Portada del relato El arte de devorar la noche
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Fragmento:


—¿Por qué debería aceptar?

Duración: 09:32

El arte de devorar la noche
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Texto de ajuste de pausa.

Retazos de neón se filtraban por las costuras de la ciudad agonizante. Era imposible distinguir dónde moría el acero y comenzaba la carne, porque el firmamento no era más que un manto raído, salpicado de las heridas que las criaturas del abismo dejaban a su paso. Restos de una civilización olvidada por los dioses; o, tal vez, castigada por ellos. En esta maraña de decadencia y promesas rotas, la noche era algo que se sobrevivía, no que se vivía.

Los glifos púrpura de la calle Cíclope parpadeaban de manera errática, reflejando una coreografía descompasada sobre el rostro de Myrr. La pregunta adecuada, en noches como esta, no era cuánto resistiría la ciudad, sino quién de sus habitantes recordaría con certeza el alba. La oscuridad se devoraba a sí misma, y a veces, en ese proceso, se llevaba consigo los recuerdos de quienes se atrevían a mirarla directamente.

Myrr trabajaba, si podía llamarse trabajo, en uno de los innumerables burdeles místicos de la Cuadra Vieja. En estos lugares, los clientes pagaban tanto por compañía como por la experiencia de una breve comunión mental alimentada por cristales oníricos. Sin embargo, esa noche Myrr esperaba algo diferente. El rumor corría entre los pasillos altos, donde el humo de las lámparas corría denso y lento: había llegado un forastero, con las pupilas dilatadas y la lengua sucia de sangre.

Lo reconoció de inmediato cuando cruzó la cortina de cuentas. Era alto, tan delgado que parecía escurrirse entre la penumbra. Sus ropas estaban recubiertas de polvo estelar —polvo de los yacimientos que solo los condenados pisaban— y en su palma derecha llevaba la marca de los Devoradores, un tatuaje que palpitaba con líneas negras y espinas. Nadie pertenecía a esa orden a menos que llevara la muerte pegada al alma.

Se sentó frente a ella, y la lámpara azulada hizo que los huesos de su cara se dibujaran como una máscara en espera del sacrificio.

—¿Tienes miedo? —le preguntó, sin sonreír.

Myrr se encogió de hombros, conservando la dignidad de quien ha sobrevivido a demasiados horrores.

—Hace mucho que no me queda miedo.

El forastero observó a su alrededor, como si atendiera a un coro de voces secretas. Su sombra era demasiado larga, ondulando en la pared detrás, atrapando breves destellos de otras sombras escondidas.

—Dicen que puedes soñar por otros —dijo, por fin—. Nadar en las mentes de quienes quieren olvidar.

—Y recordar lo que no deben recordar —apostilló Myrr, sin apartar la mirada. Su voz sonaba más firme de lo que sentía—. No soy una simple tejedora onírica.

—No. Eres la última Oráculo viva —replicó él con una media sonrisa—. Quiero que cruces al lado oscuro del sueño. Te pagaré lo que pidas, pero me llevarás contigo.

Normalmente, Myrr habría rehusado sin pensarlo. Los sueños oscuros eran prohibidos, cartografiados sólo por los suicidas y los locos. Pero el modo en que él dijo “contigo” implicaba una elección dual, inexorable, y la persuasión de las palabras resonó en el rincón más profundo de su alma hambrienta.

—¿Por qué debería aceptar?

El hombre se quitó un guante, mostrando los dedos teñidos de metal negro. Le tendió algo: parecía un fragmento de obsidiana, aunque estaba caliente al tacto y latía como un corazón roto.

—Porque eres como yo, aunque lo ocultes detrás de tus glifos y tus cristales de sueño. Sientes el hambre. Sabes que la oscuridad será quien defina quiénes somos en realidad algún día.

La promesa de la oscuridad. Dulce, inevitable. Myrr sintió los dientes de algo antiguo raspando en el borde de su conciencia.

—Dime tu nombre —dijo, porque lo ritual requería reciprocidad.

—Ankar. Yo he visto las ciudades sin sueños, las que siguieron a los dioses hasta las estrellas muertas. Y quiero recordar. Pero no puedo hacerlo solo.

Myrr asintió. Con un profesionalismo teñido de resignación, extendió el paño azul sobre el suelo, convidando a Ankar a sentarse frente a ella. Sacó de un bolsillo el vial con cristales de ónice pulverizados, que dispersó en un círculo. Se sentó al borde, dobló las piernas y le tendió ambas manos.

—No puedes mirar atrás. Pase lo que pase —advirtió. Ankar entrelazó sus dedos con los de Myrr, temblando de una forma que no tenía que ver con frío.

Myrr inhaló profundo, permitiendo que el polvo de ónice fluyera por su garganta. Los glifos sobre su piel comenzaron a brillar, exudando un fulgor verdinegro. Ankar cerró los ojos. La habitación respiró, el corazón de la ciudad titiló. La oscuridad se curvó y los engulló.

***

Cayeron a un abismo líquido, donde los sonidos viajaban como ecos viscosos, y las formas del pensamiento cortaban la realidad en jirones humeantes. Se deslizaron entre recuerdos que eran de ambos y de ninguno: las manos de una madre temblorosa, los tentáculos de una noche demasiado silenciosa, las miradas hambrientas de criaturas sin rostro.

Pero allí, en ese mar de pesadillas, flotaba una puerta. De madera carcomida y hierro oxidado, con la misma marca espinosa que Ankar llevaba grabada en la piel.

—Aquí está —dijo él, la voz ampliada, múltiple.

—El umbral a los sueños de la muerte —murmuró Myrr.

Las reglas eran claras. Al abrir esa puerta, ambos entrarían en la memoria del mundo, donde las oscuridades colectivas aguardaban el olvido. Sabían lo que arriesgaban: perderse, fragmentarse, o peor, regresar con parte de ese horror prendida al alma como una enfermedad.

Ankar puso la mano sobre la puerta; su forma titiló. Un instante después, cruzaron.

El mundo interior era una ciudad en ruinas, infinitas capas de calles derruidas, edificios fundidos con techos de hueso y sangre derramada en filigrana sobre los adoquines. Criaturas reptaban en la penumbra, sus bocas abiertas de par en par, emitiendo susurros ininteligibles. Por encima de ellos, un sol negro bombeaba una luz débil e interminable.

Avanzaron en silencio. El terror no era una bestia activa, sino una bruma que les quitaba la memoria por retazos. Myrr sintió que cada paso la hacía menos ella misma, como si los pensamientos fueran arrancados y consumidos por la arquitectura de la propia pesadilla.

Encontraron la fuente del lamento en el centro de la ciudad: una fuente seca, rodeada de cuerpos petrificados y, sobre la pila, la sombra de una mujer sin rostro. Cuando hablaba, sus palabras no llegaban por el oído, sino que trepaban —viscosas— por las raíces neuronales.

—Han vuelto, hijos de la Devoradora —entona la sombra—, pero la memoria es una tumba que os devorará.

Myrr levantó sus manos, que ahora aparecían cubiertas de runas sangrantes.

—Buscamos aquello que olvidó el olvido —respondió, obligada por una fuerza ancestral a recitar su parte del ritual.

Ankar gruñó. La sombra se separó del borde de la fuente, alargando brazos filosos hacia él, pero Myrr se adelantó y le mostró el fragmento de obsidiana. Un viento insólito brotó de la nada, dibujando a su alrededor una cúpula gélida.

Algo cambió.

El rostro de la sombra se quebró, revelando docenas de ojos diminutos y bocas entreabiertas. Comenzó a reír, y la suma de todas esas voces era la suma de todos los terrores que Myrr había sentido en la vida. Un sudor frío le recubrió la espalda, pero se obligó a mirar fijamente a la criatura.

—El pacto está sellado —dijo la sombra—. Ahora debes comer el corazón de tu miedo, o te perderás para siempre.

Myrr sintió que el fragmento latente ardía en su palma. Lo llevó a la boca, sus dientes quebrando la obsidiana en fragmentos que cortaban y dolían y liberaban un torrente de recuerdos. Vio la fundación de la ciudad, la noche en que los dioses le dieron la espalda a la humanidad. Sintió la desesperación, la náusea, la furia de las mujeres y hombres convertidos en esclavos y en monstruos.

Un pulso abismal. Incontables memorias reescribieron la suya. Ankar gritó con el dolor de quien pierde todas sus máscaras; la sombra lo envolvió, y en torno a Myrr todo se desmoronó en una vorágine de fractales oscuridad.

Pero, mientras devoraba el corazón de su miedo, Myrr comprendió: el abismo no pedía una dádiva. Reclamaba una conciencia, un testigo que persistiera. Ella era esa voz, la que podía soñar el pasado y, al sobrevivirlo, reescribir el futuro.

El sol negro del cielo se fracturó y cayó hecho añicos, liberando miles de luciérnagas pálidas. Por primera vez, un destello de esperanza se coló en ese páramo. La sombra desvaneció, confundida, como si hubiera olvidado su propósito.

Ankar yacía en el fondo de la fuente, roto, pero aún vivo. Myrr lo levantó entre sus brazos. Oían, a lo lejos, los susurros de miles de otros, otras Oráculos, otras víctimas y victimarios, pidiendo ser recordados.

—¿Qué viste? —le preguntó ella a Ankar, mientras la ciudad oscura se desvanecía.

—La esperanza… aún sobrevive —respondió él, y en sus ojos abiertos de par en par Myrr vio reflejada la noche entera, pero también el alba, finísima, improbable, incipiente.

Regresaron. El burdel se sentía menos real al regresar; la luz azul de la lámpara temblaba, como si dudara de su propia existencia. Myrr liberó la mano de Ankar, sintiendo dentro de sí una pesadez nueva, el precio de haber cruzado de un mundo al otro.

—Ya no eres un Devorador —dijo, mirándolo a los ojos—. Has sido devorado.

Ankar asintió, los hombros caídos, pero cuando cruzó la puerta, pareció más libre de lo que la ciudad permitiría jamás.

Myrr cerró los ojos, sintiendo latir la oscuridad renovada en sus venas. Los glifos en su piel, alguna vez verdinegros, ahora brillaban con una aurora rojiza. Y supo, de alguna forma brutal, que la noche había devorado a la noche, y en ese acto, se había sembrado la posibilidad de un nuevo amanecer.

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