Fragmento:
Elian no había esperado encontrar nada más allá del rumor de los sauces ni las fuentes bulbosas que, como bocas de piedra, nunca callaban. Así que, cuando esa puerta apareció junto al muro cubierto de líquenes, pensó que era el efecto residual de la sustancia que aún palpitaba entre sus costillas: deseo inabarcable, torpe magia malgastada la noche anterior. Pero después la vio a ella.
Duración: 08:46
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La primera vez que Elian vio a la muchacha fue a través de una puerta que no había estado allí la noche anterior. No era un umbral común. Era tan alto como dos hombres, esculpido en piedra azulada y grabado con una caligrafía imposible de leer, sus letras semejando raíces entrelazadas. Elian había pasado la tarde en el jardín septentrional del palacio, fumando en silencio y dejando que la incertidumbre de otra noche sin Varyn se colara bajo su piel. Ese jardín era de todos mis refugios el más secreto. Allí ondeaba la niebla, como si dudara entre quedarse y marcharse.
Elian no había esperado encontrar nada más allá del rumor de los sauces ni las fuentes bulbosas que, como bocas de piedra, nunca callaban. Así que, cuando esa puerta apareció junto al muro cubierto de líquenes, pensó que era el efecto residual de la sustancia que aún palpitaba entre sus costillas: deseo inabarcable, torpe magia malgastada la noche anterior. Pero después la vio a ella.
La muchacha se apoyaba contra la puerta, como una habitación hecha con los brazos cruzados. Cabello azabache, desordenado como las olas de invierno; una mirada que saltaba entre lo curioso y lo triste. Lo más extraño fue que, cuando Elian se acercó, la chica sonrió—directa, como si siempre lo hubiera estado esperando.
—¿Tienes miedo de atravesarla? —le preguntó, con una voz que prometía veranos viejos y otoños aún no vividos.
—No tanto como de lo que podría dejar atrás —admitió Elian, observando cómo el contorno de la puerta vibraba, como si respirara.
La muchacha hizo un gesto con la mano y la piedra se desplegó, mostrando en un parpadeo una sala imposible, azulada de niebla y de ecos. Pero antes de que pudiera ver más, la puerta volvió a cerrarse.
—Los portales solo se abren si accedes a perder algo, aunque no sepas qué —le dijo la muchacha. Y luego, como si el propio viento la dispersara, se desvaneció tras el umbral imposible.
Aquella noche Elian no pudo dormir. ¿Quién guardaba portales secretos en el corazón de jardines olvidados? ¿Por qué sentía la certeza de que esa puerta había estado siempre acechando el palacio y su vida, invisible a los ojos distraídos? Cuando amaneció fue tras la fatiga de comprobar que, efectivamente, el umbral seguía ahí, más azul, más definitivo. No era solo el deseo de cruzarlo el que quemaba en su pecho, sino la ansiedad brutal de descubrir qué más podía perder para, tal vez, encontrar lo que ni buscaba.
Días después la muchacha volvió. Esta vez se presentó mientras Elian intentaba conjurar una ráfaga de viento entre los dedos, una magia menor muy por debajo de sus años de estudio, solo para sentirse entero. Ella se apoyó en el quicio de la puerta, los pies descalzos, la expresión fragmentada entre la reserva y cierta timidez.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Elian.
—Mi nombre cambia allá adentro —respondió ella, señalando la puerta con el mentón—. Aquí puedes llamarme Liris. ¿Por qué sigues aquí afuera?
—¿Y tú, por qué vuelves cada vez que yo sí?
Ella sonrió y luego, con voz apenas audible:
—Quizá para que al menos uno de los dos sea valiente.
La frase caló. En el palacio, la valentía era asunto de proezas, de guerra, de acuerdos sellados con sangre y metal. Nadie hablaba nunca de la valentía de entregarse a lo inexplorado, de confiar en portales que podían no devolver a quien cruzaba.
Liris tocó el umbral. Las letras parpadearon, y Elian sintió el tirón. Era una invitación y una amenaza. Había oído historias sobre puertas secretas: puertas de pago, que abrían sólo para los impacientes, y robaban tiempo de vida, recuerdos, incluso amores guardados bajo llave. Pero Liris no parecía monstruo ni espíritu, sino tan humana y vulnerable como el propio Elian ante sus propios anhelos.
—¿Puedo confiar en ti? —preguntó ella, casi en un susurro vergonzoso.
—Pensaba que los portales solo se abrían para quien arriesga—dijo Elian.
Ella se acercó, y cuando estuvo junto a él, las yemas de sus dedos temblaron sobre la muñeca de Elian. El contacto fue eléctrico, trenzando lo irreal con lo urgido. Las paredes del jardín se diluyeron. Había perfume de madreselva y de tormenta. Elian se atrevió a preguntarse si alguna vez algún dios había sentido esto: la tentación de lo prohibido, de una dádiva que era también cuestión de perderse.
Entonces, sin pensarlo mucho más, Elian apoyó una mano sobre la puerta. Ella hizo lo mismo. Sus miradas se encontraron y, en ese instante, el muro se desvaneció.
***
Lo que había del otro lado era una sala como el eco de un recuerdo profundamente amado. Había columnas de cristal, estatuas cubiertas de encaje y luz. El aire era denso y olía al verano más perfecto jamás vivido. Pero lo más asombroso era la sensación de pertenencia: como si, dejando atrás el palacio, Elian hubiera hallado un lugar más verdadero que ninguno de sus refugios antiguos.
Liris le condujo por pasillos donde flotaban linternas de papel rojo. Le habló en voz baja del lenguaje de ese espacio: un lugar surgido de fragmentos olvidados de todos los que cruzaban portales secretos. Allí, a veces, podías escuchar el llanto de alguien a quien nunca volverías a ver; a veces, fragmentos de risas, eclipsadas por el tiempo.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Elian.
—Es extraño —musitó ella—. Aquí dentro, el tiempo es una bestia distinta. Mientras más lo buscas, más esquivo se vuelve. Pero no he dejado de esperar.
—¿Esperar qué?
Ella se detuvo. La luz dorada rebotaba entre las jarcias delicadas de las estatuas, como si todo el lugar respirara por sus heridas. Liris levantó el rostro y le sonrió con una vulnerabilidad tan pura que Elian sintió ganas de abrazarla y esconder el mundo fuera de ese umbral imposible.
—Esperar que alguien no solo cruce para buscar, sino para quedarse.
Elian supo entonces, con una lucidez inesperada, que el deseo de aventura era pequeño en comparación con el deseo de pertenecer. Y que, para quedarse, debía abandonar mucho de sí mismo; tal vez todo.
—¿Qué tendría que perder para convertirme en parte de esto? —preguntó, la voz ronca.
Liris entrelazó los dedos con los suyos, respirando hondo.
—El recuerdo del mundo al que perteneces. Aquí, si decides quedarte, lo otro se marchita. No duele. Solo se desvanece, hasta que eres únicamente del lado de adentro.
Se estremeció al oírlo: la idea era hermosa y cruel. Dejar atrás toda la maraña de heridas y afectos. Pero entonces se dio cuenta de algo: sus recuerdos ya eran un laberinto corroído, y no sabía si volver le sería suficiente.
En aquel salón crujiente de niebla y luz, danzaron. Los pies deslizándose sobre el mármol frío, la música emergiendo de las paredes. Por un instante Elian se sintió otra persona: una en quien la pérdida podía curar, no herir.
Después, acunados por la fatiga de bailar y confesar historias inexistentes, Liris le llevó a través de mazmorras tapizadas por jardines: flores que no existían fuera de los límites del umbral, fragancias que curaban ansiedades antiguas. Allí, por fin, Liris confesó:
—Estoy unida a la puerta como las raíces al árbol. Si la abandono, todo lo que he sido, en todos los mundos, se deshace.
Elian se acordó entonces de las fábulas de su abuela: de seres que eran el umbral, que la propia tentación personificaba. Pero no sentía miedo. Sentía ternura. Y un deseo feroz de rescatarla, aunque no supiera si ese gesto era amor o pura condena.
Y entonces la besó.
Fue un beso incierto, aprendido sobre la marcha: promesa, derrota, apertura. La piel de Liris era de la seda que envuelve a los misterios, su boca dulce como dolor recién recordado.
Se quedaron así, largos minutos, con las frentes juntas, los ojos cerrados.
—¿Para qué cruzamos portales si no es para perder y ser hallados de nuevo? —preguntó Liris, abriéndole los ojos a una ternura sin límites.
***
Meses después, nadie volvió a ver a Elian en el palacio. Los rumores afirmaban que había sido consumido por la magia o la locura. Algunos creyeron oír, en ciertos amaneceres de niebla, su risa atravesando los muros que daban al jardín septentrional. Solo los más viejos —y aquellos que alguna vez sospecharon de puertas que surgen y desaparecen— afirmaban que a veces una mano distinta, femenina y valiente, asomaba entre los sauces, buscando todavía a quien quisiera jugarse el nombre y la memoria por una eternidad de piel y susurros del otro lado del umbral.
Y así, en jardines tras los muros, donde la niebla aún recuerda nombres, Liris y Elian aprendieron el arte delicado de perderse en la piel del otro, hasta que, juntos, inventaran una salida propia o la entrada al refugio definitivo.
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