Fragmento:
Más allá, al borde del círculo sagrado, tres piedras talladas yacían dispuestas en medio arco. Al centro, sobre un lecho de musgo negro, la Puerta sellada. Isobel había soñado durante semanas con ese umbral cubierto de runas que se tragaban cualquier destello. En sueños lo llamaba, y también una voz la respondía: un susurro, apenas más audible que el roce de alas.
Duración: 08:35
Había una ráfaga de viento en el claro y, durante un instante, las hojas de tejo periféricas se inclinaron hacia el este, susurrando entre sí con ese idioma antiguo que sólo conocen los árboles. Lady Isobel, la última guardiana según la línea de la Casa de Corwyn, detuvo su andar y alzó la lámpara de cristal. Su luz era tímida y dorada; apenas osaba reñirle al velo opalino de niebla que cubría el bosque como un sudario.
Más allá, al borde del círculo sagrado, tres piedras talladas yacían dispuestas en medio arco. Al centro, sobre un lecho de musgo negro, la Puerta sellada. Isobel había soñado durante semanas con ese umbral cubierto de runas que se tragaban cualquier destello. En sueños lo llamaba, y también una voz la respondía: un susurro, apenas más audible que el roce de alas.
Extendió la mano, cubriendo la inscripción central con dedos enguantados. En el aire vibró una corriente fría, y supo que una vez más estaba siendo observada. No con ojos humanos, ni siquiera con la mirada de bestias. Algo mucho más antiguo y paciente vigilaba aquí.
Las historias que rodeaban la Casa de Corwyn hablaban de amores perdidos, pactos de sangre y criaturas cuyas voluntades estaban atadas a la custodia de Portales. Decían también que ningún humano podía romper el sello, salvo en alianza inmortal. Isobel, sin embargo, había venido buscando un pacto de otro tipo. El beso de los Caminantes, le habían dicho los ancianos, podía abrir la Puerta. Pero los Caminantes no se dejaban hallar por carne y hueso.
"Otra vez, hija de Corwyn," pronunció el viento. Esta vez la voz fue tan límpida como agua fresca. Isobel tembló, no de miedo, sino de expectación. Sabía que era él. El único cuyo nombre jamás se había escrito en los anales ni podido ser pronunciado dos veces por la misma boca sin sufrir olvido.
"Estoy aquí," replicó ella en voz alta, la respiración ajustada por el abrazo gélido. "Vengo a pedir… no, a ofrecer."
Silencio, y después un leve remolino a su izquierda. De la sombra de los tejos surgió la forma: angosta y alta, vestida con la caligrafía prendida en la piel cenicienta, su rostro como una máscara de luna torneada. Tenía los ojos bañados en un esmalte de ámbar antiguo, y no había ni odio ni piedad en su mirada.
No se presentó, aunque Isobel intuyó su nombre como una melodía guardada en su pecho desde antes de nacer.
"No suelen venir mortales con la ofrenda de sí mismos," murmuró la figura. Su voz era caricia y herida, una discordancia perfecta. "¿Sabes qué pides cuando invocas a un guardián?"
"Más de lo que quiero, menos de lo que anhelo," susurró ella. La respuesta afloró sin esfuerzo; el corazón latiendo a un ritmo que no era el suyo.
Él se acercó, cada paso desplazando la niebla. Donde pisaba, la tierra rebrotaba verde y musgosa con una tenacidad casi dolorosa. "El amor de un guardián es un lazo atado en sombras y gloria. No perdura, salvo que la sangre y la esencia se fundan. Olvidarás la vida que conocías."
"Mi vida era un eco antes de este claro," replicó Isobel. No era una mentira, sólo una revelación incompleta.
Por un instante atroz, la figura de ámbar pareció vacilar frente a ella, la distancia entre sus labios y los de Isobel reducida a una respiración. Entonces, la sombra elevó una mano y la posó en la mejilla de la humana. El frío era tan intenso que lagrimó, le robó el color a las palabras y la serenidad a la carne.
"¿Por qué quieres cruzar?" La pregunta era antigua y reciente, una dura prueba; no bastaba el deseo sin propósito.
Isobel la miró, sintiendo que el ámbar de sus ojos la desnudaba, veía las hebras invisibles de sus pensamientos. "No para ganar, sino para comprender. Nací con un agujero de olvido en el pecho. Quisiera llenarlo con alguien que no pueda perder."
La sombra dejó escapar un suspiro de bruma. "Muchos piden custodiar aquello que aman, pocos piden ser custodiados. Si cruzas la Puerta, los días no serán amables, ni el deseo sencillo. Amarnos será como encender antorchas en la boca del abismo."
"Abrazaré el abismo contigo," prometió ella, apenas resistiendo la tentación de abrazarlo allí mismo.
El guardián se arrodilló ante la runa central, y con un gesto antiguo la iluminó de cobre y rosa. Isobel vio su propio reflejo en el brillo hechizado, pero superpuesto al rostro del espíritu lucía una sonrisa apenas humana, compleja y grave.
"Debes sellarte también tú. Como los míos."
Ella asintió. "¿Cómo?"
Él desenvainó un cuchillo de obsidiana, ofreciéndolo hondo en la palma. "Te abrirás la piel en el nombre elegido, y me invitas a entrar. Yo haré lo mismo. Así la Puerta nos reconocerá como uno."
Isobel aceptó la cuchilla, la hoja pesando en su mano como un presagio. La runa que talló fue la inicial de un nombre no pronunciado, una sílaba breve, suspendida en su carne. La sangre brotó, recogida en la mano del guardián. Él repitió el gesto, la herida surgiendo irreal en su piel de neblina. Luego, de manera más íntima que un beso, sus palmas heridas se juntaron.
El mundo se replegó, y la Puerta vibró con un eco profundo. La niebla se apelmazó, y la runa fulguró bajo el peso de dos sangres entrelazadas. De la piedra fluyó una palabra, inaudible salvo para ellos. No tuvo que traducirse: era la promesa.
Isobel sintió por primera vez el cruce de una frontera invisible. La presencia del guardián la tomó por dentro, inflamando cada rincón de vacío. Entre los dos, un torbellino de memorias se esparció; vio visiones de bosques perdidos, épocas que murieron hace siglos, inquietudes que no tenían forma pero sí hambre. Y debajo de todo, un anhelo, idéntico al suyo.
Entonces la Puerta se deslizó sobre bisagras que no crujieron ni crepitaron. Un haz de luz y sombra se extendió por la hierba, abriendo ante ellos un vasto pasillo de piedra envuelta en musgos y escritura.
El guardián la tomó de la mano, y no como un dueño, sino como un igual. Entraron juntos. Al pasar el umbral, Isobel sintió cómo el tiempo se desdoblaba; su cuerpo seguía siendo carne y hueso, pero distinta, permeada por una esencia etérea. El guardián, por su parte, pareció adquirir un tenue color sobre las sienes, el barniz de humanidad que sólo el amor verdadero otorga a los condenados.
No era el reino de los vivos ni el de los muertos, sino el lugar donde los pactos se fecundan y dan fruto. A lo lejos, se arracimaban columnas orgánicas y raíces flotantes, y el aire estaba henchido de cantos sin garganta y luces que no se apagaban aunque cerraras los ojos.
"¿Y ahora?" preguntó ella, sintiendo sus palabras vibrar en el aire, a punto de perder la voz humana para adoptar la de los espíritus.
"Ahora, amaremos como las estaciones," murmuró él, sosteniéndola mientras ambos eran absorbidos por el resplandor, "pasando juntos de forma en forma, sin miedo a perder lo que el umbral selló."
Cada roce era una conversión, un roce entre mundos. Él le mostraba los secretos de los tejos y los nombres perdidos, ella le entregaba los cantos del hambre y la sed de los vivos. Dormían cada noche en un capullo de raíces, y en sueños recorrían portales aún más antiguos.
A veces discutían, porque el guardián no podía carecer de orgullo, ni Isobel renunciar del todo a su recuerdo de mujer. Pero la pasión era niebla encendida—y aunque el tiempo se deshilachaba, su vínculo nunca traspasó el límite entre lo humano y lo absoluto. Fue ese límite, y el conocimiento de que podían perderse sólo voluntariamente, lo que acrecentaba el amor.
Había otros portales más adelante, cada uno custodiado por pruebas y recuerdos. Juntos, cruzaron más umbrales, cada cual más extraño: uno que solo se abría con una canción que Isobel componía con la risa del guardián; otro que requería una lágrima suya, que sólo podía producir ante la confesión de un secreto; un último, sellado con el viento, se abrió únicamente cuando se atrevían a soñarse el uno al otro en plena luz.
Años o siglos después—el tiempo allí era una cuerda tensa, fácil de romper—Isobel y su guardián volvieron al primer claro, con la niebla baja y las piedras más cubiertas de musgo.
"Este ha sido mi lugar de custodia," dijo él; pero ya no era sólo su deber. "Ahora lo es también tuyo."
Isobel sonrió, sus ojos bañados en ámbar y luz vieja. "No somos guardianes del umbral, sino de nosotros mismos," replicó.
Y así, en la encrucijada de todos los portales, los dos aprendieron el arte mayor: no sellar lo amado, sino convertirse en la promesa viva de que el amor abre más puertas que las que alguna vez puede cerrar.
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