Portada del relato Ecos de Carne y Sombra
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Fragmento:


En el piso superior, al trasluz de una ventana estrellada, vio la silueta: una figura desgarbada con las manos cruzadas sobre el regazo de hueso desnudo. Su rostro era mitad belleza, mitad calavera, y sus ojos reflejaban todas las lunas jamás alumbradas sobre la mansión. No se sobresaltó ni retrocedió.

Duración: 07:41

Ecos de Carne y Sombra
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia cayó, no como agua, sino como hilo de silencio mortuorio. Bajo el manto carmesí de la tarde, Elistar Doan espoleó su montura, cruzando los bosques de Durgal, donde el musgo ocultaba fragmentos de hueso y las raíces retorcidas besaban sepulturas olvidadas. La brisa traía consigo el hedor dulzón de la descomposición, y la niebla nocturna se enroscaba entre las ramas, no queriendo dejarse disipar. Más allá de lo visible, en algún lugar entre el trino agónico de los cuervos y el crujido de la madera gime, algo observaba.

Elistar desmontó al borde del claro. Allí yacía el muro fragmentado que indicaba la entrada a un reino sin dueño, una heredad maldita: la Mansión de los Ensangrentados. Su leyenda era un eco entre las tabernas de Ranford; decían que los Espíritus Brandsacres aún vagaban sedientos, que su rencor había retorcido el aire, generado infecciones extrañas en la tierra y hambre en los corazones de quienes se atrevían a cruzar el umbral.

No obstante, él llevaba años soñando con la Dama Ensangrentada: cabello de hilos vivos, sangre en vez de lágrima, sonrisa como hoja recién afilada. Si iba a perderse, sería con los ojos bien abiertos, alumbrados por la promesa de un enigma o la sed de algo más profundo que la misma muerte. Desenvainó su cuchillo de plata, prenda de los Dormisacros, y avanzó.

La mansión se erguía como una ruina en el vientre del mundo: columnas inclinadas, ventanales pútridos, una puerta principal ornada con grabados gemebundos y manchas oscuras que no era lodo ni sombra. El chirrido de la puerta, al empujarla, fue un grito animal. Dentro, el aire tenía peso de tumba y sabor de miedo.

En el salón principal, la luz de su lámpara arrancó motas pálidas que danzaron como hadas moribundas. La sala estaba vacía: no muebles, ni cuadros, sólo ecos y grietas cubiertas de un musgo rojo. Comenzó a ascender las escaleras pero, en el primer peldaño, sintió como si caminara sobre órganos, blandos y rezumantes. El terror le mordía el estómago, voraz, pero él sonrió. Todas las noches pasadas entre los susurros de Ranford le habían preparado para esto.

En el piso superior, al trasluz de una ventana estrellada, vio la silueta: una figura desgarbada con las manos cruzadas sobre el regazo de hueso desnudo. Su rostro era mitad belleza, mitad calavera, y sus ojos reflejaban todas las lunas jamás alumbradas sobre la mansión. No se sobresaltó ni retrocedió.

—Has venido más lejos que los otros, Elistar —murmuró la figura—. ¿Qué buscas bajo mi techo de olvido?

—Quiero comprender la carne y la sombra —respondió él—. ¿Fuiste tú, Dama Ensangrentada, quien sembró el odio en esta tierra?

Sus labios se curvaron en una sonrisa que olía a hierro oxidado.

—El odio, forastero, es semilla en todos; pero aquí germina más rápido. Ofrecí a mis huéspedes la visión de lo que más anhelaban. El amor se volvió miedo, la esperanza un cuchillo, la ternura una larga venganza. Ahora, preguntaré: ¿qué temes más que la muerte?

Elistar tragó saliva, dudando. La figura se levantó. Su falda era un sudario de piel desgarrada.

—Temo que el deseo me consuma —dijo, por fin—. Más que a la muerte, temo amar la oscuridad que no puedo gobernar.

Tendida sobre el mármol, la Dama se agazapó, como felino acechando rata.

—Muy sabio, pero muy tarde —susurró—. Déjame mostrarte lo que nunca te atreverías a ver.

La estancia cambió en un parpadeo. Elistar no estaba solo; a su alrededor, sombras con rostros deshechos danzaban en círculo, cada una un reflejo de sus propios remordimientos. Una arrastraba piernas casi humanas; otra devoraba gusanos que brotaban de su pecho; una tercera lloraba sangre sobre la cuna de un infante invisible. En el centro estaba la Dama: en su regazo, un corazón latiendo y consumiéndose una y otra vez.

—Tu carne se ajusta bien a la casa —dijo élla—. ¿Te gustaría quedarte, Elistar? Nunca más tendrías que temer a la soledad.

En una de las paredes, un espejo corroído devolvía imágenes que no eran suyas: versiones de él mismo presa de hambre, odio, y deseo, repitiendo los pecados de generaciones pasadas. Quiso gritar, mas no podía. El sonido se le apagaba en la garganta.

—El precio de permanecer —explicó la Dama— es ceder tu sombra. Sin ella, vivirás, sí... pero sólo como reflejo de los horrores que has dejado entrar. Yo te ofrezco eternidad sin culpa, si renuncias a la posibilidad de redención.

Por un instante, la oferta pareció dulce. Un fin a las dudas, a la soledad, a la fría distancia de los vivos. Ceder su sombra, perder la culpa... ¿no era eso el sueño de todo mortal arrepentido?

Pero Elistar era terco como las raíces que rompen lápidas. Dio un paso atrás, sonriendo con la osadía de los condenados.

—Prometes paz rebajando mi humanidad. Lo que buscas es, simplemente, sumar una sombra más a tu procesión de cautivos. Prefiero la ambigüedad de la carne sobre la certidumbre pútrida de tu abrazo.

La Dama sorbió el aire y la casa tembló. Los espectros gemían, ansiando la caída de otra presa.

—Márchate entonces, pero sabe esto: irás con la sombra pero sin paz, y cada noche oirás mi voz llamando desde los huecos donde la luz no llega. Jamás olvidarás el apellido de esta casa, ni el sabor de la sangre que no derramaste —espetó la Dama, lavando sus palabras con un aullido.

Elistar huyó, la mansión agitándose detrás como un vientre furioso. Corrió a través de salones que se transformaban en fauces, escaleras que se alargaban como serpientes. Brotaban de las paredes manos, lenguas, ojos cegados. Pero la lluvia, al recibirlo de nuevo, lo bendijo con el tacto frío de la realidad. Detrás de él, la puerta se cerró con un gemido.

Recorrió los bosques de regreso, empapado de miedo y de otro sudor más profundo. Las aves no cantaban. El aire era liso, expectante, y por cada paso sentía el roce invisible de dedos que exigían su sombra.

Esa noche, en la posada del “Pez Tuerto”, Elistar fue recibido como uno que cruzó la frontera de la muerte y volvió. No contó su historia a nadie; sólo apuró el aguardiente y miró las sombras que flaqueaban al lado del fuego. Pero cada vez que pestañeaba, veía a la Dama, siempre mirándolo desde los recovecos, ofreciéndole la eternidad quebradiza de los caídos en deseo.

Pasaron los inviernos. Relatos sobre Elistar Doan crecieron y mutaron, algunos ciertos, otros carbones de mentira. Decían que su sombra cada noche era más delgada, menos real, como si algo la desgastara desde el mundo de los espectros. Un día, desapareció de la posada, llevándose sólo su vieja daga de plata y un manojo de hierbas exorcistas, y nadie lo volvió a ver.

Pero si escuchas bien, dicen los que se atreven a andar cerca de la Mansión de los Ensangrentados, puedes percibir un leve destello plateado en el bosque, un canto susurrado como aguijón en el oído, y la promesa amarga de una paz que jamás será completa. Hay quienes insisten en que Elistar aún libra batalla consigo mismo, saltando de claro en claro, rehusando la tentación última, negándose a ceder su sombra aunque ésta palpite cada vez más negra y delgada.

En la taberna, el último en cerrar repite el brindis ritual:

"Por la carne y por la sombra,

por quienes buscan y no encuentran,

y por quienes encuentran lo que jamás debieron ver."

Porque algunos relatos tienen finales, otros sólo ecos. Y la Dama Ensangrentada, desde su trono de hueso y redención marchita, sigue esperando otro visitante que confunda deseo con salvación.

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