Portada del relato Bailando en el Umbral
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Fragmento:


—¿Por qué no me temes? —le preguntó, posándose a su lado, y se detuvo en la distancia exacta en la que el frío de ella no helaba sus costillas.

Duración: 08:06

Bailando en el Umbral
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Texto de ajuste de pausa.

¿Conoces la sensación de que el aire está demasiado quieto, justo antes de la tormenta? Parece que el mundo entero contiene la respiración. Eso sentía Emilian cada mañana al despertarse: un aliento contenido, una pausa entre lo que fue y lo que está a punto de suceder. En el gris de la ciudad, en las paredes del apartamento que nunca conseguía calentar con ninguna lámpara, en el eco de sus propios pasos desnudos sobre la madera gastada, la sensación persistía. Ese era el lugar de los cazadores.

No había nacido uno de ellos, pero nunca recordaba ni esa parte ni ninguna otra de su vida antes de los veinticinco. El recuerdo más antiguo era la primera vez que vio brillar una filigrana azul en el dorso de su muñeca derecha, tras el beso frío de una mujer que no volvió a ver. Supo, sin palabras, para qué servía ese brillo: era la marca de los custodios. Los demás decían “cazador de almas”, por más pintoresco que sonase; pero Emilian no cazaba, custodiaba. Guardaba las grietas por donde lo etéreo se colaba en el mundo y recogía lo que quedaba atrás.

En sus primeras jornadas todo era aprendizaje, miedo, y más tarde una especie de euforia culpable. Cazar (como los demás insistían en llamar a ese trabajo), era una danza peligrosa en la que una mirada podía sellar el destino de un desconocido; quien caminaba junto a él por la acera podía ser la próxima en cruzar el umbral entre vivos y muertos.

Pero entonces llegó Aelia.

La primera vez que la vio, la marca azul ardió como si la piel se le hubiese convertido en cristal. Era tarde—el reloj del andén marcaba las dos y cuarto de la madrugada; el polvo en el aire parecía oro derramado bajo la luz de la linterna del vigilante. Ella, sentada sola en el banco del último andén, vestía de blanco y parecía esperar al tren con una paciencia extrañamente feliz. Los humanos no solían estar felices ahí a esa hora. Los humanos, cuando la frontera se acerca, suelen oler a miedo, a nostalgia, a querer regresar.

Por eso supo, aún antes de acercarse, que Aelia no era —todavía— un alma suelta.

—¿Por qué no me temes? —le preguntó, posándose a su lado, y se detuvo en la distancia exacta en la que el frío de ella no helaba sus costillas.

Aelia lo miró, y su sonrisa era la de un secreto antiguo, no una sonrisa humana sino algo más vasto.

—¿Cómo puedes estar seguro de que no te temo? —contestó ella—. A veces no nos damos cuenta de nuestros propios temores hasta que ya es demasiado tarde.

Emilian quería preguntarle cientos de cosas. Quién era, bajo qué luna había nacido, a quién pertenecía la voz que sonaba en sus sueños desde niño y se parecía tanto a la de ella.

—Vienes antes de tiempo —dijo él, en vez de otra cosa.

—Siempre llego antes de tiempo. Es mi condena.

En la cultura de los cazadores (custodios, como él prefería pensarlo), hay muchos tabúes. El primero: nunca te encariñes con aquellos a quienes custodias. La distancia preserva el equilibrio del mundo, decían los antiguos; el deseo rompe los límites y todo se desmorona.

Emilian rompió ese tabú antes de saber que era capaz de hacerlo.

A partir de aquella noche, buscó a Aelia dondequiera que el gris de la muerte mimara a los vivos. La encontraban en los portales de los hospitales, bebiendo café frío en las escaleras de los teatros cerrados por la peste. La sentía cruzar y volver durante tempestades, en los accidentes que él mismo debía supervisar. Era como si una melodía, demasiado intensa para dejarla pasar, le hubieran colgado al pecho: necesitaba escuchar el siguiente compás.

En aquellos encuentros, nunca hablaban sobre el después. No del suyo. Hablaban del amor, de los libros, del silencio de las ciudades dormidas. Una vez, mientras una pareja de ancianos danzaba bajo una farola sin notar su presencia—a punto de despedirse del mundo—Aelia le preguntó:

—¿Nunca te cansas de salvarlos?

Emilian sonrió. Llevaba tiempo sin hacerse esa pregunta.

—¿Tú te cansaste alguna vez de querer a alguien que no te correspondía?

Aelia no respondió. Solo miró hacia la pareja y luego a él, con un dolor sencillo en las pupilas.

Entre los cazadores, los rumores se extendieron pronto. Nadie habla de amor, pero todos reconocen la humedad en el aire antes de la tormenta. Sabían que Emilian ya no danzaba solo. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían. Los más antiguos se preguntaban cuánto tardaría el equilibrio en desmoronarse.

Una noche, mientras la ciudad entera parecía contener la respiración como en aquellas madrugadas de verano en las que todo es posible y nada tiene consecuencias, Emilian cruzó el parque en busca de ella. Habían pasado veinte días desde la última vez; el creciente peso de la ausencia era una losa sobre sus costillas.

La encontró en un banco húmedo, leyendo un libro gastado. Si es que los arquetipos sienten frío, Aelia tenía la piel helada de la tinta.

—¿Te irás pronto? —preguntó él, sin acercarse demasiado.

Ella dejó el libro en su regazo. Miró las manos de Emilian, temblando justo sobre la marca azul de su muñeca.

—No quiero irme. Pero tienes que entender, Emilian. Somos lo que somos por lo que renunciamos.

Nunca antes Emilian había sentido que una palabra lo dividía en dos. “Renunciar”, ese verbo con el que los custodios marcaban el inicio y el final de sus propias vidas.

—Mi condena —dijo Aelia— es ser siempre la primera en la frontera. Veo a los que vas a custodiar. Los acompaño y me marcho antes de que llegues. No puedo cruzar; no me dejan. Mi amor es una espera.

—¿Y si cambias el final? —preguntó él, y sintió que las palabras tenían el peso de una plegaria—. ¿Si cruzas una vez y vuelves?

Aelia rió, rota, la risa de quien ha partido tantas veces que ya no recuerda de dónde viene.

—No sabrías cuán larga puede ser una noche si buscas a quien no puede esperarte.

El tiempo para los que desencarnan y los que custodian no es igual. El amor era su condena y su única promesa rota.

Pasó lo que siempre pasa en las viejas historias.

Un amanecer, la ciudad era una herida abierta bajo la lluvia. Emilian recién había dejado una vigilia junto al lecho de una joven que murió soñando con un mar más allá de la memoria. Caminó sin rumbo por plazas encharcadas. Vio una silueta blanca en el cruce, vio la marca azul en su propia piel arder, y supo que había llegado el momento de decidir.

Corrió hacia Aelia, y cada paso era un eco de todos los días que hubiese deseado tenerla. El mundo se estremeció, un latido silencioso en las baldosas.

—¿Entiendes lo que implica? —Aelia susurró, los ojos llenos de siglos—. Si cruzas por mí, no regresarás a custodiar nunca.

Emilian asintió. No había palabras ya posibles, solo el roce del aire, dos mundos tocándose en un punto.

Cruzaron juntos.

El equilibrio se estremeció. Los ancianos de los Custodios sintieron un crujido en la estructura invisible que mantenían con su arte; los rumores se transformaron en historias; el miedo y el amor caminan juntos desde entonces, en paralelo. Algunas almas escuchan, en el tránsito entre los mundos, una melodía: quien ama, dicen, ya pertenece a ambos.

A veces, en la hora más azul del crepúsculo, cuando la lluvia cae densa y nadie canta en las calles, los custodios nuevos narran la leyenda. Hablan de Emilian, que bailó en el umbral por amor, y de Aelia, que aprendió que la espera solo termina cuando cruzas la frontera del deseo.

Dicen que, desde aquella noche, las grietas del mundo no solo dejan entrar la muerte. También filtran un resplandor tierno, dorado, que no es posible nombrar. Y allí, donde ese resplandor toca la memoria, los vivos sueñan con sus muertos y sienten, sin miedo, ganas de bailar en la frontera.

Porque el amor y la muerte ya no necesitan guardarse distancia.

Porque los custodios, aún temiendo al deseo, aprendieron que las historias no se rompen; solo se reescriben.

Desde entonces, cuando la ciudad se queda quieta y el aire tiembla justo antes de la tormenta, alguien recuerda a Emilian y Aelia. Y, si tienes suerte, puedes verlos juntos, tomados de la mano entre la neblina, bailando en el umbral que separa a los que se quedan de los que ya se han atrevido a cruzar.

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