Portada del relato Guías bajo la niebla
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Fragmento:


"¿Por qué no volviste?", preguntó la brisa.

Duración: 07:56

Guías bajo la niebla
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Texto de ajuste de pausa.

El viejo camino no existía en los mapas, y acaso tampoco en la memoria de quienes dormían su eternidad en Reinaul. Nadie con sentido común tomaba el ramal de piedra líquida que se desperezaba bajo la luna, mucho menos tras el tercer crepúsculo de cosecha. Aun así, ahí estaba, Lira con una lámpara de aceite temblando entre sus dedos, su capa recogiendo la humedad de la niebla y el rumor de pasos que sólo ella escuchaba.

El aire tenía el filo de cuchillas muy antiguas, silencioso pero letal. Lira miró hacia atrás, hacia la vacilante luz de la aldea lejos, y supo que no habría regreso fácil. No esa noche. La presencia del sendero encantado era tan densa, tan palpable, que sentía la presión sobre los hombros como la mirada impaciente de un amante que no supo esperar.

A cada paso, las piedras cantaban. No era un sonido audible para todos, sino una vibración en el hueso, un recuerdo de canciones olvidadas por la carne. El sendero se retorcía entre robles que erguían sus ramas como centinelas vengativos. Dicen que los caminos encantados conservan los deseos de quienes los recorren, que todo anhelo es una promesa hecha a la propia sombra.

Lira no vino sola a esa noche; cargaba esperanzas, sí, pero también el peso de un amor irrealizable, y la certeza de que nadie volvería a esperarla con paciencia entre las sábanas de lino en Reinaul. Lo que la empujaba era una carta, escrita en otro idioma, perfumada con nieve y barniz, firmada por quien debió haber muerto hace tres inviernos.

La carta era una petición, una confesión: "No dejes que el camino me olvide. Ven tras mí".

Corol, el nombre prohibido en los cánticos de la aldea, era un susurro entre los helechos. Amar a Corol fue fácil, vivir tras su desaparición fue imposible. Las Estrellas del Norte, esa noche, apenas pinchaban el cielo con su hielo.

El cambio llegó repentino, como ocurre en todos los mundos donde la magia todavía manda: el camino se bifurcó tras un tronco caído y la niebla se espesó, sembrada de diminutas luces flotantes. Lira no dudó, tomó el sendero izquierdo, guiada por un perfume floral que sólo recordaba de su niñez; un perfume de azucenas y tormenta.

Pocos han descrito cómo se cruzan los caminos embrujados. Algunos dicen que es un dolor tan dulce como la primera vez que la piel toca otra piel deseada. Otros, que es simplemente miedo. Para Lira, fue un escalofrío: un soplo en el oído, un roce de labios sobre la mejilla. Sintió el amor de Corol, tan real, tan próximo, que se detuvo a escuchar el eco de sus propios latidos.

"¿Por qué no volviste?", preguntó la brisa.

La respuesta nunca es sencilla. Amar a alguien perdido es convivir con la herida latiendo en la boca del estómago. Lira continuó, apenas respirando, los dedos crispados sobre la empuñadura de la lámpara. De pronto, las luces flotantes formaron una figura, imposible de enfocar, más intución que carne.

"Pensaste en mí más allá del umbral", murmuró una voz. No era masculino ni femenino. El sonido era casi mineral, como agua que corre entre gemas. "Aun así, no aprendiste. Los caminos sólo admiten aquellos que todavía buscan lo imposible."

Lira tragó saliva. "No quiero buscar. He venido a encontrar."

La figura rió, y esa risa le partió el corazón; era el sonido de Corol cuando rodaban juntos sobre el heno recién cortado, en tiempos en que el amor era apenas una promesa de sangre y saliva. La niebla se arremolinó, la figura ganó densidad, contornos: ahora tenía la curvatura de un cuerpo, el cabello caía largo, casi tocando el suelo, los ojos parecían dos carbones húmedos en una máscara inexpresiva.

Te has atrevido, dijo la figura sin voz. Entonces, paga.

El suelo bajo los pies de Lira se disolvió en agua. Ella cayó, y el mundo fue un torbellino helado de recuerdos: la mano de Corol sobre su nuca, el olor del pan recién horneado en Reinaul, la angustia ante cada paso que los alejaba del mundo común.

Despertó bajo un arco negro, de cuyas piedras caían lágrimas de luz. Había otros a su alrededor, sombras que murmuraban nombres que no eran los suyos. Todos buscaban, todos anhelaban. Nadie hablaba del final del camino, sólo de la búsqueda. La figura de Corol se había desvanecido, sólo quedaba la persistencia de su perfume.

Lira comprendió entonces que la senda encantada era el eco de los corazones rotos; cada curva, una decisión que nunca se supo tomar.

Siguió avanzando, a pesar de la fatiga. A veces veía el rostro de Corol doblando el recodo de una roca o flotando entre las ramas. Siempre lo perdía antes de alcanzarlo, pero nunca se desvió: el amor verdadero es terco, y a menudo, inútil.

En uno de esos recodos, el camino se angostó y el silencio se espesó como una manta mojada. Allí la esperaba una puerta de hierro, cubierta de inscripciones.

"¿Por qué insistes?", preguntó la puerta, y era la voz de su madre, la voz de la abuela, todas las voces que supieron amarla y perderla.

"He venido a cumplir una promesa", contestó Lira.

La puerta se abrió, pero tras ella no estaba Corol sino un salón de espejos. Cada espejo mostraba un futuro: en uno, Lira esperaba en Reinaul, rodeada de niños de cabello cobrizo. En otro, envejecía sola, la lámpara apagada. En un tercero -el más cruel- veía a Corol sosteniendo la carta, los ojos húmedos y una decisión imposible tallada sobre el rostro.

"No puedes tenerlo todo", susurró el eco del camino.

A Lira no le importó. Amó a Corol con un fervor casi violento. Sí, no podía tenerlo todo, pero podía tener ese momento, ese reflejo exacto donde la imagen de Corol se tornó sólida y avanzó hacia ella atravesando el cristal.

Se encontraron en el centro de la sala. Corol era cálido, más real que nunca, la piel vibrante y el pulso acelerado. Se miraron, primero en silencio, luego con hambre. La magia de los caminos encantados tenía un precio, lo sabían ambos. Cada beso era un tributo, una moneda de carne para los dioses antiguos que tejían el destino en la espiral del sendero.

Corol temblaba. "He pagado mi precio", murmuró contra su cuello. "He olvidado casi todo de mi vida anterior para estar aquí. Pero aún te recuerdo a ti, Lira. Eres mi último ancla".

Lira sintió lágrimas calientes recorrer sus mejillas. "No quiero perderte otra vez", dijo, la voz hecha pedazos de luna.

El sendero vibró; el salón tembló bajo sus pies. Los espejos chisporrotearon, cada uno reflejando un retrato de amor truncado o consumado o convertido en dolor. Lira supo de pronto que la salida estaba allí, tan cerca como el deseo de una segunda oportunidad.

"No regresaremos iguales", advirtió Corol. "El camino demanda parte de lo que somos".

"Lo sé", respondió Lira. "Pero es peor no intentarlo".

Apretaron las manos, atravesaron juntos el espejo más próximo. El mundo se replegó; el aire se llenó de chispas verdes y doradas. El camino encantado se sacudió, como reconociendo la audacia de quienes desafían lo imposible por amor.

No hubo gran revelación, sólo el dolor dulce de quien se ha hallado y perdido y vuelto a buscar. Al otro lado, Reinaul los recibió con la última luz grisácea del amanecer. Nadie recordaba sus nombres. Nadie salvo la tierra bajo sus pies, los robles que susurraban canciones de antaño, la brisa que olía a azucenas y tormenta.

Lira apretó la mano de Corol. El lacre de la carta brilló en su bolsa, testimonio mudo de todo lo perdido. El camino, como el amor, siempre cobra su tributo. Pero esa mañana, con el corazón renovado y el alma desgarrada, supieron al fin la verdad de los senderos secretos: que no existen atajos hacia la felicidad, sí atreverse a avanzar pese al terror. Y mientras reanudaban su vida bajo cielos distintos, se dijeron en un idioma sin palabras: "No dejes que el camino me olvide. Ven tras mí".

Y así, juntos, otro nuevo sendero se dibujó bajo sus pasos.

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