Portada del relato Cenizas sobre Cartahen
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Fragmento:


Bajo la ladera norte, las torres de Ignivallis arden. No parece un fuego hecho por hombres o relámpagos. Las llamas se alzan de la piedra negra, fluyen como lenguas vivas, recorren fervientes los muros y almenas, invirtiendo las reglas del mundo: ahí donde debería existir el refugio de las rocas, se desatan en cambio bocas abiertas y hambrientas. El murmullo de la combustión es el de un animal antiguo y despierto.

Duración: 08:36

Cenizas sobre Cartahen
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Texto de ajuste de pausa.

La noche huele a resina y a muerte antes de que crezcan las llamas. Hay un instante—justo cuando cae el primer copo de ceniza—en que el pueblo de Vedraith aún imagina que todo es niebla o polvo. Pero la noche no miente, y la ceniza lleva dentro, como un juramento, el gusto metálico de un final largamente postergado.

Bajo la ladera norte, las torres de Ignivallis arden. No parece un fuego hecho por hombres o relámpagos. Las llamas se alzan de la piedra negra, fluyen como lenguas vivas, recorren fervientes los muros y almenas, invirtiendo las reglas del mundo: ahí donde debería existir el refugio de las rocas, se desatan en cambio bocas abiertas y hambrientas. El murmullo de la combustión es el de un animal antiguo y despierto.

Marella corre, impulsada por el pánico y por una orden tan vieja como su sangre: huir de los castillos de fuego. La leyenda lo dictaba, y su abuela solía recitárselo: “El día que las almenas brillen desde adentro, no mires atrás. Ningún destino te atará si escapas cuando la ceniza te toque los pies.” Su abuela ya es solo un pedazo de polvo, pero la advertencia retumba en su pecho mientras sus botas golpean el barro de los callejones, escapando de la claridad antinatural que se alza tras las murallas.

Gira por la plaza del mercado. La hiedra dorada cuelga, calcinada, de los cobertizos. Ve formas corriendo, arremolinándose, otros aldeanos atrapados en la misma decisión. No todos eligen huir. Desde una ventana del segundo piso, un anciano observa la cortina de fuego que baja, resignado, un espejo en los ojos: tal vez sabe, como Marella, que no todos pueden dejar atrás lo que aman.

El fuego es paciente. No se arremolina sobre ellos como una bestia iracunda; avanza con deliberación, rodeando primero el castillo alto, luego descendiendo por las escaleras pétreas, abriendo portones, atravesando a pasos lentos los jardines descuidados. Solo cuando un niño muy pequeño entra en una de las llamaradas, Marella se atreve a mirar fijamente, esperando ver una sombra consumida, una carne ardiendo. Pero la llama envuelve al niño sin que este grite. Se aprieta contra su piel como un abrazo de madre, y su silueta parece hundirse, desvanecerse entre los fuegos, sin dolor, sin lucha.

A Marella se le hiela la voluntad. Su instinto le grita que gire y siga corriendo. Y sin embargo, en sus raíces, algo más antiguo le ordena observar.

Años atrás, Ignivallis era el muro, la protección. La fortaleza del rey Ostreon, tan imponente en su linaje, tan implacable en sus promesas. Ahí crecían los escuderos y nacían los mitos. Pero las piedras recuerdan, y también las ofensas. Alguien—o algo—ha desatado una fuerza anterior a los reinos, una fuerza que reclama, tras siglos de paciencia, lo que le fue arrebatado.

“¡Marella!”

La llamada es de Rosten, su primo, su compañero de juramentos infantiles. Aparece junto a ella, los cabellos rubios convertidos en nubes doradas por el resplandor. Apenas logra verla entre el humo.

“¡Vete!” dice ella por costumbre más que por deseo.

“¿Y dejarte?” Él tose y se detiene a su lado. “¿Sabes por qué el fuego no nos sigue?”

Marella niega.

“Eran vigilantes. Nunca lo supimos. Ahora vienen a por nosotros.”

Un escalofrío de hielo recorre su espalda. “A por quién, ¿Rosten? No todos arden. ¿Cómo lo elige?”

Él la toma del brazo. “Hay más que fuego aquí dentro. Hay voces, escúchalas.”

Solo tras la advertencia percibe, entre las crujientes lenguas naranjas, el débil lamento de algo que no pertenece al mundo de los vivos. Voces que suenan demasiado viejas, demasiado cansadas, atrapadas largo tiempo tras las piedras.

—Promesa incumplida… promesa de sangre…—

Rosten la aprieta más fuerte. “Los castillos son los sellos. Si las llamas suben, alguien traicionó el juramento.”

En la infancia les contaron que la piedra negra de Ignivallis tenía grabados símbolos antiguos, no de reyes ni de santos, sino de entidades a las que una vez se temió y adoró. La verdad era leyenda, y la leyenda advertencia: asegura lo que encierra, paga el precio, nunca olvides la deuda.

La deuda.

Marella comprende. “Han roto el pacto. Alguien tomó para sí la protección del castillo sin pagar el precio.”

Rosten asiente. El crepitar del fuego aumenta. Más aldeanos son envueltos. No se escucha dolor ni súplica, solo el suave roce de algo abriéndose, una enorme jaula celeste que roza sus barrotes de fuego.

“Debemos salir”, dice Rosten, pero sus ojos miran hacia el castillo, como si la tentación de enfrentarse a los orígenes de todo fuera más fuerte que el miedo.

“¿Y si lo que hay dentro solo busca venganza?” pregunta Marella.

“¿Acaso importa? Si se ha desatado el castillo, vendrán por todos, tarde o temprano.”

Pero ella no está tan segura. Observa. Las llamas buscan, exploran, tantean los muros, pero no cruzan cierto umbral: la vieja fuente de los deseos, tallada de piedra blanca, parece repeler la marea ardiente, protegiendo a los pocos que allí se agrupan.

Lo comprende entonces. No toda la piedra es parte de la jaula. Hay santuarios menores, islas en el mar de furia.

“Hay lugares seguros, Rosten. Podríamos…”

Un grito los interrumpe. Un hombre, envuelto en llamas, no muere sino que su piel se trasluce, se funde y tras él emerge otra forma, una sombra de ojos incandescentes, más grande que cualquier humano, palpitante de rabia y de deseo.

El fuego no mata. El fuego libera.

Rosten la empuja hacia la fuente. “¡Corre, Marella, no mires atrás! ¡Yo los distraeré!”

“No, no puedes…”

Ya no la oye. Ha corrido hacia la línea de fuego, una antorcha de esperanza inútil, presa de una compasión estúpida.

Marella se ve forzada a elegir: salvarse por cobardía u honrar la sangre que la llama a luchar.

Se zambulle bajo la lluvia de ceniza, hacia la fuente santificada. Las llamas a su alrededor gruñen, se arrastran, tantean la base de piedra blanca, pero se detienen a escasos centímetros. Adentro, cinco personas tiemblan. Dos mujeres lloran a un anciano que se ha inmolado, confesando antes un pecado que Marella no logra entender.

El aire se vuelve espeso, algo más frío, la noche empieza a murmurar.

Uno de los refugiados, un mercader viejo y cansado, sopesa un medallón de hierro. “Las jaulas de piedra solo duran mientras pagues por ellas”, susurra. “Nos olvidamos de pagar, todos. Por eso regresan. Por eso arde Ignivallis.”

Marella recuerda la historia: una vez, para sellar a las cosas del inframundo, el primer rey ofreció parte de su linaje y prometió recordar. Pero los años y la arrogancia borraron su temor. Tomaron la protección por herencia, olvidando la raíz de su salvación.

Un rugido sacude la noche. Del centro del castillo, ahora calcinado y abierto en canal, surge la criatura: lleva restos de oro entre garras enormes y ojos de fuego líquido. Restos de coronas, sillas talladas, símbolos del poder que profanó la promesa.

“No se irá hasta devorarlo todo”, dice el anciano mercader.

Marella, consumida de rabia y miedo, se aproxima a la fuente. El agua, clara incluso mientras arde el mundo, refleja su rostro. Busca palabras, alguna plegaria que su abuela le enseñó.

Agacha la cabeza y entona un canto de expiación.

La fuente vibra. El fuego titubea, como si recordara también. De algún modo, la piedra y el agua reconocen el pedido de disculpas, la confesión de la deuda. Se abre un paso angosto entre las llamas, un sendero efímero hacia el bosque cercano.

“Marella, rápido”, dice el mercader.

Huye, pero antes de cruzar la línea piensa en Rosten, en aquellos que no podrán seguirla, en los nombres y linajes aniquilados por la arrogancia de un pacto olvidado. Mira hacia atrás y ve como la criatura alza el castillo, arrancando de raíz el símbolo del viejo poder, y el fuego la envuelve en su danza final.

Solo ella y los que guardaron memoria logran salir. Detrás, Ignivallis se colapsa, convertido en un volcán de cenizas, arrasando en su resplandor los últimos vestigios de la era de los reyes.

Al alba, el pueblo es una llanura ennegrecida y silenciosa. Solo seis figuras se atreven a mirarlo, sabiendo que nunca olvidarán lo que costó ignorar el precio que toda protección demanda.

La historia jamás vuelve a ser la misma entre los que sobreviven. Marella lleva la ceniza en los cabellos y la certeza de que cualquier santuario, cualquier castillo, solo es seguro mientras sepamos, en la raíz profunda del miedo, que las llamas no olvidan.

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