Portada del relato Sombras en la Catedral del Olvido
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Fragmento:


Nadie sabía mucho de él, salvo que venía cada luna llena, y ninguna de sus visitas había traído alegría a la ciudad. Theren se movía con la delicadeza de quien no quiere llamar la atención de los muertos ni de los vivos, pero esa noche, la muchacha de ojos grises y cabellos desordenados se le acercó. Su nombre era Miriel, y llevaba en las manos una carta lacrada y un candil apenas encendido.

Duración: 09:28

Sombras en la Catedral del Olvido
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Texto de ajuste de pausa.

Plenilunio en Vespera

La Letanía de los Ojos Vacíos

***

Hay noches en las que la ciudad de Vespera se repliega sobre sí misma, con sus calles laberínticas cerrándose como las fauces de una bestia dormida y hambrienta. El sol que nunca brilla completamente, el frío que se cuela siempre húmedo bajo la ropa, y la inminencia de algo antiguo, como una maldición, hacen de Vespera un lugar donde la esperanza no echa raíces. Se dice que sobre el paraje donde se levantó, alguna vez existió una catedral devorada por la tierra, arrasada por un mal tan antiguo que su mismo nombre fue borrado del recuerdo. Lo llaman el Olvido, y sólo algunos elegidos—o condenados—conocen los susurros que aún viajan entre sus ruinas.

Una de esas noches había caído inexorable sobre la ciudad, y en la taberna de la Viuda Tamiris, personas de variado pelaje buscaban olvido o refugio. Entre ellos estaba Theren, un hombre de mirada vidriosa y labios tensos por secretos mal curados, cuyo único distintivo era un amuleto ennegrecido que ocultaba bajo su camisa. No bebía, sólo observaba, atento a cada sombra, a cada invitación disfrazada de saludo.

Nadie sabía mucho de él, salvo que venía cada luna llena, y ninguna de sus visitas había traído alegría a la ciudad. Theren se movía con la delicadeza de quien no quiere llamar la atención de los muertos ni de los vivos, pero esa noche, la muchacha de ojos grises y cabellos desordenados se le acercó. Su nombre era Miriel, y llevaba en las manos una carta lacrada y un candil apenas encendido.

"Dicen que buscas la catedral", le dijo, sin temblor aparente en la voz.

Theren se limitó a alzar la ceja. "Muchos la buscan, pocos la encuentran."

Miriel exhibió la carta. "El patriarca ha muerto. Hay sangre en los vitrales de la Casa de las Ánimas y los perros aúllan como si olieran al diablo. Dicen que tú sabes qué hacer cuando el Olvido se despierta."

Theren tomó la carta, la abrió y leyó. En la tinta oscura y temblorosa estaban escritas pocas palabras: "Las puertas del Olvido han abierto. El Heredero ha despertado. Sangre por sangre, noche por noche." Un sello rojo, roto, era todo lo que quedaba del linaje de los custodios.

Miriel bajó la voz, como si temiera que los propios muros pudieran oírla. "Yo puedo llevarte a las ruinas, si prometes ayudar a mi hermano. Fue reclamado la noche pasada. Dicen que su sombra se alargó hasta cubrirlo entero."

Theren sintió pasar el eco de un escalofrío por la espalda. "¿Cuánto sabes realmente?"

"Lo suficiente para querer arriesgar mi alma," replicó Miriel, alzando la barbilla. "¿Vienes?"

El hombre dejó unas monedas en la mesa sin mirar atrás, y juntos salieron a las calles de un azul aceitoso y plomizo, como si la misma luna hubiese decidido esconderse tras velos interminables.

***

El Sendero de la Sangre discurría a los pies de la ciudad, ya fuera de los muros, una vereda apenas sostenida por retazos de hierba y piedras desmoronadas. No había luciérnagas, no había voces salvo el susurro del viento y el roce de los pies de ambos viajeros.

"Cuéntame de tu hermano," pidió Theren mientras avanzaban.

Miriel apretó el paso. "Desde niño vio cosas. Voces en las paredes, idiomas en el agua. La abuela decía que los de nuestra línea están marcados por la catedral. Yo no le creía. Y entonces, hace cuatro noches, empezó a hablar en sueños, a caminar solo hasta el bosque. Cuando volvió, su piel era pálida como leche y no me reconoció."

"¿Y el patriarca?"

"Trató de exorcizarlo. Todos los candelabros a la vez, doce rezos por cada campanada. No sirvió. Mi hermano gritó y... algo salió de su pecho, algo negro, con ojos como carbones apagados. El patriarca murió esa noche. El pueblo se esconde y teme. Y yo... yo sólo quiero recuperar a mi sangre."

Theren asintió, como si confirmara algo antiguo y resignado. "El Heredero de las Bestias. Cuando la línea de los custodios se debilita, la catedral llama a uno de los suyos. Es un ciclo de sangre. Sólo puede terminar cuando alguien es digno de enfrentar el Olvido, y la mayoría fracasa."

Llegaron entonces a la explanada. Allí, bajo raíces retorcidas y columnas caídas, la apertura al subsuelo—más fosa que puerta—se ofrecía como la boca de un gigante muerto. El aire olía a piedra vieja, a cera y a promesas rotas.

Miriel encendió el candil, la luz parpadeando temerosa. "¿De verdad crees que puedes traerlo de vuelta?"

"Yo sólo puedo prometerte uno de dos finales: la redención o el descanso absoluto." Su tono era sepulcral, y Miriel tragó saliva antes de internarse tras él en las sombras.

***

El interior de las ruinas tenía la humedad total y pegajosa de la tumba. Pasajes angostos conducían hacia el corazón del antiguo sanctasanctórum. El aire vibraba con rezos inaudibles, y a veces—cuando los ecos golpeaban violento las paredes—se escuchaban los suspiros de quienes una vez rezaron por su salvación.

Theren palpó con dedos expertos los relieves de la cripta, topando con runas gastadas y símbolos mutilados. Murmuró, como si aplacara a una bestia bajo su lengua, y parte de la pared cedió, dejando entrar una brisa aún más putrefacta.

"Hay algo ahí abajo," jadeó Miriel.

"El Heredero. Y lo que lo devora."

Entonces la cosa surgió.

No era enteramente humana, ni enteramente monstruosa. El hermano de Miriel, transformado, tenía aún rasgos reconocibles: un mechón de cabello castaño, unos labios que temblaban entre súplica y gruñido. Pero la sombra lo superaba, alargada y viscosa, moviéndose como tentáculos alrededor del cuerpo. Ojos sin pupilas lo miraban fijo, ojos que no pertenecían ni al muchacho ni a bestia alguna.

Miriel gritó, aunque su voz apenas fue un suspiro frente al rumor monstruoso del Olvido.

"¡Arin! ¡Hermano!"

El cuerpo intentó responder, pero la sombra empujaba la boca, la lengua tartamudeaba oraciones ancestrales. Theren se adelantó, arrojó el amuleto al suelo y de su interior brotó una luz febril entre roja y dorada.

"¡Escúchame, Heredero del Olvido! ¡Me invocaron para domarte o desterrarte, según tu voluntad!"

La sombra retrocedió, indecisa.

Entonces Theren comenzó a recitar la letanía prohibida que había aprendido tiempo atrás, a precio de años de pesadillas. Con cada palabra, la penumbra del lugar se agitaba, vibrando, y la silueta de Arin titiló entre humanidad y monstruosidad.

Miriel, con ojos inundados de lágrimas, intentó alcanzarlo. "¡Recuerda, Arin! ¡Te espero desde que vivimos en la casa de las campanas! ¡Vuelve, vuelve!"

Pero el Olvido no suelta fácilmente su presa. Los ojos de Arin, brevemente, parecieron enfocar a su hermana. Y en ese instante, la sombra lo devoró entero, extendiéndose por el suelo como una mancha de aceite hambriento.

Theren la enfrentó, el amuleto ahora ardiendo en su mano. "¡Recuerda el nombre de Severen, el primer custodio! ¡Por la sangre de los tuyos!"

La bestia gritó con mil gargantas, la caverna tembló y las paredes escupieron polvo y huesos olvidados. Theren titubeó, pero se mantuvo firme. Miriel soltó el candil, que chocó contra el suelo y liberó un rayo de llamas sancionadas por la fe de una familia rota.

El fuego y la palabra prohibida, juntos, lograron el milagro inimaginable: por un instante, la sombra perdió su sustancia, y dentro de ella Arin resurgió, su cuerpo marcado de cicatrices, la frente perlada de lágrimas negras.

"¡Hermana...!", consiguió articular, antes de que el Olvido comenzara a absorberlo definitivamente.

Theren, con su voz quebrada, ofreció una última alternativa. Sacó de entre sus ropas una daga negra, heredada, dicen, de la mismísima boca de la catedral.

"Toma," susurró, extendiéndosela a Miriel. "Sólo la sangre neófita puede romper un ciclo tan antiguo."

Ella comprendió en un parpadeo. Se acercó a su hermano, apretó la mano sobre la de él y, temblando, hundió la hoja en la palma de ambos. La sangre, feroz y ciega, se derramó en el suelo, empapando las raíces milenarias.

La reacción fue inmediata. La sombra gimió y chirrió, retirándose como marea amarga, arrastrando consigo ecos de juramentos, vientos de ultratumba y plegarias jamás concluidas. Arin colapsó, inerte pero humano, y en el círculo de su sangre, Theren vio como la catedral, bajo la ciudad, reptaba de nuevo hacia el silencio—saciada, momentáneamente.

Miriel sollozó junto al cuerpo de su hermano, agradecida y rota.

Theren la ayudó a cargarlo en silencio mientras la caverna caía en su naturalidad inclemente. Afuera, la ciudad todavía parecía dormir. Al alzar la vista, Theren pudo ver que algunos perros ya no aullaban, pero la luna seguía velada, y la posibilidad de que la catedral volviera a abrirse flotaba en el aire como una amenaza sorda y perpetua.

"El Olvido nunca descansa," murmuró Theren, devolviendo el amuleto vacío a su bolsa.

"Pero hoy," replicó Miriel, en la primera insinuación de luz de la mañana, "le hemos robado una noche."

Y mientras avanzaban hacia el débil resplandor del amanecer, la ciudad se acomodaba a su rutina de miedo y secretos, ignorando—por una noche más—las fauces abiertas del Olvido bajo sus pies. Porque en Vespera, el ciclo siempre acecha y la sangre siempre llama, pero también existe, aunque tenuemente, la redención para quienes se atreven a desafiar la oscuridad y a mirarla a los ojos.

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