Portada del relato Alas de Diente de León
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Fragmento:


“Sí”, respondió Lysandra, dominante el temblor de su voz. Estaba acostumbrada a negociar el precio de la miel y del pan, pero esto era distinto: aquí, lo que estaba en juego era su corazón.

Duración: 08:53

Alas de Diente de León
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Texto de ajuste de pausa.

El crepúsculo sumía a Lysandra en una apariencia de calma mientras caminaba entre los fresnos centenarios de la aldea de Gilles. El murmullo de las hojas, tocadas por el viento, parecía sincronizarse con la frecuencia de su corazón, y cada paso, tembloroso y excitante, la llevaba más cerca al linde prohibido, donde las almas antiguas del bosque –los espíritus guardianes– recorrían la tierra como hilos de humo apenas perceptibles a la mirada mortal.

La mayoría de los habitantes evitaban la espesura cuando caía la luz, temerosos de los cuentos susurrados en la niñez o de los llantos que, en ocasiones, se abrían paso en la noche cerrada. Pero Lysandra jamás había sentido miedo. Quizá porque, desde pequeña, había sentido muy cerca ese velo sutil entre los vivos y los ausentes; quizá, también, porque anhelaba más de lo que el mundo de los humanos le ofrecía: respuestas a preguntas nunca formuladas y un destino diferente a los días de escasez en la posada familiar.

Aquella tarde, la bruma reptaba sobre la tierra como un animal curioso. Lysandra llevó la linterna ante sí y aspiró hondo, sintiendo el perfume a savia y resina. Había oído rumores, entre los tenderos, de una nueva presencia en los bosques, un guardián más antiguo que los cimientos de la aldea. Nadie lo había visto, pero los cencerros, a veces, sonaban en la noche sin que ninguna vaca estuviera cerca. Se hablaba también de deseos concedidos a cambio de promesas selladas con sangre.

El corazón de Lysandra latía con un miedo dulce. Había algo que deseaba con desesperación: el regreso de Dazur, su amor de juventud, desaparecido en la última cosecha cuando la luna se tiñó de rojo. Aquella noche la aldea entera había guardado silencio y, por semanas después, Lysandra se había debatido entre la rabia y la tristeza, aferrándose a la idea de que Dazur no había muerto, sino que se hallaba cautivo de los bosques, custodiado por un espíritu incapaz de leer la ternura en el corazón de un muchacho.

Cuando cruzó la raíz retorcida que marcaba la frontera con el dominio de los guardianes, algo cambió en el aire. La linterna parpadeó, y la luz tomó forma, dirigiéndose hacia ella en destellos azulados. Una silueta se formó ante sus ojos: era etérea, apenas recortada contra la bruma, pero sus ojos, hondos y espectrales, brillaban como gemas ocultas en la sombra.

¿Has venido a buscar lo que perdiste?, murmuró la voz del espíritu, que era a la vez humana y vegetal, un eco de ramas partidas y manantiales lejanos.

“Sí”, respondió Lysandra, dominante el temblor de su voz. Estaba acostumbrada a negociar el precio de la miel y del pan, pero esto era distinto: aquí, lo que estaba en juego era su corazón.

El guardián la rodeó con una ráfaga de viento. Lysandra vio rostros fugaces en el halo: mujeres, hombres, niños. Eran los recuerdos de los que se habían perdido en el bosque y, tal vez, la advertencia de lo que podría sucederle a ella.

¿Y qué ofrecerás a cambio?, preguntó la voz.

La joven aún recordaba palabras de canciones infantiles: no se debe prometer nada que no seas capaz de dar. Pero una llama de convicción se encendió en su pecho. “Lo que tú desees –dijo–, si con ello puedo compartir mi vida una vez más con Dazur.”

El espíritu se detuvo, ladeando la cabeza como si sopesara la audacia de su interlocutora. Los ojos de Lysandra, grises y francos, no vacilaron, pese al susurro de miedo arrastrándose por su espina dorsal.

Entonces el bosque pareció oscilar. El guardián la condujo en silencio a un claro apenas visible entre los fresnos y, allí, el velo de la muerte parece más delgado, como si el mundo de los vivos y el de los ausentes compartieran el mismo aliento.

En el centro del claro, Lysandra vio una figura tendida: Dazur, o su sombra, envuelta en una luz mortecina. Su piel tenía el resplandor de los amaneceres perdidos y, sin embargo, sus labios no se movían; estaba atrapado en un sueño antiguo.

Permanecerá así, dijo el guardián, hasta que la deuda de su espíritu sea saldada.

Lysandra avanzó, la linterna temblando en sus dedos. Podía sentir la presencia del guardián, enorme y expectante, y también la fragilidad que latía bajo el silencio.

“¿Qué deuda?”, preguntó, la angustia ardiendo en su pecho.

El guardián se hizo visible unos instantes, tomando la forma de una mujer de cabellos de raíces, la piel entreverada de musgo y líquenes.

Cada humano, al pisar este bosque, toma algo: la belleza de un fruto robado, el canto de un pájaro nunca oído, el perfume de una flor intacta. Pocos devuelven lo que se llevan. Tu Dazur extrajo una promesa y no la pagó.

Lysandra recordó la noche en que Dazur, entre risas, le había regalado un brote de hierba azul, único en la región. Había prometido llevarle uno igual cada primavera y, sin embargo, aquel año ya no regresó. Ella nunca entendió dónde había encontrado tal planta, o por qué sus manos estaban manchadas de verde.

“¿Qué debo ofrecer, pues?”, preguntó Lysandra, los ojos fijos en los de la guardiana.

El espíritu la contempló largamente. Su presencia era abrumadora y dulce, como el peso de una nostalgia que aprieta lento el corazón.

Un recuerdo tan puro como el amor que lo ata aquí, susurró, y Lysandra entendió.

Cerró los ojos. Rebobinó con los dedos de su memoria cada instante de su tiempo juntos: la primera vez que bailaron bajo la lluvia, el roce accidentado de las manos mientras recogían moras, la confesión de Dazur al decirle que su miedo era perderla entre los pliegues de la rutina y la costumbre.

El guardián se acercó y, con delicadeza, extrajo de Lysandra una parte de su memoria. Notó el frescor, como un soplo de viento en la carne. Cuando los párpados se abrieron, algo había cambiado: sentía el amor pero ya no la nitidez de la primera risa compartida, ni el calor exacto de aquellas caricias. Había dado, realmente, a cambio de su petición.

Dazur respiró hondo y abrió los ojos. Pareció confuso, como si hubiera soñado la vida de otra persona y solo ahora volviera a sí.

“¿Lysandra?”, musitó, y ella se arrodilló junto a él, conteniendo la lágrima que pujaba por nacer.

El espíritu guardián los rodeó –y por un momento, Lysandra sintió gratitud y tristeza, como si abrazara a un árbol caído hace demasiado tiempo. El sacrificio era real. Podía estar con Dazur, pero nunca volvería a recuperar ese destello intacto del primer amor.

El guardián habló de nuevo, pero su voz era ahora un eco distante.

Amaste con la fuerza de tus raíces, humana. Los espíritus antiguos entienden solo el ciclo: lo que se toma, se devuelve, y siempre, algo se pierde.

El bosque parecía apaciguarse. El vapor azul desapareció y la linterna de Lysandra brilló con fuerza renovada. Ayudó a Dazur a incorporarse y, mientras caminaban hacia la aldea, Lysandra descubrió que el amor era aún suyo, pero más maduro. Había perdido el brillo infantil, ganado en profundidad y aprecio. Dazur la miró, reconociendo en sus ojos el compromiso silencioso de quienes han renunciado a algo grande para no perderlo todo.

Esa noche, Lysandra y Dazur compartieron el lecho bajo las vigas tostadas de la posada familiar. Había ternura, sí, y también un filo de melancolía, como la luz de un farol detrás del cristal empañado. Lysandra sentía, en lo profundo, el vacío donde antes estaba el recuerdo más tierno, pero entendió que el amor requiere sacrificios, que a veces solo se afianza tras haber experimentado la pérdida.

En adelante, paseaban juntos por el bosque, y Lysandra saludaba a los fresnos y a la niebla como si fueran viejos amigos. A veces, al atardecer, creía distinguir una figura de musgos y ramas al fondo del sendero, observando con benevolencia melancólica. Allí, en el límite entre la humanidad y lo otro, entre el deseo y el deber, Lysandra halló lo que buscaba: no el amor perfecto, sino el amor verdadero, ese que sabe de renuncias y, por ello, de perdurabilidad.

El espíritu guardián vigilaba, paciente, mientras nuevas generaciones cruzaban el linde del bosque. Unos se aventuraban para pedir, otros para devolver, y unos pocos, como Lysandra, para aprender que ningún vínculo se forja sin precio, que la magia más antigua conoce siempre los términos de un intercambio justo.

Con el tiempo, las viejas historias de la aldea cambiaron. Hablaban ya no solo de terrores y voces en la bruma, sino también de una joven que encontró, tras perder un trozo de su propio corazón, la manera de elegir cada día su amor, sabiendo que las cosas más valiosas del mundo son, precisamente, aquellas que no se poseen del todo y deben renovarse con cada promesa y con cada gesto.

Y bajo el rumor de las hojas, más allá del sendero, una sombra y un suspiro velaban aún los pasos humanos, celosos no del alma de los vivos, sino del delicado y duradero arte de entregar –y aceptar– el sacrificio de amar.

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