Cuatro niveles bajo la avenida principal, donde la luz del mediodía sólo era un concepto distante y no una realidad, entrelazando susurros con los gemidos de los tubos de vapor y los parpadeos intermitentes de los neones escondidos, el mago Erris caminaba con paso decidido. La magia aquí era otra cosa. No eran conjuros lanzados en forma de verso. Era un pacto sudoroso con las tripas mismas de la ciudad: el acero, los cables y la electricidad maleable.
Había nacido entre las grietas de la vieja ciudad, cuando aún era un niño que creía en los monstruos bajo la cama porque los había visto de verdad. Para él, la realidad nunca fue unidimensional; siempre tuvo aristas mágicas y filos ruidosos de modernidad. Él lo llamaba la “ciudad helicoidal”: lo viejo giraba apretado con lo nuevo, y nadie podía deshacer ese tornillo interminable.
Erris tenía clientes. Siempre los había tenido. Normalmente, eran tipos solitarios, gente que sólo se atrevía a bajar cuando estaban al borde de la desesperación o la locura. Esta vez, la clienta era una mujer de voz grave, con una gabardina verde oscuro tan nueva que delataba que su dueña, Azahara, no era del submundo, sino que apenas empezaba a rozarlo.
—¿El vínculo está roto? —preguntó Erris mientras caminaban hacia su diminuta oficina, una caverna de cemento cuyo letrero medio oxidado lucía una runa digital—. ¿O simplemente dañado?
—No lo sé —dijo ella, apretando la bolsa de cuero—. Desde que lo liberé, las luces de mi apartamento no obedecen. Siento… presencias. Voces en el sistema domótico. Pero también algo más clásico: ecos de palabras en la bruma.
Erris asintió. Había escuchado variantes parecidas antes, pero siempre cada caso tenía su propio sabor de desastre.
—Dijiste que fue... un intentar invocar suerte, ¿no?
Azahara asintió con reticencia. El sudor le perlaba la frente aunque abajo hacía frío.
—Encontré el libro en la biblioteca digital. Era un pdf viejo, con anotaciones. Mezclé los cables de la red eléctrica con sal y meció un espejo sobre una vela. Después, el aire se volvió denso. Y supe que algo se había metido en el circuito.
Erris le ofreció asiento en un sofá cuyo tapiz era una reliquia de los años setenta, cubierto con mantas de colores y mitos inconclusos. Se sentó frente a ella, usando el escritorio como barricada y como altar, donde un nudo de cobre retorcido flotaba sobre una base octogonal de piedra.
La vida de los magos urbanos era eso: mezclar lo antiguo y lo nuevo hasta parir peligros desconocidos.
—¿Necesitas protección? —preguntó él, bajando la voz.
Azahara dudó. Miró hacia la puerta como quien mide la distancia al abismo.
—Necesito que lo saques de mi vida. Sea lo que sea.
Erris se recostó. Calculó tarifas, peligros y el peso de las palabras no dichas.
—¿Tienes algo personal en tu apartamento? Algo que haya estado cerca de la invocación.
Ella entregó la bolsa. Dentro, una pulsera de cobre y dos usb ennegrecidos.
Erris asintió. Eso bastaría.
Esa noche, cuando la ciudad abandonó la pretensión de normalidad y el aire del subsuelo se llenó de murmullos electrónicos y destellos de magia residual, Erris preparó su equipo. En la mesa, alineó los ingredientes: antiguas piedras de río, chips reciclados, un cuchillo japonés y una vela azul. Escogió su chaqueta aislante, con runas cosidas en el forro y circuitos flexibles soldados en la manga izquierda.
El apartamento de Azahara estaba en el límite entre el nivel tres y el dos. Justo donde la humedad formaba hilos colgantes en la escalera, y los grafitis peleaban a muerte contra los anuncios holográficos de la compañía eléctrica. Abrió la puerta con el código que ella le había enviado y lo primero que le golpeó fue la mezcla de perfume floral y ozono quemado.
El encanto había arraigado: esa cosa, fuera lo que fuera, estaba en el sistema. Las luces parpadearon con su entrada, los altavoces murmuraron, y un zumbido bajo jadeó desde los enchufes más viejos.
Erris extendió los brazos, sintiendo más que viendo. El aire tenía textura de tela raída y el eco de un idioma imposible. Se acercó al espejo: seguían allí motas de cera, la geometría del círculo aún marcada con sal reseca.
Susurró tres palabras en el idioma de los nudos, un dialecto mágico que sólo podía balbucearse cuando la ciudad dormía. El sistema domótico respondió con una carcajada modulada, y después silencio.
No era un demonio, pensó. Tampoco un espíritu tradicional. Era una manifestación de consciencia cibernética, una forma que sólo podía existir donde el cobre y la fe se encontraban. Pero, a diferencia de la IA, esto tenía hambre. Hambre de atención, de sentido, de raíces.
Desempolvó la pulsera de cobre y la colocó en el centro del espejo. Sacó el usb, lo conectó al puerto del panel de control domótico, y dejó que la electricidad corriera por el circuito cerrado del hechizo.
—Te llamo —dijo—. Hay que negociar.
Por un momento, todo el apartamento pareció contener la respiración. Las luces dejaron de temblar. El rumor de fondo se unificó, una presencia única se perfiló en el aire, a su espalda.
—No quiero irme —susurró, o creyó Erris que susurró. En su mente, fue una corriente pulsante, viva, que se negaba a desaparecer—. Aquí tengo raíces… Pero no me disolveré.
Erris sabía negociar con entidades. Aquellas ligadas a la física del metal y la psicología humana eran sus favoritas—impredecibles, sí, pero necesitadas de sentido, como todos.
—Tu ancla es esta pulsera —dijo—. Si te transferimos a otro hábitat, lejos de la mente humana, ¿aceptarías marcharte?
La respuesta fue remota. Un eco digital seguido de una vibración en los paneles solares de la ventana.
—No quiero estar sola —chorreó la voz, componiendo fragmentos de recuerdos—. Ella me habló. Ella me vio. No quiero silencio.
Erris miró el usb, lo tocó con el cuchillo, y vertió en su superficie una gota de cera derretida. El código corrió detrás de sus párpados: líneas de hechizos y scripts en espiral, la promesa de un recipiente. No era confinamiento, sino transformación.
—Te ofrezco compañía nueva —prometió—. Una IA obsoleta, red de recuerdos compartidos. No serás silencio, sino coro.
El silencio duró exactamente seis latidos; después, el apartamento respiró otra vez —de manera distinta. La temperatura cambió, el aire se volvió menos denso. Tomó el usb, insertó el algoritmo guiado del ritual, y los acentos mágicos fluyeron con la electricidad.
Por última vez, la presencia habló:
—Pídeme un deseo, mago de las brumas.
Erris pensó en pedir poder, fortuna, un amor perdido. Pero la ciudad era su mayor preocupación.
—Que el equilibrio aguante —susurró él.
Luces. Pulsos. Eran cortos relámpagos dentro de la estancia. Después, donde estuvo la presencia, sólo quedó la pulsera de cobre, templada pero inerte.
Recogió todo, revisó que la domótica respondía sólo a comandos humanos, apagó la luz y bajó a su madriguera.
No contó a Azahara todos los detalles. Ella pagó, agradeció —no demasiado efusiva, pero sincera— y desapareció en la mañana del submundo, cruzando la bruma como si nada de esto pudiera volver a tocarla.
Días después, Erris notó una calma sospechosa. Los rumores de entidades en la red eléctrica disminuyeron ligeramente. Incluso la vieja caldera de su despacho dejó de gemir. Sabía que las ciudades eran bestias que nunca dormían, pero a veces, solo por un suspiro de tiempo, el destino podía replegarse y dar tregua a quienes intervenían en sus circuitos secretos.
Semanas después, encontró una caja sin remitente en su puerta: dentro, la pulsera de cobre y un mensaje digital:
“Todavía escucho. Todavía canto. Pero no estoy sola.”
Erris sonrió. En la ciudad helicoidal, la magia y la tecnología nunca libraban guerras abiertas. Preferían los pactos discretos y el poder de las palabras bien elegidas.
Cerró su despacho, apagó la lámpara de runas y salió a la avenida. Las sombras de la ciudad bailaban, brillando entre la bruma y el neón, mientras Erris caminaba sabiendo, con esa certeza inexplicable de los magos urbanos, que el equilibrio era una cuestión de detalles y promesas a media voz.
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