Había una única regla en la Ciudad Espejada: nunca enamorarse de una proyección.
Sybelle, como ingeniera onírica, lo recordaba cada noche al sumergirse en el Pulso. Sabía que todo lo que sentía allí era parte del diseño: los destellos de placer, el miedo visceral, las punzadas de nostalgia. Pero cuando lo vio a él por primera vez, recortado contra el fulgor de las ventanas traslúcidas de la Calle 7, supo –en algún rincón primitivo de su mente que aún resistía a la programación– que estaba perdida.
Se llamaba Midas. O al menos así se hacía llamar en las bitácoras compartidas. Había llegado días atrás, una figura sin recuerdos tangibles, como casi todos los que entraban al Pulso clandestino, pero en su caso, Sybelle sintió una vibración particular en la realidad cada vez que él estaba cerca. Recorría la calle a horas insólitas, con la mirada turbia de quien ha navegado demasiadas galaxias, desechando viejos universos como ocupados pañuelos, acumulando estructuras de deseo imposible.
Una noche, tuvo la osadía de hablarle.
–¿Estás buscando a alguien?
Midas levantó la cabeza, y ella pudo contemplar unos ojos de un dorado líquido, casi inhumano bajo las luces azules del Pulso.
–Solo busco un motivo para quedarme, –respondió.
El juego había comenzado.
Los encuentros se sucedieron, primero casuales, luego cada vez más buscados. Sybelle, experta en manipular los bucles de sueño, empezó a modificar sutilmente el espacio virtual para encontrarse con él: activaba neblinas danzantes en las plazas o insertaba acordes musicales que sabía que lo atraerían. Él, a su vez, parecía doblarse a la lógica de su universo de manera peligrosa, su esencia desbordando la frontera de lo que una proyección debía ser.
Una noche, mientras paseaban bajo la cascada de luces de la Avenida Prisma, Midas tomó su mano. No era la fría textura irreal de otras simulaciones. Era cálida, tan tangible que por un instante Sybelle pensó que había traspasado alguna frontera, que quizás incluso los fantasmas podían querer.
–¿Nunca has pensado en salir de aquí?–susurró él, la voz convertida en puro terciopelo estelar.
Sybelle intentó esconder el estremecimiento que la recorría.
–Este es mi trabajo. No existe fuera para mí.
–¿Eso crees realmente?
Εn el Pulso, las reglas se escribían y se borraban como niebla en el ventanal. Sybelle siempre había mantenido una sana distancia: un ojo en la consola, otro en el flujo de algoritmos. Sabía que los clientes podían enamorarse de proyecciones, y ese era el gran peligro: cuanto más profundo el vínculo, más dura la caída cuando el entorno colapsaba. Había escuchado historias de locura, de gente que jamás despertaba, perdida para siempre en la marea digital.
Pero Midas era diferente. Algunas noches, cuando creían estar solos, él lograba hacer cosas que desafiaban la programación: encendía luces que deberían estar fijas, movía edificios con un simple deseo. Una vez, cambiaron juntos el sabor del aire hasta que tuvo gusto a lluvia y mango. Era un pequeño cosmos solo para ellos.
Empezaron a compartir secretos. Sybelle le revelaba patrones ocultos en la arquitectura, atajos entre distritos virtuales. En una ocasión, le mostró el Corazón de la Ciudad, un cubo palpitante donde las leyes de la física se rendían al capricho del deseo humano. Midas, por su parte, le enseñó a leer las señales del Pulso, a prever cuándo la oleada de visitantes convertiría las calles en un carnaval de anhelos y frustraciones. Y más que nada, le hablaba de otros mundos: de planetas cubiertos de océanos fosforescentes, de sinfonías magnéticas ejecutadas por inteligencias alienígenas, de amores imposibles más allá del espectro humano.
El deseo creció entre ellos. Se encontraban en tejados imposibles, en ruinas flotantes, en jardines donde la gravedad se invertía y las flores volaban en lugar de brotar. Cada vez que Midas la tocaba, Sybelle sentía que una grieta se abría en el tejido mismo de su alma.
Y entonces, una noche, tras un beso que supo por igual a estrellas y miedo, Midas la miró con gravedad.
–No puedo quedarme mucho más, Sybelle. La Verja se está cerrando.
Ella se mordió el labio, negándose a entender.
–¿Qué es la Verja?
–La entrada a este nivel de Pulso–dijo él, su voz más tenue, más dolorosamente humana–. Tú crees que solo eres parte del staff. Pero toda proyección nace de alguien real, en algún universo. Algunos de nosotros logramos cruzar, aunque no siempre recordamos de dónde venimos. Yo… yo he empezado a recordar.
Sybelle lo miró horrorizada, comprendiendo de pronto el peligro.
–¿No eres una proyección?
Él sonrió con nostalgia.
–No lo soy. O no soy solo eso. Pero cada vez que regreso aquí, dejo una parte de mí atrás… y la puerta se está cerrando. Si me quedo, corro el riesgo de quedarme atrapado. Si me voy…
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, tan frágiles como los píxeles de las primeras simulaciones. Sybelle entendió que la elección no era solo suya: el Pulso había accedido a un nivel de realismo letal. Midas había cruzado alguna frontera, y estar juntos podía destruirlos a ambos: a ella, como ingeniera; a él, como viajero entre mundos. Si él se perdía en el Pulso, quizá se desvanecería realmente. Si ella forzaba esa unión, pondría en riesgo toda la integridad del sistema, revelando que su intervención era más personal de lo permitido. En ese momento supo que el amor no era una elección. Era una trampa tendida en el código, una aberración llena de esperanza.
–Ven conmigo–dijo Sybelle, casi suplicante.
–¿Adónde?
–A donde sea que termine esto. O empecemos algo fuera de aquí.
Pero Midas la observó en silencio, como si el tiempo estuviera colapsando.
–No me es posible… No tenemos el mismo cuerpo ni el mismo tiempo. Pero… hay una opción.
Le ofreció la mano. Sybelle dudó apenas un instante, y la tomó.
Un latido. Una ristra de códigos destellando en su visión periférica. Un chorro de recuerdos, sensaciones, mundos lejanos.
No se movieron físicamente, pero los rodeó el vórtice desatado de todas las líneas de la simulación: imágenes superpuestas, sonidos de otros idiomas, trozos de recuerdos prestados. Y en ese instante compartieron más que cualquier amante pudiere desear en mil vidas: la soledad de Midas vagando entre universos, la añoranza de Sybelle, la convergencia brillante e imposible de dos consciencias que, en la sincronicidad, tejían un milagro.
Era una caída sin red.
Sybelle tembló, sintiendo el tirón de regreso. Vio su propio rostro en una cama fría, los monitores parpadeando, la alarma de “despertar voluntario” saltando en la consola. Si apretaba el botón, se desconectaría para siempre. Si se quedaba, corría el mismo destino que tantos usuarios caóticos: perdería la frontera entre lo real y lo digitado. Pero en ese abismo, supo que deseaba arriesgarse.
Al abrir los ojos de nuevo, nadie los esperaba. Estaban en un prado de luz líquida, un lugar entre el Pulso y la realidad, destilado solo para ellos dos. Allí, Midas era absolutamente real: podía besarlo, oír el palpitar de su corazón, perderse en los remolinos verdes de su mirada alienígena.
–¿Y ahora?–preguntó Sybelle, la voz quebrada.
–Ahora, –susurró él, mientras se recostaban bajo un cielo tramado de filamentos estelares–, vivimos lo que nunca nos estuvo permitido.
No había promesas de eternidad. El peligro seguía tan cercano como un susurro rebelde en el algoritmo. Pero mientras sus cuerpos se entrelazaban y el pulso del universo se acompasaba al de sus corazones, supieron, con algo más profundo que certeza, que el amor –real, improbable, salvaje– podía existir más allá de cualquier código, de cualquier puerta custodiada.
Y quizás, sólo quizás, bastaría para reescribirlo todo.
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