Portada del relato La Dama del Lago Nublar
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Fragmento:


Larial, Señora del Lago, habitaba el filo entre mundos. Sus cabellos eran hilos de plata entrelazados con nenúfares y su piel parecía compuesta de la niebla misma. No era humana ni enteramente espíritu, pues los hados, en su humor caprichoso, la habían ligado a las aguas encarcelándola allí hasta que el amor verdadero doblegara el encantamiento o los siglos borrasen la memoria de su nombre.

Duración: 07:39

La Dama del Lago Nublar
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Texto de ajuste de pausa.

Cada vez que la luna caía sobre el lago de Célahar, la bruma se arrastraba como un susurro de los días antiguos, danzando alrededor de las piedras musgosas y besando los juncos que temblaban con el frío. En uno de esos crepúsculos, cuando el canto del búho recién comenzaba y la última alondra callaba su dulce alabanza al sol, el destino de dos almas vivió un inicio nuevo, tejido en los dedos del azar y del anhelo.

Larial, Señora del Lago, habitaba el filo entre mundos. Sus cabellos eran hilos de plata entrelazados con nenúfares y su piel parecía compuesta de la niebla misma. No era humana ni enteramente espíritu, pues los hados, en su humor caprichoso, la habían ligado a las aguas encarcelándola allí hasta que el amor verdadero doblegara el encantamiento o los siglos borrasen la memoria de su nombre.

Desde hacía muchas estaciones, Larial contemplaba a los hombres que, temerosos, arrojaban al agua monedas y promesas, esperando dádivas que nunca llegaban. Pero aquel anochecer, quien se presentó no fue un niño aún sin barba ni un anciano con el corazón atado por penas; fue un guerrero, astillado por el dolor, portando una espada mellada, buscando en el lago lo que nunca había sabido pedir: redención.

Su nombre era Mornar. Vestía la sombra de un amor perdido, y los ecos de la guerra anidaban en sus ojos. Cruzó las altas cañas y, de rodillas ante las heladas aguas, abandonó su armadura y desnudó su alma ante el silencio. Larial, movida por una curiosidad que aún no reconocía como deseo, emergió entre la neblina, sus formas apenas intuidas por los ojos cansados del hombre.

—¿Qué buscas, viajero de la espada rota? —musitó la dama. Su voz era el eco del agua en el alba, dulce y persistente.

Mornar no pareció asombrarse de la aparición, quizá porque el dolor ya había hecho de él un extraño en este mundo. —Busco el olvido, señora. O, si puedes, un motivo para recordar —respondió, y en su honestidad, Larial vio una belleza tan triste que la conmovió en lo profundo.

—Quien desee olvidar acaba ignorando también lo que lo sostiene. Ofrezco, en cambio, el reflejo de aquello que eres —contestó Larial, tendiéndole la mano, que parecía hecha de luz y rocío.

El guerrero se levantó tambaleante, y donde la mano de la dama tocó la suya se encendió un leve calor, el primero que había sentido en mucho tiempo. Así comenzó su vínculo, como una oración entre el temeroso y lo divino, que sin embargo no hallaba palabras para ser dicha.

Durante muchas noches Mornar visitó el lago, y Larial emergía sólo para él. No eran necesarias demasiadas palabras. A ratos, Mornar relataba los sueños que habían muerto junto a su amor caído en la guerra: una casa en los montes, viñedos bajo el sol perpetuo, hijos de sonrisa ancha. Otras veces, Larial tejía historias del mundo subacuático borboteando alegría, mostrando peces de plata y ramas sumergidas que brillaban como joyas antiguas.

Pero bajo esa creciente intimidad, Larial sentía el pulso de un amor naciente. Fue entonces que comprendió el peligro: cuanto más amara, más cerca estaría de romper su hechizo… y de enfrentar un mundo que podría no aceptarla. Más terriblemente aún, por cada día que daban al amor, crecía también el riesgo de que Mornar naufragara en sus propias heridas.

Una noche, la luna hirió la superficie calmada con un azote pálido. Mornar, tras un largo silencio, le preguntó: —¿Eres más bruma que carne o más mujer que misterio? ¿Qué harías si pudieras amar completamente, sin ataduras de agua y hechizo?

Larial tembló, y el lago entero pareció vibrar con ella. —Amaría tanto que el mundo mismo cedería ante nosotros. Pero para hacerlo, abandonarías toda marea, y yo todo firmamento. La pregunta no es qué deseo, sino si el amor puede sobrevivir fuera de la frontera que nos contiene —respondió la dama, la rosa de su voz marchitándose apenas.

Al filo del alba, Mornar bajó la cabeza. La promesa de un nuevo amor era también la condena a recordar todo lo perdido. Y sin embargo, no podía mantenerse alejado. Fue en una noche donde la lluvía caía pesada y los veleros dormían en los viejos embarcaderos, que el hechizo dio paso a la verdad.

Larial, al surgir entre las olas, mostró una lágrima. Por primera vez, la Luna vio a la Dama sangrar amor. —He conocido la alegría y el dolor contigo, Mornar. Si lo deseas, puedes liberarme. Debes sumergirte a lo profundo, más allá de donde los peces duermen y los espíritus vigilan. Allí hay una raíz antigua: rómpela con tu espada, y lo que soy será tuyo… o se perderá para siempre.

No fue por impulso, sino por una resuelta melancolía, que Mornar aceptó. Al despedirse bajo los sauces, ambos temieron lo que la mañana traería, pero ninguno quiso confesarlo. El guerrero entró en el lago, guiado por la pálida luz de Larial, nadando donde el frío cortaba la voluntad. En las profundidades, halló la raíz: era gruesa, dura como el acero, y de su interior brotaban diminutas flores blancas que tiznaban el agua de luminosidad.

Recordó entonces su amada antigua, la fragancia de sus cabellos entre el trigo, el corazón abierto en la guerra, y lloró como nunca lo había hecho. Su llanto afiló la intención: si amaba a Larial, debía liberarla aunque en ello hallara de nuevo el dolor.

Desenvainó la espada y cortó la raíz. La luna sobre el lago explotó en mil fragmentos, la superficie tembló y las ranas callaron su eterna sinfonía. Mornar ascendió, privado de aire por el esfuerzo y la emoción.

Larial estaba allí, pero ya no era niebla, sino mujer, y sus cabellos eran oro viejo, su piel, carne travesada de deseo humano. Se abrazaron bajo el llanto del cielo, su beso húmedo y salobre, entre promesa y miedo.

Días siguieron en que Mornar y Larial probaron la vida juntos en la cabaña abandonada junto al lago. Ella aprendía a reír de las pequeñas asperezas del mundo, y él a sanar los vacíos con paciencia. Pero el antiguo hechizo, al romperse, había dejado atrás a las criaturas del lago huérfanas de su guardiana. Por las noches, Larial escuchaba llantos en el agua y sentía un nudo donde antes no había corazón.

—¿Has cambiado tu dolor por el mío? —preguntó una lluviosa tarde, cuando la niebla se asomó de nuevo como un verdugo viejo.

—Más vale cargar tu cruz que arrastrar la mía para siempre —contestó Mornar, abrazándola.

Pero ni el amor es ciego a la verdad. Un amanecer, ante el pálido reflejo del lago, Larial confesó:

—Si he de elegir entre amarte y ser quien soy para la tierra y el agua, mi amor debe aprender a dejar, así como el agua aprende a fluir y no retener.

Llorando, Mornar comprendió que el amor verdadero no siempre es permanezco, sino sabio al tener y valiente al soltar.

En la última noche, se despidieron junto al lago. La dama volvió a la orilla y, arrodillada, entonó una canción tan antigua que los abedules la recordaron. Al alba, desapareció entre las brumas, regresando al agua, ya no como prisionera sino dueña de sí misma.

Mornar, ahora sanado en su alma, halló en su pecho un vacío distinto, no de ausencia, sino de gratitud por lo vivido. El lago de Célahar siguió recibiendo ofrendas, y en los días de niebla y noche, quienes escuchan con el corazón dicen sentir el eco de dos almas bailando en el límite del agua y el aire.

El tiempo, enemigo de los mortales y amigo de los dioses, no borró el nombre de Larial del Lago, ni el de Mornar de la tierra. Allí donde termina el crepúsculo y empieza el misterio, su historia pervive: crónica del amor que libera aun cuando pierde, y de la esperanza que sólo los muy audaces se atreven a abrazar.

FIN

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