Fragmento:
El viento nocturno arrastraba consigo un hedor a hierro y a ceniza, deslizándose pesado sobre la senda olvidada que serpenteaba entre las ruinas del antiguo reino de Vallis. Aquella ruta, conocida entre susurros y nombres prohibidos como el Camino de las Lamentaciones, era evitada por los vivos y recorrida solo por las almas errantes y los condenados. Decían que aquel que se atreviera a cruzarla no lo hacía sin un propósito oscuro ni sin una deuda que comprar con sangre.
Duración: 06:25
El viento nocturno arrastraba consigo un hedor a hierro y a ceniza, deslizándose pesado sobre la senda olvidada que serpenteaba entre las ruinas del antiguo reino de Vallis. Aquella ruta, conocida entre susurros y nombres prohibidos como el Camino de las Lamentaciones, era evitada por los vivos y recorrida solo por las almas errantes y los condenados. Decían que aquel que se atreviera a cruzarla no lo hacía sin un propósito oscuro ni sin una deuda que comprar con sangre.
Era en esa vía de sombras donde se contaba que surgían ellas: las Bestias de cristal, criaturas tan mortales como bellas, formadas por filamentos transparentes que reflejaban los horrores del pasado y los miedos más profundos. Nadie sabía su origen, salvo quienes se atrevieron a cruzar el umbral y jamás regresaron para contarlo. Su sola apariencia era un castigo, porque en ese cristal líquido y punzante moraban fragmentos de las vidas pasadas, atrapadas en perpetuo sufrimiento.
Elon, un hombre de ojos cansados y pasos pesados, avanzaba por aquella senda con más voluntad que fuerza. Su cuerpo, marcado por cicatrices que contaban historias de terribles batallas, parecía resistirse a cada latido: estaba buscando una Bestia de cristal. Dicen que quien lograra capturar a una de esas aberraciones tendría la posibilidad de renegociar su destino, cambiar la tinta negra de su historia manchada, reescribir la tristeza por un futuro sin cadenas.
Sin embargo, en el mundo que habitaba Elon, las negociaciones con las Bestias no eran convenientes y raramente acababan con finales felices.
Elon había escuchado la leyenda por boca del viejo Krelan, un marchito hechicero vagabundo que sobrevivía entre escombros y mentiras. "Encuéntrala antes del último estertor del día," le advirtió Krelan, "porque tras el ocaso, el mal quizá se vista de nuevo. Y nada en el camino será lo que parece."
Entre la neblina que amortiguaba el brillo mortecino de los restos de la luna, Elon divisó la figura cristalina al borde del camino. La Bestia, elevada sobre cuatro patas finas y agudas como agujas, tenía la apariencia de un lobo, pero su piel era un mosaico de cristales irregulares que reflejaban cientos de aullidos lejanos, ecos de condenados atrapados dentro de esa carne translúcida. Sus ojos, si es que podían llamarse así, eran pozos oscuros que absorbían la luz, la esperanza y el aire de quienes se acercaban.
Elon sintió un temblor recorrer la columna vertebral. Sabía que cazarla no sería solo cuestión de fuerza bruta. Había escuchado que las Bestias de cristal no solo atacaban con sus garras de vidrio, sino con la mente, mostrando imágenes y recuerdos que erosionaban la voluntad de cualquier intrépido.
Fue entonces que empezó a recordar el motivo de su obsesión: la pérdida de Mina, su amada esposa, atrapada años atrás en aquella senda de sombras bajo circunstancias que él aún no podía aceptar ni entender. La Bestia, según el cuento oscuro del bosque, era la guardiana o quizás el carcelero de aquellos que cruzaron sin retorno. Si capturaba a la criatura, creía que tal vez recuperaría a Mina, o al menos la verdad que se escondía tras su desaparición.
Se armó con un cuchillo ceremonial de obsidiana que había encontrado en un altar olvidado, símbolo de antiguos votos y pactos rotos. Sus manos se apretaron alrededor del mango hasta que los nudillos blanquearon y, con un último vistazo hacia el horizonte opaco, se lanzó hacia la Bestia de cristal.
Las garras resquebrajaban el aire, y cada movimiento parecía repetir un eco de dolor insoportable: al rozar siquiera el cristal, Elon fue asaltado por visiones fragmentadas: la noche en que Mina se desvaneció, el llanto ahogado en la oscuridad, una presencia oscura que le susurraba promesas y petrificaba su alma. La Bestia no era solo un guardián; era un juego cruel, una trampa del destino que devoraba vidas en pedazos de vidrio roto.
Elon rodó al lado del camino, esquivando un zarpazo que habría partido su cuerpo en mil fragmentos. El cristal se extendió por el aire, chisporroteando violentamente, como si el mismo elemento estuviera vivo y dolido. Con un grito que mezclaba rabia, dolor y desesperación, Elon alzó el obús de obsidiana y lo hundió en el vientre translúcido. La Bestia gimió, un sonido que parecía un trueno partido y quebrándose a través de mil dimensiones.
Pero entonces, el cristal empezó a agrietarse en el cuerpo de la Bestia, no solo por dentro, sino también alrededor de Elon. Porque el Camino de las Lamentaciones no esperaba un juez, sino un peón más. La maldición se extendió como una sombra: el suelo bajo sus pies se quebró y se amplió, revelando pasadizos de cristal que se yerguen hacia abajo, hacia abismos de recuerdos y sufrimientos eternos.
Elon, atrapado en una red de fragmentos, se convirtió en parte del agravante que alimentaba la función oscura de aquellas Bestias: recolectoras de dolor, de miedos, de almas rotas, atrapadas para siempre entre las paredes transparentes de la condena. En ese abismo, el tiempo se disolvía y con él su esperanza, mientras las voces de los condenados le abrazaban en susurros quebrados.
Pero el espíritu de Elon no se rindió. Aferrándose a un resquicio de luz apagada, recitó un antiguo conjuro olvidado, una plegaria a las fuerzas más antiguas que gobernaban esos caminos. El cristal empezó a vibrar y a despedazar esos pasajes, y en el destello final, algo cambió.
La Bestia, rota y liberada, se transformó en polvo de plata que se deslizó por la senda, dejando tras de sí un rastro de voces en calma y un suspiro antiguo, como si el propio camino reconociera su alteración.
Elon, con el cuerpo tocado por heridas y el alma por revelaciones, supo entonces que la maldición era más profunda que la carne y el cristal. Los caminos no solo estaban malditos por las Bestias, sino por quienes caminaban con miedo y culpa en el corazón.
Al fin del recorrido, frente a un espejismo de Mina que se desvanecía entre sombras y luces partidas, comprendió que no podía salvar lo que ya estaba perdido; solo podía redimir su propia alma al desafiar el temor, al aceptar el quebranto y decidir no ser prisionero de ese cristal que fragmentaba la esperanza.
Y así, mientras la niebla se disipaba y el amanecer cortaba con cuchillas doradas la oscuridad, el Camino de las Lamentaciones permanecía allí, inmutable pero distinto, esperando la próxima alma que tuviera el valor de cruzarlo, consciente de que no es el destino lo que define el camino, sino la voluntad de buscar luz dentro de la oscuridad más transparente.
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