Fragmento:
De repente, la temperatura descendió varios grados. El mármol vibró. La lápida se agrietó, y un humo púrpura se escapó por las rendijas, formando las líneas de una silueta femenina, majestuosa y terrible, de ojos como agujeros de olvido.
Duración: 07:31
Las antorchas goteaban cera negra sobre los peldaños desgastados, iluminando apenas el corredor de piedra. El chillido de los vientos del este, llenos de polvo y presagios, resonaba sobre las almenas, descargando su melancolía sobre la fortaleza de Gahl-murr. Era medianoche, y el castillo entero temblaba bajo la amenaza que pocos reconocían, salvo aquellos que ya la habían acogido en su seno.
Arlen Everhart caminaba por el pasillo como una sombra entre sombras, la mano envuelta firmemente alrededor del candelabro que pendía demasiado cerca de la cornisa de su capa. Al pasar ante uno de los grandes ventanales, sintió que el aliento del viento era casi frío, como si la noche fuera un animal acechante y hambriento. No había más música en Gahl-murr desde hacía meses; ni risas, ni copas, solo el crujido de las paredes y el rumor de los cuervos.
Hoy era el aniversario de la Caída, cuando las bestias del Vacío cruzaron los muros, arrastrando cuerpos y almas hacia recovecos de tinieblas. Hoy era el único día en que Arlen descendía a la cripta, porque el deber pesaba sobre sus hombros como el hierro de las cadenas. La Reina Callista dormía allí, sepultada en su trono de obsidiana, y cada año despertaba para alimentar las raíces muertas del trágico legado familiar.
El aire tenía un olor dulce y enfermizo en los bajíos subterráneos. Arlen apretó los dientes. La roca palpitaba —sí, palpitaba— con un pulso propio, un eco bajo su piel, como si bajo la piedra se almacenase un corazón profano.
Cruzó los arcos semiderruidos cuyos símbolos ya nadie recordaba. Al final del corredor, más allá del umbral custodiado por dos estatuas sin ojos, aguardaban las puertas de la cripta, cubiertas de relieves que parecían contorsionarse en la penumbra. Arlen apoyó la palma sobre la madera, recitando las palabras de apertura que su abuela le enseñó en voz áspera: “Hija del polvo y la promesa, bendice a quien camina sin regreso”.
Las bisagras gemían. Un aliento rancio, frío como la traición, le golpeó la cara. Bajó unos escalones y, con cada uno, la oscuridad se intensificaba, volviéndose casi tangible, como la caricia huidiza de una mano famélica.
En el centro de la sala reposaba el sarcófago de la reina Callista. A su alrededor, siete cirios cuya llama era cenicienta crepitaban, y en el mármol, marcas negras como costras narraban historias que ningún libro osaría registrar. No solo era una tumba, sino un altar; el corazón ardiente de todo el horror que Gahl-murr había conocido y, quizás, de todo el que aún estaba por venir.
Durante un largo instante, Arlen luchó contra la urgencia de huir. La reina no descansaba, no realmente. Cada año la invocaba, y cada año ella se manifestaba, obligando a su último descendiente a renovar el pacto. No había lugar para cobardes en la familia Everhart.
Comenzó el ritual. La daga de plata, todavía manchada del sacrificio del año pasado, resplandecía con una luz malsana bajo la cera de las velas. “Por mi sangre, la carne calla. Por mi miedo, el eco canta.” La voz de Arlen era un susurro que se internaba entre las piedras.
De repente, la temperatura descendió varios grados. El mármol vibró. La lápida se agrietó, y un humo púrpura se escapó por las rendijas, formando las líneas de una silueta femenina, majestuosa y terrible, de ojos como agujeros de olvido.
— ¿Otra vez has venido, hija indigna? —su voz era el eco de todas las pesadillas de Arlen, dulzura y horror entrelazados, lagunas negras donde se ahogaban los recuerdos—. ¿Qué me ofrecerás este año, ahora que mi hambre crece y tu linaje se apaga?
Las palabras temblaron en la garganta de Arlen. Nada había lo suficientemente puro o fuerte para saciar la oscuridad. Los aldeanos no se atrevían a subir, y los siervos del castillo preferían perecer de fiebre antes que adentrarse en las sombras de la cripta. Ella era la última.
— Mi vida, si es necesaria —dijo con dignidad vacilante—. Pero antes, responde: ¿por qué eliges torturarnos, generación tras generación, si alguna vez fuiste madre y no monstruo?
La figura se inclinó hacia Arlen, flotando sobre el féretro.
— Porque la muerte no apaga el dolor, ni el hambre de poder. Cuando caímos, cuando las huestes del Vacío desgarraron mi reino, me vi obligada a elegir: el olvido o el pacto. Elegí sobrevivir, a cualquier coste. Vosotros sois ese precio.
Un temblor de rabia contenida cruzó el rostro de Arlen.
— ¿Y si te niego mi sangre? ¿Y si rompo el ciclo? ¿Morirá el mal contigo?
Una risa gélida, cortante como espada, estremeció la cripta.
— Me subestimas. No soy yo lo que encadenas a este lugar: es tu miedo, hija mía, tu dolor y tu deseo de redimir el pasado. Dale nombre, dale sangre, y el ciclo sobrevivirá por siempre.
Arlen se mordió la lengua, el sabor del cobre llenado su boca. En ese momento, una idea surgió, feroz y luminosa.
— Entonces te libaré de ese miedo. Lo tomo para mí. No más sangre, sino verdad.
Alzó la daga y habló las antiguas palabras, pero esta vez, en vez de cortarse la palma, la incrustó en su propio hombro. La sangre manó, más oscura y espesa de lo habitual, y los cirios palidecieron aún más.
— Por los pecados de los padres, y el precio de las hijas, reclamo mi herencia: la maldición termina conmigo, aquí y ahora. ¡Que la Reina de las Cenizas duerma eternamente!
El humo púrpura se arremolinó furioso. Sollozos y chillidos surgieron de las tinieblas, y la figura de Callista se desvaneció, convertida en ráfagas de viento amargo que apagaron todos los cirios menos uno.
Arlen cayó de rodillas, los labios resecos, la visión nublada. Durante un instante, creyó que moriría allí, invadida por un frío absoluto que le devoraba el alma. Pero mientras el rumor del pasado se alejaba, una paz inesperada, casi dolorosa, descendió sobre la cripta.
Cuando abrió los ojos, la losa de mármol estaba intacta. El aire, aunque seguía impregnado de antigüedad, ya no palpitaba con presencias ajenas. Solo un leve rastro de escarcha adornaba las piedras.
Subió paso a paso, tropezando, apoyándose contra las paredes hasta emerger al pasillo. El aire era diferente, más ligero, libre de la carga invisible. El viento fuera había cesado, y en el tejado, los cuervos graznaban, pero ya no sonaban como augures de condena, sino como testigos de un ciclo cerrado.
En la sala, la vieja Aya, la última sirvienta leal, aguardaba con una manta y un cuenco de agua. El miedo había matizado su piel de arrugas, pero en sus ojos, Arlen leyó comprensión y respeto.
— ¿Terminó? —susurró Aya, mientras le ofrecía el cuenco.
Arlen asintió, bebiendo lentamente.
— Terminó. Puede que nada cambie de inmediato, pero… nadie más sangrará por los pecados de los Everhart.
Aya sonrió, pequeña y frágil.
— Entonces, déjanos reconstruir lo que podamos. Aunque sólo queden cenizas.
Esa noche, mientras el castillo dormía al abrigo de sus heridas aún abiertas, Arlen miró desde la almena. El cielo seguía siendo oscuro, pero sin la sensación de amenaza omnipresente. Por primera vez en siglos, el futuro era incierto, y eso, en su mundo, era la mayor de las victorias.
No hubo celebraciones ni campanas. Solo el lento renacer de la calma sobre las ruinas. Afuera, los cuervos extendieron sus alas en la noche, las sombras retrocediendo, y la Reina de las Cenizas, al fin, calló.
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