Nada en las tierras de Melhan era sencillo desde que los Caminos aparecieron. Aquellas hebras de luz dorada, surgiendo a la hora indiferente del crepúsculo, encandilaban por su belleza y engañaban a todo viajero con promesas de atajos y senderos futuros. Sin embargo, siempre llevaban al mismo lugar: El Laberinto, inmenso, eterno, una ciudadela imposible de muros centelleantes y puertas ciegas. Ningún hombre ni bestia regresaba en el mismo estado que partió si lograba, de hecho, regresar.
Eldan de los tres nombres, conocido en su aldea apenas como Eldan Pielgrana, cruzó el umbral del último oro al borde de una duda. Venía perseguido por la tragedia y la promesa escrita en la sangre de su familia. Había perdido todo menos la esperanza de comprender por qué su vida, desde la infante cuna, parecía estar hilada al destino de los Caminos dorados. Lo guiaba también el mandato secreto de una carta encontrada junto al cadáver de su madre, firmada por una dama llamada Lira que afirmaba poseer todas las respuestas. La misiva concluía con palabras crípticas: “A mitad del Laberinto danza el final. Mira donde el oro se desvanece. Recuerda mi nombre.”
El sendero ante Eldan era de oro, pero a la luz violeta del atardecer, brillaba como una advertencia. No llevaba espada ni provisiones, solo la carta amarrada a su corazón y el nombre de Lira ardiéndole en la mente. Con cada paso, el mundo a su alrededor fue difuminándose. El aire olía dulce como el vino con veneno, y la hierba a su flanco se tornó reluciente, oscilando como si tuviera vida propia.
Pronto los setos y alamedas dieron paso a muros dorados ensortijados, elevados hasta perderse en la neblina. Flores nacían entre las grietas, pero sus pétalos eran como espejos cóncavos que distorsionaban el rostro de quien se atreviera a mirarlas. Al cruzar la séptima curva, el Camino pareció cerrarse a su espalda: allí donde había pasado había solo piedra, allí donde miraba, sólo bifurcaciones imposibles, puertas sin pomo y ventanas colgando en el aire.
Eldan siguió la ruta que lucía más sombría, guiado por un zumbido leve. Al doblar una esquina, se encontró con una mujer: cabellos de medianoche, ojos de amatista, vestida con velos como yemas de luna. La conoció antes de que ella hablara, pues el nombre le llenó la boca sin querer: “Lira.”
Ella sonrió, y en ese gesto Eldan sintió que el tiempo se retraía tanto como se expandía. “Has venido, tan directo y sin armas. Eso te honra. ¿Sabes qué buscas?”
Eldan asintió, aunque mentía un poco: “Respuestas. Por qué todos los caminos llevan a este lugar, por qué mi familia siempre fue escogida por los laberintos, y qué papel juegas tú.”
Lira señaló un banco de piedra cubierto de líquenes plateados. “Siéntate. Aquí las respuestas son ecos, pero intentaré que las encuentres.”
Así se sentaron, los dos tan cerca que Eldan sintió la electricidad en el aire. Lira susurró parábolas: “Los Caminos fueron hechos por seres que amaron demasiado y temieron la soledad. Por ello, cada camino es una promesa de reencuentro, y cada bifurcación, una prueba de deseo. Tu sangre es llave porque tu antepasada juró cruzar todos los laberintos para volver al lado de quien amaba. Esa promesa se transmitió por generaciones: un juramento nunca redimido.”
Eldan tembló. “¿Y tú? ¿Quién eres en esta maraña de destinos?”
Lira desvió el rostro, pero su perfil era la evocación de todas las pérdidas. “Yo fui la custodia del primer Camino. Atada aquí por amor, como lo están todos los que quedan tras el oro. Solo un corazón puro y ciego a su propio reflejo puede romper el ciclo. Venís, una y otra vez, pero nunca llegáis hasta el fondo del laberinto. Hasta ahora.”
El muchacho la escuchaba como un soldado escucha a la voz que le absuelve. “¿Qué se debe hacer para terminar el ciclo?”
“Ser amado sin memoria del porqué. Hallar la salida sin mirar atrás. Amar sin querer poseer. No es fácil en un laberinto donde todos buscan lo que no pueden tener,” respondió, su voz matizada por el eco distante de la brisa que aquí parecía tener voluntad propia.
A medida que la noche caía, Lira y Eldan caminaron juntos a través de pasillos alfombrados de pétalos y losas que susurraban secretos en lenguas olvidadas. Compartieron historias, miedo y vino en una copa hecha de lágrima sólida. Eldan descubrió que la sed de Lira no era la de un espectro, sino la de alguien presa de un deseo añejo: ser recordada y, sin embargo, libre de la promesa inquebrantable.
El laberinto parecía ceder a cada conversación, abriendo nuevas sendas, haciendo que las paredes chisporrotearan con reflejos de lo intuido. A la tercera noche, al pie de una fuente imposible —donde agua y luz bailaban un vals—, Eldan, embriagado tanto de agotamiento como de la extraña ternura de Lira, se atrevió: “He venido a buscar el final, pero no imaginé que desearía que el laberinto siguiera mientras tú estés a mi lado. ¿Qué sucedería si decido quedarme?”
Lira lo miró como si descubriera una pregunta recién nacida en el mundo. “El laberinto no es prisión, pero tampoco refugio. Si te quedas, tu deseo se tornaría sendero y pronto otros vendrán tras de ti, repitiendo el ciclo. La única ruta hacia la libertad es caminar juntos hacia el centro y confiar en que el dorado de los caminos pueda tornarse atajo hacia lo posible, no hacia lo perdido.”
Tembloroso, Eldan posó su palma en la de Lira, prometiendo lo que no entendía del todo: “Avancemos.”
La travesía al núcleo del laberinto fue una sucesión de inviernos y veranos en una sola jornada. Vieron jardines suspendidos sobre abismos sin fondo, puertas que conducían a ellos mismos de niños, arcos en los que la luna lloraba perlas calientes, y finalmente, un claro donde el oro de los caminos se tornaba ceniza, y el aire olía a hogar y despedidas.
Allí, Lira se detuvo. “El final está aquí. Debes recordarme solo por quien soy ahora, no por promesas, no por juramentos ajenos. Elige, Eldan: cruza solo y el laberinto dormirá en tu estirpe para siempre. Cruza conmigo y ambos seremos libres, pero olvidarás mi rostro en la vida fuera de estos muros.”
Eldan sintió el paso del tiempo como un río de fuego en la sangre. Pasó los dedos por la mejilla de Lira, memorizando su calidez y el temblor apenas perceptible, antes de susurrar: “No temas al olvido. Lo importante de amar es hacerlo ahora, cada instante. Si este momento ha de bastar, será suficiente. Dame tu mano.”
Lira lloró —lágrimas de oro líquido— y juntos avanzaron hacia el resplandor que les aguardaba. El mundo no tembló ni colapsó; tan solo pareció exhalar, gratificado. Al atravesar el umbral final, Eldan sintió que algo esencial caía de él: los nombres, las taras antiguas, incluso la memoria de la senda brumosa antes de Lira. Un instante antes de perderla, besó sus labios y supo, con la convicción más feroz, que el amor verdadero no es el acto de recordar sino el de entregar sin aferrarse. A su alrededor los muros se derrumbaron como luces en la aurora. La última visión de Lira fue una sonrisa serena, libre.
Despertó al pie de un manantial en el límite de Melhan, sin heridas, sin carga, con la sensación de haber cumplido con todos los juramentos de generaciones. Ya no existían Caminos dorados en su mundo, y el Laberinto era apenas una leyenda entre los pastores. Solo algunas noches, al cierre del día, cuando la luz se descuelga como miel vieja, Eldan siente un perfume dulce y ve, entre los juncos, unos ojos amatistas que le sonríen, y el eco de una promesa no dicha: que todo amor que se entrega, incluso el más fugaz, jamás se pierde en los caminos de ningún laberinto, por eterno que este sea.
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