Portada del relato Los Susurros de Andrómeda
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Fragmento:


—Busco a alguien capaz de soñar con los ojos abiertos —dijo, como saludo, su acento contaminado de mil planetas—. ¿O tú solo reparas chatarra, viejo romántico?

Duración: 08:58

Los Susurros de Andrómeda
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Texto de ajuste de pausa.

Luego del final, cuando la humanidad ya había arrasado diez mundos y perdido treinta más, quedamos en los fragmentos. El universo parecía pequeño, una prisión de estrellas apagadas, dividido en colonias desmoronándose como castillos de arena demasiado cerca de la marea. Allí, en el Cinturón Helado de Beta Andrómeda, yo recogía chatarra. Y fue allí, donde incluso la luz caminaba lento y el silencio era una religión impuesta, donde conocí a Eris.

No busqué el amor. Nadie lo hacía ya. El amor, como la cultura, era un privilegio de civilizaciones sanas, no de carroñeros galácticos como nosotros. Buscábamos oxígeno, piezas funcionales, algo más que comida sintética para aderezar el tedio. Buscábamos, a veces, la muerte, aunque no lo confesáramos. Sin embargo, la nave de Eris surgió de la niebla electromagnética como un cometa, arrojando un brillo imposible sobre la superficie pálida de mi estación de reciclaje, pintada de grafitis de desesperanza y mensajes de advertencia en más idiomas de los que podía leer.

Me quedé inmóvil observando el monitor de abordaje, mientras los sistemas viejos de detección se disparaban como perros adiestrados que hubieran vuelto a recordar una tarea olvidada. El casco de la nave era azul, reluciente, completamente ajeno a la decadencia industrial de mi estación. Arbitrariamente femenino, comencé a llamarla "La Reina". Pero la Reina tenía dueña, y la dueña tenía una voz capaz de transformar la estática en poesía.

Cuando vino a verme, emergiendo de la esclusa de descompresión, Eris llevaba el pelo trenzado en gruesas cuerdas de plata y unos implantes oculares tan antiguos y sofisticados que pudieron haber custodio las puertas del Edén. Llevaba un vestido funcional, remendado, pero todavía arrastrando un trozo de elegancia extinta. Caminaba como si el metal debajo de sus pies fuese mármol, y al llegar frente a mí no extendió la mano sino que sonrió, revelando los dientes afilados de quienes hubieron sobrevivido demasiado.

—Busco a alguien capaz de soñar con los ojos abiertos —dijo, como saludo, su acento contaminado de mil planetas—. ¿O tú solo reparas chatarra, viejo romántico?

No le respondí enseguida. La mayoría me llamaba "diablo oxidado" o, simplemente, "contenedor". Estaba acostumbrado a que nadie creyera ver belleza en esos lugares, que nadie pensara en soñar.

—El último que soñó aquí acabó respirando vacío —respondí, con una sonrisa torcida.

Eris cruzó la distancia entre nosotros en dos pasos, tan segura como sólo aquellos que han perdido todo pueden estarlo.

—Mejor que ahogarnos de lentitud. Escucha, vengo de Aldebarán. Perdí a mi tripulación. Entonces escuché hablar de ti: el hombre que podría hacer bailar a una nave con sólo mirarla.

Me tomó una fracción de segundo: miedo, curiosidad y el deseo profundo de que algo, alguien, rompiera la inercia galáctica de mi existencia. Así comenzó todo. Así comenzó todo entre Eris y yo.

Le pedí sus planos de abordo. Ella se rió, desenfundó un implante y lo volcó sobre la mesa, sus circuitos azules dibujando constelaciones allí donde antes sólo había polvo. Durante tres noches la ayudé a reparar la Reina, y durante cada una de ellas, tras la soldadura y las bromas, las preguntas se escurrían, íntimas y pequeñas como ratones en despensa. Hablamos de las viejas guerras—yo era veterano, ella hija de uno—, de las bibliotecas incendiadas y de los actores olvidados, de los primeros robots notarios y los últimos monjes digitales.

No podía negar la fascinación. En sus pupilas resplandecía algo más que software. Había dolor, sí, pero también rebeldía, una chispa que no se sumergía en la resignación. Una noche, mientras ensamblábamos la unidad de propulsión ionica, nuestras manos se rozaron. Físico, mínimo, y sin embargo, un corrimiento de tierra.

—¿Tienes miedo de la soledad, Eris? —pregunté, fingiendo indiferencia y fallando miserablemente.

—Menos que del olvido —me respondió. Y bajó la voz, como si recitara una plegaria—: Hay cosas peores que quedarse solo en el borde de la galaxia. Que nadie espere nunca tu regreso.

Aquella noche, mi planeta desierto latió de nuevo. Toda la fragilidad de lo humano resonaba en la estación, y yo, que había renunciado a casi todo, me sorprendí pensando en el futuro, en compartirlo, en ella.

El cuarto día, la amenaza llegó, porque el amor rara vez florece sin querencias ajenas. Un mercenario con piel de obsidiana, sapiens híbrido de origen incierto, conocido como "El Carnicero de las Siete Travesías". Su nave era un buitre de acero negro, con insignias pirateadas de tres repúblicas caídas.

Su mensaje cortó el aire con la crudeza de lo inevitable:

—Entregad a Eris Krane. Debe responder por el contrabando de recuerdos. Diez minutos, luego cortaremos la antena de acoplamiento a la Reina y os lanzaremos a todos al vacío.

El pánico no alcanzó a tocarme: fue una furia serena lo que me impulsó. Eris estaba a mi lado, manos temblorosas apenas, pero los ojos firmes. Ella había traficado con recuerdos, sí. Había vendido archivos de amor, dolor y nostalgia, robados de las mentes de autoridades corruptas, dando la memoria de vuelta a pueblos a quienes se la negaron.

Le tendí un destornillador, como quien entrega una espada.

—Queda una vía de escape —dije—. Pero todas salen hacia el infierno. O al menos, lejos del Carnicero.

—¿Vendrías conmigo?

Era la pregunta más importante de mi vida, disfrazada de simpleza, cruda entre la oxidación de viejos paneles y el rumor constante del generador.

—¿Adónde no iría? —contesté.

Preparamos la Reina en menos de tres minutos. Los generadores hiperespaciales rugieron bajo nuestros pies. Pero el Carnicero bloqueó la ruta directa con drones armados.

Los siguientes minutos fueron un delirio: el casco de la estación crujió, la pasarela tembló bajo los impactos de micro-haces y sensores desconectados por la violencia. Nos deslizábamos, Eris y yo, entre corrientes de fuego y pequeñas muertes potenciales. Pero, en este universo de ruinas, la suerte favorece a los locos y a los que aman sin pedir permiso.

Las compuertas de la Reina chirriaron al cerrarse. No hubo tiempo para un beso, ni un adiós sentimental. La nave casi perdió la proa bajo la metralla, y yo, a cargo de los controles, me sumé por completo a la sinfonía dinámica de Eris: ella piloteó, yo reparé sobre la marcha, y juntos viramos hacia una zona ciega de meteoritos errantes.

Durante horas flotamos sin vida detectable. Cuando la amenaza se disipó y sólo quedamos nosotros, la nave y los campos infinitos de detritos, el universo volvió a ser lo que era: frío, impersonal, ajeno. Pero el calor renacía cada vez que buscaba sus dedos, cada vez que ella los trenzaba con los míos.

—Nunca creí que alguien haría esto por mí —admitió Eris, apenas un susurro entre el constante chisporroteo eléctrico.

—Quizá no sea alguien —le respondí—. Quizá sólo soy otro superviviente intentando no apagarse solo.

Tiempo después, bajo la bóveda gris de un planeta olvidado, robándole minutos a las patrullas del Carnicero, supe que la amaba. No tengo poesía, nunca la tuve, pero aprendí sus cicatrices, las físicas y las digitales, como quien memoriza el mapa secreto de un tesoro. A menudo, en la vieja Reina, abrazados en cápsula de hipersueño, compartíamos esos recuerdos prohibidos que ella había salvado y vendido: bodas en aldeas calcinadas, el primer mensaje de amor en idiomas ya muertos. Sus lágrimas caían, no por melancolía, sino porque aún podía sentir ese dolor robado, ajeno y propio.

La busqué cuando las alarmas nos advertían de nuevas persecuciones. La busqué, incluso cuando la opción más lógica habría sido dejarla escapar sola, porque esa era la única forma de asegurarse que sobreviviera.

Pero mi condena fue elegir el amor. Siempre lo es. Volvimos a la estación una vez, para recuperar una antigua nave de archivos, con la esperanza de trazar una ruta hacia los Recolectores, contrabandistas de emociones y biólogos de la mente. Luchamos, robamos, mentimos, y siempre juntos. El universo no nos ofreció ninguna tregua ni ninguna promesa.

No escribiré un final feliz, porque eso sería otra mentira más para esta galaxia arruinada. Pero en las noches, cuando los dos miramos la espiral azul y cincelada de Andrómeda girando lenta a través del parabrisas, encontramos un fragmento de luz. Y así, entrecorridos de cables y latidos, diluidos en los susurros de circuitos lejanos y recuerdos robados, seguimos navegando.

Eris me susurra que, mientras podamos recordar, el amor es real. Quizá eso baste. Quizá, en el olvido total de la historia, en las fisuras de los siglos por venir, alguien, alguna vez, encuentre los ecos de dos náufragos bailando sobre las cenizas, eligiendo amar cuando el universo les ofrecía únicamente la nada.

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