Portada del relato El Filo del Anhelo
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Fragmento:


Kael se acercó, la mano abierta en un gesto de tregua, y dijo, “No esperaba verte aquí. No después de todo lo que hicimos.” Su voz, como las botas sobre la escarcha, era lenta y dolorosa.

Duración: 07:35

El Filo del Anhelo
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Texto de ajuste de pausa.

Desde la última torre del Bastión de Raenor, donde los soldados ya no patrullaban y las banderas del reino colgaban deshilachadas, Lyenne contemplaba la oscuridad de la llanura escarchada. Cada noche, el viento traía ecos de un pasado quemado por la guerra, arrastrando cenizas y pétalos muertos de rosa. Apenas quedaban luces en Donlea, la ciudad libre que aguardaba más allá del lago helado. Las murallas de la fortaleza parecían susurrar nombres: traidores, enemigos, amantes. Todos olvidados.

Lyenne mantenía la guardia con la mano aferrada a la empuñadura de su espada, aunque no esperaba otra patrulla de bandidos, ni el regreso de los soldados del Duque Rhal. Había sobrevivido a la última batalla, sí, pero no a la paz que vino después. En la noche, solo el resplandor de la Torre Norte seguía ardiendo sin explicación: una llama azulada, imposible de extinguir, alimentada—lo aseguraban los cuentos viejos—por el dolor y la promesa de un alma encadenada.

La superstición decía que aquel fuego era la señal de un juramento roto. Lyenne lo creía, aunque nunca lo admitiría en voz alta. Descendió las escaleras de piedra, atenta a la eco de sus propios pasos, y se detuvo al pie de la torre para trazar en la escarcha el ritual que había aprendido de su madre, una de las brujas errantes del sur. Cada noche era lo mismo: la misma figura, la misma súplica. Esta vez, el hielo no respondió con el temblor usual. Esta vez, la silueta de una sombra surgió al margen del resplandor, como una mancha viva.

Apareció él, envuelto en una capa de piel ennegrecida, las facciones endurecidas por el frío y el resentimiento. Era el enemigo en persona, el príncipe Kael, maldecido por todos los que alguna vez habían amado la justicia—o solo habían fingido amarla. Tenía los ojos de alguien que no ha dormido en años, y la sonrisa sardónica de quien sobrevive solo gracias a la amargura. Pero Lyenne supo que él no venía a matarla.

Kael se acercó, la mano abierta en un gesto de tregua, y dijo, “No esperaba verte aquí. No después de todo lo que hicimos.” Su voz, como las botas sobre la escarcha, era lenta y dolorosa.

“No esperaba sobrevivir a nada de esto,” replicó Lyenne, bajando la espalda hasta estar lista para una pelea que quizás no llegaría. El viento aulló entre los dos, astillando la tensión. “¿Vienes a reclamar tu trono, o solo a morir bajo esta llama?”

Kael rió, un sonido hueco. “Si buscase el trono, patearía tu cadáver en el fango como a los demás. Pero no—no esta noche. No cuando aún nos queda algo por lo que luchar. O por lo que lamentar, al menos.”

Ambxs sabían lo que los unía: la muerte de su hermana, la princesa Mariel, todo por una alianza rompida y una traición a medias. Lyenne había amado a Mariel con una devoción silenciosa y espinosa, nunca correspondida del todo porque Mariel solo soñaba con salvar a su hermano. Y Kael, en cambio, había sacrificado a su hermana para salvar un reino condenado. En los rincones amargos del corazón, ambos eran culpables. Ambos, también, aún necesitaban a alguien que les dijera que sus pecados valían la pena.

La llama azul crepitó. Kael dio un paso adelante. “Hay un ritual. Sabes de qué hablo. No finjas que no comprendes para qué vine.”

Lyenne sintió que la cólera la abandonaba, reemplazada por el vértigo de otra cosa: esperanza, quizás, o el deseo de que todo acabara al fin. Mariel había muerto para sellar la maldición sobre Raenor, encadenando el alma de la ciudad al fuego perpetuo. Solo un sacrificio voluntario podría liberar su espíritu y apagar la llama. Pero ninguno de los dos podía fijar su mirada en una absolución sencilla.

“No puedo perdonarte,” murmuró Lyenne.

“No lo pido.” Kael se dejó caer de rodillas, dejando que la capa se deslizara a la nieve. “Solo deseo que terminemos esto juntos. Por ella. Aunque no haya gloria, ni redención, ni siquiera olvido.”

Podía matarlo allí mismo—y seguramente debería hacerlo. Pero Lyenne no alzó su espada. En su lugar, se arrodilló también, a su lado, bajo el resplandor antinatural. De cerca, olía a leña ardiendo y al sudor reseco del exilio. Los dedos de Kael rozaron los suyos, en una súplica muda. No por amor, o no solo por amor, sino por la necesidad cruda de pertenecer, aunque fuera solo a alguien tan roto como tú.

“Está bien,” murmuró Lyenne, cerrando los ojos. “Hagámoslo juntos. Quizás así la llama se extinga.”

Las palabras eran parte del rito, y ambos lo sabían. A medida que recitaban las sílabas antiguas, la temperatura cayó aún más. El fuego azul pareció absorber los pecados y las promesas incumplidas, arrancando migajas de alma de cada uno, lamiendo las heridas abiertas de sus recuerdos. La visión de Mariel se asentó entre ambos, etérea, el rostro iluminado por una tristeza infinita.

“¿Qué ofreces tú, Kael?” preguntó la aparición, y el príncipe respondió sin dudar, “Lo que fui, lo que debí ser: mi corona, mi identidad. Que nadie recuerde mi nombre si así tu alma descansa.”

La figura giró los ojos vacíos hacia Lyenne. “¿Y tú, Lyenne?”

Costó más encontrar una respuesta. “Ofrezco mi amor,” susurró, desgarrada. “No solo por ti, Mariel, sino por el mundo que nunca nos dejó ser quienes quisimos. Renuncio a ese amor, si así puedes hallar la paz.”

Mariel asintió. Su sombra se alzó, etérea, y se esfumó en la llama, que titiló, diminuta, hasta apagarse, dejando solo oscuridad y viento en la torre.

El acto estaba terminado. El hueco que dejó la llama era frío y hueco, pero también, curiosamente, pacífico. Kael se dejó caer de espaldas en la nieve, cerrando los ojos, exhalando lentamente.

“¿Lo sientes?” preguntó, la voz ronca.

Lyenne asintió. Se sentó a su lado, hombro con hombro, como durante los días convulsos en que combatían en bandos opuestos y soñaban con un día en que todo acabara. El rencor seguía allí, como una herida que nunca cierra, pero ahora la ausencia de la llama dejaba espacio para algo más.

“¿Qué haremos ahora?” murmuró ella, incapaz de moverse. El frío parecía querer congelar el instante para siempre.

Kael giró hacia ella, los labios partidos en una semisonrisa. “Lo que hacen los condenados: huir hasta que nos atrapen. O hasta que sepamos qué hacer con lo que queda de nosotros.”

La respuesta era miserable, y también sublime, a su manera. Bajo el cielo erizado de estrellas, Lyenne rozó la mejilla de Kael con dedos entumecidos, encontrando en la cicatriz la única certeza que les quedaba: la del daño y la vulnerabilidad, la del amor nacido de la batalla y la pérdida.

Esa noche, entre los escombros, compartieron el único fuego no alimentado por la maldición, sino por la humanidad: un roce de bocas, un temblor de esperanza. No había promesas, ni redención, ni caminos rectos hacia la salvación. Tan solo un pacto entre sombras, una tregua de desesperados.

Más allá, en Donlea, quizás empezaría otra guerra, o quizás, por primera vez en generaciones, alguien dormiría en paz.

Pero en la fortaleza desolada de Raenor, donde la maldición había cedido, dos figuras heladas encontraron, en el filo entre el amor y el odio, la chispa que alimenta a los supervivientes. Allí, donde la llama azul fue por fin extinguida, nació una nueva llama, difícil, ambigua y feroz como el propio destino. Porque incluso entre ruinas, el amor persiste—quebrado, imperfecto y aún así brutalmente, maravillosamente real.

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