Portada del relato Sombras del crepúsculo
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Fragmento:


En la época en que las sombras se alzaban más largas que las esperanzas y el fulgor de las estrellas parecía palidecer cada noche, la frontera entre la luz y la oscuridad se había convertido en algo tangible, casi vivo. En Etravia, ciudad de mármoles pulidos y ríos de sangre seca bajo las avenidas, la magia era moneda corriente, pero el amor era un lujo reservado a los desesperados y los poderosos. En esta urbe de doble rostro, las leyendas murmuraban sobre el poder de los Lictores, guardianes de la frontera entre mundos, y su juramento de nunca amar.

Duración: 07:43

Sombras del crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

En la época en que las sombras se alzaban más largas que las esperanzas y el fulgor de las estrellas parecía palidecer cada noche, la frontera entre la luz y la oscuridad se había convertido en algo tangible, casi vivo. En Etravia, ciudad de mármoles pulidos y ríos de sangre seca bajo las avenidas, la magia era moneda corriente, pero el amor era un lujo reservado a los desesperados y los poderosos. En esta urbe de doble rostro, las leyendas murmuraban sobre el poder de los Lictores, guardianes de la frontera entre mundos, y su juramento de nunca amar.

En el nivel más bajo de la ciudad, donde la niebla era espesa y el aire olía a carne quemada y metálica, Aurelion se deslizaba con el sigilo de la culpa. Su capa, negra una vez, ahora era gris y raída por los años de servicio al Anillo de las Sombras, y bajo ella ocultaba una daga de obsidiana veteada de luz azul, prueba de su poder, y quizás aún más, su condena. Los Lictores no debían amar, pero treinta noches atrás él había rozado el abismo y escuchado un nombre brotar de labios mortales: Lysra.

Ella, una sanadora nacida entre los escombros y el estiércol, era todo lo que Aurelion evitaba: compasiva, peligrosa en su bondad, dispuesta a sacrificar su propio cuerpo por completos desconocidos. Quizá había sido precisamente eso, la inútil gloria de su entrega, lo que le llamó en el mercado, cuando ella sujetó la mano a un niño marcado por la Plaga de las Sombras, desafiando a los acosadores y a los espejos invisibles del miedo.

Aquella noche, Aurelion no la salvó. Eso hubiera sido sencillo. Pero sí la siguió, y así descubrió la verdad: Lysra acariciaba la sombra, la mezclaba con luz, la curaba. Se volvió adicto a contemplarla. No podía tocarla —el contacto entre un Lictor y una brujahacía arder la piel y el alma— pero no podía alejarse tampoco. El amor nació de la distancia, una obsesión dolorosa, una condena que parecía afilarse y redimirse con cada nueva noche.

El pacto de los Lictores era claro: ellos vivían en la penumbra entre los mundos para evitar que el caos devorase la realidad, y a cambio, el amor les era negado. Si rompían el juramento, la sombra que los obedecía se volvería contra ellos, les consumiría hasta que quedaran reducidos a cenizas. Pero Aurelion era Lictor por mandato, no por sangre.

Esa noche, Lysra cruzaba los canales. La luna, enorme y roja, surcaba el cielo como un ojo de tigre. Él la siguió, envuelto en el rumor de los pasos furtivos, hasta que ella se detuvo al pie del puente de hierro, donde la ponzoña del río infectaba la piedra.

—Sé que estás ahí, Lictor. —La voz de Lysra era un faro en el vendaval de su mente—. ¿Por qué me sigues?

Aurelion apareció. Hasta para una sanadora, él era algo anómalo: pálido, huesudo, ojos de obsidiana líquida, la mirada de quien ha traspasado demasiados umbrales. Sostuvo el filo de su daga contra la palma, como quien guarda un secreto a punto de estallar.

—Porque no puedo evitarlo —admitió, y sintió el pacto retorcerse en sus entrañas—. Y porque tú tienes el don.

Ella no retrocedió, no pareció asustada. Siempre había sido valiente.

—No soy lo que buscas, Aurelion.

Él casi sonrió, si no fuera por la melancolía en sus facciones.

—Quizá no sé lo que busco. Pero sé lo que temo encontrar.

El silencio les abrazó. El agua golpeaba los cimientos del puente y los murmullos de la ciudad, arriba, se desvanecían bajo la presión de lo no dicho.

—¿Sabes lo que ocurre si sigues aquí? —preguntó Lysra, con una vulnerabilidad firme —. La Orden de los Lictores no tolera a los brujas de sombra. Si me descubren…

Aurelion lo sabía. Su daga tembló. Cada momento a su lado era una traición, una grieta más en su alma de sombras.

—Me arriesgué para verte. No vine como Lictor esta noche. Sino como hombre.

La confesión quemó, pero liberó algo, una chispa imposible de ignorar. Lysra extendió la mano, atenta a su reacción. Él, con infinito cuidado, tocó sus dedos. Un destello azul y violeta silbó y ambos gimieron, una mezcla de agonía y éxtasis. El contacto era posible, pero requería dar algo a cambio: un sueño, un recuerdo, un suspiro.

Aurelion abrió los ojos. Sintió algo romperse por dentro. Un muro caído, una promesa extraviada.

—¿Por qué arriesgarte? —preguntó ella, el rostro empapado en lágrimas no del todo tristes.

El Lictor miró la luna.

—Quizá porque las sombras que me componen sólo encuentran paz cuando puedo perderme en tu luz.

Ella se inclinó, el cabello lacio y negro escondiéndole el rostro. Cada fibra de él pedía retroceder, aullaba para que no sellara el destino común. Pero las palabras ya habían deshecho la tela de advertencias. La ciudad pareció contener el aliento.

No era la primera vez que Lysra le curaba una herida invisible, ni la primera vez que él hería algo más profundo en ella. Su relación había nacido de la necesidad y se había transformado en hambre. Jamás en la historia de los Lictores y los brujas de sombra hubo una alianza que terminara bien. Pero ese era el destino de todos los amantes: desafiar las profecías.

—Hazme parte de tu condena —susurró Lysra, y, temblando, Aurelion la abrazó.

El chispazo de magia recorrió sus cuerpos. Una ola de deseos entrelazados les barrió, y supieron que, en adelante, escaparían juntos o serían devorados juntos.

Las noches siguientes, vivieron entre la luz y la bruma. Era un juego de máscaras y escapadas. Lysra, escondida entre las chabolas de los curanderos, y él merodeando en la frontera entre los sueños de los poderosos y las pesadillas de los sin techo. No podían evitar mirarse con la desesperación de la promesa prohibida, con el anhelo de quienes ya han perdido todo excepto la esperanza.

Pero la ciudad siempre cobra. La Orden descubrió el pacto, el amor. Los Lictores eran cazadores, y las brujas eran presas. Un amanecer, vinieron por ellos. Capas negras, ojos apagados y dagas idénticas a la de Aurelion. Corrían por los callejones, Lysra jadeando, Aurelion luchando contra la sombra que empezaba a devorarle los bordes del alma cada vez que la miraba con ternura.

—Déjame —rogó Lysra, detenida en el umbral de una puerta cerrada al mundo—. Si me atrapan, te salvarás.

—No vine a salvarme —dijo él, la voz como el filo de la daga—. Vine a escoger el fuego antes que el vacío.

El combate no fue heroico ni bello. Fue terrorífico, sucio, frenético. Lysra usaba la magia como un grito y él, su daga y su furia. Uno a uno, los Lictores caían o retrocedían. Pero el precio se cobró exacto: en la última esquina, una sombra más vasta devoró a Aurelion por un instante. Cuando Lysra lo tocó para salvarle la vida, supo que había cruzado el último umbral.

En el silencio absoluto, Aurelion dirigió su último aliento a Lysra.

—Amarte era la única rebelión digna —murmuró.

La ciudad, con su crueldad habitual, pareció olvidarles. Pero Lysra, con la mitad de su magia y la promesa intacta en el corazón, se llevó el cuerpo de Aurelion hasta el puente de hierro, allí donde la luna se vertía con más fuerza que cualquier juramento.

Cada noche, los marginados hablan de un destello azul y violeta en el río. Dicen que si vas al puente justo cuando la luna está roja, puedes oír dos voces entrelazadas, susurrando la historia de dos condenados que eligieron el amor sobre la salvación.

Etravia siguió siendo una ciudad de mármoles y sangre, de poderes y de pactos. Pero en las grietas, en las fronteras secretas del deseo —esas que ni los Lictores pueden custodiar—, hubo quienes aprendieron que sólo en el amor verdadero la magia encuentra su más feroz y peligrosa redención.

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