Fragmento:
Tahil era la nodriza de la Peregrina, aunque el término no era exacto. Nutrir a alguien presupone algo en proceso de crecer; la Peregrina —envuelta en un caparazón de pergamino y vendas, los ojos ciegos y las venas llenas de ceniza— llevaba siglos sin cambiar. Nadie recordaba su verdadero nombre. Para la ciudad, ella era más idea que persona: la portadora de los rezos inútiles, la razón por la que a medianoche nadie osaba mirar sus propias sombras.
Duración: 10:15
La noche aferraba la ciudad como un puño cerrado. Entre las fisuras de la calzada, la niebla negra ascendía, hilvanando los gemidos de los condenados con cada bocanada de viento. En la cumbre de la Torre de Fango, Tahil contemplaba desde su ventana angosta. Bajo su atenta mirada, el Barrio Hundido se retorcía bajo la opresión de un antiguo pacto que, como un cuervo aferrado al corazón de la urbe, engullía todo destello de esperanza.
Tahil era la nodriza de la Peregrina, aunque el término no era exacto. Nutrir a alguien presupone algo en proceso de crecer; la Peregrina —envuelta en un caparazón de pergamino y vendas, los ojos ciegos y las venas llenas de ceniza— llevaba siglos sin cambiar. Nadie recordaba su verdadero nombre. Para la ciudad, ella era más idea que persona: la portadora de los rezos inútiles, la razón por la que a medianoche nadie osaba mirar sus propias sombras.
A Tahil le temblaba el pulso. Su rodilla —roída por la gota y el frío jugoso de la piedra— tiritaba implacable, acompasando el tintinear de su cazo con el que recogía el líquido ámbar que brotaba del vientre de la Peregrina. Cada noche, lo mismo: extraer la sustancia sin preguntar, hervir las vendas hasta que no quedara más que ceniza, recitar las palabras que convertían la podredumbre en confesión y el hedor en promesa. Un ciclo tan antiguo como el cráneo de la ciudad.
—¿Ya es medianoche, Tahil? —La voz de la Peregrina era un susurro de vidrio molido.— Siento las manos de los rezadores. Aprietan más esta noche.
Por la ranura de la puerta se filtró un resplandor enfermizo. Era Dorl, el Sacristán de la Torre. Su silueta titubeó en el umbral, un cuerpo hinchado por capas de túnica untuosa, el rostro invadido por una red de costras negras.
—La multitud está impaciente —rezongó—. Necesitan su penitencia.
Tahil miró el cazo, donde bailaban burbujas de pus dorado. Pese al asco, se irguió todo lo que pudo y cruzó la estancia. Estaba acostumbrada al olor. Dorl jamás lo soportaba; la visión del cazo le torció el rostro en una mueca de náusea.
El salón ceremonial era un pozo enlatado de lamentos. Decenas de acólitos y pecadores aguardaban entre grandes columnas de barro cocido, el aire saturado de incienso, mostaza y miedo. Dorl se abrió paso a empujones, y Tahil, orgullosa pese a su cojera, depositó el cazo en el altar.
—Empieza tú —dijo Dorl, señalando a una joven sacrificada por la vida. Tahil la reconoció. Una ladrona; apenas dieciocho inviernos y ya con la soga preparada.
La ladrona se arrodilló. Tahil le hundió la mano en el cazo tibio y le untó la frente con el ungüento. Rezó la letanía:
—En nombre de la Peregrina, te absuelvo de tu temor. Lo que arda, arderá lejos. Lo que pese, oprimirá solo tu sombra.
La muchacha gimió, arrebatada de espanto y éxtasis. Así siguió, uno tras otro, cada pecador recibiendo unas gotas del pus milagroso. Tahil notaba cómo la sustancia acudía al contacto con la culpa, cómo chisporroteaba y se tensaba; cada penitente salía llorando, pero aliviado, aunque en sus ojos persistía un matiz aceitoso, una dificultad para distinguir los contornos del mundo.
Cuando la sala quedó casi vacía, Dorl se inclinó hacia Tahil.
—Hoy he visto a los Gormen rondando las cloacas. No buscan comida. Buscan el núcleo, donde tu señora se alimenta.
Tahil apretó el cazo contra el pecho. Los Gormen, hijos bastardos del abismo, odiaban todo lo que la Torre defendía. No rezan, no absuelven; devoran y absorben, hasta limpiar la ciudad de toda ilusión de redención.
—No deben alcanzar la sala inferior —susurró Tahil—. No pueden romper el círculo.
—Lo intentarán —dijo Dorl, con una sonrisa medio petrificada.— Les empuja la desesperación. Como a todos aquí.
El Sacristán desapareció, dejando tras de sí el rastro agrio de su perfume. Tahil regresó junto a la Peregrina, que dormitaba en su lecho de piedras calientes. La anciana se acercó y, con dedos hábiles, cambió las vendas cenicientas que velaban su rostro.
—Me están olvidando —musitó la Peregrina.— La ciudad quiere algo distinto. Pronto nadie pedirá absolución. Preferirán sus propios pecados.
Tahil se encogió de hombros. ¿A quién no le haría falta perdón en ese pozo sin cielo? Aún así, intuyó la verdad: el pacto se desmoronaba. La fe de la ciudad se consumía, tragada por las bocas sin fondo de los Gormen.
*****
El alba llegó tintada de un rojo marsupial, denso, como si la sangre de los ahorcados ascendiera por toda la ciudad desde sus cimientos podridos. Tahil sintió un estremecimiento ancestral. Demasiado temprano, ya los acólitos llegaban con gritos ahogados: uno de los suyos fue encontrado vacío, la carne drenada y sentada, sonriente, en la escalinata de la Torre.
Bajó junto a Dorl para verlo de cerca. El cadáver parecía más estatua que carne, la piel replegada, los ojos hinchados de pus blanco. En la boca, una nota escrita en una lengua sólo escuchada en los delirios de los moribundos:
“Donde no se reza, los hijos del abismo comen.”
Dorl arrancó la nota y la pisoteó. No miró a Tahil, pero su boca fue un tajo:
—Esta noche la Purga debe ser total. No habrá lugar para tibios. No habrá lugar para nadie fuera del Pacto.
Tahil asintió y empezó los preparativos. A media tarde ya los acólitos reseñaban los salmos, la Torre se encendía con la pestilente promesa de redención. Pero algo era distinto. El aire traía un temblor, una fatiga que no era de los cuerpos, sino del suelo mismo. La ciudad temblaba bajo los cánticos de la Torre. Nadie se atrevía a mirar a los mendigos en las puertas. Nadie reconocía los rostros de quienes compartían su miseria.
Mientras mojaba otra venda en la infusión caliente de la Peregrina, Tahil percibió un murmullo bajo tierra. Los Gormen venían, sí, pero ni siquiera el viento parecía quererlo, ni la piedra ofrecía resistencia.
Entraron por el subsuelo, por las grietas intuidas de otra vida. El primer aviso fue el grito de los porteros; después, el quiebre humillante del altar mayor, arrasado por brazos largos y manos-filamento. Los Gormen eran amorfos, nacidos de los sueños febriles de los sacerdotes de la era previa. Sus bocas abiertas, sus lenguas negras, sus piernas de cieno.
Dorl blandió el hisopo bañado en el pus de la Peregrina. Dos abominaciones se replegaron. Pero la tercera siguió, desgajando el aire, separando la carne del Sacristán de su alma. Tahil apenas corrió a tiempo, camino a los aposentos superiores. Cerró la puerta tras sí, encestando una vara de hierro en los goznes.
La Peregrina se removía ligeramente.
—Ya están aquí —anunció, sin pánico.— Es justo. Es tiempo, Tahil.
La anciana se desplomó de rodillas y le sostuvo la cabeza. El cuerpo de la Peregrina era tan frágil como un capullo chamuscado, el olor a ceniza nuevo, intenso, repugnante.
—Cuéntame— rogó Tahil.
—El Pacto era simple —dijo la Peregrina.— Un dolor por una noche de tregua. Una absolución por cada oración ahogada. Ahora no creen. Ahora se niegan a ser perdonados. Pero los pecados son insaciables. Si no se absuelven, buscan otra carne.
El temblor bajo los pies se volvió terremoto. El grito del primer Gormen acercándose a la escalera. Tahil tomó la daga de obsidiana que usaba para limpiar los abscesos. Se arrodilló junto a la Peregrina, el corazón trémulo de terror y lucidez. La carne cicatrizada de la anciana brillaba bajo la luz espectral de las velas.
—Si mueres— dijo Tahil—, todo este dolor se esparcirá sin freno.
La Peregrina sólo sonrió, una mueca de dientes y huesos.
—Ya estamos muertos, Tahil. Yo fui la primera. Tú serás la última nodriza.
El Gormen irrumpió, el aire encharcado de podredumbre. Sus ojos inexpresivos midieron a Tahil y la anciana. Abrió la boca, cientos de agujas y tentáculos agolpándose. Tahil, sin saber por qué, untó la punta de la daga con el pus viscoso del cazo y la sostuvo entre el monstruo y la Peregrina.
El ser titubeó, respirando hondo el hedor. Una risa —seca, hueca, infinita— rodó por el cuarto. El Gormen pareció crecer, su sombra envolvió a Tahil. Sintió que temblaba no sólo su carne, sino todos sus recuerdos.
Fue la Peregrina quien intervino. Extendió su mano envuelta en vendas y tocó la frente de la criatura. Murmuró palabras que no pertenecían a ningún lenguaje humano, palabras hinchadas de hambre y compasión.
El Gormen titiló, se volvió translúcido por un parpadeo. Después, como si se abriera en dos, se desplomó en un charco de miasma. De su vientre brotó un estremecimiento: de él salieron los ecos de decenas de voces humanas. Era la ciudad misma, devorada y expectante.
Tahil, temblando, limpió la sangre ámbar de la daga y miró a la Peregrina.
—¿Qué hemos hecho? —sollozó.
La anciana no respondió. De su pecho, como un manantial anegado, brotaba lentamente la misma sustancia dorada. Una fisura se abría en su carne, y tras ella, la luz enfermiza de una noche eterna.
*****
Cuando llegó la aurora, la ciudad ya no era la misma. Los Gormen parpadeaban en los umbrales de las casas, acariciando con sus lenguas los recuerdos de los penitentes. La Torre de Fango ardía, pero su fuego era frío y espeso, imposible de apagar. Los que quedaban rezaban en silencio, no por redención, sino para recordar que un día creyeron en ella.
En el sótano de la Torre, Tahil se reclinó junto a la carne agujereada de la Peregrina, esperando su turno. Los acólitos que sobrevivieron se acercaron con miedo y desesperación, buscando consuelo en la nueva nodriza. El ciclo no murió; sólo cambió de nombre, de carne y de promesa.
Así, pues, la ciudad aprendió: no todos los pecados merecen absolución. Algunos sólo desean propagarse. Y algunas noches, cuando la niebla se arremolina en los muros, los Gormen bajan a la ciudad y, entre rezos marchitos, mastican el silencio de los vivos.
Nadie mira a sus sombras después de la medianoche.
La compasión, pensó Tahil antes de dormirse junto a la muerta, era el pecado más peligroso de todos.
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