Fragmento:
Mientras la Tercera Bruma atracaba al muelle más alto, bajé al ritmo nervioso que impone el redistribuidor de presión. Aeris caminaba unos pasos delante, desviando la atención de todos allí con el mismo gesto que despide una brisa: imperceptible, irrevocable. El rumor era que Aeris había nacido sobre una matriz de hexagonos rotos, el modelo más antiguo conocido, y que sus venas guardaban más secretos que circuitos.
Duración: 08:47
La primera vez que vi a Aeris fue desde la proa de la Tercera Bruma, con una garra sujetando el barandal y la otra desprendiendo polvo de mogra de mis botas. Ella era como un recorte de sol en medio de la niebla, mirando a su propio modo la ciudad que se abría abajo en piruetas de turquesa y cobre suspendidas en el aire, como si algún dios hubiera vertido las piezas de un tablero de ajedrez sobre el abismo y las hubiera dejado suspendidas. En ese entonces, yo solo era humana. Aeris, en cambio, ya era viento y carne, ya era leyenda.
La ciudad de Nysia flotaba sobre columnas invisibles de aire caliente y alquimia, ligada a los motores de antigravedad que los antiguos dejaron. También flotaban las mentiras, y las promesas, de los que la habitan. Visto desde arriba, Nysia tenía el aspecto de una telaraña de puentes y calles; desde abajo, esas mismas líneas eran jaulas que pendían de la nada, sostenidas únicamente por el arte y el miedo.
Mientras la Tercera Bruma atracaba al muelle más alto, bajé al ritmo nervioso que impone el redistribuidor de presión. Aeris caminaba unos pasos delante, desviando la atención de todos allí con el mismo gesto que despide una brisa: imperceptible, irrevocable. El rumor era que Aeris había nacido sobre una matriz de hexagonos rotos, el modelo más antiguo conocido, y que sus venas guardaban más secretos que circuitos.
El protocolo dictaba pasar la noche en la posada Delta, en la terraza más alta de la ciudad, donde podía contemplarse el tráfico de zepelines y escaramuzas de viento lejos y cerca. Sin embargo, Aeris no respetaba protocolos. Aquella noche seguí sus pasos como quien obedece a un sueño, atravesando la niebla baja que se arremolinaba en las grietas de luz.
Nos detuvimos en un filamento suspendido, una pasarela tan finamente tejida que parecía una cuerda floja. Aeris miró más allá: “¿Alguna vez has sentido que el abismo te llama por tu nombre?”, preguntó.
Su voz era tranquila, pero en sus palabras había una urgencia que reconocí. Los que nacemos abajo no olvidamos el zumbido del vacío; lo llevamos en la sangre. Respondí que sí, que lo sentía cada tarde cuando la sombra de la ciudad se alarga y vuelve irreales los límites de la estructura.
Aeris sonrió, y en el brillo de sus ojos creí ver la promesa de una tormenta. “Esta noche,” dijo con una voz tan suave que solo se sentía en la piel, “me gustaría enseñarte lo que se esconde entre los laberintos del aire.” Y mientras avanzábamos, supe que estaba cayendo, aunque mis botas tocaran firme la pasarela.
***
En las ciudades flotantes no existen relojes. El tiempo se mide en ciclos de viento, en los turnos del zafiro y el ambarido sobre los mástiles, en el paso de los custodios del clima. El sol ascendía cuando Aeris y yo alcanzamos el borde este, un sitio prohibido para que el común de los viajeros viera lo que se desplegaba tras la bruma.
“Dicen que si te asomas aquí, puedes ver otras ciudades, otras promesas al borde del horizonte,” susurró Aeris, tan cerca de mi piel que sentí el vértigo apretando mi pecho. En ese instante distinguí, entre jirones de niebla, las siluetas lejanas de otras plataformas, mundos compactos y autosuficientes flotando suspendidos sobre abismos azules. Y, en medio de todo, Aeris, tan imposible y tan real como la arista cortante del deseo.
Me preguntó qué buscaría en otra ciudad y, sin saber cómo, confesé: “Un lugar donde el viento no signifique solo peligro. Donde cada paso no sea una negociación con la gravedad. Quiero un sitio donde la promesa de caída sea, también, la promesa de volar.”
Sus ojos, del color de las hojas de mogra cuando aún hay rocío, me escrutaron largamente. Luego, Aeris inclinó su cabeza y rozó los labios sobre los míos, muriendo en ese mínimo gesto toda la lógica que me había sostenido años. El beso fue suave, y en él se contenía no el júbilo, sino la melancolía de saberse efímero y, aun así, intentar el salto.
No fue un idilio; fue una pregunta: ¿Te atreverías a buscar conmigo, más allá de los límites impuestos por el miedo y la costumbre?
***
Vivir en las ciudades flotantes es, ante todo, una coreografía de supervivencia. Las pasarelas cambian de lugar, los motores fallan, el clima se doblega solo ante sacrificios rituales. Pero aquel beso fue la semilla de una rebelión sutil. Cada noche, Aeris y yo recorríamos los senderos menos transitados, descifrando código antiguo y trazando rutas secretas en el reverso de los mapas oficiales.
Aeris me enseñó que bajo cada arquitectura perfecta se esconde el rumor de una huida, una promesa de apertura. Me enseñó también a escuchar los latidos originarios de la ciudad, el pulso leve de los conductos de vapor y los motores de flotación, y cómo, en las noches más silenciosas, ese latido se acompasaba al de mi propio corazón.
De día, todo volvía a la normalidad: yo paseaba entre las calles de Nysia, jugando a ser otra más en la multitud, mientras era testigo de las negociaciones y traiciones que mantenían la ciudad suspendida. Pero de noche, con Aeris, todo cobraba nuevos nombres: la pasarela de cobre se volvía un río de posibilidades, el zepelín un animal paciente, el abismo un amante a la espera.
Nuestro amor no era un secreto, pero tampoco era visible. Quien nunca ha sentido la gravedad acechando detrás de cada palabra, no entiende el arte de ocultar lo esencial a simple vista. Sin embargo, la ciudad observa. Y más pronto que tarde noté cómo los custodios del clima nos seguían con ojos de neblina, cómo los viejos mapas parecían cambiar de trazo alrededor de nuestros pasos.
***
El primer aviso llegó como suelen llegar las amenazas en Nysia: envuelto en pétalos de mogra, depositado a la entrada de mi cubículo. “El viento no es de nadie. Tampoco lo será el amor.” Escrito en tinta de turboviento, que solo puede leerse a la luz del alba.
No le mostré la nota a Aeris, pero ella lo supo igual. Quizá era el modo en que, al caminar, observaba los ejes de flotación demasiado tiempo. O el modo en que, de pronto, los puentes a los suburbios se desviaban, inofensivos pero vigilantes. Nysia podía ser un paraíso o una trampa, según el lado de la tormenta que eligieras para dormir.
La invitación a la clandestinidad fue suya: “Hay un puerto olvidado, bajo el nodo primario. La leyenda dice que allí la ciudad nació, en equilibrio entre el peso y el anhelo. Quiero mostrarte lo que esconden los cimientos.” Aquella noche descendimos juntos, una caída medida en susurros y miradas, hasta el espacio donde el viento era más denso, casi sólido, tan íntimo que parecía hecho a la medida de un secreto.
El nodo era como un corazón artificial latiendo en el centro de la niebla. Allí, Aeris me enfrentó con la pregunta que me había rehuido todos esos días: “¿Me acompañarías si saltamos juntos? Hay otros vientos, otras ciudades, otras formas de existir. Pero nunca podrá ser lo que tenemos aquí, contigo. ¿Te atreverías a cambiarlo todo?”
Nunca antes había sentido tanto vértigo como esa noche. La elección era simple solo en apariencia: lanzarse al abismo y confiar en el otro, o aferrarse a la seguridad de la rutina flotante. Pensé en los besos, en los circuitos antiguos, en el modo en que el amor, como el viento, solo existe cuando desafía los límites impuestos.
Así que, esa noche, saltamos.
***
No es una metáfora. Bajamos hasta lo más profundo del nodo, donde la gravedad empieza a tirar en serio, donde el aire es tan denso que cada inhalación parece un reto a las probabilidades. Allí, entre haces de luz y vapor, Aeris me mostró las cápsulas que los primeros habitantes dejaron ocultas: vehículos de descenso, capaces –según la leyenda– de hallar las corrientes que conectan ciudades flotantes olvidadas.
La cápsula olía a cobre gastado y promesas incumplidas. Entramos juntos; Aeris cubrió mi mano con la suya y pulsamos el activador. El descenso fue una sinfonía de chirridos metálicos y latidos compartidos, de piel contra acero y sueños contra expectativas.
Abandonar Nysia fue partir una vida conocida, los rostros amados y los temores conocidos. Pero hacia abajo, entre la niebla turquesa, otras ciudades emergían, suspendidas por otras voluntades, sostenidas por otros pactos. Entendí, con el vértigo todavía en la lengua, que mientras exista alguien dispuesto a saltar contigo, el horizonte nunca es un límite, sino el comienzo de otra historia.
Nada nos prometía que encontraríamos hogar, o que el viento sería benigno. Pero, abrazados en el corazón del descenso, supe que la promesa de Aeris era suficiente: “En cualquier ciudad, en cualquier abismo, mientras haya tú y yo, siempre existirá un espacio para el alba.”
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