A cada paso, la tierra parecía clamar venganza. Un vendaval de hojas secas abrazaba los tobillos acorazados de los tres errantes mientras cruzaban los oteros sangrientos de Vorz, oteros que sabían del acero y del olvido. La luz del mediodía era una lengua ausente; apenas titilaba, filtrada por la neblina perpetua como si el propio cielo vacilara ante la impía reputación de aquellas colinas.
El primero era Anwir, de brazos largos como ramas de tejo y barba rojiza, el acero de su lanza tan manchado como su túnica de viaje. La segunda, Dalienne, caminaba unos pasos tras él; mujer alta, oscura de cabellos y mirada, envuelta en un sayo cetrino amarrado con hebras de hueso. El tercero era Umar, cuyas cicatrices de batallas antiguas hacían que la piel de sus mejillas pareciera la corteza de un roble castigado por el viento.
No eran compañeros por elección. No había juramento de hermandad ni promesa de oro que los uniera; solamente los había reunido la larga cadena de disgustos con la ley, la sospecha o la necesidad. Y, sin embargo, bajo aquel velo mortecino, compartían el mismo aire petrificado de los condenados.
Se detuvieron. La niebla ante ellos era un muro infranqueable, salpicado de efluvios dulzones y un hedor a carroña húmeda. Anwir levantó su lanza con gesto sutil. Dalienne asintió y sacó de la faja una daga curva, mientras Umar, encorvado por la fatiga o la sospecha, apretaba con fuerza la empuñadura de su mandoble sin desenvainar.
—Qué ves, ojos del norte —musitó Dalienne, apenas audible.
—Sombra se mueve —respondió Anwir—. No humana.
Aun resguardados por la experiencia de mil noches inquietas, los tres notaron cómo el aire vibró a su alrededor, punzante y frío. De la niebla menudearon figuras; al principio borrosas, después consolidadas, huesudas, envueltas en harapos que parecían llorar ascuas mortecinas. Caminaron—sólo que ningún pie se oía; pisaban, y la hierba no cedía.
Umar, apretando los dientes, cruzó la mirada con Anwir. No había miedo en sus ojos, sino la resignación de quien ha abrazado la muerte tantas veces que sólo le teme a la rutina.
—El señor de estos oteros aún cría sus perros —susurró.
Dalienne apenas sonrió, fría. —Perros, si esto son, muerden poco y mueren deprisa.
Sin preámbulo, la primera figura se abalanzó sobre Umar. No era del todo carne ni del todo sombra; tenía dedos largos, demasiado largos, y en la boca una humareda de lamentos. Umar la recibió con el canto de su mandoble, rebanando bruma y hueso podrido. Anwir giraba en círculos, lanzando estocadas rápidas, cada vez que una figura emergía de la neblina, se desmoronaba, desaparecía en cenizas.
Dalienne no atacaba sino cuando era absolutamente necesario: sus movimientos eran una coreografía precisa, cada tajo causaba una herida imborrable, incluso en entidades que parecían tejidas de vapor.
La escaramuza fue breve; el último ser desapareció antes de tocar el suelo. Pero dejaron atrás un frío aún peor, y en los ojos de los guerreros se dibujó el leve temblor de quien ha visto un atisbo de su propio final.
—Quieren que nos vayamos —escupió Umar—. Esto no era un verdadero ataque.
Anwir asintió. —Quieren asustar, o advertir.
—Buscan tentarnos —añadió Dalienne—. La neblina, el hedor, la visión de lo que pudo ser nuestra carne después de la muerte.
El viento arreció. Un lamento, quizás de cientos de gargantas, se deslizó colina arriba.
Caminaron toda la tarde entre brumas cambiantes, ascendiendo a una vasta almena natural. Allí, donde los guerreros se detuvieron, el paisaje se abría en una cicatriz: un antiguo patio de armas, desprovisto de paredes, donde el suelo enladrillado aún rezumaba la memoria de un viejo sacrificio.
Sobre ese suelo se alzaba la figura de piedra de una bestia desconocida: cabeza de ciervo, cuerpo de lobo, garras de dragón. De su garganta hendida manaba un líquido negro que se deslizaba eternamente, dibujando hilos en la piedra como venas sobre la piel de un titán muerto.
No era sólo una estatua. El corazón de las colinas latía con el rítmico gotear de aquella sangre imposible.
Un paso entre las sombras. Del otro lado, tras uno de los pilares vencidos por el musgo, emergió un hombre. O algo que antes lo fue. Alto y etéreo, cubierto por túnicas de tono ceniciento, sus ojos ardían con el fuego enfermo de la magia resquebrajada. Sonreía, y de su sonrisa escapaban espetos de hielo.
—Bienvenidos —profirió, la voz cargada de ecos—. Vagáis en busca de algo, aunque no siempre sabéis de qué.
Ninguno respondió. Umar escupió al suelo, Dalienne miró de reojo a Anwir, quien mantuvo aferrada su lanza de madera antigua.
—¿Quién eres? —preguntó Anwir finalmente.
—Alguien que recuerda —dijo el espectro—. Cuando estas tierras tenían un nombre verdadero, cuando los guerreros luchaban por tierra y no por tiempo. Yo era el último paladín de un juramento, antes de que el mundo olvidara por qué sangramos.
Se acercó a la bestia de piedra, posó una mano en la piedra ensangrentada. Dalienne notó, en el dorso de aquella mano confiscada al tiempo, una runa de condena.
—¿Qué quieres de nosotros? —su voz cortante hizo eco entre los pilares.
El espectro río con la frialdad de quien no ha conocido calor en siglos. —Vosotros sois instrumentos. Solo a través de guerreros sin techo ni perdón puedo escarbar en las heridas del tiempo. El ciclo exige sangre de los que aún pueden elegir el camino de su propia locura.
Umar entrecerró los ojos, notando un temblor en la bruma, los contornos ondulantes de la realidad misma. —Si buscas sacrificios, busca en otra parte. En este mundo ninguno de nosotros vale ya una plegaria, y menos un sacrificio. Somos rurales de la derrota.
El espectro asintió, sombrío. —Lo sé. Por eso os elijo. No como corderos, sino como bisturís. Hay un corazón en el fondo de esta tierra, un sueño maligno alimentado por los recuerdos de los muertos sin reposo. Yo fui su guardián. Ahora es su carcelero quien me reemplazó: un heraldo de locura que ama más el dolor que la verdad.
—¿Y qué pides a cambio de dejarnos pasar? —preguntó Anwir.
El espectro acarició las garras de la bestia de piedra, gota a gota. —Entrad en la cámara bajo la colina, donde el sueño rojo se agita. Derrotad al heraldo. No le temáis por lo que pueda hacer con vuestros cuerpos, sino por el poder con que distorsiona los recuerdos. Os hará pensar que siempre habéis sido así: apátridas, errantes, olvidados de todos los dioses. Su don es la mentira perfecta.
Dalienne fue la primera en avanzar. —No tenemos más vida detrás que delante. Si esto es locura, que nos lleve hasta el fin.
Una trampilla en la base del monumento se abrió con un suspiro de aire muerto. El espectro levantó la mano, y los tres bajaron doscientos escalones desgastados hacia las entrañas subterráneas del otero. Un hedor denso, mezcla de raíces podridas y miedo antiguo, envolvía cada respiración.
Al llegar a la cámara del sueño rojo, la sangre falsa de la estatua había dado paso a un lago real, líquido y turbio, latiendo como si un corazón invisible palpitara allí abajo. En la orilla, una figura aguardaba. Más humano que el espectro, ligeramente encorvada, ropas impracticables de hilos negros, una capucha donde los ojos brillaban como carbones encendidos.
—Bienvenidos —dijo, sin voz—. Decidme, ¿quiénes sois vosotros sin el peso de vuestros nombres? Este lugar puede daros la paz de la nada o la memoria de la victoria.
Ninguno habló.
El heraldo extendió una mano y, sin mover los labios, trasladó a cada uno de ellos un torrente de imágenes: batallas ganadas que nunca vivieron, amores que nunca perdieron, identidades posibles y perfectas.
Sólo un movimiento; la lanza de Anwir atravesó la bruma, guiada por la pura fealdad de la incertidumbre. El heraldo se disolvió en jirones de niebla, reapareció sobre la superficie del lago, ahora afilando una sonrisa demencial.
Con un grito, Umar arremetió, golpeando la costilla incorpórea; Dalienne corrió por la circunferencia del lago, cortando las cuerdas de hechizo que mantenían la visión. Más allá de la carne, la lucha era por los recuerdos: cada golpe era un momento verdadero recuperado, cada herida una mentira desterrada.
El heraldo gritó, la voz ahora una amalgama de todas las que habían muerto en los oteros. En el atronador alarido final, la cámara tembló. La sangre del lago se evaporó, los recuerdos ajenos se disolvieron.
Cuando por fin el silencio regresó, los tres se hallaban solos. El heraldo, derrotado, dejó tras de sí un anillo de plata, y fuera, el espectro los esperaba en la cima.
—¿Qué sois ahora? —preguntó.
Dalienne habló, lamiéndose la sangre de la mano: —Guerreros. Pero por fin, para nadie más que nosotros mismos.
El viento cesó. La niebla retrocedió. Los tres errantes miraron adelante; ni redención, ni condena, sólo otro tramo de sendero. Quizá, en la siguiente colina, alguien recordara sus nombres. Pero lo dudaban. Y por primera vez, sabían que importaba poco.
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