Portada del relato El Jardín de la Medianoche
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Fragmento:


—No quería regresar —admitió Emrys, con las manos haciendo nudos invisibles—, pero me enviaron. Hay un rumor. El Espejo está de nuevo abierto.

Duración: 08:46

El Jardín de la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Encendió una vela, como había aprendido a hacer solo en la última semana, y puso la mano en la mesa para que la llama recortara los dedos, rojos y dorados, sobre la madera pulida. "Nada sucede aquí después de la medianoche", le había advertido su tía con la voz susurrante acostumbrada en la casa de los Aster. Pero Eiluned siempre sintió que la medianoche era solo la abertura de algo; como si el mundo, finalmente cansado de sostener el peso de las cosas visibles, se desprendiera de su membrana para mostrar otros tejidos y corrientes.

La tormenta se anunciaba con pulsos pacientes en la ventana. No era la lluvia lo que temía—sino el regreso de alguien que juró una vez no regresar, no mientras ella siguiera atada aquí por los lazos familiares y el secreto. Pero Casthar, la mansión semienterrada en niebla, no era amable con los juramentos. Decía su abuela que las paredes del ala oeste guardaban aún el eco de un canto sellado, y Eiluned había empezado a creerlo.

Pensó en Emrys y el modo en que la lluvia cambiaba cuando él estaba cerca, no por magia visible, sino porque la atmósfera entre ellos se repegaba, una electricidad sorda pero deliciosa. Su ausencia ocupaba todos los rincones, más tangible que la tapicería polvorienta o las lámparas aún sin encender.

Los relámpagos, sin embargo, no preguntan por las ausencias. Al tercer trueno, la puerta de la galería vibró lo justo para atraerla. Allí, en el umbral, aguardaba una sombra conocida—una forma alta envuelta en una capa que parecía arrancada del mismo cielo de tormenta. La capucha cayó y la revelación fue tan contundente como la caída de la guillotina sobre los besos dormidos.

—¿Puedo pasar? —preguntó Emrys, aunque la voz tiritaba, no de frío, sino de algo antiguo e irónico, como si supiera el precio de cada noche robada.

Los ojos de Eiluned discernían la palidez tras el viaje. Había pasado un año desde su última visita, un año donde los días se midieron por el crecimiento del musgo y la avidez de las raíces en Casthar. Ella asintió, y se apartó para que él se filtrase igual que el viento cansado.

No corrieron a abrazarse, ni se entregaron a palabras ansiosas. Había algo dignamente cruel en la educación de los Aster y los parientes de Emrys, algo que dictaba que los afectos solo deben mostrarse cuando ya no se sostiene la esperanza de ocultarlos. Eiluned tomó la vela y caminó frente a él por la galería iluminada de recuerdos: un ciervo petrificado bajo cristal, muñecas sin párpados, tapices bordados con la marcha de las estaciones. Cuando llegaron al salón de las arcadas, se sentaron frente a frente, como conspiradores a punto de romper un juramento.

—Me dijeron que estabas perdida en Virelly —dijo él, como el que tantea la posibilidad de una mentira.

—No fui tan lejos —respondió ella—, pero Casthar me esconde de otras formas.

Hubo pocos minutos para recobrar el uso de las palabras sencillas. Cuánto, cómo, por qué. Nada de eso importaba cuando el peligro era inminente y conocido: la magia del Linaje Oscuro en él, el cerrojo intangible que la familia de ella sostenía con una mezcla de compasión y temor.

—No quería regresar —admitió Emrys, con las manos haciendo nudos invisibles—, pero me enviaron. Hay un rumor. El Espejo está de nuevo abierto.

El Espejo. Eiluned sintió una punzada de hielo detrás de las costillas. El Espejo donde se depositaban las pasiones y los amores imposibles de los suyos, atenuados, encadenados a reflejos, a la vez recuerdo y profecía maldita.

—¿Por quién resonó el cristal? —preguntó Eiluned, aunque ya sospechaba la respuesta.

—Por nosotros.

El nombre surge entre los silencios, como una cinta de agua oscura bajo la puerta cerrada. Era una herejía pensar en ‘nosotros’. La última vez que se permitieron esa palabra, las paredes de Casthar retumbaron y el Espejo tomó la imagen de ambos entrelazados, grabándolos en la memoria del linaje, condenando la sangre y el hechizo a repetirse o romperse.

—No podemos, Emrys. No ahora —musitó ella, aunque en su pecho cada órgano imploraba lo contrario.

Él sonrió, una sonrisa que era una herida y a la vez un bálsamo.

—No vine para pedirte nada. Solo quise verte antes de la tormenta. Dicen que, después, tal vez no habrá regreso.

Se quedaron en un silencio tan completo que oyó el crepitar de la cera, el latido paciente de la casa que los miraba, el rugido de la lluvia. Eiluned pensó que, si Casthar iba a tragarlos esa noche, al menos quería quedarse con la certeza de su cercanía.

Le ofreció la mano, y él la tomó. Los anillos que portaba eran fríos y puntiagudos; su contacto era una promesa de daga y caricia. Se levantaron, y guiados más por el instinto que la razón, fueron al ala oeste, el lugar más prohibido y al mismo tiempo el más íntimo de la casa familiar. Allí se refugiaba el Espejo, un arco de cristal ennegrecido y moribundo entre dos columnas donde el polvo parecía temeroso de asentarse.

—Dicen que solo muestra lo que no puede tenerse —murmuró Emrys, y la mano de ambos se apretó.

—Dicen muchas cosas los que nunca amaron de verdad.

Se miraron de soslayo en el cristal. Al principio, nada sucedió. Sus reflejos eran vagas apariciones, dos nieblas entreveradas. Pero entonces el Espejo vibró con una inercia lenta, y una escena emergió: ellos dos, en otro tiempo, otro lugar, entrelazados en un lecho de helechos, riendo como si la maldición no existiera.

Los separó una ráfaga invisible. El Espejo demandó un precio; la casa crujió como si quisiera derrumbarse. Emrys retrocedió, pero no soltó su mano.

—Si lo atravesamos, no sabemos lo que seremos —dijo él. Al otro lado se veían imágenes cambiantes: un mundo donde eran libres, otro donde permanecían eternamente separados, otro donde sólo sobrevivía uno de ellos y el otro era mero recuerdo.

Eiluned sintió que el corazón le gritaba que todo era mejor que este intersticio, este limbo cortés y cruel. Pero llevaba años aprendiendo que todo precio en Casthar era mayor de lo que una vida podía pagar.

—No puedo dejar que sufras, Emrys. No de nuevo.

—Sufro más estando lejos de ti, Eiluned. Y me temo que la maldición desea nuestra distancia más que ninguna otra cosa.

En algún punto, las lágrimas surgen sin permiso. La vela se extingue con un suspiro, y la única luz que queda es la del Espejo. Eiluned, con un resorte de decisión que desconocía tener, dio un paso al frente. La superficie del cristal vibró, ofrecía pasadizos y promesas.

—¿Qué ves? —susurró él, temeroso de acercarse pero aún anhelante.

—Veo la posibilidad de ser, aunque sólo sea por una noche, dueños de nuestro propio destino.

Emrys rió, pero era una risa de derrota y esperanza a la vez.

—Si entras, no habrá regreso para ninguno de los dos. Casthar no permite saltos gratuitos sobre su historia.

—Tal vez esta vez la historia implore ser diferente —dijo ella.

Entraron juntos, aferrados como náufragos cruzando un río nocturno. El Espejo era frío al tacto, pero la sensación pasó a calor, luego a una dulzura embriagadora. El mundo cambió de textura y ellos con él—la piel más luminosa, los ojos más abiertos. El aire era de otro tono y la casa que los recibía al otro lado parecía aún Casthar, pero sin la jaula de niebla, sin la presencia asfixiante de juramentos viejos.

Por primera vez, Eiluned sintió que estaba viva sin estar en deuda con el pasado. Se miraron y vieron no solo sus cuerpos, sino sus pasados y futuros posibles entretejidos en rizoma.

—¿Y si esto es únicamente una noche? —preguntó ella, temerosa de perderlo incluso en ese nuevo tiempo.

—Entonces hagamos que esta noche valga todas las vidas que nunca tuvimos —respondió él y la besó. El beso no llevó consigo la amenaza de un hechizo, ni el amargor de la imposibilidad. Fue un beso de reconocimiento, de origen y de desenlace.

En el salón sin tormentas, danzaron. Bailaron como no habían podido nunca, y trasmitieron siglos de deuda de sangre en cada caricia, rompiendo a la vez todas las maldiciones.

Cuando la mañana llegó, no fue Casthar la que los despertó, sino el canto de los mirlos y el perfume intrépido del jardín de la medianoche, que al fin volvía a florecer.

Eiluned despertó en brazos de Emrys y, por primera vez, el Espejo estaba vacío. Solo ellos estaban allí, intactos y juntos, sin más dueños que su propia voluntad. No sabían si la maldición se había roto o solo dormía, pero aprendieron que la única magia invencible es la del deseo de arriesgarlo todo por amor, aunque la noche solo dure un suspiro más largo.

Más allá de la cámara de los ecos, la vida real apenas comenzaba, pálida naciente y brutalmente brillante. Y Casthar no volvió a requerir sus almas, pues, en algún pliegue del tiempo, finalmente se habían elegido.

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