La Esfera Naranja flotaba sobre el Jardín del Astropático exactamente como Aeon había prometido. Su resplandor llenaba de reflejos dorados los charcos de rocío en la hierba, haciendo que las flores nocturnas cerraran sus pétalos, celosas de tanta luz impertinente. No era una esfera cualquiera: cada año nacía cuando las dos lunas, Syra y Danea, se rozaban apenas, haciendo temblar el cielo. Solo la veían los de sangre mixta y, según los antiguos, la Esfera traía consigo visiones de futuros posibles.
Aileen Hamara, como todos los descendientes de humanos y rashi, tenía el pelo azul en las puntas y los ojos con motas granate. Caminó descalza por la senda de cuarzo y se detuvo junto al banco donde la luna se cruzaba con las sombras de las helechas. Atrás quedó la mansión, detrás de las colinas violetas. Caminó sabiendo que esa noche encontraría esperando a Alix, aunque su corazón dudaba si sería él de todos los futuros.
Alix la esperaba, apoyado con aparente descuido en el tronco del gran liriondo plateado. Tenía la piel blanca como la cal, ese blanco inexplicable de los rasuris, y su mirada era tan afilada como siempre, aunque esa noche Aileen supo que se ocultaba de sí mismo igual que de ella. Cuando la Esfera flotante tiñó su rostro de naranja, Alix sonrió apenas.
—Creí que no vendrías —dijo, casi inaudible.
Aileen no respondió de inmediato. Un aroma intenso, mezcla de sal y lirios, llegaba del mar cercano. La Esfera se movía como si respirase, expandiéndose y contrayéndose, ansiosa.
—No sabía si debía venir —dijo ella—. La ley dice que esta noche, bajo la Esfera, solo los sinceros se atreven a hablar.
Alix bajó la mirada. Durante años, los dos habían compartido sueños y cicatrices, enfrentados en la diplomacia cansina de la ciudad, amenazados por el Consejo de Pureza que veía en su unión un desafío a todo lo establecido.
—Quizá sea esa la verdad —dijo él—. Que no sé si soy sincero contigo.
Aileen lo miró de frente. Un haz de la Esfera le iluminó el iris, haciendo que las motas granate parpadearan como ascuas.
—¿Tienes miedo de perderme, Alix? ¿O de perderte a ti mismo?
Durante un momento, el silencio pesó demasiado, tanto que Aileen sintió cómo el corazón se le encogía entre costillas puntiagudas. No le bastaba ya con su inteligencia ni con su ascendencia mixta: bajo la Esfera, quienes mentían sentían arder la lengua, un recordatorio biológico de los antiguos rashi.
—Tengo miedo de querer más de lo que puedo salvar —dijo Alix entonces—. Miedo de prometerte un horizonte y fracasar en el intento. Aquí, frente al astropático, parece tan posible... pero cruzando la ciudad todo se torna imposible; lo sabes.
Aileen se sentó en el banco de mármol y le hizo un gesto para que se acercara. Alix obedeció, como si una fuerza magnética le empujara a su lado.
—Te vuelves trágico bajo las constelaciones —susurró ella, apenas rozándole la muñeca—. Pero yo vengo porque bajo esta Esfera solo existen los horizontes.
Alix sonrió por lo bajo, molesto consigo mismo. Sólo entonces Aileen lo vio vulnerable. Habría deseado abrazarle, pero se contuvo.
—Cierra los ojos —le pidió ella, y cuando Alix obedeció, notó el leve temblor de la mano que el hombre entrelazó con la suya—. Imagina un horizonte. No el real, sino el que quisiera regalarme.
Alix respiró hondo. En la ciudad de los setenta y cuatro cielos, quien cerraba los ojos bajo la Esfera Naranja podía abrir puertas entre mundos; los portales se abrían solo si lo que soñabas era lo bastante cierto. Pero nadie sabía qué debía soñarse: cada pareja, cada aspirante a amante, debía encontrarlo por sí mismo.
—Te veo —dijo él—. Caminando en las dunas de ceniza, bajo las lunas rojas. Te llevas las sandalias en la mano y la luz de Syra hace que tu piel parezca quemar. No hay Consejo, ni pureza, ni miedo. Solo nosotros, riendo. Eres... eres feliz.
Aileen sintió el calor en la palma y supo que la Esfera había escuchado.
—¿Qué ves tú? —preguntó Alix.
Aileen se mordió el labio. Sabía que lo que iba a decir podía cambiarlo todo, que bajo la Esfera no hay engaños; lo que una pronuncia se convierte, siempre, en un pedazo de verdad.
—Te veo con arrugas en el rostro y el cabello dorado, no blanco. Me tomas de la mano a pesar del temblor. Tenemos hijos de ambos y otros que hemos adoptado. Todo es difícil, pero seguimos aquí. No huyes de mí.
Un destello anaranjado cortó el aire. Por un instante, Aileen creyó ver un futuro en la retina de Alix, como si la Esfera le hubiera permitido fisgar un posible mañana.
Pero entonces Alix rompió el contacto y se apartó un paso.
—No basta con soñar, Aileen —dijo con amargura—. ¿Qué haremos cuando la noche termine y vuelva el Consejo? ¿Cuando vengan a buscarte por compartir la sangre?
—¿Vas a dejar que la culpa o el miedo decidan por ti? —la voz de Aileen se quebró, pero no cejó—. Prefiero un futuro corto y sincero a toda una vida de medias verdades.
Se miraron, suspendidos en la noche líquida. Alix no parpadeó. Detrás de él, la Esfera latía y la hierba chisporroteaba con el peso de su magia.
En ese momento, algo más ocurrió: del cielo, desgajado por una arista de aurora, descendió una sombra. No era humana ni rashi, sino una figura intermedia, el vestigio de una generación de mezclas prohibidas. Aileen la reconoció: Era Sahar, la Custodia de la Esfera, la que había tejido las primeras leyes cuando ambos mundos fueron uno solo.
—¿Por qué dudan tanto de lo que han visto? —preguntó la Custodia, y su voz parecía venir de un pozo de agua profunda—. Ustedes han llamado a un portal, aunque solo sea con el deseo. La Esfera responde a quienes no apartan la mirada del abismo.
Aileen apretó la mano de Alix y sintió cómo el temblor del hombre se volvía pulso. Por primera vez, sintió que él también se aferraba a algo tan real como el aire.
—Nadie puede vivir siempre bajo la Esfera —replicó Alix con voz ronca—. En algún momento, el alba regresa y lo inexplicable desaparece.
Sahar se inclinó y rozó la Esfera con la palma. Por un instante, el Jardín se multiplicó en cientos de reflejos: lo que parecía un enrejado de astromelias se volvió un bosque, la mansión una cabaña, el banco de mármol un lecho enfundado en seda lunar. Vidas posibles, entrelazadas por decisiones de cada instante.
—El secreto —dijo la Custodia—, no es vivir siempre aquí, sino llevarse la Esfera consigo. Recordar que uno puede elegir, aunque el día te lo prohíba.
Aileen ladeó la cabeza. Había una urgencia nueva en su pecho: una fuerza rebelde, como la savia de un árbol retorcido, que la empujaba a ponerse en pie y echarse a andar. Miró a Alix; él entendió, y juntos dejaron el banco y caminaron hacia la Esfera.
—¿Y si no podemos? —preguntó él, humillado por la esperanza—. ¿Y si el mundo nos vuelve a separar?
—Ya has visto cómo sería el futuro si huyes de mí —susurró ella—. Al menos esta noche, quédate. Luego, luchemos por otra.
Alix extendió la mano hasta tocar la Esfera. Esta palpitó como un corazón vivo. El color naranja se tornó morado, luego azul, luego invisible.
En ese instante, cientos de fragmentos de portales se abrieron en torno a ellos: escenas de todos los futuros posibles, algunos gloriosos, otros tan dolorosos que Aileen tuvo que apartar la mirada. Pero los más poderosos eran los cotidianos: días de lluvia, cenas compartidas en silencio, peleas y reconciliaciones, el instante en que uno de ellos se marchaba y el otro volvía a buscarle.
Sahar les miraba con expresión grave, casi melancólica.
—Elijan un horizonte —pidió—. Sepan que, como Custodia, solo puedo ofrecerles el derecho a elegir entre sueños difíciles o la comodidad de la resignación.
Aileen y Alix se miraron, y fue entonces cuando comprendieron lo que la Esfera había estado mostrando todo el tiempo: los portales no llevaban a mundos imaginarios, sino a las consecuencias de sus elecciones. Si escapaban, encontrarían dificultades —pero sería verdadero, pertenecería solo a ellos. Si permanecían bajo la sombra del miedo, perderían incluso lo poco que ya poseían.
—No necesito la promesa de todos los horizontes —dijo Aileen, mirando a Sahar y luego a Alix—. Me basta con este: el que construyamos, incluso si a veces duele.
Alix asintió.
—Ni la Esfera ni la Custodia pueden protegernos de lo que venga —dijo él, con la voz repentina de quien ordena el mundo desde un precipicio—. Pero tampoco pueden prohibirme elegirte.
Así, juntos, traspasaron uno de los portalillos oscilantes. Es curioso, pensó luego Aileen mientras un nuevo mundo nacía en torno a ellos, cómo el amor es también ciencia ficción: una apuesta por la improbabilidad, una rebelión contra la lógica incluso cuando la realidad parece invencible.
El Jardín se difuminó. Tras ellos, la Esfera Naranja latía más despacio, satisfecha. Las lunas se ocultaban, y algún día, el eco de su decisión arrastraría a otros a cruzar portales abiertos por el coraje y la ternura. No había promesa de éxito, ni garantía de mundos felices, pero sí la certeza de haber elegido juntos lo imposible, y ese era —lo sabían ya— el único horizonte verdadero.
FIN
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.