Fragmento:
Un taxi emprendió la marcha, salpicando a Julian de aquel lodo grisáceo propio de ciudades mágicas y enfermas. No se molestó en protestar. Sabía que las palabras, aquí, se quedaban pegadas entre los dientes como caramelos antiguos.
Duración: 08:36
La lluvia de neón bajaba en hilos de cristal sobre la esquina de Lindale y Seventh. Era esa hora del martes en la que la ciudad agonizaba, hecha de cubículos vacíos y taxis somnolientos, más allá del canto de las alarmas y del murmullo insomne de los aparatos eléctricos. Calles mojadas. Un charco infinito bajo cada farola. En la superficie, el chisporroteo de una libélula grande y muy, muy negra.
Alguien, de alguna parte, reía. No era una risa para compartir, ni siquiera para buscarla. Julian no tenía tiempo para perseguir carcajadas ajenas. Removió los dedos en sus bolsillos buscando únicamente la moneda que necesitaba para el viaje; un ritual aprendido tarde en la vida, cuando ya era mayor para hechizos, pero aún demasiado joven para evitar el embrujo de la ciudad.
Un taxi emprendió la marcha, salpicando a Julian de aquel lodo grisáceo propio de ciudades mágicas y enfermas. No se molestó en protestar. Sabía que las palabras, aquí, se quedaban pegadas entre los dientes como caramelos antiguos.
Observó el charco junto a la farola rota. La libélula seguía allí, girando sobre sí misma, dibujando letras de una lengua antigua sólo visible para quienes temían la verdad. Julian temía mucho la verdad.
Con un suspiro, se arrodilló al borde del charco. El agua olía a ozono y a derrota. Sacó, temblando, la moneda. No era una moneda normal; por un lado, el perfil desgastado de una mente que nunca querrías encontrar en sueños, por el otro — un grabado de líneas tan finas como grietas en un espejo.
Se acercó a la superficie. "¿Otra vez aquí?" susurró la libélula, su voz una vibración en el aire, como si fuera ficticia y densa a la vez. "Nunca te cansas de apostar".
Julian apretó la moneda entre el índice y el pulgar. "No busco suerte, sólo respuestas."
"Respuestas. Qué palabra tan presuntuosa para un humano," gruñó la libélula. Tenía ojos facetados, pero no se reflejaba nada amable en ellos.
Todo era un trueque en la ciudad. Sabías lo que dabas, ignorabas lo que recibías. Las luces de los rascacielos como runas, el tráfico como el desplazamiento de sueños atrapados. Julian dejó caer la moneda y la vio hundirse, no en el barro, sino en una profundidad sólida y oscura, un abismo que mordía el metal y devolvía sólo silencio.
El reflejo del charco titiló. De pronto, una imagen emergió bajo la superficie: la cara de Zoey, sus labios entreabiertos, los ojos húmedos de tanto tragar rabia y sal.
Julian tragó saliva. "Quiero verla", murmuró. "Sólo un segundo más. Sólo para saber dónde está".
La libélula agitó ferozmente sus alas. "Siempre es así. Así se empiezan los pactos: sólo un segundo, sólo una vez". Y, aun así, la imagen nítida ascendió hasta él como una luna rota. Vio a Zoey sentada frente al ventanal de un apartamento, la luz azulada de la televisión danzando en su cabello oscuro, la sombra de alguien —otro, inevitablemente otro— a su costado.
El agua olía ahora a sal y viejo dolor. Julian observó cada contorno, cada leve inclinación de la cabeza, cada pestañeo de angustia. La libélula lo observaba con paciencia cruel. "¿Contento? ¿Ya puedes irte de aquí, mortal?"
"¡No!" El grito fue más fuerte de lo que esperaba. Un taxi frenó de golpe en la esquina y alguien maldijo. La libélula, inmóvil, parecía sonreír. "Nunca es suficiente, ¿cierto?"
Julian supo que estaba borrando la frontera. Llevaba años jugando con lo peligroso, cruzando la línea entre los pactos menores y los verdaderamente caros. Tomar y ser tomado. "Quiero hablar con ella", susurró. "Sólo una pregunta".
La libélula revoloteó sobre el charco, expandiendo sus alas translúcidas, el zumbido resonando incluso en sus huesos. "Eso exige precio mayor", dijo. "Después no fingirás sorpresa".
Julian estudió su reflejo descompuesto y envejecido en el agua. Una tras otra, las farolas iban fallando en la calle, goteando oscuridad sobre los portales cerrados. Sacó, casi instintivamente, la segunda moneda: más pequeña, de cobre, robada de la casa de su abuela al morir. Un hijo de la ciudad se alimenta de robos y deudas.
"Quiero hablar con ella. Puedo pagar." El temblor en la voz no era miedo, era resignación.
"Eso siempre dicen." La libélula extendió una garra invisible, y la moneda desapareció en el charco como si se hubiera fundido en el azogue líquido. La imagen de Zoey se tornó borrosa, pero sus labios se movieron, y el sonido llegó a Julian filtrado a través del rumor de la lluvia.
"¿Julian?" dijo Zoey, su voz empapada de incredulidad y algo más. "¿Qué demonios haces aquí?"
Nunca hubo respuesta honesta suficiente. "Necesitaba verte. Preguntarte si alguna vez, en serio, pensaste quedarte". Palabras torpes, musculosas, desesperadas.
Zoey giró apenas la cara, enfocando la ventana al vacío. "Hubiera sido peor. Te habría arrastrado a mi oscuridad, Julian. No sabes lo que era vivir conmigo. No entiendes..."
El charco tembló. El agua subió de nivel, como empujada por un viento bajo la ciudad. La libélula zumbó: "Demasiadas respuestas. Demasiada nostalgia". La voz de Zoey se volvió borrosa, lejana. "No busques más, déjalo ir. O serás tú la libélula, siempre en los charcos, siempre mirando y nunca tocando".
La imagen desapareció en una onda negra. Julian jadeó; le dolían las encías, las manos, la espalda. Había pagado, pero, como siempre, el precio era sólo una primera cuota. La nostalgia ardía como sal sobre heridas abiertas.
"¿Qué te llevo esta noche, amigo?" Una voz a su izquierda, quebrada y húmeda. Un anciano con capa de conductor de tranvía —aunque los tranvías murieron antes de que Julian naciera— lo observaba con ojos de ceniza. El hombre olía a humo y hojas muertas, el uniforme rematado con insignias de metales que no existen fuera de los sueños.
"A casa," contestó Julian, por costumbre. "Un lugar seguro para dormir".
El anciano agitó una mano enguantada. "No existe tal cosa, pero por intentarlo, que no quede". Le hizo señas para abordar un tranvía invisible y Julian, sin discutir, subió el escalón que no estaba.
La ciudad durante la noche contenía más plagas y milagros de los que jamás se escribirían. Un centauro ciego tocaba el violín sobre una azotea, las notas caían como cenizas sobre el asfalto. En una low-lit bakery, una heladera de narices de rubí repartía galletas de semillas a los huérfanos mágicos del distrito 12. Dos fantasmas discutían sobre el destino irreparable de las estaciones de metro abandonadas.
Julian se sentó junto a la ventana inexistente del vagón, viendo desfilar las ruinas y promesas de la ciudad. Quiso escribirle a Zoey, contarle que la vio, que la entendía. No tenía teléfono; las palabras no cruzan las fronteras que traza la magia negra de los charcos. La moneda robada ardía en su sudadera viejo, desde el fondo, augurando que pronto tendría que pagar otra vez.
"¿Por qué lo haces?" La voz del conductor era como viento entre escombros.
"No sé hacerlo distinto."
En cada turno del tranvía invisible, Julian reconocía calles que crecían y menguaban mientras la ciudad mutaba a su antojo. Por la ventana veía a la libélula, quieta en una farola, siempre observando. Sabía que esperar.
"Bajaré aquí," dijo de pronto, sin saber por qué. La ciudad le había cambiado los mapas; ya no reconocía los nombres de las esquinas.
A pie, cruzó portales desconchados y mercados invisibles en busca de refugio. Un callejón le ofreció sombra. Allí, entre cajas mojadas y el rumor de farolas moribundas, Julian se permitió por fin llorar. Era inútil; las lágrimas en la ciudad no lavan, sólo oxidan.
Al rato, unos pasos se acercaron. Una mujer de abrigo de terciopelo verde, ojos de mercurio líquido y sonrisa desbordada de furia.
"Vienes a menudo aquí", dijo.
Julian negó con la cabeza. "Esta noche es mi última vez". Quería decirlo en serio, pero sabía que era una mentira. Los que deambulan entre charcos y trato, nunca se despiden de verdad.
Ella extendió una mano. "¿Te gustaría salir? De verdad, quiero decir. Hay otras ciudades. Otros pactos."
Julian dudó. "¿Y si allí no hay farolas rotas ni libélulas?"
La mujer sonrió con dientes como baldosas recién lavadas. "Los monstruos cambian de nombre, nada más."
No tenía moneda para un nuevo trato. Ofreció solo sus palabras, y a veces, a medianoche, basta con eso para que la ciudad los devuelva a la luz, aunque sólo por un rato, aunque sólo hasta la próxima lluvia de neón.
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