Fragmento:
Conocí a uno antes que ella. O, mejor dicho, me eligió. Había robado un poco de whisky de un camión atracado en la calle y buscaba una esquina tranquila para celebrarlo. Pero las luces del muro se apagaron repentinamente, y una figura emergió de entre los cubos de basura.
Duración: 08:34
El frío de la noche se había pegado a los huesos de la ciudad como una jauría hambrienta. Nada fuera de lugar, pensaría cualquier viviéndolo desde la ventana empañada de algún bar. Pero yo —Marek, habitante de los márgenes, con la conciencia siempre alerta— olía la diferencia. Había algo en los callejones ese invierno, algo más que la crisis, más que los noctámbulos y los estafadores, más que las promesas rotas atrapadas en el asfalto agrietado de Keldovar.
La escarcha mordía y a cada paso juraría que crujía con más rabia, como si alguien le hubiera dado órdenes. El barrio del Mercado Viejo, normalmente bullicioso incluso con el termómetro bajo cero, era ahora un mosaico de sombras y murmullos. El hedor del miedo se colgaba de los portales, y la brisa traía susurros de nombres desconocidos. Pero lo peor era esa extraña quietud, esa sensación de que había ojos, más allá de los gatos, mirándonos desde detrás de las luces rotas.
Era en una de esas noches, cuando el reloj de la estación marcaba las tres treinta y uno exactas, en que la vi por primera vez. Caminaba sin ruido, la piel pálida como si hubiera sido tallada de luna menguante. Me llamaron antes de que tuviera tiempo de decidir si la seguía.
—Que no se te ocurra —dijo la vieja Rula desde el portal de la pensión; con ella era preferible no discutir—. Hay cosas en la ciudad que les roban la sombra a los hombres, y esa mujer lleva escarcha en el pelo.
No le hice caso, por supuesto. Dónde estaría yo si escuchara cada advertencia? No habría conocido los secretos. Ni el hielo. Ni los guardianes.
Conocí a uno antes que ella. O, mejor dicho, me eligió. Había robado un poco de whisky de un camión atracado en la calle y buscaba una esquina tranquila para celebrarlo. Pero las luces del muro se apagaron repentinamente, y una figura emergió de entre los cubos de basura.
—Marek, hijo del Invierno —dijo, porque al parecer estos bastardos siempre saben quién eres antes de que los maldigas—. Camina conmigo.
No soy de los que creen en el destino, pero tenía los nudillos entumecidos y la boca seca de miedo, así que decidí no pelear. Caminé con el guardián, que olía a tierra mojada y tabaco caro.
Vestía negro, todo él excepto los ojos, que destellaban con un azul profundo como los lagos que nunca se descongelan. Cuando hablaba, el vapor de su aliento parecía más denso, como si no respirara lo mismo que los otros.
—Hay cosas que debes ver —dijo. —Y vas a ayudarme.
Guardián. Así me lo dijo. Un guarda, un vigía entre mundos. No de los que protegen, sino de los que vigilan, limitan, advierten, y muchas veces, callan. Al principio me reí. Keldovar tiene demasiada historia de whisky adulterado; cualquiera puede contar leyendas si hay frío suficiente en el aire. Pero la miríada de sombras entre las farolas, las pisadas que crujían el hielo sin dejar huellas y el modo en que las palabras del guardián parecían alisar la niebla… Bueno, te haces creyente o te haces loco muy rápido en un invierno como ese.
—La ciudad está tensa —me dijo. —Esta noche cruzan los Soñadores de Escarcha.
—No me gusta cómo suena eso.
—No te tiene que gustar. Solo tienes que atestiguar.
Y entonces la vi, de nuevo: la mujer pálida. Se movía por la plaza central, el aire a su alrededor comenzando a arremolinarse con minúsculos diamantes de hielo. No fui el único que sintió lo que traía con ella; los gatos dejaron de pelear, los borrachos se desvanecieron entre portales, hasta las ratas dejaron de robar.
Caminé con el guardián hasta el puente viejo. Allí, bajo la losa más antigua, emergieron. No solo la mujer, sino otros tres, distintos pero iguales en extrañeza: un joven andrógino de ojos plateados, un niño que sonreía con colmillos afilados y un anciano con la lengua congelada, la barba cubierta de escarcha. Caminaban en fila, sin rozarse entre ellos ni rozar el mundo.
—Son los herederos del frío antiguo —susurró el guardián a mi costado—. Allí donde pisan, la ciudad muere un poco. Son los mensajeros que anuncian el otro invierno.
—¿No puedes detenerlos? —le pregunté, mascando la pregunta como si fuese vidrio roto.
Me miró, casi divertido:
—Detener, no. Registrar, sí. Los equilibrios no son tareas de hombres, Marek. Solo damos fe. Solo anotamos.
Como queriendo subrayar su afirmación, sacó una especie de cuadernillo negro, sin marcas, y empezó a garabatear en la penumbra. No era tinta, era como hielo licuado, chispeante, que se transformaba en palabras nada más apoyarse en el papel. Los Soñadores de Escarcha pasaron de largo y, en cuanto desaparecieron tras el recodo, la losa chilló y el hielo se deshizo, igual que la niebla al mediodía.
Las calles amanecieron cubiertas de una escarcha tan densa que parecía querer enterrarnos con la ciudad. Y un rumor sepultó los días siguientes: niños sin sombra, perros que aullaban a las farolas, vecinos que caían enfermos de un frío sin termómetro. Yo, por mi parte, me despertaba cada noche con la imagen de la mujer pálida y ese cosquilleo en los dientes que se siente antes de gritar.
Volví a ver al guardián. Siempre aparecía donde estaba más oscuro, como fantasma de sus deberes:
—¿Por qué yo? —le exigí, harto de perseguir leyendas mientras mi estómago roncaba.
—Porque los Soñadores han cruzado antes. Cada vez dejan una marca más profunda. Y tú no eres cualquiera —me respondió—. Hay hielo en tus venas, y nadie lo sabe mejor que tú.
No me gustaba ese tipo de verdades.
—¿Y qué hago entonces?
El guardián se encogió de hombros —esa dejadez que tienen los inmortales aburridos—:
—Aprendes. Observas. O tomas partido.
—¿Tomar partido contra el frío?
—O con él.
No me ofreció más respuestas, pero su silencio era como un pozo donde caían todas las promesas sin cumplir.
Esa noche decidí subir hasta la azotea más alta. Desde arriba la ciudad era un tablero de ajedrez medio abandonado, solo que en vez de peones había figuras de hielo. Los Soñadores cruzaban la plaza, sus pasos dejando una estela blanquecina en el empedrado. Seguí sus carreras hasta los barrios bajos, donde las sombras se hacían más densas y el frío más antiguo. Y noté, de pronto, que ya no necesitaba al guardián para ver las criaturas que acechaban en los márgenes: formas altas y flacas, negras como el carbón, ojos pequeños y encendidos de un rojo enfermo, desplazándose en círculos alrededor de los Soñadores.
Negociaban, comprendí entonces. La ciudad era solo un tablero para sus juegos. Los guardianes oscuros y los de hielo rara vez se encontraban, pero cuando lo hacían, las consecuencias nos alcanzaban a todos.
Algo se rompió esa madrugada. Bajé de la azotea perseguido por la certeza de que la ciudad no sobreviviría otro invierno igual. Corrí hasta el puente, donde el hielo ya reptaba por las aceras y las lámparas exhalaban un resplandor enfermizo. Los guardias oscuros, sin distinguir si eran sueño o realidad, se interpusieron en mi camino.
—No eres bienvenido, Marek —masculló uno con voz de acero raspado.
Pero el frío me protegía ya, y mi aliento era niebla azul. Avancé, y el hielo cedió bajo mis pies, como si reconociera a un hijo perdido. En la penumbra, la mujer pálida me esperaba.
—¿Por qué caminas con nosotros? —susurró, su voz un carámbano en el oído.
—No lo sé. Tal vez porque temo más a los guardianes que a Soñadores como tú.
—No es una buena elección —rió en silencio, las lágrimas transformándose en perlas de escarcha—. Pero vas a escuchar nuestro nombre cuando la ciudad duerma.
Un alarido estalló en el fondo de mis dientes, y entonces comprendí: los Soñadores cruzaban porque alguien, algo, les abría la puerta. Siempre había uno dispuesto a correr el riesgo, siempre alguien preparado para cargar con la escarcha bajo la piel.
El guardián negro apareció tras ella, su cuaderno brillando tenuemente.
—Ya lo elegiste, Marek. La noche no olvida.
Las criaturas de hielo se dispersaron con la brisa, dejando tras de sí un silencio que podía romperse con un suspiro. Y los guardianes, oscuros y pacientes, regresaron a su vigilia, su exilio entre las sombras.
La ciudad sobrevivió ese invierno. Sobrevivirá unos cuantos más, mientras haya quien camine entre hielo y sombra, consciente de que cada grieta bajo la escarcha es una promesa a la Oscuridad. Ese soy yo. Un testigo sin gloria, guardián de las pisadas de los Soñadores, acompañado siempre por el rumor de que alguna noche, caminaré con ellos sin volver atrás.
Quizá para entonces la ciudad me olvide, pero el invierno, nunca.
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