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Imagina una ciudad vieja, tan antigua que los pájaros olvidaron su nombre y los ríos sus cauces. Un lugar donde la niebla llega como un amante arrepentido y la luna tiene cicatrices. La llaman Verspyr, aunque algunos, entre dientes, susurran otros nombres, impronunciables bajo la luz de las farolas. Allí, en la medianoche, cualquier suerte está en venta. Esos suertudos, necios, desahuciados… los llaman Los Mercenarios de la Mano Izquierda. Una reputación construida sobre promesas rotas, sellos de sangre y cadáveres que jamás descansan.
Te contaré de la noche en que un encargo cruzó los límites de la razón y el precio se pagó con algo más pesado que el oro.
*
Era martes —y que fuera martes tenía su importancia, porque en Verspyr el martes arrastra una tristeza distinta— cuando Arvid bajó los peldaños hasta el sótano sellado de la posada El Tordo Azul. La escarcha colgaba del techo como uñas, y el aire olía a flores muertas y aguardiente añejo. La lámpara de éter tintineaba sobre la mesa, arrojando sombras largas que parecían disputarse el derecho a existir.
Los esperaban dos: Ruen, la que ve los hilos del tiempo (pero nunca los suyos), y Domitil, el fornido cuya sonrisa bastaba para arrastrar a un muerto de regreso. En Verspyr, tener algo raro vale oro. Pero ser raro y estar dispuesto a matar, eso duplicaba la tarifa.
El cliente era desconocido, como la mayoría. Llevaba una máscara de hueso: blanca, pulida, con grietas donde se adivinaban runas ya gastadas. Cuando sonrió, uno juraría haber escuchado el ruido de una tumba cerrándose.
—Busco resultados —dijo la máscara—. No promesas.
Ruen, envuelta en capas tan raídas como las páginas de sus grimorios, alzó las cejas. Los ojos, cataratosos, veían mucho y poco, todo al mismo tiempo.
—Si busca milagros —replicó Domitil, sonriendo—le costarán más que lo que lleva en esa bolsa.
El cliente deslizó el saco sobre la mesa. El tintinear metálico era distinto al del oro corriente. Acaso lucernas doradas arrancadas a un dios inmemorial. Pero eso fue después. En ese momento, sabían solo del encargo: traer de vuelta un nombre olvidado, robado por el bosque de Lyth, donde las leyes que rigen a hombres y magia se retuercen como raíces podridas.
—¿Solo el nombre? —inquirió Arvid, rebuscando en su memoria rituales adecuados.
—Solo el nombre. Y la garantía de que nunca, nunca lo pronunciarán frente a mí.
Hubo un silencio. Ruen apartó la mirada. Todos sabían qué implicaba: en los bosques de Lyth, los nombres perdidos regresan con compañía.
*
El viaje comenzó con promesas incumplidas: “Volveremos antes del alba”, “La niebla no baja tan lejos en primavera”. Cruzaron el último arco de la ciudad antes de que la luna se ocultara tras nubes de ceniza. El bosque los recibió con un aire más frío que la miseria y la canción quebrada de un búho con hambre.
Avanzaron por senderos que se abrían y cerraban sin lógica humana. Las ramas, repletas de líquen y tristeza, parecían atrapar ecos de otros pasos, de otras vidas que nunca salieron de allí. Un río dormido, de aguas negras, les cortó el paso; sobre su superficie pululaban puntos fosforescentes, globos de luz que susurraban frases en lenguas infantiles y crueles.
—No deberíamos —murmuró Ruen—. El río devora lo que olvida.
Pero el encargo pesaba más. Domitil arrojó al agua un diente de león impregnado de sangre: ese era el peaje del paso entre sus orillas. El banco de neblina cedió, y avanzaron.
Pronto, la sensación de ser observados fue cuchillo y manecilla de reloj. Nada se movía, pero todo era movimiento. El bosque de Lyth no aullaba: respiraba.
Después de la primera noche, Arvid empezó a soñar. Veía su propio reflejo en el agua; solo que, al tocarlo, sentía frío y sed, una sed vieja, de esas que ni el vino ni la fe apagan.
—Dejadme dormir con velas —dijo al tercer día—. O el Bosque me tragará y dejará solo mi cascarón.
Ruen le tocó la frente, urdió símbolos con lenguas que no aprendió en esta vida. Así, al menos, Arvid durmió sin verse a sí mismo muriendo, o nacer, o peor: olvidar cómo era su vida antes del encargo.
*
El centro del bosque era un claro donde las raíces se enroscaban formando un altar. Allí, al caer la neblina, emergió la bestia sin nombre: un ser formado por trozos de oscuridad, con ojos de lámparas apagadas y corona de cuervos silenciosos. Todo el poder de la magia sucia de Lyth latía bajo su piel de ramas y ecos.
Ruen habló en la lengua de los mercaderes del Hades, voceando el precio del encargo: su años de infancia, tres lágrimas de auténtica felicidad y la promesa de nunca jamás volver a querer saber el futuro. Domitil retorció la mano en el gesto de apertura, la señal de “negociemos”. Soltó parte de su sombra y un tatuaje de su primera amante, que lucía grabado en el antebrazo. El bosque exigió más: un beso de muerte y otro de olvido.
Siempre, el último precio es el que no podemos imaginar.
Arvid tembló. No sabía qué ofrecer. El nombre le ardía en la garganta, forcejeando por salir aun antes de haberlo escuchado.
—Tu reflejo —gruñó la bestia, su voz llevando hojas y tierra—. Dame tu reflejo.
Aceptó. Sintió cómo su imagen se marchaba, arrebatada de cada charco, cada espejo. Nunca más lo vería, y eso le dolió más que todo lo anterior. El bosque escupió el nombre perdido, como un diente arrancado de una boca de invierno. Suponía saberlo, pero no era capaz de recordarlo, solo de pronunciarlo cuando llegara el momento. El trato se cerró; el eco del precio pagado danzaba tras sus ojos.
*
Regresaron por el sendero inverso al atardecer. El bosque parecía susurrar “Vuelve, vuelve…” en una cadencia de viento frío. Sabían que no regresarían igual.
En la ciudad, la máscara de hueso los aguardaba en El Tordo Azul. Sobre la mesa, una segunda bolsa, que tintineaba como risas de niños tristes.
—Dame el nombre —dijo. Su voz se quebraba como el hielo fino.
En ese momento, una verdad sucia asomó en los gestos de Ruen y Domitil. Ningún precio es suficiente para comprar el derecho a la ignorancia, pero ya habían cruzado la línea. Arvid sintió el nombre burbujear en su lengua. Era un nombre sencillo, hecho de sílabas tan antiguas que cada una arrancaba un recuerdo de su madre, de sus noches de miedo, de canciones que nunca aprendió.
Pronunció la palabra.
La máscara se agrietó, y una bocanada de aire podrido llenó la habitación. El cliente gritó; fue un grito de alegría o de dolor, nadie pudo decir. En Verspyr, ambas cosas son indistinguibles.
Entonces, los recuerdos llegaron —de golpe, de costado, como la furia del océano en una balsa de papel.
El nombre invocado no era de un hombre ni de una bestia, sino de un olvido: una versión de sí mismo que el cliente mató hacía siglos, y que ahora regresaba, arrastrando cadenas de tiempo desangrado. En torno a ellos, el aire se plegó. El cliente dejó de ser humano al recobrar su nombre. Su carne se llenó de ojos y ramas, y su risa fue la del bosque de Lyth.
Ruen, sin voz ya (el precio cobrado), huyó primero. Domitil sostenía la segunda bolsa, sintiéndola pesar una vida y media. Arvid, privado de su reflejo, observó el horror sin verse en él: era invisible para sí, pero no para el objeto del encargo.
—¿Qué hicimos? —articuló Domitil.
—Lo que siempre hace la Mano Izquierda —musitó Ruen, ahora solo un susurro, incapaz de prever si viviría otro día—. Vendemos finales. Nadie paga por los comienzos.
El monstruo, la criatura-ya-nada-y-nadie, salió a Verspyr borracho de su propio regreso. Afuera, la ciudad dormía, ignorando que esa noche un nombre había sido devuelto y, con él, el precio de todos los nombres olvidados.
Arvid, aún temblando, supo que jamás volvería a reconocer su propia alma, si la tenía todavía. Domitil contaba monedas doradas mojadas en melancolía. El eco de su elección los perseguiría más allá de los portales del sueño.
*
Cuentan los viejos de Verspyr que, desde aquella noche, ni la luna ha sido la misma; ahora se oculta entre nubes más densas y cicatrices más profundas. Los espejos tiemblan sin motivo y, algunos martes, el aire huele a flores muertas y nombres no pronunciados.
De Los Mercenarios de la Mano Izquierda, pocos quedan. Ruen fue vista por última vez hablando con sombras que solo los locos entienden. Domitil, dicen, huyó hacia el suroeste, arrastrando bolsas de oro que pesan como promesas rotas. Y Arvid… bueno, a veces la niebla se agita bajo los faroles. Si miras con atención, entre los charcos, acaso veas la silueta de alguien sin reflejo, recordando, sin poder nunca saber, el precio del encargo más caro que Verspyr haya conocido.
Fin.
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