La noche caía sobre los enormes rizomas translúcidos de la ciudad de Gyrgia, lanzando haces violáceos a través de sus raíces suspendidas. El aire apestaba a ozono y a las flores leprosas que, cada solsticio, brotaban de las grietas del suelo blando. En este lugar, la tecnología era una herida viva abierta por generaciones pasadas: drones en forma de quimeras revoloteaban, cables de cobre serpenteaban por la carne de las casas, y cada edificio respiraba, literalmente, aspirando y exhalando la bruma mística que el Vórtice había traído a este mundo.
Callian giraba entres sus dedos el pequeño vástago de coral negro, su mayor tesoro, regalo de una madre desaparecida en las primeras Mareas. Era noche de intercambio y la nerviosidad lo mantenía alerta. Vestía la armadura ceremonial de marfil artificial, bruñida a base de lágrimas y aceite de lirios, interpretando el papel que la ciudad demandaba de él: un arcano, intermediador entre la masa y el milagro. Pero esta vez, la labor tenía un peso distinto, febril y privado.
A pocos metros, en los escalones fríos del Salón de la Lucidez, la vio. No—la sintió antes, cruzando la piel del aire: Tashiel, con los cabellos como filamentos de aguamarina electrificados y la piel salpicada de pigmentos con los que se comunicaban los Antiguos. Era diecisiete días mayor que él, contaba la leyenda, y mucho más peligrosa. Sus ojos, de un morado absoluto, no reflejaban nada salvo tormentas, y Callian recordaba, involuntariamente, las noches de infancia en que espiaba su risa a través de los paneles grises del barrio sumergido.
Tashiel sostenía su báculo: una caña de hueso puro incrustada con la gema de su linaje, el linaje de los que sabían cómo torcer el Hálito. Dicen que sólo aquellos nacidos durante la explosión del tercer sol retenían magia aún, y ella era la última de los Sutrinos, esas rumoradas talladoras de realidad.
“Llevas demasiado el uniforme de la ciudad,” musitó ella, acercándose. Su aliento olía a rocío, pero bordeado de algo metálico, electricidad y nostalgia.
Callian se forzó a responder, con la voz quebrada como toda convención social bajo la noche fría. “Y tú desdeñas demasiado el recuerdo del cataclismo. No somos invulnerables, aún.”
“Ni lo deseo.” Su sonrisa surgió y desapareció, demoliendo el momento. “¿Trajiste lo que prometiste?”
Callian asintió, tendiéndole el coral negro. Ella lo tomó, sin miedo a la maldición que decían arrastraba su linaje.
“Este fragmento —,” empezó él.
“— es más antiguo que las Mareas,” completó ella, absorbiendo la ansiedad de Callian a través de sus propias manos. “No me ofreciste un relicario, Callian. Casi me haces una confesión.”
Ambos sabían lo que sucedía en la ciudad: el Vórtice, la tempestad mágica que cada década arrastraba todas las leyes físicas por el fango, estaba a punto de regresar. Sabían también que, cuando lo hiciera, ninguna promesa, ni amor, ni traición resistiría su ola. Pero esta noche, habían pactado suspender ambos, incluso a riesgo de desenterrar secretos atroces y deseos más viejos que los pactos.
Dieron vueltas por los rizomas abiertos del mercado, observando a los cambiantes descargar mercancía, a los humanos con prótesis de piedra ajustar sus máscaras, a los autómatas besar el agua sagrada como si el universo dependiera de ello.
“A veces,” murmuró Callian, “pienso que la ciudad nos sueña. Que nunca existimos, salvo como producto de su deseo.”
“No me odia, entonces,” replicó Tashiel, su voz ahora cálida.
Callian la miró, los ojos llenos de luna: “Quizá nos ama precisamente por nuestros errores.”
El aire se tensó: una vibración, imperceptible al principio. Como un rumor, como un exhalar colectivo. Los dos lo reconocieron al instante: el Vórtice.
“Cuánto tiempo crees que nos quede?” Tashiel preguntó, sus dedos atrapando el coral como si pudiera absorber su antigüedad.
“Una hora. Dos, a lo sumo. Luego…” Callian se encogió de hombros, como si perder la realidad fuera el menor de sus problemas.
Apartados del bullicio, se refugiaron bajo una higuera luminosa, atisbando los colores que el Vórtice arrojaba: rojo abisal, verde enfermo, oro líquido. Por los grams de información en los paneles vibrátiles, sabían que los rituales de defensa de la ciudad nunca resistían del todo, que la magia y la tecnología se fundirían y partirían corazones, quizás cuerpos, tal vez dimensiones.
“No estoy hecha para sobrevivir a este siglo,” admitió Tashiel, asombrada de lo fácil que era decirlo junto a Callian.
“Nadie lo está. Pero si vas a morir…” Callian tragó saliva, y completó: “…no quiero que lo hagas sola. ¿Quieres que me quede contigo? Incluso si cambia todo?”
“No quiero que te quedes —” ella replicó, y la respiración de Callian se quebró justo antes de escuchar el final. “Quiero que me busques. No importa quién o qué sea al final del Vórtice. Encuéntrame. Convócame, aunque tenga otro rostro, otra voz, otra sangre bajo la piel.”
Él entendió. El amor tras la magia era una insistencia, una terquedad absurda que desafiaba el colapso de la materia, el género, la memoria. Cuando el Hálito se trastornaba, nada les garantizaba que seguirían siendo ellos mismos. Pero la búsqueda era la promesa real. No prometer no transformarse, sino jurar el deseo de reencontrarse, incluso detrás de nuevas formas.
“Júralo bajo este árbol,” pidió ella.
Callian sostuvo su mano. Sintió el pulso de Tashiel a través del coral. “Por el fragmento, por las mareas, por lo que fuimos y no conocemos aún: te buscaré. Cada vez.”
La primera onda del Vórtice llegó y un temblor eléctrico recortó sus figuras, como si los cuerpos se enfrentaran a una ráfaga de viento desde dentro. Vieron, por un instante, todos los futuros posibles: Tashiel con rostro de obsidiana, Callian convertido en hálito gaseoso, ambos fusionados en una bestia fabulosa, separados por siglos, destronados de su tiempo humano, hijos de otra probabilidad.
De nuevo, la noche. De nuevo, Gyrgia vibrando en la fiebre del cambio. Nadie alrededor parecía notar la ruptura. Pero Callian, aferrado aún al perfume de Tashiel, supo que ambas promesas —perderse y buscarse— eran ahora las leyes supremas.
Los rostros en el mercado se distorsionaban, algas adheridas, picos y cuencas de otro tiempo, pero el amor que se habían jurado era una raíz, una trenza que crecía más allá del límite autoimpuesto por la carne. Callian vio a Tashiel mirarlo con los ojos desprovistos de color, ahora dos espirales fractalizadas.
“He cambiado,” susurró ella, su voz lejana como una línea de código antiguo.
“Pero la búsqueda persiste,” contestó él, su propio idioma deshaciéndose en ondas. Avanzó entre las criaturas que una vez reconoció como gente y que tal vez seguían siéndolo en un plano refractario.
El Vórtice terminó justo como había comenzado: una nota, una vibración, un roce de alas al encontrarse, intercambiando la realidad por una posibilidad menos gastada. Callian despertó en el borde del Salón, el coral negro apretado en su puño. Era diferente: sus manos eran más largas, la piel marcada por símbolos líquidos. Se miró reflejado en una ventana y vio la máscara de otro, pero el mismo dolor y el mismo deseo debajo.
Desde el mercado, una figura —o la memoria de una— lo observaba. Cabellos de aguamarina eléctrica, ojos sin fondo, la forma de Tashiel, o su próxima encarnación.
Callian cruzó el umbral, sus pasos reescribiendo la noche. Cuando la alcanzó, habló.
“¿Me recuerdas?”, preguntó, la voz a través de labios que no sentía como suyos.
Ella asintió; quizás no era Tashiel, tal vez nunca lo había sido, pero la promesa ardía aún dentro de sus fractales. No hacía falta nombre; la búsqueda era la historia a la que estaban atados mejor que a cualquier linaje, cualquier magia, cualquier ciudad.
Juntos, caminaron entre los restos de la tormenta, prometiéndose el uno al otro, por cada nueva forma, el milagro de comenzar otra vez.
Hace falta mucho amor —y más locura— para desafiar cada marea. Pero Callian, mientras las raíces de la ciudad pulsaban bajo sus pies transformados, que esa locura era todo lo que alguna vez tendrían, y no era poca cosa.
El Vórtice vendría de nuevo, y de nuevo. Y cada vez, mientras quedase una promesa, una búsqueda, la renuncia al olvido sería la única ley que aún importaba.
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