Portada del relato Más allá del Velo de Itharan
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Fragmento:


“Gracias, Falna”, dijo Elya con voz digna, aunque las manos le temblaban. “Déjanos solos”.

Duración: 08:36

Más allá del Velo de Itharan
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Texto de ajuste de pausa.

El intercomunicador titilaba con la luz azul del crepúsculo. Elya apartó la placa de cobre rúnica de sus tejidos y volvió a mirar hacia el estrato inferior de la ciudad, donde los trenes celestes volaban dejando una estela de relámpagos escarlata suspendidos en el aire. De entre las brumas surgía la silueta de la torre de administración, y aunque el viento era frío esa noche, la anticipación palpitaba bajo su piel.

La voz familiar crepitó en su oído: “Capacitadora Elya, se le requiere en el nivel tres. Habitación veintiséis, la ruptura persiste”.

Elya bajó la capucha carmesí, su insignia de maestra de los convergentes, recogiendo su herramienta: un anillo de iridio que enroscó en su dedo medio. Pocos entendían los secretos de las convergencias entre lo posible y lo soñado; la mayoría creía que era simple física exótica, arte y ciencia a la vez, pero para Elya era un acto de amor, con toda su crudeza y todo su misterio.

Mientras descendía, se encontró a los centinelas de obsidiana, altos y humeantes, con sus miradas de carbones encendidos. Nadie podía atravesarlos a menos que llevase la marca. Elya deslizó su pulsera contra la matriz de la puerta y la barrera chisporroteó, abriéndose apenas para dejarle pasar. El pasillo exudaba un olor a ozono, y su pulso se aceleró conforme los relámpagos de la convergencia iluminaban las losetas. Llegar a la habitación veintiséis era, de alguna forma, regresar a aquello que ella no había querido recordar en años.

Él estaba allí. Dorian. Como si el tiempo fuera una curva que les permitía encontrarse de nuevo después de todo lo roto, después de tantas batallas precipitadas en los horizontes de Itharan.

Dorian lucía como lo había soñado en noches de insomnio: erguido, los cabellos de plata despeinados, los ojos pálidos como la luz de un planeta sin atmósfera. Pero era la vulnerabilidad en su postura la que la detuvo en seco, y durante un interminable instante Elya dudó de todo entrenamiento adquirido.

“El vínculo sigue abierto,” murmuró la supervisora, una mujer de complexión fuerte y mirada indescifrable. “Hemos aislado la convergencia, pero es… inquietante. Insistí en llamar a la mejor.”

Dorian alzó la mirada y Elya sintió, en lo más profundo, la fractura entre ambos, ese lazo que parecía convocar tormentas cada vez que estaban cerca.

“Gracias, Falna”, dijo Elya con voz digna, aunque las manos le temblaban. “Déjanos solos”.

La supervisora asintió y, con una mínima reverencia, salió de la habitación blindada. El silencio se adensó, cargado de electricidad mágica. Al centro del cuarto vibraba la grieta: una hendidura verdosa en el aire que oscilaba como la superficie de un lago herido.

Dorian alzó una mano, temblorosa, hacia la fractura. “No la cierres aún”.

Elya detuvo su avance. “¿Por qué?”

Él tragó saliva, la garganta moviéndose de manera indómita. “Todo este tiempo, pensaba que nuestras tormentas eran aisladamente nuestras. Que el universo no notaba nuestros relámpagos.”

Elya suspiró, el anillo en su dedo comenzó a susurrar en un idioma matemático y cruel. “¿Y ahora?”

“Ahora sé que las convergencias son el eco de lo que nos negamos,” dijo Dorian, y ella sintió en la piel la confirmación de un saber antiguo. “Esta grieta… la causamos juntos.”

La costra de orgullo de Elya se hizo añicos en su interior. Había evitado los recuerdos, enterrando en convergencias sucesivas las tardes en las que el amor y el dolor se confundían. Miró la grieta: dentro palpitaba un mundo alternativo, un Itharan donde ella no lo abandonó en la última guerra, donde él jamás pidió ser parte del Consejo de Lo Posible.

La voz de Dorian era una súplica. “Solo quiero mirarla un poco más.”

Elya entrecerró los ojos y contempló el otro lado. Una noche idéntica brillaba, y dos figuras paseaban por el mismo corredor en una calma imposible. Allí, sus manos estaban entrelazadas, y el relámpago era solo una línea en el horizonte. Una lágrima traicionera rodó por su mejilla.

“Te amé, y te dejé,” murmuró.

“Quizá fue necesario. Pero no podemos seguir partiéndonos el alma para salvar este mundo,” dijo Dorian, su voz un roce de terciopelo desgastado. “Las convergencias se abren cada vez más. Es como si Itharan supiera que nos mentimos.”

Elya estudió la grieta y sintió la tentación de cruzarla, de lanzarse a un universo donde el amor no duele, donde la magia y la pasión conviven sin destruirse. Pero, ¿acaso lo ilusorio era vivir una vida perfecta, o luchar en la que tenían, donde cada caricia debía sobrevivir a la tormenta?

“¿Has intentado cruzarla?” preguntó, la voz baja y peligrosa.

Él negó despacio. “El precio sería demasiado alto. Solo alguien que acepte la verdadera convergencia puede cerrarla o atravesarla sin ser desintegrado.”

Las palabras, como relámpagos, quemaron su piel. Años cruzados entre deber y deseo: la cadena invisible de quien ama las posibilidades pero habita en lo real.

Elya metió la mano en el bolsillo interior de su túnica y acarició el grafema de obsidiana, antigua reliquia de los selladores. “¿Qué harías si solo pudieras cerrar la grieta sellando para siempre el eco de nuestros sentimientos?”

Dorian la miró con una intensidad que suponía ya olvidada. “Prefiero vivir el resto de mi vida con heridas abiertas antes que olvidarte, Elya.”

La grieta parpadeó, como si hirviera ante una tormenta lejana. Un remolino surgió dentro; la alternativa comenzó a desvanecerse lentamente.

Elya se acercó a él y, por primera vez en años, sus manos se rozaron y una corriente les recorrió el cuerpo. Todo Itharan pareció inclinarse un poco, como si la ciudad respirase en sincronía.

“Juntos, entonces,” susurró ella.

“Juntos. Aunque duela. Aunque las convergencias nos desmenucen por dentro.”

Las palabras, mágicas en su sencillez, centraron el poder de la grieta. El anillo de iridio zumbó y el grafema de obsidiana se calentó en la piel de Elya. Cuando ella lo sostuvo entre el pulgar y el índice, la hendidura vibró de manera frenética, arrojando chispas rosas y violáceas. En la matriz del anillo, una pequeña chispa creció y la convergencia comenzó a replegarse.

Dorian la sujetó, y no supo quién sostuvo a quién cuando la magia se desbordó y los recuerdos inundaron la habitación. La primera noche juntos bajo la lluvia dorada de Itharan; la promesa quebrada antes de la guerra; las palabras de reconciliación jamás pronunciadas. Todo ello era la grieta, un caudal de lo que fueron y de lo que, tal vez, podrían seguir siendo si eran honestos.

Elya recitó en voz baja las palabras de cierre, un hechizo tejido con nombre propio. “Lo posible y real se encuentran: la tormenta es el precio y la bendición. Si lo amaste dilo; si fue verdad, ciérralo y déjalo ser.”

Y en el último instante, sus labios rozaron los de Dorian: la grieta se cerró en un destello sordo, como relámpagos atrapados detrás de una nube.

El cuarto quedó en penumbra, y la ciudad recobró su pulso habitual. Afuera, los centinelas de obsidiana retornaron a su vigilancia impasible. Dorian, aún tembloroso, apoyó la frente en la de Elya.

“¿Has sentido eso?” preguntó.

Elya rió, un sonido rasgado, lleno de alivio. “Sí. La convergencia era nuestro duelo. El universo lo sintió.”

Dorian depositó un beso en el dorso de su mano. “¿Y ahora?”

Ella se apartó apenas, lo suficiente para mirarlo. “Ahora debemos reconciliar la magia con la verdad. Y dejar que Itharan vea que sobrevivimos.”

Caminó hacia la puerta, sosteniéndolo de la mano, la única marca visible de todo lo que había cambiado entre ellos. A lo lejos, la lluvia de relámpagos caía con ternura sobre el tejado de la ciudad, como si la tempestad aceptara su resignación y su amor, sin exigir más sacrificios.

***

Elya y Dorian descendieron al vestíbulo, y Falna los aguardaba. Cuando Elya entregó el grafema de obsidiana, la supervisora la miró con una mezcla de respeto y compasión.

“Nadie había cerrado una convergencia así,” susurró Falna. “No solo con magia, sino con otra clase de poder.”

Dorian alzó la barbilla y Elya apretó su mano. No era el final, ni mucho menos. La ciudad aún necesitaba sus habilidades, y ellos aún cargarían el peso de todas las posibilidades perdidas, pero, por primera vez, Elya pensó que quizá lo real podía ser tan bello como lo soñado.

Abandonaron juntos la torre. Frente a ellos Itharan, indómita y luminosa, les ofrecía su tempestad y su esperanza. Dorian sonrió, y la lluvia dejó de ser amenaza; ese relámpago, ahora, sólo era testigo.

Detrás de ellos, el universo exhaló en paz.

FIN.

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