Fragmento:
El rumor del riachuelo se perdía entre los helechos y la niebla, y ni el viento se atrevía a importunar aquellos árboles, tan antiguos que parecían haber olvidado el nombre de la muerte. Con las manos cubiertas de savia y el corazón todavía latiendo en el pecho, Eiden se internó más allá del sendero, donde ninguna luz de antorcha había tocado nunca. Sabía que desobedecía a su padre y a los dioses predicados en la plaza del pueblo, pero también sabía que la esperanza rara vez caminaba por caminos rectos.
Duración: 07:58
El rumor del riachuelo se perdía entre los helechos y la niebla, y ni el viento se atrevía a importunar aquellos árboles, tan antiguos que parecían haber olvidado el nombre de la muerte. Con las manos cubiertas de savia y el corazón todavía latiendo en el pecho, Eiden se internó más allá del sendero, donde ninguna luz de antorcha había tocado nunca. Sabía que desobedecía a su padre y a los dioses predicados en la plaza del pueblo, pero también sabía que la esperanza rara vez caminaba por caminos rectos.
Solo bajo la bóveda de ramas, Eiden sentía que los susurros del bosque no eran amenazas, sino viejas leyendas deseosas de volverse carne. Era la vejez y el desgarro de Nemoria esa noche: el árbol blanco, dos veces mayor que cualquier catedral, dos veces más hermoso que cualquier promesa. Se decía que allí dormía la guardiana de los antiguos juramentos, y que si alguien osaba despertar su interés, encontraría la ruina o un amor tan duradero como la propia madera.
Las historias se contaban en noches de invierno, cuando la leña chisporroteaba en el hogar y los niños no sabían bien si reír o taparse los oídos. Decían que la guardiana tenía ojos como brasas y sonrisa de hielo, y que nadie sobrevivía a su cortejo. Pero Eiden era adulto desde hacía suficiente tiempo como para no temer cuentos. El amor, pensaba, era para los valientes: ni los bravos ni los necios adornan su puerta con hiedra para alejar a los espíritus, y si la guardiana era espíritu o solamente mujer, poco le importaba a él ahora.
La luna roja, creciente como la promesa rota de una boda, guió los pasos de Eiden entre raíces que cifraban palabras en lenguas extintas. El miedo se le antojaba inútil: más temía regresar a la aldea con el corazón intacto, pero seco, que perderlo aquí y dejarlo en prenda bajo la corteza.
Al llegar al claro de Nemoria, sintió el frío, y sus pulmones parecieron llenarse no solo de aire, sino de historia. El árbol aguardaba como un gigante amigable; en su base, entre la maraña de musgos y piedras, una figura esperaba. No era un espectro ni una bestia, como decían las leyendas: era una mujer de brillante cabellera oscura, piel de corteza y ojos que centelleaban con una paciencia impía.
—Pensé que tardarías más —dijo ella, en una lengua que Eiden no conocía pero entendió, porque el bosque la susurraba en el hueso de la oreja y el pálpito de la sangre.
—No suelo venir aquí —respondió, sorprendido por el tono tranquilo de su propia voz.
Ella sonrió; sus labios parecieron florecer como la hiedra al sol.
—Vienes buscando lo que no has nombrado. Aquí pocos llegan, y menos se atreven a hablar.
Eiden solamente pudo asentir. Sabía que, si bien existían los pactos del pueblo y las canciones de la infancia, ningún hombre sabía bien qué era el amor hasta enfrentarse a su más extraña forma. Y ella, fuera lo que fuera, inspiraba deseo como un volcán inspira temor.
Caminó hacia la guardiana, y miró sus manos: eran largas y fuertes, pero no del todo humanas; las yemas exudaban savia, y un aroma tocó la memoria de Eiden, fragante y denso como la historia de una traición.
—¿Me temes? —preguntó la mujer, bifurcando la mirada como raíces sobre la tierra.
—Te deseo —dijo Eiden, tan cierto en voz alta como en el pulso de sus venas.
Las ramas del árbol se agitaron en una brisa invisible. La guardiana entornó los ojos y el bosque pareció escuchar.
—¿Y sabes lo que costará?
Eiden inclinó la cabeza. La leyenda era clara: no se podía amar a una criatura eterna sin ofrecer algo de igual peso, y su alma estaba a la venta desde la noche en que comprendió que la felicidad no germina en campos cultivados, sino en jardines prohibidos.
—El precio será el olvido —dijo la guardiana—. Si quieres mi amor, deberás abandonar el recuerdo de todo lo que fuiste antes de cruzar la línea del claro. Ningún nombre, ningún rostro, ninguna historia que contar. Aquí empiezas, como raíz nueva sobre tierra virgen.
Su corazón vaciló. ¿Era posible renunciar a todo, por una promesa que tal vez era solo eco y corteza? Pero allí, bajo la luna roja, el mundo se desdibujaba hasta que solo quedaban posibilidades.
—Acepto —dijo.
Ella le invitó a sentarse junto a ella, bajo las antiguas ramas. Los minutos se hicieron horas, y luego días y luego años; porque en los bosques eternos, el tiempo no sigue las leyes del hombre. Cada noche el deseo crecía, y cada día Eiden sentía que se convertía en un elemento más del claro: la savia de la guardiana recorría su piel, la corteza le cubría lentamente el pecho, y sus recuerdos se deslizaban mansos al olvido como agua entre piedras.
La pasión, al principio, fue fuego: lenguas de deseo que crepitaban entre el musgo, mezclando dolor y éxtasis. Eiden aprendió la ternura de la luz tamizada por hojas, el goce amargo de besar una boca ansiosa, y el dulce tormento de no saber si eran dos cuerpos o la misma raíz enredándose bajo la tierra.
Pero pronto, lo que fue deseo se transmutó en algo más oscuro. La guardiana —a quien Eiden nunca pudo llamar por su nombre— lo miraba a veces con tristeza, pues solo los inmortales entienden el precio de la eternidad. Y en aquellas noches, cuando el canto de los grillos era un réquiem, había entre los dos una caricia de melancolía imposible de arrancar.
Una tarde, cuando el cielo era una llamarada y la guardiana tenía la mirada vieja y el corazón afilado, habló:
—Sé que olvidas, día tras día. Sigues aquí, pero pronto no recordarás ni el placer con que llegaste; y entonces te convertirás en otro eco entre la corteza. ¿Lo lamentas?
Eiden no respondió de inmediato. En su pecho, los recuerdos eran ya apenas chispas: el pueblo, la vida anterior, las risas de otro tiempo. Todo se había marchitado. Pero el amor, lo sentía aún, como se siente el calor aunque uno olvide el rostro del sol.
—Si olvido, solo temo olvidarte a ti —murmuró.
La guardiana tomó su rostro entre las manos y las lágrimas le resbalaron como gotas de rocío por la piel con sabor a madera.
—Ésa es la mayor pócima de la eternidad: el amor permanece aunque el nombre se borre.
Ya nunca abandonó el claro. Los mozos del pueblo lo dieron por desaparecido, y en las noches de invierno narraron que el bosque se lo había tragado, como a tantos otros necios. Algunos decían que su espíritu lloraba, otros que era feliz, y otros aún que se había transformado en árbol, inmóvil y silencioso bajo la luna roja.
Han pasado generaciones. A veces, una joven osa cruzar la frontera de los helechos y acercarse a Nemoria, tal vez en busca de respuestas, tal vez de un imposible. Nadie regresa igual, si regresa. Entre las raíces del gran árbol blanco, dos figuras —hombre y mujer, enredados en abrazo sin fin— parecen parte del mismo tronco. De sus labios, un susurro: no de tristeza, ni de gozo, ni siquiera de nostalgia; simplemente un eco, la persistencia de lo que alguna vez fue deseo y se transformó en leyenda.
Algunos sabios afirman que, tiempo después de olvidarlo todo, Eiden recordaba solo una cosa: el sentir de la savia, la caricia de una sonrisa entornada como una promesa que no termina nunca de cumplirse. Y mientras la luna roja siga creciendo y menguando sobre Nemoria, el bosquecillo no morirá, y alguien, en algún claro de la memoria, sabrá que el amor, como los viejos árboles, no teme el fin, solo el olvido.
Allí, bajo la cúpula de hojas eternas, la pasión no muere. Se transforma, lenta y dulce, hasta que ni siquiera la muerte se atreva a reclamarla. Porque algunas historias no necesitan ser contadas; basta con sentirlas, como la raíz al agua, o la palabra primera, temblando todavía en la boca. Y así permanece, callada y azul, la leyenda de Eiden y la guardiana, custodiando el secreto de la pasión eterna bajo la sombra de Nemoria, donde el único pacto es el que se renueva cada noche: amarse, aun cuando todo lo demás se borra.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.