Portada del relato Corazones y Tormentas de Luz
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Fragmento:


Al principio, las voces le brincaban, temerosas, como ecos de niños encerrados. Luego, con la edad, aprendió a dialogar con ellos en su propio idioma: el silencio punteado de reflejos y rupturas. Los espíritus se volvían más claros cuando la soledad se le posaba encima, y las noches largas acumulaban pasados como polvo sobre el piano olvidado del vestíbulo.

Duración: 08:42

Corazones y Tormentas de Luz
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Texto de ajuste de pausa.

***

Lentamente, mientras el sol desfallecía tras los vitrales heridos del saloncito, Leora recogía los últimos fragmentos de su día. Sus dedos, finos y manchados de sutil polvo de ópalo, temblaban apenas al levantar una lámina de cristal rosado con un fulgor interno semejante a la nostalgia. Afuera, la noche se escanciaba sobre las gargantas de los montes, deshaciéndose entre las ramas de las zarzamoras como una promesa no cumplida. El aire tibio olía a metal derretido, a licor dulce y a la punta de una historia apenas escrita.

La casa de los Virell era vieja y ardiente de recuerdos. Entre los mosaicos deslucidos y los techos de tejas encorvadas, Leora había aprendido a leer las notas filtradas de los espíritus de cristal desde que tenía uso de razón. Vivían en las lámparas, se ocultaban tras los pequeños relieves de las ventanas, susurrando en la espiral descompuesta de una copa o en el triángulo enfermo de un prisma roto. Nadie más en el pueblo de Meissen reconocía el reconocimiento —la delicadeza de un saludo apenas murmurando en la última luz reflejada— pero Leora sí.

Al principio, las voces le brincaban, temerosas, como ecos de niños encerrados. Luego, con la edad, aprendió a dialogar con ellos en su propio idioma: el silencio punteado de reflejos y rupturas. Los espíritus se volvían más claros cuando la soledad se le posaba encima, y las noches largas acumulaban pasados como polvo sobre el piano olvidado del vestíbulo.

Aquel crepúsculo, mientras los contornos del salón se volvían suaves y dudosos, sintió una presencia diferente. No era un murmullo breve y familiar; rezumaba un brillo extraño, como el perfil de una llama viva oculto tras seda. Los cristales de la gran lámpara de lágrimas centellearon brevemente en verde azulado, un tono imposible para el vidrio común, y la sombra de alguien más pareció colarse en la penumbra.

—¿Todavía hablas con nosotros? —preguntó, en un idioma hecho de golpecitos y reverberaciones dulces, una voz emergida del hambre y del polvo, tan tangible que Leora apretó los labios para no responder en voz alta.

Uno de los colgantes más grandes de la lámpara tintineó. El eco de la voz se propagó por la habitación, tocando cada superficie pulida con la ternura de una promesa.

Dejando la lámina de cristal en la mesa, Leora acercó sus dedos temblorosos al colgante hechizado. No necesitaba responder con palabras: bastaba un hilo de aliento cálido, una presión leve de su mano sobre el vidrio. El espíritu alzó su fulgor, mostrándose parcialmente visible: una figura humana, apenas sugerida, fundida en relieves de luz quebrada, con la gracia irrevocable de las cosas que no son de este mundo.

Se llamaba Aurel. Había conocido su nombre en sueños anteriores, estampados en el momento exacto en que el alba partía en dos la realidad.

—¿Por qué vuelves? —susurró ella finalmente, incapaz de contener el anhelo ronco en su voz.

Aurel danzó en el aire, resplandor sobre resplandor.

—Te prometí algo que aún no puedo entregarte.

Leora apartó la mirada. Bajo la lámpara, la sombra de Aurel osciló con ella, rozando en paralelo el tapiz del suelo, mientras la noche afilaba sus aristas más allá de las paredes. Fuera —lo supo sin saber cómo—, una tormenta de verano comenzaba a formarse, cargada de presagios y viejas rencillas.

—Me enseñaste a buscarte —le dijo, la frase ardiendo en el espacio entre ambos—. ¿Qué soy ahora, sino un vacío con tu eco dentro?

El espíritu se tensó y por un momento, fue apenas una línea de fuego en la curvatura del cristal. Luego volvió a tomar forma.

—Yo también aprendo. Y sufro —dijo—. Lo maravilloso y lo terrible del cristal es que recuerda cada herida, cada pulso, cada nombre. Yo... te necesito tanto como tú a mí.

Allí estaba la confesión, tamizada en motas suspendidas de deseo. Pero antes de que Leora pudiera alcanzarla —con la voz, con el gesto, con la esperanza—, la tormenta del exterior se lanzó contra la casa, sacudiendo los cimientos con un rugido de antiguos árboles fracturados. Un ventanal estalló en mil pedazos. Aurel gritó —no un grito humano, sino el ritmo atónito y dolido de muchos cristales quebrándose, llamando a los suyos al caos— y Leora se echó hacia atrás, cortando su palma con un filo abrupto.

La sangre tocó un fragmento y el mundo se transformó.

El salón desapareció, y Leora se sentía suspendida en un espacio de pura luz fría. Cientos —miles— de esencias brillantes flotaban a su alrededor, cada una oscilando con un color único, cada una vestida con una sombra de pena o de alegría incurable. Entre ellas reconoció el fulgor distinto de Aurel; su espíritu parecía dolorido, una grieta serpenteando a lo largo de su pecho inmaterial.

El dolor en la mano de Leora palpitaba relacionado con los latidos del lugar nuevo.

—No debías seguirme aquí —musitó Aurel, fundiéndose ante ella de tal modo que la distancia se volvió inútil. El espectro acunó el dorso de la mano herida entre sus dedos de luz. La sensación era tan realmente física que a Leora se le escapó un sollozo—. Perteneces a tu tiempo, a tu carne.

Leora inclinó la cabeza, los ojos agrandados admirando la miríada de espíritus que giraban en una orquesta infinita, cada uno recitando su propio duelo. Las luces eran cautivadoras, tentadoras. —¿Por qué existís? —preguntó con un hilo de asombro, olvidando su propio dolor por un instante—. ¿Y qué fue ese pacto que creamos hace tanto?

Aurel la miró, y por un instante se vio mortal, joven y crucialmente vulnerable, como si su máscara de destellos casi pudiera caer.

—Porque nada hecho para brillar debería ser olvidado —respondió—. Las cosas bellas, cuando mueren, se niegan a abandonar del todo al mundo. Decidimos permanecer. Y el pacto... Queríamos no olvidar a quienes nos amaron.

Deseó besarle, o fundirse con él. No encontró palabras para ninguna de las dos cosas.

—¿Puedo quedarme? —susurró, y ya no fue pregunta, sino súplica—. ¿Si me rompo también, tú…?

—No —dijo Aurel, tan triste que su voz fue polvo sobre la nieve—. Si tú cruzas del todo, no habrá eco para ti en ninguna parte, ni en mi mundo ni en el tuyo. Te necesito en la frontera, Leora. Donde sólo tú puedes oírme y yo sólo puedo tocarte en el borde de una herida.

El amor era eso: Encenderse y no poder consumarse, una continua oscilación entre el deseo y su imposible cumplimiento, como la luz atrapada en el interior del cristal, sin terminar de liberarse del todo nunca. Leora entendió que ese era, al final, el precio de vivir —o de existir— para ambos.

La herida en su palma brilló, y el universo de luz, mosaico y lamento se fue desvaneciendo. El dolor le devolvió a la realidad con una ternura insospechada.

La tormenta había amainado. Restos de cristal decoraban el suelo igual que antiguos embrujos hechos añicos. En el silencio frágil de la madrugada, Leora alzó el fragmento embebido de su sangre y sintió a Aurel pulsando, firme y débil a la vez, desde el otro lado del velo.

—No dejaré de buscarte —susurró al vacío y, tal vez, a sí misma.

La lámpara, mutilada, tintineó despacio en respuesta.

Días y noches se sucedieron. El corte en su mano sanó, pero la marca persistía, visible sólo para aquellos que sabían leer la historia brillante de los cristales. A veces, en la última media hora del crepúsculo, una sombra de luz danzaba entre los fragmentos pulidos del salón, proyectando contra la pared una silueta cuyo contorno sólo Leora reconocía.

El pueblo, apático ante los brillos y los ángeles domésticos, comenzó a temer la casa de los Virell, sus rumores elegantes, sus murmullos de vidrios eternamente resquebrajados. Pero Leora, que tenía la soledad untada como bálsamo sobre la piel, encontró una suerte de gozo en la espera. Amó a Aurel cada vez con mayor intensidad; amó su ausencia, su imposibilidad, el pacto invisible que les ataba y separaba a la vez. Los amores prohibidos por la materia nunca terminan del todo.

En una noche lejana, cuando la luna mordía los estantes con dientes azulados, Leora sintió una última vibración de luz en el aire. Era una despedida: fina, apenas una palabra cristalizada en el margen de la realidad. Aurel no apareció más allá. Pero en cada fragmento partido, cada reflejo robado por el amanecer, ella le escuchaba todavía.

La linterna colgante no iluminaba igual después, pero Leora, ahora, caminaba con luz propia. Las heridas de cristal, comprendió, nunca cicatrizan del todo. Pero pueden dejar, a quienes las desean, el resplandor suficiente para no perderse en la noche.

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