Portada del relato El jardín de las lunas selladas
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Fragmento:


Pero Perhlis no vaciló. "Acepto el precio, si el anillo cumple el juramento," dijo, y colocó en el umbral la rama de junípero que había robado del altar de los dioses menores. La tumba se abrió con un suspiro de frío voraz. Al fondo, entre rizos de niebla antigua, el anillo titiló como la luz de un ojo dorado. Más allá, un corazón dormido palpitaba, profundo y hambriento.

Duración: 07:30

El jardín de las lunas selladas
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Texto de ajuste de pausa.

En la noche más oscura del año, cuando incluso los gatos de tejado mantenían la respiración y los árboles del Alvian se volvían duros y sombríos, Perhlis Arazén caminaba sola por el sendero serpenteante delante de la muralla de piedra. La bruma del río mordía sus tobillos y bordeaba el ruedo de su capa de viaje como si quisiera reclamarla toda para sí. Pero Perhlis no era del tipo que se dejaba atrapar.

La joven tenía cabellos como oro quemado y una mirada rebelde, nacida de las continuas privaciones y secretos de la corte de Amaral. Había escapado del castillo esa misma noche, bajo los ojos cerrados de la guardia dormida, en busca de respuestas que nadie se atrevía a pronunciar al sol. Su corazón latía con el ritmo desesperado de quien desafía tanto al peligro como al deseo.

Porque el encargo era claro: buscar la tumba de la bestia ausente, un lugar que no figuraba en mapa alguno, y traer de vuelta el anillo de su dueño. Un anillo que, según los rumores, podía torcer el amor o la lealtad más firme, uniendo para siempre a dos almas enfrentadas. A Perhlis le habían advertido que no aceptara nada de los espíritus que custodiaban la tumba, ni siquiera miradas; pero ni el más firme de los consejos podía apagar el fuego que la consumía por dentro. Ese anillo era la única esperanza para salvar a Tarien.

Tarien de Karso, el hijo del enemigo, desterrado y condenado como traidor y seductor. Amado y odiado a partes iguales. Solo por él desafiaba Perhlis la noche, la ley y quizá, sabría dentro de poco, su propia alma.

El bosque de hierro era maligno y antiguo. En el primer claro, escuchó voces susurrando promesas dulces y mentiras de hielo. La tentaron con el regreso de su madre perdida, con riquezas más grandes que el Trono Orlado, con el abrazo cálido de Tarien sin recuerdos tristes. Pero Perhlis apretó los labios hasta que sangraron, y entendió: solo debía avanzar.

Pasó bajo ramas sombrías, acariciadas por líquenes que brillaban azul sulfuroso. El viento ululaba, a veces con la voz de Tarien, a veces imitando su risa o el jadeo que nunca podría olvidar, la noche que la perdió en la fuente azul del patio. Caminó hasta que las sombras se concentraron en un círculo imposible de piedra, una levísima bruma lo cruzaba todo como una braga de seda. Allí, entre zafiros diminutos y hongos de escarcha, estaba la tumba.

Se arrodilló ante la lápida rota, y al pronunciar el nombre secreto del guardián sintió el roce de una garra invisible en el cuello. Un susurro respondió, lento y hambriento, "Si tomas lo que custodiamos, serás nuestra huésped en la próxima luna. Serás mordida por la soledad eterna. Eso buscas cuando buscas el amor imposible, humana caliente."

Pero Perhlis no vaciló. "Acepto el precio, si el anillo cumple el juramento," dijo, y colocó en el umbral la rama de junípero que había robado del altar de los dioses menores. La tumba se abrió con un suspiro de frío voraz. Al fondo, entre rizos de niebla antigua, el anillo titiló como la luz de un ojo dorado. Más allá, un corazón dormido palpitaba, profundo y hambriento.

En cuanto lo tomó, el tiempo tembló. El suelo se replegó bajo sus pies y el bosque de hierro se transformó en una sala de espejos renegridos, y cada uno mostraba un rostro: ella llorando, riendo, gritando a Tarien, besándolo, traicionándolo, los dos muertos, los dos viejos, los dos fusionados en un solo ser. Perhlis cerró los ojos y agarró el anillo, determinada a regresar.

El viaje de vuelta era distinto: el bosque parecía reconocerla, el sendero la dirigía directo y veloz, y la bruma ya no le mordía sino que la acariciaba, tal vez compadecida. Amanecía cuando Perhlis cruzó la muralla de Amaral. Esperó, disfrazada de doncella humilde, en la choza del anciano perfumista hasta que las campanas sonaron: era la hora en que Tarien era llevado al patio para su juicio final.

Entró en la plaza y la reconocieron: la hija del Consejero Supremo, la doncella prometida a la paz, la única que tenía el poder de decidir destinos con el anillo prohibido en la mano. Y Tarien, magullado y hermoso, cerró los ojos al verla, como protegiéndose de un dolor inminente.

"El anillo," murmuró el Rey, su cabello blanco brillando bajo el sol. "Sabes lo que exige. Sella su lealtad o su desgracia para siempre."

El pueblo era un mar helado de miradas tensas.

Perhlis avanzó hasta el cadalso. Tarien levantó la barbilla, orgulloso y vulnerable, y sus ojos decían tantas cosas que apenas pudo mirarlo.

"¿Lo harás?" preguntó Tarien, voz ronca y quebrada.

"Si debo," contestó Perhlis, recordando la promesa, el precio que había jurado pagar en la tumba de la bestia ausente.

Se arrodilló ante él y deslizó el anillo en su dedo, pero justo al rozarlo, ambos sintieron una quemadura feroz: imágenes de mil vidas tejidas juntas, de futuros compartidos y perdidos, de abismos y cruces de deseo. Perhlis, con el pecho a punto de estallar, susurró: "No cedo mi voluntad, ni tomo la tuya. Solo ofrezco amor libre, y si el anillo exige sumisión, que se quiebre."

El anillo tembló, brilló con un fuego imposible e irradió una luz severa, como si los dioses mismos debatieran su elección. Todo se deslizó a cámara lenta: los rostros del tribunal, los soldados retrocediendo, la multitud enmudecida.

Entonces Tarien la besó. Nada más, nada menos. Un roce sencillo, cargado de años de dolor y ternura, de adiós y comienzo. Fue tan puro que el anillo se resquebrajó y el juramento se transformó en otra cosa. No la condena de la tumba, sino una promesa distinta: amar sin cadenas, arriesgar el alma pero no venderla.

La corte enmudeció. Una brisa cálida se llevó la bruma de la noche, y Perhlis sintió que podía respirar de nuevo. Lejos, en el bosque, los espíritus reían y aullaban, hambrientos pero también sorprendidos.

El rey se irguió y asintió con cansancio. "Así sea," dijo, y por primera vez en generaciones, la paz vibró en el aire de Amaral.

Esa noche, cuando todos dormían, Perhlis se deslizó hasta los tejados, donde Tarien aguardaba entre sombras y azahares. Entre susurros bajos, los dos compartieron cosas que no se dicen a la luz del día: la soledad que los había asolado, los sueños que temían confesar, y, sobre todo, el temor a amarse en un mundo que solo conoce el amor encadenado.

"¿Quedarán las cicatrices?" preguntó Tarien, y Perhlis besó su cicatriz más amarga.

"Serán mapas hacia nuestras verdades," prometió. Él reía, cubriendo el sonido con una mano temblorosa.

Juntos, formaron un pacto nuevo, más peligroso y frágil que cualquier anillo mágico: intentarían vivir libres en el reino de reglas metálicas, sembrando pequeñas rebeliones de ternura y verdad en la corte de mentiras.

Sabían que ese final no era un destino, sino un principio. Que el amor se mide más en las noches oscuras, en las decisiones tomadas en silencio, y en la firmeza de seguir eligiéndose cada día, a pesar o gracias al precio que suponía.

Para Perhlis, aquello era la verdadera magia: el valor de sostener la mano de otro cuando no hay promesas eternas, sino solo caminos inciertos y el refulgir de las estrellas sobre la ciudad dormida. Y así, bajo lunas selladas y cielos abiertos, se amaron, cada noche, como si fuera la última, o tal vez, la primera.

El eco de su pacto resonó por generaciones, y en el bosque de hierro, incluso los fantasmas aprendieron a amarse sin cadenas.

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