Fragmento:
Frente a él, Yara inclinó el vaso de ginebra, observando las ensoñaciones averiadas que flotaban en la bebida. Gotas de aceite de sueños, cortesía del bartender, burbujeaban como esperanzas rotas. La pátina gris del espejo tras la barra devolvía el reflejo borroso de los cuatro mercenarios reunidos en el rincón: armas discretas, tatuajes ocultos, ojos que no encajaban bien en sus rostros urbanos.
Duración: 09:14
—La magia es cara en la ciudad —dijo Kellen, dejando caer la bolsa de monedas encima de la mesa mugrienta del Café Santa Marta. El tintineo es la única música del local a esa hora muerta—. Pero nosotros no somos los baratos.
Frente a él, Yara inclinó el vaso de ginebra, observando las ensoñaciones averiadas que flotaban en la bebida. Gotas de aceite de sueños, cortesía del bartender, burbujeaban como esperanzas rotas. La pátina gris del espejo tras la barra devolvía el reflejo borroso de los cuatro mercenarios reunidos en el rincón: armas discretas, tatuajes ocultos, ojos que no encajaban bien en sus rostros urbanos.
Afuera, la noche era otro animal: los rascacielos gruñían entre sí, la polución tenía sabor a ceniza de dragón y la magia—si sabías encontrarla—olía a cobre quemado. Kellen dio la primera orden: nadie repite nombres en voz alta. Aquí, los nombres se desmoronan si son llamados demasiado seguido.
—¿Alguien ha visto a la bruja hoy? —preguntó Oleg, rebuscando la respuesta en el aliento agrio de su tabaco. El más joven del grupo, pero también el que menos piel tenía en el juego, y lo seguía demostrando: los mercenarios curtidos evitan nombrar a las piezas sobre el tablero.
Yara levantó la vista. Bajo sus párpados estaban tatuadas runas de silenciamiento, cortesía de una tormenta de invocaciones mal cerrada la década pasada.
—La bruja viene cuando la llaman los muertos —respondió—. Hoy, solo somos los vivos los que negocian.
Su contrato era sencillo en apariencia: recuperar la Runadura, un trozo de jade infecto que ondeaba a la deriva por las casas de empeño legales y no legales del distrito este. El encargo, sin embargo, estaba cargado de sombras más densas que las del propio objeto. Nadie preguntaba cuánto valía; solo por qué lo necesitaban tan desesperadamente.
Fuera, la lluvia empezaba a filtrarse a través de lo imposible. En el andén del metro, los parásitos de luz se agrupaban en torno a los mendigos adormecidos; los ogros-policía paseaban entre charcos de mefíticos recuerdos. La ciudad, esa bestia que solo respira a medianoche, confiaba a sus mercenarios las tareas que ni el demonio del ayuntamiento quería firmar.
Primero fue el contacto: un duende de piel de mercurio les esperaba en la glorieta de las ánimas, disfrazado de mensajero de comida rápida. El duende sonreía con los dientes achicados, como si hubiera olvidado cómo abrirse paso a dentelladas en el mundo.
—Lo buscan —susurró, señalando el paquete envuelto en papel de estraza—. Pero no al objeto; a ustedes. Cuando la Runadura cambie de manos, no habrá tregua.
Oleg escupió a sus pies. El duende ni parpadeó; los habitantes de la otra orilla nunca temen a la saliva humana.
—¿Quién manda? —inquirió Kellen, dedos ya jugando con una moneda de sangre. El duende le devolvió una sonrisa curtida por siglos de miseria.
—Una deuda antigua. De la Ciudad con aquello que le da vida —respondió, y desapareció bajo la sombra del reloj sin dejar aroma ni siquiera a ozono tras de sí.
No era la primera vez que la ciudad misma parecía ser el cliente. A veces, cuando el asfalto cruje bajo ciertos pasos o las farolas parpadean como pestañeos enfermos, los mercenarios saben que los contrata la urbe para reorganizar su caos intestino. Esta noche les tocaba ser anticuerpos.
El primer asalto sucedió en el Callejón Niebla, donde la ley cambia cada media hora y la policía lo sabe bien.
Sólo era cuestión de tiempo antes de que los Cazadores de Astillas aparecieran, esas criaturas sin memoria que buscan, sólo buscan, cualquier cosa que despida el hedor de un glamour perdido. Era como si el aire se enfriara a la señal de la Runadura. Envueltos en harapos y ojos de aguamarina, se lanzaron sobre los mercenarios sin más aviso que el silencio repentino de los gatos del callejón.
Oleg extrajo su cuchillo de marfil. Conjuró un círculo de protección, pero la magia crujía con la resistencia de la materia urbana: en la ciudad, las reglas son otras, los conjuros se atragantan de polillas eléctricas. Yara dibujó una runa de dispersión en la palma de Kellen, y él la aplicó directamente al rostro del primer asaltante. El ser reventó en una nube de picaduras de avispa, pero los demás redoblaron su ímpetu.
Dos minutos después, el aire sabía a orina y a sangre. El jade asomaba entre las grietas de la bolsa, brillando como un deseo malsano. Nadie habló del saqueo; sabían que no era el último.
—Cada vez que tomamos algo, la ciudad toma nota —gruñó Oleg, limpiando el cuchillo en los pantalones—. ¿Cuánto crees que recuperar la Runadura nos costará?
Kellen fijó el paquete entre sus manos.
—Siempre lo mismo: todo lo que llevamos encima.
El siguiente mensaje les alcanzó en el puente de los Sueños Rotundos, donde se arreglan las pesadillas con violencia o con ron barato. Un tulpa disfrazado de mendigo les ofreció caramelos y advertencias; tomó parte del pago y a cambio les regaló una mentira: supuestamente, sólo debían entregar el objeto en la Torre de la Caminante cuando el reloj diese veintitrés campanadas.
Yara, sin embargo, nunca confía en criaturas que imitan tan bien a los vagabundos humanos. Su experiencia era barata y dolorosa: cuando vives de la subasta de tus dones, siempre hay quien oferta algo mejor… y más letal.
—Aquí está lo raro —murmuró, rastreando el hechizo flotante enganchado al envoltorio de la Runadura—. Es una traza de rastreo reversa. Cada movimiento nuestro se está sintiendo desde el lado del comprador. No es una simple transacción: es un cebo.
Los hombres y mujeres mercenarios aprenden, a la mala, a leer la profundidad de un encargo. Pero la ciudad es perra vieja. Sabe disfrazar una cacería bajo capa de encargo sencillo.
El grupo cruzó el puente a paso rápido, entre nubarrones y relámpagos asfixiados por el smog. Kellen paladeó la información, y lorunaduras en sus manos cosquilleaban a peligro: Lo están esperando.
Cuando llegaron a la Torre de la Caminante, tres horas antes de la hora acordada, sólo encontraron a un anciano desdentado y a una niña ausente jugando a la cuerda. Las veintitrés campanadas aún no acontecían. El tiempo acechaba, contenido en la garganta de la noche, como una bestia enjaulada.
Mientras aguardaban, Yara desplegó su don: una mirada que atraviesa el azogue del mundo. Vio, a través de la costra de tiempo y niebla, tres figuras aguardando en la escalera espiral de la torre: guerreros de la Cancillería Secreta. No estaban ahí para negociar.
—Nos recibieron con armas —informó a sus compañeros—. No hay intención de pago.
Oleg escupió otra vez. Kellen sonrió—aquel gesto torcido que sólo usaba antes de apostar una vida, la suya o la de otro.
—Bien. Ese es el precio real. Ellos quieren que la sangre pague la cuenta.
Yara le miró con el hastío de quien ha contado sus días en huesos vacíos.
—Como siempre, cobrar cuesta más que robar.
No recordaban, ninguno, cuándo fue la última vez que la ciudad no los traicionó.
El asalto fue rápido, una coreografía de disparos mágicos, runas truncadas y maldiciones balanceadas en los labios. El primer agente de la Cancillería cayó al pie de las escaleras, reducido a un mosaico de polvo gris. Oleg recibió una cuchillada que desvío con el mango de su bastón-hechizo. Yara desató un pequeño demonio de bolsillo, destilado de suseria y café rancio, que mordisqueó la voluntad de los atacantes lo justo para dejarles una salida. Kellen se reservó la Runadura. Cuando la última figura cayó, la ciudad pareció relajar la respiración.
Por fin, el silencio.
—La tarifa sube —anunció Kellen, con el jade palpitando en las manos—. Si la ciudad cree que puede pagarme con promesas rotas, está equivocada. Estas cosas, estas sangres, tienen un costo.
Yara, respirando hondo para expulsar los ecos tóxicos de la magia derramada, se puso de pie:
—Ya no hay precio. Sólo deuda.
Nadie discutió. La Runadura fue colocada sobre el umbral de la torre. Por regla del trato tácito, quien sobrevive a la noche no reclama derecho de narración: los relatos de los mercenarios mágicos se funden con el asfalto, se mastican y se escupen, ruedan en el fondo de una alcantarilla o son ahogados por la siguiente tormenta.
En el primer bostezo del amanecer, la ciudad se sacudió la última pesadilla de encima. Kellen, Yara y Oleg se despidieron como siempre: un gruñido, una risa breve, una nueva cicatriz en la memoria. Sabían que la próxima llamada no tardaría en llegar, que la metrópoli pagaba caro por no mancharse las manos directamente. Pero también sabían que eso los convertía en las únicas criaturas verdaderamente vivas, allí donde la magia y el cemento se pelean por espacio.
Al fondo, una bruja silbaba bajito, invocando a los muertos para que trajeran el desayuno. Afuera, el Café Santa Marta abría sus persianas igual que cada madrugada, dispuesto a recibir a los que quedaron en pie, los que, una noche más, apostaron sus nombres en el tapete sucio de la ciudad.
Y así, los mercenarios mágicos siguen cobrando sus tarifas en polvo y promesas, sabiendo que, en esta urbe, cada encargo es un respiro prestado y cada deuda, una historia esperando a ser contada con la siguiente caída de la lluvia.
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