Fragmento:
“Astegar, paria sin redención, Pastor de Silencio e Inventor del Grito, te llamo desde la carne inmóvil, te ofrezco lo que nunca debe ser dado, reclamo tu consejo para caminar entre dos lápidas: la de la carne y la del alma.”
Duración: 08:12
Cuando la luna rehuyó el valle de Evenfall, sus sombras se arrastraron por el mundo como una enfermedad inconfesable. Los muros de la vieja Iglesia de Hallowmere, otrora consuelo para los desesperados, ahora se retorcían bajo sus propias piedras, como si quisieran arrojar su propio corazón. Allí, donde la luz temía morar, se reunió Olven.
A Olven lo llamaban de muchas formas: algunos decían que era un ermitaño, otros que era un hereje excomulgado. Nadie sabía con certeza el motivo de su exilio, ni tampoco la causa de que las sombras lo siguieran como reemplazo de su sombra propia, aun al mediodía. Caminaba con una lentitud que resultaba perturbadora, como quien teme despertar un sueño horrendo a cada paso.
Las campanas de la iglesia jamás volvían a sonar. Sin embargo, esa noche, un tañido sordo —el lamento de un bronce oxidado— rodó por los escombros, y la figura de Olven cruzó el umbral de las ruinas como un susurro olvidado por Dios.
Había esperado el equilibrio exacto de la Luna Nueva porque esa era la condición más propicia para los rituales que imbrican muerte y deseo. Bajo la capilla principal, los catacumbas formaban un laberinto que los vivos temían y los muertos respetaban. Bajó la escalinata con una lámpara cuyos cristales estaban coloreados de azufre y sangre vieja, haciendo que los murciélagos reventasen de inquietud sobre la bóveda.
En el centro se hallaba la tumba de Astegar, el primer sacerdote de Hallowmere, repleto de leyendas sobre transgresiones y milagros oscuros. Un círculo de polvo de huesos rodeaba la losa. Olven, en su mano izquierda, sostenía una daga de ónice; en la derecha, un libro encuadernado en piel de niño no bautizado. La obediencia del espíritu requería siempre el precio de lo sagrado, lo infecto y lo inocente.
La atmósfera de los túneles era densa, perfumada con el aroma metálico de la tierra empapada en sangre ancestral. Olven recitó, con voz temblorosa, los versos que mejor sabía no pronunciar:
“Astegar, paria sin redención, Pastor de Silencio e Inventor del Grito, te llamo desde la carne inmóvil, te ofrezco lo que nunca debe ser dado, reclamo tu consejo para caminar entre dos lápidas: la de la carne y la del alma.”
El silencio fue más hondo de lo que la eternidad puede tolerar. Sin embargo, la tumba respondió, abriéndose como una boca. Una niebla oscura se arremolinó por los bordes, materializando la silueta macilenta de Astegar. Sus cuencas, vacías de ojos, parecían buscar algo en el pecho de Olven; quizás una pizca de arrepentimiento. No encontraría ninguna.
“¿Por qué perturbar lo que aún olvidaba ser recordado?” siseó la voz de Astegar.
Olven no titubeó. “Los sepultureros han cedido. La fe ahora prospera en la crueldad y la mentira. Quiero sembrar en su jardín una semilla que no puedan arrancar.”
Los labios espectrales de Astegar sonrieron, si aquello podía llamarse sonrisa; ver que un cadáver destila promesas no alivia a ningún mortecino. El sacerdote alzó una mano incorpórea y un viento que arrastraba murmullos de niños aún no natos sopló hacia el mortal.
“Dame tu sombra y, a cambio, una simiente despreciada germinará en el corazón de tus enemigos.”
Un escalofrío de aceptación tensó la espalda de Olven, pero había previsto el coste. Se arrodilló, hundió la daga en la carne debajo de su propia axila y, sin temblar, recitó el segundo conjuro, ese que deja la sombra sin dueño y la carne sin amparo.
La sangre fluía, densa y casi negra, formando arabescos sobre el mármol. Su sombra —más intangible aún que el mismísimo Astegar— se desprendió, cual vellón arrancado al caer la noche. La neblina se arremolinó, ávida, y Astegar la sorbió en su seno como quien bebe agua en el infierno.
El trueque estaba sellado.
Lo que Astegar entregó coincidió con el hedor y las pesadillas que amenazaron a Evenfall durante generaciones. La simiente de la ruina: una pequeña esfera envuelta en gloria putrefacta. Al contacto con la mano de Olven, la simiente absorbió los jirones de su calor y empezó a latir.
El nigromante la guardó en un paño bendecido al revés, y volvió a ascender al mundo donde el aire era más frío y el alba jamás llegaba.
Cruzó la villa como un fantasma ofendido y sólo se detuvo ante la casa del decano Malgor, el orador de los vivos, el brazo fuerte y ciego del nuevo dogma. La casa era inexpugnable según los vivos, pero Olven ya no era vivo, y la noche abría para él las puertas como un padre vencido. Penetró hasta el dormitorio, donde el decano dormía entre trofeos de oro y mujeres de alquiler. Allí, Olven enterró la simiente entre sus costillas, justo sobre el esternón. Nadie despertó; ningún testigo viviente miró, pero la simiente ya estaba despierta y el sacrificio se había cumplido.
La reacción no se hizo esperar. Al día siguiente, Evenfall entera se cubrió de neblina; las campanas comenzaron a tocar, no en bronce sino en hueso. El decano Malgor despertó con la piel azulada y la mirada perdida en el techo. Los médicos creyeron que lo poseía el miedo, pero era otra criatura la que enhebraba sus pensamientos: la simiente crecía, abriéndole el pecho en una floración imposible de negar.
A cada palabra que pronunciaba, Malgor hacía que los presentes vaciaran su sangre por la boca, como si invocara sin querer la Fuente Roja. La fe de Evenfall tembló, pero no se quebró: olía la mentira y el pánico, pero aún no conocía la desesperanza.
Mientras tanto, Olven caminaba convertido en doble sombra, porque ya no tenía la suya, pero la negrura del mundo le era suficiente. Nadie lo veía, o mejor dicho, todos fingían no verle porque sabían que ofrecerle los ojos sería perderlos para siempre.
La villa fue cediendo: a los tres días, la neblina se volvió viscosa y la simiente bifurcó sus raíces al resto de los poderosos. La gente se reunía en procesión cada noche, temblorosos, rogando a cualquier dios —propio o ajeno— que su corazón no fuera el próximo cáliz.
El horror más exquisito llegó al sexto día, cuando los niños empezaron a rezar con voces de ancianos y los ancianos olvidaron decir su nombre. El cruce de edades, la inversión de la infancia y la decrepitud, fue el precio impuesto por la simiente al alimentarse del alma de cada generación.
El decano Malgor, enloquecido y poseído por la raíz oscura, buscó a Olven. Lo halló en la iglesia en ruinas, como último faro entre el derrumbe. La conversación fue más silenciosa que la tumba, más tensa que la cuerda de un ahorcado.
“Misericordia,” suplicó Malgor con la voz hecha un hilo lleno de dientes. “Apaga la simiente, arráncala como mala hierba.”
“No hay redención para quien siembra sólo en el jardín de la vanidad,” susurró Olven, sus ojos vacíos de reflejo. “Haz de tu pecho un altar y acoge la verdadera santidad: la muerte fértil. Lo que brilla al final es sólo el ojo del abismo, y tú lo engendraste.”
Entonces, el decano, convertido ya en una extensión consciente de la simiente, se arrojó sobre Olven. No hubo lucha, ni resistencia. La simiente saltó de pecho en pecho y en ese instante, Olven aceptó lo que siempre había temido: que el sacrificio de su sombra no era más que la primera página de una escritura interminable.
La simiente regresó a la tierra y, a través del cuerpo moribundo de Olven, brotó un árbol de huesos, cuyas flores eran gritos y cuyos frutos, lágrimas solidificadas. Eso fue lo que finalmente redimió a Evenfall: verla arrasada, ver renacer los fundamentos de la fe convertidos en horror palpable.
El pueblo aprendió, demasiado tarde, que la oscuridad no pide permiso; toma y da a su antojo, y cuando viene disfrazada de redención, es mejor cerrar las puertas y dejar que el mundo termine.
Nadie supo qué fue de Olven, pues quien ha sido despojado de su sombra se convierte en polvo entre mundos. Pero el árbol sigue allí, entre las ruinas de Hallowmere, silencioso y voraz. Cada tanto, en noches de luna escondida, derrama una flor que sólo los condenados pueden ver. Y es entonces cuando Evenfall recuerda, en espasmos de pesadilla, que algunas semillas sólo pueden crecer con la carne de los vivos, y que hay pactos que ni la muerte termina de saldar.
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