bosque podían devolver. Y siempre, al caer la niebla, las sombras de las torres errantes cruzaban el horizonte lejano, buscando hogares perdidos y recordando a quienes, alguna vez, supieron elegir el prodigio sobre la derrota.

Quizá, en otro tiempo, la historia del exilio de Lyselle sea contada de nuevo al calor de otro exilio, y entonces, como los bosques de cristal que surgen tras el incendio, las torres hallarán por fin un lugar donde descansar, ya sin necesidad de caminar.

Pero hasta ese día, los susurros de la penumbra seguirán cruzando los paisajes del olvido, y el fulgor de las hojas será el único testigo de quienes entienden que, entre la historia y el mito, a veces sólo cabe el eco de una promesa compartida.

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