Una brisa cálida danzaba entre las columnas de mármol blanco, acariciando con manos invisibles los trigales dorados al pie del castillo. Eran los primeros días de la cosecha en Lune, cuando el mundo se siente suspendido entre un verano que vacila en marcharse y un otoño que aún no se atreve a llegar del todo. Desde lo alto, el aroma de la cebada madura y las hojas quemadas flotaba hasta los torreones, y con él, las voces de los campesinos celebrando el fin del trabajo y el comienzo de las noches limpias, donde el firmamento parecía más cerca y las estrellas más presentes que en cualquier otra estación.
Sir Corian DeLuin atravesaba los patios con paso cuidadoso, sus botas resonando suavemente sobre la piedra. Vestía aún la cota de malla, aunque los días de peligro se creían lejanos; siempre le habían dicho que era un hombre de costumbres obstinadas, y solía decir que la costumbre protege el corazón tanto como la cota protege el pecho. Llevaba en el ceño la tenue sombra de los que esperan algo que no saben cómo nombrar, y sólo sus ojos, de un verde casi dorado bajo la luz del sol, delataban un anhelo largamente contenido.
Se detuvo ante la biblioteca de la torre este: un jardín interior donde las rosas trepaban orgullosas los enrejados y el mármol crecía musgo entre las piedras. Allí la encontró, como tantos atardeceres antes que ese, sentada entre las sombras y la luz, un libro en las manos.
La princesa Nyenne era hija del gobernante de Lune. Su piel era tan pálida y perfecta como el alabastro, y su cabello caía hasta la cintura en ondulaciones oscuras, repletas de reflejos azules. Pero lo que atrapaba a Corian—y a quienes tenían la fortuna de mirarla a los ojos—no era la superficie de su belleza, sino la profundidad de su atención. Miraba el mundo como si cada pequeño hecho: la caída de una hoja, el movimiento de la brisa, fueran dignos de ser notados, dignos de amor. A veces, Corian pensaba que ese modo de ver el mundo era una promesa de que el amor verdadero era posible, si uno se atrevía a sostener la mirada.
“¿Lees los anales de tu bisabuela?” preguntó él, inclinándose hacia ella.
Nyenne sonrió suavemente. “Comparto sus palabras con la luz del atardecer. Cuando escribía sobre sus sueños de mar, casi parece que la orilla de Draghain viniera a mí.”
“¿No prefieres soñar despierta? Las palabras de los muertos a menudo nos mantienen anclados donde no deben,” replicó Corian, sabiendo cuán profundamente Nyenne se sentía ligada a los destinos antiguos.
Ella levantó la vista y en su sonrisa había tanto pesar como ternura. “Los sueños de los antiguos son la música que bailamos sin querer. Pero dime, ¿qué te preocupa? Desde la última luna, rara vez sonríes de veras.”
Corian vaciló. Había jurado no hablar del rumor de guerra, de las cartas quemadas y los mensajeros desaparecidos, pues eran temas para los consejos, no para el resplandor de las rosas y el murmullo de los libros. Sin embargo, bajo la mirada de Nyenne, se sintió desarmado, y todas las armaduras—acero, costumbre, deber—parecieron de pronto inútiles.
“Huelen a humo las fronteras,” suspiró finalmente. “Esas señales que sólo los centinelas saben leer. Hay quien dice…” Se interrumpió, incapaz de pronunciar la vieja superstición: que una sombra había cruzado el río de ámbar, y que el acercamiento de Draghain significaba el regreso de los Custodios de la Niebla, los guardianes olvidados de los poderes más oscuros. “El Consejo lo mantiene en secreto, pero siento el peligro como se siente una tormenta antes de que esta nazca.”
Nyenne cerró el libro y se incorporó. “Entonces es hora de hacer crecer la llama, y no de temer su calor. Ven conmigo.” Lo tomó de la mano, con esa determinación suave que sólo los verdaderos soberanos o los verdaderamente enamorados son capaces de mostrar.
Juntos subieron la escalera de caracol que conducía a la terraza más alta de la torre. El sol agonizaba, sangrando tonos naranja y púrpura sobre los tejados, y la brisa era tan fragante como una promesa incumplida. Nyenne se acercó al pretil, sus dedos rozando las vides escarlata.
“Mi madre me enseñó que todas las grandes historias nacen de la noche y del miedo: los héroes y los monstruos, y los que no son ni lo uno ni lo otro,” susurró. “Aquí es donde debemos decidir quiénes deseamos ser cuando la oscuridad venga llamando.”
Corian no encontró palabras. Miró cómo la luz caía sobre su cabello, incendiendo los matices azulados, y pensó en cuántos secretos la luna guardaba de los hombres y las mujeres que amaban más allá de las murallas. El corazón comenzó a latirle ferozmente, como si una vieja magia despertara en su sangre.
“Te protegeré, Nyenne. A ti y a Lune. Siempre,” prometió, sabiendo que ese siempre era tan frágil como el cristal y tan cierto como la pena.
“Quizás no me necesites a mí tanto como yo a ti,” replicó Nyenne, con una risa suprimida en su voz. “¿Recuerdas la leyenda de las sombras encadenadas?”
Corian asintió, y ella comenzó a recitar, como quien canta una canción aprendida en la cuna: “Cuando las sombras se adentren en el corazón de Lune y el río de ámbar corra oscuro bajo la luna nueva, sólo aquellos que se atrevan a nombrar su deseo podrán romper las cadenas.”
Algo antiguo se removió entre las piedras bajo sus pies. Muy lejos, en el bosque, tronó el grito de un cuervo, y la atmósfera se volvió extrañamente densa, como si esa antigua leyenda hubiera sido también una advertencia.
Nyenne le miró, indecisa por una fracción de segundo, como si titubeara antes de saltar desde la realidad a un abismo desconocido. “Yo te deseo, Corian de las Tierras del Oeste. No de la manera pura que los trovadores cantan, sino como un incendio necesita el oxígeno para convertirse en algo más que humo. Te deseo en la noche, en el día, en las horas frágiles entre sueños y vigilia.”
El mundo se detuvo. Corian sintió cómo algo se quebraba en su interior: no el deber, ni siquiera el miedo, sino esa fina costra de resignación que la guerra, los años y la soledad habían impuesto sobre su ánimo. Avanzó y posó las manos sobre las de ella, y en ese gesto se encendieron fuegos que ninguna ley ni ninguna sombra habría podido contener.
Se besaron entonces, y la luna los halló envueltos en la nupcialidad de las horas ancestrales, cuando el mundo era nuevo y los amores aún no conocían nombres para el dolor.
Pero el murmullo de la magia, como una corriente subterránea, nunca deja de fluir en Lune. Como si el propio destino hubiese aguardado su promesa, el aire vibró y ambos percibieron el roce de algo ancestral: el temido regreso de los Custodios de la Niebla. De pronto supieron que la leyenda era más que una historia; era un presagio, y sus vidas y deseos acababan de entrelazarse irrevocablemente con el tejido mismo de la magia.
Un resplandor brillante, imposible de describir sin caer en la locura, emergió a sus pies y les envolvió como un sudario hecho de sueños olvidados y viejas historias nunca contadas. El castillo desapareció, y los dragones de las torres de Lune batieron alas forjadas de luna y olvido.
Nyenne y Corian cayeron juntos a un espacio entre todos los espacios, donde las palabras cobraban cuerpo y los anhelos dibujaban paisajes de delirio. A su alrededor, los Custodios se alzaban: figuras envueltas en niebla, sin rostro ni forma fija, pero cada una transida del eco de antiguas promesas y traiciones nunca saldadas.
El más grande habló, y su voz era como el viento que arrastra el dolor de las generaciones. “¿Qué nombre dais al deseo que os trajo aquí?”
Corian sostuvo la mirada de Nyenne. Ya no era un caballero, ni siquiera un hombre común, sino un símbolo viviente de la elección y la entrega. “Doy mi nombre al deseo de entregarme a ella y a esta tierra, sin reserva. Amar es el mayor peligro y la mayor salvación.”
“Y tú, hija de Lune,” preguntaron las sombras, “¿a qué precio nombras tu deseo?”
Nyenne no titubeó. “Doy mi libertad, mi reino y mi historia, si con ello obtengo el derecho de amar sin temer el final ni las consecuencias.”
Las sombras se abrieron entonces, y la niebla se hizo aire y el espacio volvió a nacer. Se encontraron de nuevo en la terraza de la torre, pero el mundo era otro: las viejas cadenas del miedo se habían roto, y sabían que, fuese cual fuese la oscuridad que viniera, el poder de su elección seguiría siendo su mayor escudo.
Esa noche, Lune durmió bajo un cielo más claro y las estrellas parpadearon con la intensidad de los comienzos. Nyenne y Corian, abrazados en la fragancia de las rosas y la promesa quebrada de la guerra, aprendieron que, en la balanza oculta del universo, la fuerza del deseo compartido podía pesar tanto como todos los ejércitos del mundo.
Por la ventana, el río de ámbar reflejaba una luna indivisible, y en el silencio sólo el eco de una nueva historia se atrevía a cruzar la frontera.
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