Fragmento:
Detrás de un tronco ahuecado, Eira se marcaba nuevas líneas en los brazos, runas para borrar el temblor y enmudecer su rastro ante quienes podían olfatear la magia oscura casi tanto como los espectros con los que compartían noche. Klythra, en algún pliegue invisible de la niebla, la instaba a usar esa magia, a abrazar el monstruo adelante y no temerle. Pero en el centro de su pecho, la culpa era una piedra ardiendo.
Duración: 15:29
Capítulo 3: Los Cazadores de la Ceniza
El alba nunca llegaba al Bosque Cuervo, pero algo parecido al amanecer reptaba tras las copas más apretadas, una claridad descolorida y helada. Para Eira, la noción del tiempo se había disuelto bajo la marea de niebla, sangre y magia. Había atravesado la noche con el veneno de Klythra circulando por sus venas, un poder que a cada latido le enseñaba tanto como le arrebataba. Ahora estaba sentada entre raíces húmedas y cicatrices abiertas, el aire saturado de presagios. La sombra de su enseñanza la susurraba todavía: no confíes en nadie, ni en ti misma.
El frío se calaba en los huesos, pero era la vigilancia lo que la obligaba a no moverse demasiado. Escuchaba, a través de su sangre y del bosque, el sordo rumor de la caza. Los Cazadores de la Ceniza no daban tregua. Por momentos, sentía el temblor de sus pasos apagando hasta la respiración de las ramas. Habían encendido antorchas, y la luz, más tenue que el miedo, se filtraba por la niebla con un fulgor de fosa. Los oía murmurar entre dientes oraciones que eran más maldiciones que fervor.
Detrás de un tronco ahuecado, Eira se marcaba nuevas líneas en los brazos, runas para borrar el temblor y enmudecer su rastro ante quienes podían olfatear la magia oscura casi tanto como los espectros con los que compartían noche. Klythra, en algún pliegue invisible de la niebla, la instaba a usar esa magia, a abrazar el monstruo adelante y no temerle. Pero en el centro de su pecho, la culpa era una piedra ardiendo.
No sabía cuántas horas llevaba huyendo, sólo que la persecución no cedía. Por cada rumor de Lian que el bosque le ofrecía —un eco, un grito sofocado, un resplandor frío— se interponía el retumbar férreo de quienes la habían sentenciado a muerte.
Bajo el dosel, Eira distinguió a los Cazadores avanzando en formación. Eran seis esta vez, embutidos en cuero y hierro tan ennegrecidos por el fuego que casi se fundían con el suelo ceniciento del bosque. El primero era alto y cojo, el rostro mutilado por antiguas quemaduras. Detrás, la silueta erecta del líder, un caballero caído con una espada que nadie más podía haber portado: el acero de los Emblemas de Luz, ahora cubierto de óxido y ceniza. Los demás llevaban máscaras gastadas, dientes de animal colgando de sus cinturones, amuletos que tintineaban con cada movimiento huidizo.
Eira conocía bien los cuentos sobre ellos: antiguos defensores, ahora exiliados y corrompidos, convertidos en purificadores de todo vestigio mágico, encarnación del odio a un pasado que nunca terminaron de sepultar. Pero lo que le heló la sangre fue reconocer la voz grave del líder, resonando entre los árboles como un martillo:
—¡Buscad los rastros! La bruja está cerca. El bosque la guía, pero también puede traicionar. No busco solo cenizas, quiero respuestas.
Eira forzó una respiración lenta, intentando calmar la pulsación mágica en sus venas. La voz de Klythra serpenteó en su oído, caricia y aguijón:
—La venganza es una raíz profunda, niña. Cuanto más tiras de ella, más se enreda en tu carne. Pero descubre qué buscan… y descubrirás también cómo salvar a tu hermano.
Avanzó gateando entre raíces y musgos, su cuerpo camuflado por la magia oscura. Observó a los Cazadores inspeccionando los árboles, lanzando chisporroteos fantasmales con varillas de hierro, desesperados por revelar presencia druídica. Uno de ellos, el más joven, miró hacia donde se ocultaba e hizo una señal a sus compañeros para agruparse. Eira se apartó a tiempo, el corazón convertido en un tambor de estrategias fallidas: tenía que pasar desapercibida, aprender, y luego superar el cerco invisible que cerraban a su alrededor.
Recordó sus enseñanzas de la noche anterior: escuchar en la savia, percibir entre el crujido y la raíz. Dejó que la magia fluyera sin resistencia y sintió, como si su propio cuerpo fuera parte de la tierra, las vibraciones de los Cazadores. En sus pensamientos, captó breves fragmentos de temor, de resentimiento, de un odio tan elemental que casi era puro dolor. La magia de Eira le mostró imágenes rotas: sacerdotes muertos en templos de madera, niños sacrificados bajo lunas ensangrentadas, y una promesa difusa, pronunciada por el líder de los Cazadores cuando aún era sólo un hombre, no un espectro del odio.
La caza se intensificó. Eira se desplazó como una alimaña hasta alcanzar la orilla de un arroyo retorcido, cuyo cauce susurraba antiguas letanías de los druidas. Allí entró en comunión forzada con la corriente: vio reflejados, por un instante, los rostros de los Cazadores como habrían sido en otra vida. Ni santos ni monstruos, sino víctimas de un ciclo que los consumía tanto como a ella.
La figura del líder se alzó tras una mata, la espada brillante en la penumbra. Eira retrocedió un palmo, pero era tarde: su mirada se encontró con la del hombre tras la máscara encajada. Ojos grises como piedra quemada, y una cicatriz aún fresca, formando una antítesis con la compostura implacable que sus subordinados respetaban tanto como temían.
—Sé que estás ahí, bruja —anunció, sin elevar la voz—. ¿Por qué huir? ¿Por qué resistirte? Sólo busco respuestas, no carne.
Eira tensó los dedos, improvisando un hechizo para disfrazar su presencia. Pero el hombre continuó:
—¿Crees que no sabemos quién eres? El bosque no oculta tanto como crees. Llevas las marcas de los caídos. Eres sangre maldita, hija de traición. Dínos dónde está el niño y podrás vivir para ver un mundo sin magia.
La crueldad sorda en la voz del líder era una caricia rota y un martillo. Eira supo que ninguna promesa de piedad era verdadera, ni de parte de él, ni del bosque, ni siquiera de los recuerdos de su madre. Pero algo en la mención del niño la hizo temblar. No podían saberlo todo… ¿o sí?
Klythra se insinúo en su oído derecho:
—Habla con ellos. Lo necesitas tanto como ellos a ti. Pero recuerda, una mentira bien tejida puede salvar más que una verdad desnuda.
Sopesando la imposibilidad, Eira emergió unos pasos, en semisombra. Los Cazadores levantaron armas y resplandecieron antorchas, pero el líder hizo un gesto seco y calmaron la furia, expectantes.
—¿Qué buscan? —susurró. Su voz era apenas humana, afilada y sorda por la fatiga.
El hombre se quitó la máscara. El rostro era más joven —y más triste— de lo que esperaba, aunque devastado por el dolor y la carga de decisiones negras.
—Mi nombre fue Gavran —dijo—. Ahora a muchos sólo les queda un título. Quiero saber por qué el bosque toma a los niños. Por qué aún vive la misma corrupción que me obligó, hace años, a empuñar el fuego. Tú llevas sangre de los que traicionaron todo…
Los otros Cazadores miraban, perplejos por la negociación, ansiosos de sangre pero sujetos por la autoridad del caballero. La magia de Eira captó atisbos de recuerdos: un niño entre llamas, una madre arrastrada a la hoguera, una promesa de erradicar la magia para, algún día, poder dormir sin pesadillas.
El viento se levantó, trayendo un hedor acre y férreo a la escena. Eira preparó otra defensa, un hechizo menor de distracción, mientras respondía con una verdad incompleta:
—No sé por qué el bosque exige sacrificios. Sólo quiero recuperar a mi hermano.
El rostro de Gavran ardió de rabia e incredulidad. Dio un paso al frente, la espada aún baja pero firme.
—No es sólo tu hermano —murmuró, casi para sí—. Lo han elegido porque lleva la pura sangre del linaje traidor. Quieren acabar lo que empezó cuando los druidas se volvieron contra los suyos.
Los otros Cazadores tensaron las espadas y lanzaron miradas hambrientas. En algún rincón invisible de la bruma, Klythra aplaudía, divertida.
—¿Por qué le temen tanto a la magia? —Eira se atrevió a preguntar, tan deseosa de entender como de sobrevivir.
—Porque he visto lo que la magia puede hacer —respondió Gavran—. He visto a hombres enloquecer, a niños mudos de terror por voces venidas de los árboles. He visto a mi propio hermano convertirse en sombra y hambre por comulgar con fuerzas que ningún humano debía tocar.
La tensión se volvió pólvora. El más joven de los Cazadores, nervioso, cargó contra Eira sin esperar una orden. Ella apenas tuvo tiempo de esquivar; una lanza rozó su costado y la hizo rodar entre musgos. Respondió instintivamente con un chispazo de magia oscura: la sombra se materializó en torno a ella y el atacante vaciló, atrapado brevemente en una ilusión de fuego y voces rotas. Fue suficiente para ganar distancia.
Gavran detuvo a los demás con un grito y una señal tajante. Se acercó a Eira, esta vez sin armas en alto.
—Si eres sangre maldita, dímelo. ¿Tienes vínculo con el Árbol de la Niebla? ¿Eres la que va a abrir las puertas del final?
Eira, jadeando, se tocó la marca viva en su brazo y midió la única respuesta posible:
—No busco el fin. Busco cerrarlo. No he pedido mi sangre, ni la magia, ni la maldición. Si hay una forma de romper el ciclo de violencia, la buscaré. Pero no puedo dejar aquí a mi hermano.
La duda chisporroteó en el rostro de Gavran. Un rayo de comprensión centelleó en su mirada destruida.
—Tal vez… tal vez aún podemos…
Un aullido desgarró el aire. Desde la espesura, los sonidos de la caza se mezclaron con otros, más antiguos, más monstruosos. Una fila de espectros —cuerpos trastornados, ojos como carbones desenterrados— emergió del lado opuesto del claro. Los Cazadores corrigieron la formación, las espadas y picas en alto, y Eira sintió, por un momento, que la frontera entre enemigo y aliado se desdibujaba, pues ambos odiaban a esas criaturas tanto como el terror que se profesaban mutuamente.
El enfrentamiento se desató fugazmente. Eira sintió la magia pulsando, deseando desplegarse, pero optó por observar primero: los espectros se abalanzaban como charcos vivientes de odio desbordado, arañando y desgarrando a los primeros Cazadores que no bloqueaban con acero bañado en ceniza. Gavran combatía como un guerrero desahuciado: por cada golpe, un suspiro de furia. Eira, desesperada, vio a uno de los espectros abalanzarse sobre el más joven de los Cazadores. Sin pensar, y acaso en contra de toda regla de la brujería, liberó un hechizo de sombra: una raíz negra creció bajo sus pies y derribó al espectro en mitad del salto, disolviéndolo en vapor.
La mirada de Gavran la alcanzó de inmediato, un reconocimiento extrañado, mezcla de horror e interés.
—¿Por qué ayudar? —bramó—. Matarías a tu propio enemigo?
Eira tragó saliva, temblorosa.
—No toda la guerra tiene que terminar con traición, aunque haya empezado con ella.
El caos se arremolinaba: los Cazadores retrocedían, los espectros caían bajo la magia negra de Eira y las espadas cubiertas de runas enemigas. Al final, sólo quedaron vivos Gavran, Eira, el joven Cazador herido y uno más, sangrando por la pierna.
El silencio fue absoluto. El bosque volvió a respirar, como si se hubiera saciado momentáneamente. Eira, sudorosa y a la vez embriagada por la sensación de poder, sintió náuseas ante la mirada de los supervivientes.
Gavran arrojó la máscara al suelo. Había dejado de ser una sombra, y ahora era un hombre quebrado, buscando respuestas en el mismo corazón de la oscuridad.
—¿A dónde llevas ese niño? —preguntó—. ¿Qué hará el Árbol de la Niebla contigo y con él?
Eira, exhausta, se permitió un breve instante de vulnerabilidad. Blanqueó la verdad, porque sabía que cada palabra podía ser vida o condena:
—Quieren que mi hermano sea el sacrificio. El Árbol reclama la sangre de druidas caídos. Pero yo no dejaré que le rompan el alma. No si puedo evitarlo.
El joven Cazador, cojeando, intentó hablar:
—¿Puedes… de verdad, puedes romper la maldición?
La respuesta era una línea quebrada, pero Eira la pronunció con la convicción prestada de la noche anterior:
—Sólo si sobrevivo. Sólo si aceptan que haya otro final posible.
El bosque vibró. Klythra murmuró un acuerdo torcido, en algún rincón de su mente.
—Demuéstrales que no eres sólo carne de traición —susurró, y Eira miró a Gavran a los ojos.
—¿Le temes a la magia porque sientes su ausencia o su poder? —preguntó ella de pronto—. ¿O porque te recuerda lo que fuiste?
Gavran miró al suelo y, por un instante, fue sólo un hombre atormentado, no el cazador. Luego asintió.
—Si tienes un modo, muéstralo. O si eres la ruina final, al menos deja que expiemos esto juntos.
El pacto tácito selló una tregua incómoda. Los Cazadores supervivientes, armados y dolidos, accedieron a seguir a Eira por un último tramo. Ella, por su parte, llevó la delantera, guiada por las visiones del corazón del bosque y por la promesa hecha en la niebla: no abandonar nunca más a un hermano.
Con los nuevos aliados tras ella, los riesgos aumentaron. El Bosque Cuervo les reservaba visiones retorcidas en cada claro: cadáveres de bestias, muñecos colgados en ramas, runas que goteaban savia negra. Por momentos, Eira percibía en Klythra un destello de satisfacción: el caos era abono para la magia.
Debieron abrirse paso a fuerza de hechizos, acero y voluntad. Más espectros surgieron, y las bestias que habitaban los huecos entre realidad y locura trataron de desviarlos. Eira sintió en su carne el peso de cada decisión: proteger a los Cazadores era condenar un poco más su humanidad, pero algo en aquel amparo le resultaba inevitable. Se volvieron, ni aliados ni enemigos, sino una especie nueva: supervivientes de una guerra que aún no había terminado, soldados de una tregua fugaz en el corazón del horror.
Gavran le habló en una de las pausas, apartados del resto, entre los restos de una torre tomada por la maleza:
—Tú sabes algo más —dijo—. Sabes cómo se rompen los pactos y cómo se reconstruyen. Mi familia sirvió a los druidas hasta el final. Tu antepasada… ella fue la que dio la clave del ritual, la que abrió la frontera. Por eso te buscan. Por eso quieren a tu hermano: para corregir el fracaso.
Eira tragó saliva, esa verdad era como una astilla clavada en la garganta.
—No somos responsables de los pecados ajenos —susurró. Gavran negó con la cabeza.
—No… pero somos su eco inevitable.
Avanzaron entre visiones: montones de ceniza, objetos caídos de otras eras, símbolos antiguos resplandeciendo en la penumbra. La niebla se volvió más densa y el bosque más hambriento. Finalmente, tras sortear una trampa de raíces vivas, llegaron al preámbulo del Árbol de la Niebla: un claro donde la realidad se derretía y el aire estaba tan cargado de memoria que pesaba como un sudario.
Allí, los cazadores dudaron más que nunca. Gavran se puso al frente, la voz ronca, pero firme.
—Lo que ocurra de aquí en adelante será verdad para todos. Si uno falla, todos caeremos.
Eira asintió, con una determinación nacida del miedo y el amor. La magia tembló en su carne como un recordatorio de lo parcial y lo bestial que ahora era. Avanzó, los Cazadores a su lado. A cada paso, los susurros crecían, las raíces palpitaban hambrientas y la vaga promesa de redención brillaba como un lucero entre la podredumbre y la ceniza.
En la frontera del claro, el viento repitió la última advertencia de la sombra:
—El bosque nunca olvida. Toda deuda reclama pago. Prepárate, Eira. Prepárense todos.
Empezaba la última marcha al corazón del Bosque Cuervo y ningún linaje, magia ni traición quedaría sin juicio.
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