Portada del relato Las alas del abismo
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Fragmento:


A la luz mortecina de tres lunas rotas, la ciudad de Muila yacía en la pesadilla perpetua de un siglo sin sol. La penumbra entumecía caminos, corazones y recuerdos, un letargo viscoso arrastrando a los vivos tan cerca de los muertos que ni siquiera los dioses sabían quiénes permanecían en uno u otro estado.

Duración: 08:49

Las alas del abismo
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Texto de ajuste de pausa.

A la luz mortecina de tres lunas rotas, la ciudad de Muila yacía en la pesadilla perpetua de un siglo sin sol. La penumbra entumecía caminos, corazones y recuerdos, un letargo viscoso arrastrando a los vivos tan cerca de los muertos que ni siquiera los dioses sabían quiénes permanecían en uno u otro estado.

En el centro de la ciudad, justo donde se derribaron los templos y crecieron los mercados de carne, urdía su telaraña la Hermandad de la Clavícula. Nadie caminaba sus callejones sin el permiso de El Azote, el más temido entre los miembros, un hombre corpulento, pieles obscuras y ojos como obsidianas embebidas en licor añejo. El aire lo precedía como un rumor: un soplo de azufre y la promesa de violencia.

Pero esta historia le pertenece a Jarel, quien no era ni grande ni temible, sino un hombre de rostros cambiantes y muchos nombres, conocido últimamente como Lobo de Sombra. Sobrevivía gracias a la astucia en vez del acero, y había aprendido pronto a no mirar a los ojos de los espectros cuando recorría las ruinas del Barrio Bajo.

Aquella noche—una entre muchas, pero distinta por el olor ferroso en el aire—Jarel se deslizó entre las cortinas rasgadas que separaban su pocilga del callejón. Sentía la llamada, aquel susurro subterráneo que a veces se colaba en los sueños de los dementes, ofertando poder a cambio de trozos de alma.

En el centro de la estancia, sentada sobre una estera de huesos, estaba Sirava. De piel cenicienta y dientes afilados, cargaba las marcas negras de quienes habían sobrevivido al abrazo del Vacío. Había nacido muerta, o eso decía la leyenda, y sin embargo había sido la primera en desafiar a los Acólitos del Abismo, la secta más temida de Muila. Nadie osaba contrariarla sin perder primero la lengua.

Jarel le debía mucho: vida, muerte, y las cicatrices en los brazos con las que a veces jugaba cuando no lograba dormir. Esa noche, Sirava le habló sin mirarlo:

—¿Sabes lo que acecha en los túneles, debajo del agua negra?

Jarel negó.

—Algo antiguo—susurró ella—. Algo hambriento. Anoche devoró a tres de tus competidores. Sus huesos están aquí, ¿ves?, junto a los míos.

Jarel calló mientras el miedo le subía por la espina. Sabía a qué se refería. Viejos cuentos de la ciudad: serpientes sin ojos, formas imposibles de catalogar, susurros en la sangre. Nunca había visto a una, pero conocía ese olor: la inminencia de la muerte.

—Quiero que me consigas una llave—dijo Sirava, su voz un chasquido pálido—. De las profundas. La llamaban antes Llave de la Caverna Mayor. Abre una celda en el corazón de la ciudad… y mantiene la bestia atrapada.

Jarel tragó saliva. —No soy tan estúpido.

Sirava sonrió, dejando entrever sus encías marchitas. —Eres más listo que los demás. Hazlo, y podrás gobernar sobre los escombros, cuando caiga el telón.

Sintió en sus entrañas el gélido tirón de la codicia. Gobernar. Aunque solo fuera por encima de cadáveres.

—¿Dónde?

—Ve a los Jardines Sumergidos. Allí te esperan las estatuas caídas y los sentinelas de azufre. Pero date prisa, Lobo de Sombra. Alguien más ya ha olfateado tu rastro.

No hubo más palabras. Jarel salió a los pasillos, cuidadosamente, pues en Muila nadie podía confiar ni en su sombra. Cruzó los enjambres de mendigos dementes que mascullaban plegarias a la Sierpe Subterránea, evitando el contacto de los hombres-escorpión que custodiaban el eje de la ciudad y los pozos de sangre. Tomó el atajo que evitaba a los devoradores de sueños.

Lo encontró la primera estatua casi envuelto en la niebla azul que ascendía de las grietas. No tenía cabeza, pero aún lloraba sangre petrificada. Las manos señalaban hacia abajo, como si en secreto invitasen al suicidio. Jarel recitó palabras de resguardo y se apretó contra los muros, sintiendo el frío ancestral del lugar.

Dio vueltas, aprovechando todo recoveco y toda sombra, hasta que vio lo que buscaba: una inscripción tallada en piedra negra, apenas visible bajo líquenes y musgo. Si había allí una llave, debía estar tras el panel sepulcral.

Extendió la mano, temblorosa, y palpó la superficie al tiempo que recitaba:

—Nakkar, Shilo, Vaznur… espíritu de los tres ojos, guíame.

El panel tembló, exudando una fetidez propia solo de la carne muerta. Liberó un susurro que lo traspasó de pies a cabeza. Fue allí que la vio: pequeña, como de niño, fabricada en un metal prieto que no reflejaba la luz, con inscripciones que giraban solas. La tomó al tiempo que un aullido, profundo y grave, sacudía las aguas cercanas.

Era la señal. No estaba solo.

Emergiendo de entre las raíces y la ciénaga, avanzó un ser acorazado en placas de hueso. Los ojos: abismos llenos de agujas. La boca: apenas una grieta. Caminaba erguido, forzando el aire a arremolinarse en torno a sus miembros. Detrás de él, sombras sangrantes bailaban, como si el propio miedo les concediera forma.

Jarel echó a correr, la llave apretada en el puño, sintiendo los pasos del perseguidor martilleando la realidad tras él. No había héroes en Muila. Solo presas y cazadores.

Torció, saltó una cerca caída, giró entre cuerpos descarnados y vio, alzándose ante él, la puerta de la capilla enterrada. Madera horadada por el tiempo, pero aún resistente. Se lanzó hacia ella, encajó la llave, giró… y, con un estremecimiento, la puerta cedió.

El interior olía a traiciones y llantos antiguos. Bajó la escalera, con la esperanza de que el monstruo no pudiera seguirlo. Pero no fue así: sintió el temblor del suelo, la vibración de la bestia sumergiéndose por el hueco tras de sí. Bajó más. Cada peldaño era una promesa de horror.

Llegó a la cámara mayor: una caverna circular, paredes cubiertas de símbolos anegados en sellos de plomo. En el corazón de la estancia, a través de un círculo grabado en el suelo, respiraba una presencia. Infinita, ajena a todo lo que Jarel había imaginado. Algo contenía a esa cosa ahí dentro. La llave pesó terriblemente en su mano.

La puerta crujió arriba. El cazador, la bestia, lo seguía. No corría, avanzaba segura.

Jarel se preguntó, con horror, si la llave liberaba a la bestia o sellaba sus cazadores.

De repente supo, con la fuerza del instinto, que no tenía elección. Si permitía a aquel ser alcanzarlo, su muerte sería el principio del fin: los sellos cederían, la noche sería devorada, Muila transformada en un templo para el hambre.

En el extremo opuesto de la sala, Sirava aguardaba. No la había visto entrar, pero allí estaba, tan serena como de costumbre, con una luz enfermiza en el rostro.

—La llave —dijo—. Dámela, Jarel.

Él vaciló, pero ya estaba todo dicho y hecho.

—¿Qué es eso?

—La madre de los monstruos —respondió, casi con ternura. Un movimiento de su mano y el círculo del suelo brilló espantosamente—. Si la libero, todos seremos libres. Si la dejo dormir, Muila será devorada poco a poco por los hijos. ¿La entiendes?

La criatura de hueso y hambre entró en la cámara. Sirava no se movió, y el monstruo vaciló, como temeroso de la figura de la bruja.

—Tienes una elección —repitió—: da la llave y deja que la madre despierte. O lucha, y deja que sus crías te destripen, ahora y las noches venideras.

El terror paralizó a Jarel, pero en su alma ardía algo terco y antiguo. Nadie le hablaría nunca más de destinos forjados por otros.

Giró la llave hacia dentro. Se negó a entregarla.

El círculo se contrajo. El aire se llenó de gritos ahogados. Desde la sella, tentáculos de sombra surgieron, buscando, explorando, aferrando primero a la propia Sirava, que apenas tuvo tiempo de gemir antes de ser arrastrada bajo las piedras.

La bestia de hueso cayó de rodillas, chillando mientras los tentáculos penetraban sus órbitas vacías. Un río oscuro manó de su boca, cubriéndolo todo de putrefacción.

Jarel retrocedió, sintiendo la locura reptar en su sangre. Debía salir o estaría perdido.

Subió corriendo las escaleras, oyendo tras de sí los gemidos eternos de quienes habían sido absorbidos por la condena. La ciudad crujió, retorciéndose, como si todos los edificios fueran parte de una criatura dormida que acababa de soñar con su propio final.

Ya afuera, la noche lo recibió con su hálito helado. Atrás, en la cámara, la madre hambrienta esperaba de nuevo su momento. Jarel, tembloroso, entendió que nada había cambiado: la bestia dormía, sus hijos rondaban, y la ciudad vivía solo para aplazar, noche tras noche, la catástrofe inevitable.

Caminó sin rumbo, la llave aún apretada en el puño, sabiendo que la próxima vez, no habría nadie para girarla en la cerradura.

La ciudad de Muila no necesitaba héroes. Solo necesitaba víctimas.

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