Portada del relato El jardín de los espejos rotos
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Fragmento:


Quizá era la falta de sueño o la música sorda del fuego detrás de sus pupilas, pero Lecira susurró la palabra ancestral sin vacilar y el hierro respondió con un gemido grave. El laberinto la recibió como se recibe a las parientes que prometieron visitar sólo un minuto, con la alegría encubierta de quien espera entretenerse largo rato.

Duración: 08:02

El jardín de los espejos rotos
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Texto de ajuste de pausa.

La Reina Lecira no podía dormir desde hacía tres lunas y no era cuestión de almohadas ni de las crujientes viejas tablillas del palacio. Era el fuego, claro, el maldito fuego, ese que bailaba en sus venas y no se apagaba aunque la invocara el más profundo reino de los sueños. Se decía—y las Reinas suelen hacer caso a los dichos, siempre que favorezcan a la dinastía—que esos insomnios auguraban presagios funestos. Pero sería amargamente humilde aceptar que en algún rincón de su escritorio reposaba el pergamino de su propia ruina, así que Lecira prefería la honestidad moderna del insomnio: simplemente no puedo dormir, punto, dejad que los adivinos se preocupen.

El reino de Ardendis se hallaba en un periodo de grisáceo equilibrio. Vasto, con torres de obsidiana acariciando el cielo, poblado de mercaderes que juraban comerciar con los dioses y bufones que imitaban la mueca de los nobles con una gracia suicida. Ensalzado en canciones y sin embargo atado a un único laberinto, el Núcleo: un artefacto antiguo, oculto bajo los cimientos de todos los temores sensatos. Y Lecira era Reina por naturaleza y por fuego, dos cosas que rara vez convivían en armonía. Era, además, indeseablemente soltera, para el gusto de sus consejeros, y un poco demasiado proclive a pasearse sola por el palacio en plena noche.

Aquella noche, sin embargo, el trono estaba especialmente frío y el incendio en sus huesos peligrosamente dulce. Se erguía, observando el mapa de Ardendis: las ciudades tintadas de rojo, las fronteras que nunca cambiaban, salvo en los sueños de cartógrafos locos. Y por alguna razón, sus dedos se movían inquietos sobre el pergamino, buscando el punto exacto bajo el que el Núcleo y su infame laberinto habían sido sellados.

La costumbre es arquitectura para el insomnio, así que bajó sola la escalera prohibida, dejando atrás la corte y sus rumores. El acceso al Núcleo era una puerta demasiado simbólica: hierro antiguo, runas medio borradas y una cerradura que exigía mano real y, como se descubriría más tarde esa noche, algo más sutil.

Quizá era la falta de sueño o la música sorda del fuego detrás de sus pupilas, pero Lecira susurró la palabra ancestral sin vacilar y el hierro respondió con un gemido grave. El laberinto la recibió como se recibe a las parientes que prometieron visitar sólo un minuto, con la alegría encubierta de quien espera entretenerse largo rato.

El interior era una maraña de oscuridad viva, pero Lecira no se inmutó: era su herencia, después de todo. Cada bicéfala esquina y cada espejismo de piedra goteando vapor le recordaba que reinaba sobre terrores mucho más profundos. Sin embargo, entre las formas cambiantes y los pasillos que parecían estirarse como gatos perezosos, hoy el laberinto exhalaba un perfume diferente: un eco de rosa marchita, la promesa velada del peligro.

El fuego interno de la Reina chisporroteó. No era desconocida la fama de esos oscuros corredores. Decían que, de vez en cuando, el Núcleo eliminaba solteros empedernidos emparejándolos con sus respectivas antítesis, y que todo aquel que deseara ver el corazón del laberinto debía dejar atrás no sólo el miedo, sino también el aislamiento. Lecira se rió mentalmente. El romance era para trovadores y viudas adineradas, no para las reinas que ardían de noche.

Avanzó, y en cada recodo, la oscuridad se volvía más líquida, más profunda. Hasta que, frente a una cámara tan antigua como sus dudas, halló una figura envuelta en sombras. La persona no era ni hombre ni mujer, sino ambas cosas, y ninguna; un ser velado, luminoso y opaco a la vez, con ojos como brasas apagadas.

Lecira, obligada por un pudor inédito, habló primero.

—¿Sigues aquí atrapado por elección, sombra, o es amor a la rutina?

La voz que respondió fue de todas las edades y de ninguno de sus tiempos.

—Busco la llave, igual que tú. Busco el fuego cura, o el fuego herida. Busco, en suma, a alguien que no tema entrar dos veces en el mismo laberinto.

La Reina permitió que la sonrisa se le deslizara a los labios. Era extraño encontrar sinceridad en las criaturas antiguas.

—¿Y cómo sueles pasar el tiempo aquí abajo? ¿Adivinando el futuro de insomnes?

—Jugando con las sombras, esperando que alguna luz digne a perderse lo suficiente como para encontrarse. Ese es tu caso, ¿no es así, Lecira? Aquí tienes nombre, pero no corona, y el fuego arde porque aún no lo has compartido.

La sugerencia fue tan insultante como un piropo mal calculado. Lecira se enderezó, fuego aflorando en los bordes de su temperamento.

—Te olvidas de a quién hablas. Yo comparto lo que elijo.

La figura alzó una mano envuelta en bruma.

—No me refiero a compartir con súbditos o amantes corteses. Hablo de sinceridad. Del modo en que se encienden incendios en corazones equivocados y se apagan en las camas solitarias. Si quieres salir del laberinto, quizás debas arder de veras.

El desafío era casi dulce. Lecira, contrariada y, para su propio horror, intrigada, aceptó.

—¿Y si te mostrara mi verdadero fuego? ¿Qué pasaría contigo, sombra ingeniosa?

—Tal vez me consuma. Tal vez nazca yo mismo de tus llamas, y juntos encontremos el corazón del Núcleo.

Lecira levantó las manos. Su fuego era un largo extenso deseo, serpientes de luz que ondulaban alrededor de la figura.

—Debe doler, ¿sabes? Dejar de esconderse.

—Debe arder, sí.—La sombra se acercó, y recibió voluntaria la marea abrasadora.

El cruce no fue tanto un beso como un eclipse. Lo que era sombra se hizo carne, y lo que era Reina fue súbdita de un deseo inédito: la certeza de estar vista y temida y amada, todo a la vez. Lecira se vio a sí misma a través de otros ojos: poderosa, herida y por fin dispuesta a aceptar la vulnerabilidad como mejor amuleto.

Juntos, avanzaron por los corredores. El fuego de Lecira iluminaba sus pasos; el recién nacido amante, ahora sólido y tembloroso, iluminaba sus pensamientos. Cada pasillo que atravesaban era una lección: la pasión puede ser guía o condena, la soledad puede curtirse en compañía, si se es lo bastante necio o temerario. Ambos reían, a veces, de pura felicidad insensata, otras, de pura desesperación.

Llegaron al corazón del Núcleo. Un altar de piedra bajo el que latía el mundo mismo, cubierto de rosas negras y cenizas.

—Es aquí —susurró la figura, llamada Tael ahora, pues todo fuego merece un nombre—, donde los antiguos reyes ofrecían sus miedos, donde las reinas consumaban alianzas y donde los amantes se hallaban o se perdían.

Lecira alargó la mano; la otra la sostuvo. Nada de juramentos vacíos: sólo la aceptación cruda de que, a veces, el laberinto no buscaba la soledad del viajero, sino la compañía de los valientes.

Los días siguientes, Ardendis habló a media voz de cambios en la Reina. Allegados notaron que en ocasiones sonreía, y rara vez desterraron cortesanas por la sola sospecha de deslealtad. El fuego en la torre era menos ansioso, más contenido.

Y a veces, en las horas más pálidas, una nueva figura era vista acompañando a la Reina por los pasillos menos transitados. Su nombre resonaba en susurros: Tael, Tael, el amante surgido del núcleo, el único que pudo bailar con una Reina de fuego sin temer el incendio.

Así aprendieron en Ardendis, algunos demasiado tarde, que los laberintos sólo son oscuros para quienes insisten en recorrerlos solos, y que hasta la llama más insomne descansa cuando el corazón encuentra, en la sombra más improbable, el verdadero reflejo de su deseo.

Quizá Lecira nunca durmió del todo, pero esa nueva vigilia, compartida y dulce, valía más que todos los sueños de paz que le podía haber prometido un oráculo.

Porque si algo merecía la pena arder, pensaba la Reina, era por aquella ocasión inesperada en la que el amor y el fuego bailaban juntos bajo el mismo techo, en el mismo reino, y entre las mismas paredes por las que, alguna vez, había paseado sola en pleno insomnio.

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