Fragmento:
Esperaba algún consejo solemne, un deber fatal. En cambio, Arhel le mostró los senderos ocultos del trono: las cámaras donde los corazones de los ascendidos laten aún, el patio donde esperaban las bestias de luz, el estanque en el que las estrellas caídas soñaban su retorno. Cada paso era una torsión de la realidad, un giro hacia lo desconocido.
Duración: 08:29
Toda su vida, Neris había soñado con mirar hacia arriba y no encontrar más que cielo puro, impoluto, diáfano como una promesa. Pero los cielos sobre Anatherra siempre resplandecían con los tronos de las casas celestiales: inmensas formas arquitectónicas, suspendidas sobre el mundo por antiguos conjuros, luminosos y terribles, columnas de piedra flotante y mármol incandescente sujetas a anillos de fuego azul. Los mortales, cada uno, vivían a la sombra de aquel imperio de los ascendidos y solo se les permitía acercarse cuando eran convocados para un juramento o una sentencia.
La noche en que todo cambió, Neris estaba en las terrazas altas del templo, la brisa del ocaso le infundía un estremecimiento bajo la capa. Tenía apenas veintidos años y era un aprendiz avanzado entre los Custodios de las Puertas, guardianes del gran portal que, en ciertos eclipses, conectaba Anatherra con los salones celestes. Aunque su nacimiento había sido en la tierra baja, la sangre luminosa corría por su linaje, entremezclada generación tras generación, y a veces, en sus sueños, veía esas arcadas doradas, ríos de estrellas, y rostros hermosos más allá de toda humanidad.
El eclipse llegó como una marea. Todos los aprendices sintieron aquel pulso antiguo: una pena y un deseo a la vez, notas de una melodía que no podían recordar ni dejar de escuchar. Como señalados, descendieron en fila por la escalinata carmesí y se reunieron en la cámara del juramento. Con ellos llegó el embajador de los celestes, una figura de altura imposible, ojos como carbones encendidos, la piel traslúcida y azulosa. El trono de Ethayr —así decrecía la tradición— había requerido un tributo vivo: una alianza sellada por un nuevo pacto.
Los labios de Neris temblaron al recitar las palabras rituales, y al hacerlo, vio al embajador observarla con una curiosidad contenida, como quien sopesa una joya inesperada entre restos de piedra común. Entre los demás, nadie le prestó atención: era pequeña, poco agraciada, ¿qué podía querer el celestial de una humana insignificante?
Pero cuando la sala se vació, una sombra cayó sobre los mosaicos y el embajador, Arhel, descendió hacia ella —sin tocar el suelo, deteniéndose a una cuerda de aire.
—He sentido tu llama —dijo su voz, imposible de catalogar, ni masculina ni femenina, era río y chispa, era aullido y susurro seguro—. Nuestra casa necesita de quienes arden, no solo obedecen. Ven.
Neris sintió un miedo súbito, mezclado con una euforia prohibida. ¿Por qué la elegía? ¿No era solo una guardián menor? Pero sus pies, sin esperar permiso, siguieron al celestial por la galería hasta el umbral abierto, cuyo borde centelleaba como el filo de una espada etérea. Cruzaron.
Más allá del portal, la gravedad era distinta y el aire olía a jazmín y mercurio. Estaban a cientos de metros sobre la tierra, en un fragmento del Trono de Ethayr: plataformas, jardines colgantes, columnas en espiral, estatuas con alas de alabastro. La arquitectura era imposible, tan bella que hería los sentidos.
Esperaba algún consejo solemne, un deber fatal. En cambio, Arhel le mostró los senderos ocultos del trono: las cámaras donde los corazones de los ascendidos laten aún, el patio donde esperaban las bestias de luz, el estanque en el que las estrellas caídas soñaban su retorno. Cada paso era una torsión de la realidad, un giro hacia lo desconocido.
Pero el mayor secreto era la soledad de su guía. Entre murallas y salones, ningún otro celestial los cruzó.
—¿Dónde están los tuyos? —Osó preguntar Neris una tarde de eternidad.
Arhel la miró desde la sombra de una escultura, ojos de nebulosa.
—Hace siglos, los tronos celestes ya no están habitados de verdad. Somos espectros del deber, cadenas de pactos y culpas. Estoy solo.
En esas palabras, tan distantes, encontró Neris un dolor que, por alguna razón, le era íntimo. Porque ella misma había sentido esa rabiosa extrañeza de pertenecer y no pertenecer; de vivir entre los mortales con algo encendido e incomprendido.
Día tras día, Arhel le enseñó a comprender el pulso de los tronos: cómo escuchar el latido de una estrella en reposo, cómo leer los canales en que el recuerdo de la gloria se negaba a morir, cómo bailar en el vacío sin temer la caída. Neris descubría todo con la pasión de una recién llegada y con un respeto que Arhel no esperaba.
Pronto, fue imposible negar la tensión entre ambos. Había un deseo, tan claro y peligroso como el filo de la luna. No era solo físico —aunque el estallido de un roce accidental estremecía a los dos como un incendio sutil—, sino de una necesidad más honda: querían comprenderse, quebrar el aislamiento de siglos de deber y encarnación.
Un crepúsculo, en el balcón de cristal suspendido sobre Anatherra, Arhel confesó lo que Neris aún no había osado preguntar:
—Desde que ascendí, no he amado. No puedo. Se convierte en ruina o en bendición, nunca en calma. Los mortales son efímeros; los celestes, eternamente imperfectos. Libre, podría desvanecerme. Unido a alguien… podría quemar este trono hasta los cimientos.
Neris lo observó. La humanidad, creía, era saberse finito y apostar todo en un solo instante.
—¿Y si mereciera la pena el fuego? Hay brasas que prenden y no destruyen, sino que crean nuevo hogar.
Las palabras flotaron entre ambos, y el silencio fue un puente. Arhel, titubeando, se inclinó. Sus rostros se rozaron, fusionando el frío etéreo con el pulso cálido de la tierra. El beso fue más una comunión que un acto físico: una promesa grabada a través de piel y esencia, una oscura y dulce caída.
Sin embargo, los tronos no son sólo esperanza: su deber devoraba a quienes lo desafiaban. El Gran Consejo de las Luminarias observaba y supo del cambio en el corazón de Arhel. El juicio fue implacable: ningún celestial podía escoger un amor que amenazara el equilibrio de los tronos. Si se rebelaba, ambos serían arrojados a la Oscuridad Sin Fondo.
Neris eligió. Renunciando a su cuerpo mortal, aceptó la fusión con el trono: si el amor era su condena, lo abrazaría de todos modos. La transformación fue devastadora. El mármol de los pasillos gritó a su paso, la luz azul de los fuegos celestes la deshizo y renovó a la vez. Arhel la sostuvo, y juntos, emergieron como un sólo ser —ni mortal ni celestial, sino algo nuevo, alado y elemental.
La noche del juicio, el Consejo reunió sus formas radiantes, y sobre el abismo del cosmos, exigieron sumisión.
—Vuestra unión arriesga la balanza, vuestra pasión prende un fuego peligroso —tronaron los señores antiguos.
Pero cuando Neris alzó la voz, su tono era antiguo como las primeras estrellas, fresco como la brisa en el alba:
—Amar es el mayor juramento. No es sumisión ni desafío, sino la raíz de la creación. Que los tronos caigan si deben, pero de sus ruinas, haremos un nuevo cielo.
Ante esa claridad, el cosmos vaciló. Los dioses, que hace eones ya temían la muerte por estancamiento, supieron que un poder nuevo había nacido ahí: la evolución a través del amor, la osadía de inventar, de arriesgar para ser algo mayor.
Por siglos, los mortales miraron hacia arriba y vieron cómo los tronos celestes ya no solo brillaban con un fulgor frío, sino que en la más alta de las plataformas, dos figuras danzaban, intrincadas, tejían constelaciones nuevas cada noche. Algunos decían que las lluvias de estrellas eran ellos, jugando con los hilos del destino. Otros rezaban a la pareja como patronos de la pasión y el cambio.
Neris y Arhel, los amantes-brasa, guardianes del cielo reinventado, nunca dejaron que los cánones ni los miedos detuvieran su danza. Bajo la corona ausente, en el fuego sin fin, aprendieron —como sólo pueden aprender los que han estado solos— que hay fuegos que no destruyen, sino transforman, y cielos que solo existen cuando dos voluntades se atreven a cruzar el umbral juntos.
Al pasar de los años y las eras, los cielos de Anatherra no solo fueron habitados, sino amados. Y los ecos de aquel primer beso —una rebeldía, una osadía, un juramento sellado contra los límites del cosmos— resuenan aún: bajo cada trono brillante, en cada amor perseguido, en cada alma que alza la vista preguntándose si el fin del deber puede ser también el principio de una vida maravillosa.
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