Fragmento:
Ella se mantuvo en la barandilla de la escalera, casi como una guardiana, aunque nunca fue guerrera; su magia estaba en las manos y la voz, no en la espada. Y sin embargo, su mirada era firme, como un encantamiento que sustentaba la torre.
Duración: 08:03
Callian la buscó durante casi una década, cruzando reinos rendidos al poderío de su emperador, arrastrando la maleta encantada que no podía soltar aunque lo suplicara. La maleta, grabada con grifos y flores serpenteantes, se aferraba a él a cambio de un juramento suspendido: encontrar a Mirene, la herborista de los Lirios Sangrientos. Ninguna magia podía romper el lazo, pues fue sellado con la sangre y el deseo en una noche de tormenta.
Ahora, de pie a las puertas de la torre olvidada de Yevan, aún se preguntaba si la encontraría. Casi esperaba no hacerlo. El viento mecía el hiedrón y el polvo de la primavera pasada, arremolinando peticiones no pronunciadas, y Callian no pudo evitar preguntarse otra vez por qué la había dejado ir.
Los muros exhalaban una fragancia a tierra mojada y hierbas dulces. Al posar la palma sobre la puerta, una trenza de espino subió hasta el picaporte con ademán de abrir por sí sola. El aviso era inequívoco, el sello no había perdido poder. Eso sólo significaba una cosa: Mirene seguía dentro.
Entró sin anunciarse, porque el juramento lo arrastraba, decidiendo su destino mejor que él. El vestíbulo estaba a oscuras salvo por una débil luz que oscilaba en una ventana muy arriba; el aire era frío y húmedo, pero se encendía con la electricidad de unos recuerdos que Callian querría arrancarse como una mala costra.
–Sabía que vendrías tarde o temprano –la voz de Mirene se deslizó desde la escalera. No era un reproche, solo una constatación, como si narrara la lluvia cayendo a través de la piedra.
Callian levantó la vista y la vio, en la penumbra, con la túnica verde joven y el cabello recogido en una trenza tan gruesa como su muñeca. Tantos años, y era la misma, y sin embargo lo era todo.
–Mirene –dijo su nombre con una sequedad dolorosa, pero su corazón martilleaba como si la viera por primera vez.
Ella se mantuvo en la barandilla de la escalera, casi como una guardiana, aunque nunca fue guerrera; su magia estaba en las manos y la voz, no en la espada. Y sin embargo, su mirada era firme, como un encantamiento que sustentaba la torre.
–Aún llevas el juramento, ¿verdad? –preguntó, mirando la maleta, con un brillo casi lastimero en los ojos.
Callian asintió, incapaz de sonreír. La maleta vibró levemente, hambrienta de resolución.
–¿Por qué regresaste? –inquirió ella, bajando un peldaño. La pregunta tenía muchas respuestas, pero ninguna podía ser dicha sin desenmascarar viejas heridas.
–No hubo un solo día en que esa maleta me permitiera olvidarte –susurró él–. Y aún así, nunca te busqué en serio. No… hasta hace poco.
Mirene se detuvo cerca de él, el perfume de lirios y hojas secas llenaba el sitio.
–Y ahora estás aquí, Callian. ¿Vas a liberarla... o vas a romperme el corazón otra vez?
Callian sintió un nudo en la garganta. La última vez, había huido porque su deseo de libertad chocaba contra el futuro que les prometía el oráculo: juntos, sujetos a una profecía que los haría reyes de un pueblo caído. Callian había tenido miedo de amarle más que a su deseo de volar sin ataduras. Ahora… cada uno de sus años lejos de Mirene era una red, una pausa imposible de negar.
–Esta vez no quiero elegir la huida –dijo, arriesgándose a mirarla a los ojos. Su deseo era de esos que dejan un sabor agrio, pero ya no podía ignorarlo–. Los dos hemos cambiado, Mirene. No sé si me permitirás quedarme, pero… vine para pedirte que compartas el juramento conmigo, que esta vez lo sostengamos los dos.
Algo en el rostro de Mirene se quebró, apenas una leve grieta. Recordaba la noche en que sellaron la promesa en la vieja cámara de las flores, fingiendo que una fuerza mayor los protegía de los hombres crueles que los perseguían. Pero entonces Callian se fue sin mirar atrás, y Mirene debió aprender a vivir con la soledad y la carga del juramento que una vez pensó compartirían para siempre.
–Me costó casi tanto como a ti –confesó ella en voz baja–. Pero tu juramento nunca me soltó del todo. Supongo que por eso sigo aquí.
El silencio entre ellos era espeso y vibrante, como el momento antes del trueno. Mirene se acercó un paso más, y Callian pudo ver ahora las pequeñas arrugas en la comisura de sus ojos, la cicatriz plateada en la base de su cuello, la madurez de quien ha sobrevivido a la esperanza traicionada.
–¿Sabes que si compartimos el juramento otra vez, ya no habrá fuga posible? –dijo Mirene–. Lo que fue un lazo, se convertirá en corazón.
Callian asintió, porque la verdad ya había madurado en su pecho como una fruta amarga y dulce. Había venido a rogarle una segunda oportunidad, sabiendo que en ello se jugaba todo lo que alguna vez pensó que quería.
–No quiero irme, no quiero soltarte, no quiero que el tiempo me arranque este deseo otra vez –dijo–. Si de mí depende, los dos sostendremos el juramento y lo haremos nuestro con voluntad y sangre.
Mirene giró lentamente, adentrándose en el salón atestado de frascos floridos y herbarios encuadernados. Callian la siguió, ayudado por el lazo invisible de la promesa y algo más profundo, algo casi doloroso.
Ella extendió la mano sobre una mesa baja, invitándole a sentarse. Entre ambos había un cuenco hondo lleno de pétalos rojos, intensos como el verano. Sin palabras, Mirene tomó un alfiler de plata y lo tendió entre sus dedos.
–Debemos hacerlo juntos –susurró. Callian apenas respiró mientras ella pinchaba la yema de su propio dedo, dejando caer una gota de sangre sobre los pétalos. Le pasó el alfiler; el giró el instrumento entre los dedos como si pesara una eternidad, y repitió el gesto. Sus sangres se mezclaron, tiñendo los lirios con un fulgor carmesí.
–Repite conmigo –pidió Mirene, su voz temblorosa–: ‘Por mi corazón y mi vida, comparto el juramento de los Lirios Sangrientos. Ni la huida, ni el miedo, sólo este lazo, firme y elegido.’
Juntos recitaron la promesa, y el aire en la estancia se tensó, vibrando con la antigua magia de los nombres verdaderos. Pétalos flotaron en el cuenco, girando como mundos diminutos. La maleta encantada se estremeció y, por primera vez en casi diez años, soltó el asa, liberando la mano de Callian.
Callian inhaló, estremecido, mientras una oleada de alivio y vértigo lo recorría de pies a cabeza. Mirene bajó la vista, y por un momento, ambos parecieron no saber cómo moverse.
–No hay marcha atrás –musitó ella–. Ahora no será la maleta quien te recuerde el juramento. Lo haré yo, cada amanecer y cada noche.
Él deslizó la mano sobre la mesa, dudando, aunque deseando. Mirene entrelazó sus dedos con los suyos, y la tensión que los había mantenido al borde del abismo cedió.
–¿Qué haremos ahora? –preguntó Callian, temeroso, casi esperanzado de la respuesta.
–Vivir –respondió Mirene–. Con todas las cicatrices y todos los recuerdos. Eso si puedes soportar que te saque cada mañana de la cama para recolectar raíces de mandrágora.
Una risa temblorosa estalló entre ellos, y algo se liberó, un peso que había oscurecido el mundo durante tanto tiempo.
Era un inicio nuevo, uno tejido de cicatrices perseverantes y esperanza, de lecciones aprendidas a pulso. Sabían que aún les esperaban desafíos: la amenaza del emperador, las predicciones del oráculo, el pasado que nunca reposa. Pero ahora, por fin, ninguno cargaría solo la promesa.
Esa noche, sentados uno junto al otro entre los sartenes de vieja magia y los lirios sangrientos, Callian entendió que ningún encantamiento podía salvarlos de lo que habían sido. Pero en la luz temblorosa que Mirene dejaba encendida, halló algo aún más poderoso: la voluntad de quedarse.
Fuera, el viento agitó los lirios, empapados en la lluvia temprana. Y si alguna vez alzaban vuelo –juntos–, sería por elección y no por huida, de la mano, con la promesa viva no como prisión, sino como pacto escogido.
Yevan, la torre, se mantuvo en pie mientras la noche se fundía con el alba; y en sus muros, para todo aquel que pudiera sentirla, la magia sencilla del amor prometido, sanaba la piedra, la carne y el tiempo.
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