Fragmento:
Eilynn sintió un escalofrío, pero no retiró la mano. Podía ver bajo la piel de aquel desconocido las marcas de otra vida, de un amor feroz que lo había condenado a la clandestinidad en una ciudad que sólo toleraba pasiones bellas si eran fáciles de enterrar. Algo en ella, olvidado y hondo, buscó a tientas su lugar en ese eco. Se enfrentó a la sombra con una palabra temblorosa.
Duración: 07:36
A veces, cuando la madrugada cuelga de las ramas como un velo de plata, la ciudad de Rithar se cubre de neblina y se funden las fronteras entre el mundo visible y todo aquello que sólo el corazón puede percibir. Nadie sabe cuándo empiezan esos momentos, ni quién los provoca, pero todos en Rithar reconocen la melodía susurrada entre los adoquines y el temblor de las farolas cuando la magia romántica se asoma por las grietas de la realidad.
Eilynn caminaba envuelta en su capa azul, un simple mortal entre pasiones secretas y hechizos antiguos. Su taller de grabados, oscuro y apacible, era su refugio de las ansias tumultuosas del bullicioso barrio de la Rue de los Cuervos. Debía entregar, al amanecer, una caja de exquisitos grabados alquímicos para la condesa Rayen, cuya afición a las imágenes mágicas era tan famosa y peligrosa como su amor por los corazones indomables. Pero no era esa noche la condesa la que palpitaba en su pensamiento, sino el extraño visitante que había atravesado la sombra de su puerta hacía apenas unas horas.
Había llegado empapado de lluvia, con las alas de una criatura prohibida pegadas a la espalda, ojos escarlata y una sonrisa dulce, herida, que sugería inviernos enteros sofocados a la intemperie de sueños ajenos. No se había presentado. Simplemente apoyó un colgante de plata sobre el mostrador, tallado con runas desconocidas, y susurró: “Haz visible el recuerdo. Hazlo bello. Hazlo verdadero”. Eilynn, dominada por el temblor inesperado bajo la piel, asintió sin palabras. Una chispa de anhelo, vieja como el nombre de la ciudad, se encendió tras el iris del visitante y Eilynn sintió que algo, en ella misma, se inclinaba y crujía como una rama dispuesta al invierno.
Ahora, en la soledad de la medianoche, contemplaba el colgante y las runas, presintiendo que su tarea era algo más que un simple encargo. La plata ardía bajo el roce de sus dedos, y la habitación pareció llenarse con una fragancia de lilas e incienso. Eilynn cerró los ojos; su mente, entrenada en la alquimia de las imágenes, convocó los pigmentos mágicos, las hojas finas sobre las que se grabaría el recuerdo, y empezó a trabajar. Al tercer trazo, la línea vibró y el misterio se desbordó en la sala.
Vio a través de sus manos: la imagen de un campo nocturno, una luna plateada que giraba sobre unos amantes entrelazados sobre la hierba húmeda; una promesa dibujada con la sangre de los labios y la urgencia de los que saben que el alba puede ser inmisericorde. Eilynn supo, con un sobresalto, que una parte de aquel recuerdo… le pertenecía. Y al hacerlo suyo, la magia se afiló.
Un golpe de viento apagó la lámpara de aceite. Eilynn quedó envuelta en oscuridad, sólo la luz lunar acariciando las cortinas roídas y el temblor del colgante brillando entre sus dedos. El visitante apareció de nuevo, sin anunciarse, seguido de ese perfume inconfundible, casi carnal, que mezclaba deseo y peligro.
—No deberías seguir —susurró él, la voz quebrada—. Algunos recuerdos no son un refugio, sino un veneno que transforma. Sobre todo si nunca fueron sólo míos.
Eilynn sintió un escalofrío, pero no retiró la mano. Podía ver bajo la piel de aquel desconocido las marcas de otra vida, de un amor feroz que lo había condenado a la clandestinidad en una ciudad que sólo toleraba pasiones bellas si eran fáciles de enterrar. Algo en ella, olvidado y hondo, buscó a tientas su lugar en ese eco. Se enfrentó a la sombra con una palabra temblorosa.
—¿Por qué crees que quiero rescatar ese recuerdo para ti? ¿Y si también lo busco para mí?
Él avanzó un paso, las alas recogidas, los ojos huyendo del rostro de Eilynn. Sus labios dijeron, apenas audibles: “Yo te amé… antes del fuego. Antes del pacto.” Una lágrima desbordó y, a su contacto, la magia del colgante estalló en un resplandor frío. Hubo un crujido de alondras en la oscuridad y, de pronto, se encontraron en otro lugar.
No era su taller, ni la penumbra rancia de la Rue de los Cuervos. Era aquel campo nocturno, el mismo que Eilynn había visto grabar bajo sus dedos. Pétalos de luna se esparcían sobre la hierba y el aire era un vino embriagador. Había un frescor infantil en la brisa, y a la vez una urgencia que nada tenía de inocente. El visitante —que ahora tenía un nombre en la boca de Eilynn: Lysander— tomó su mano y los recuerdos se poblaron de palabras y caricias que sólo un antiguo acuerdo podía haber ocultado.
—Nos amamos antes de la Maldición —explicó Lysander—. Cuando el Consejo de Ombra prohibió mi linaje, y tu sangre fue jurada a la protección de esta ciudad, nos arrojaron fuera de la memoria. Este colgante es nuestro último refugio, Eilynn. Me he aferrado a él durante siglos de exilio y anhelo. Todo este tiempo he esperado tu llamada.
El eco de esas palabras latía en la piel de Eilynn. Recordaba, a través de velos rotos, el tacto de Lysander, la promesa de la luna dormida que se habían jurado junto a este río de plata y promesas. En el mundo físico no quedaba rastro, pero en este instante robado a la realidad, podían amarse con la urgencia de los que han sido privados mil veces de su propio final.
—¿Y si nos quedamos aquí? —susurró Eilynn—. ¿Y si en vez de cumplir el encargo, convertimos el recuerdo en un hogar, Lysander?
El bello rostro de él titubeó entre sonrisa y llanto.
—Podríamos, sí… pero la magia exige un precio. Si nos quedamos aquí, el mundo real nos olvidará por siempre. Y mi linaje, y tu ciudad, perderán para siempre la memoria de lo que alguna vez fue el amor prohibido.
Eilynn sostuvo la mirada de Lysander. La pasión crecía, desbordando ambas realidades, danzando entre la promesa y el miedo. Acarició el colgante y se preguntó, con una ternura que dolía, si acaso el amor podía ser tan egoísta y tan absoluto a la vez. Allí, entre viejos susurros y pétalos de luz, la respuesta amanecía en la curva de la boca de Lysander, en el modo en que sus brazos la rodeaban, en la certeza de que ambos, por fin, tenían derecho a elegir.
Entre sus labios, el tiempo se disolvió. Se amaron con la furia de los que ya no tienen lugar ni nombre, hasta que el colgante tembló entre ellos, anunciando que el ocaso se acercaba. Sabían que tendrían que decidir cuando el último suspiro de ese espacio estuviera en sus manos.
—¿Nos quedamos? —preguntó Lysander, su aliento una pregunta y una caricia.
—Nos quedamos —confirmó Eilynn, y lo hizo en el lenguaje de la piel, de los besos, de los murmullos que sólo los condenados a la eternidad saben pronunciar.
La magia del colgante susurró su último hechizo, marcando en una hoja blanca —la última del cuaderno de grabados de Eilynn— un símbolo de infinito, trenzado con las iniciales de ambos. En la ciudad de Rithar, la gente juró más tarde que nunca antes había sentido una fragrancia tan dulce en el aire, ni visto una neblina tan suave, ni sentido tan cercana la idea de que los sueños podían no morir nunca, si eran regados con deseo y coraje.
El taller de Eilynn permaneció vacío tras aquel amanecer. Nadie volvió a ver a la grabadora ni al misterioso visitante. Pero quienes pasaban junto a la vieja puerta juraban que, en silencio, podían oír risas y promesas en el aire matutino. Y así, en el filo de la realidad y el susurro de la magia romántica, Rithar aprendió que algunos amores están hechos para no ser recordados por el mundo, sino guardados por siempre en el refugio de quienes deciden quedarse.
Y en alguna parte —en un campo nocturno custodiado por la luna dormida— dos amantes bailan todavía, encarnando la verdad que había estado escondida en cada trazo, en cada beso que la memoria y la magia pueden regalarle al corazón.
FIN
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