Portada del relato Ciudad bajo la brisa
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Fragmento:


Joel sintió un escalofrío. No quería volver la cabeza. Aun así, lo hizo.

Duración: 09:27

Ciudad bajo la brisa
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Texto de ajuste de pausa.

En la ciudad de Hryst, donde los neones bailaban en los charcos de la madrugada y los semáforos titilaban como luciérnagas de cruce, había quienes decían que las sombras eran extrañas. No por el simple hecho de alargarse y encogerse en función de las luces, sino por una cualidad menos tangible, más insidiosa. Por ejemplo, la sombra de un árbol no olía igual a la de una farola, y la oscuridad que se refugiaba bajo los puentes del río Tul era un poco más fría en los tobillos, un poco más húmeda en los párpados. En un edificio olvidado —una costumbre arquitectónica de Hryst, olvidar medio centenar de cosas a la vez—, vivía Joel Carfax, un hombre extraordinariamente ordinario salvo por su manía de observar cómo el viento se llevaba las sombras.

Joel era archivista en la universidad, que era otra forma elegante de decir que cuidaba de papeles que nadie quería leer pero que por alguna razón nadie se atrevía a destruir. Tenía un despacho con una puerta que no cerraba del todo y una ventana por la que se colaba el sonido de la ciudad: cláxones, risas, peleas, la ocasional y desconcertante melodía de una flauta interpretada por alguien que padecía tanto del oído como del alma. Joel pasaba sus días entre documentos y sus noches entre observaciones sutiles; por ejemplo: las sombras no siempre permanecían adosadas a sus dueños. Y en ciertas noches ventosas, se deslizaban calle abajo, flotaban como jirones desatados, como harapos sin costura, bailando en silencio.

Aquella noche —y uno siempre puede decir "aquella noche" en Hryst, porque en cualquier noche sucede algo que la convierte en "aquella"—, Joel cerró la carpeta de informes sobre gases de escape de 1962 y alzó la vista. Había oído de nuevo ese sonido: un susurro de alas, un roce furtivo, el leve temblor de cortinas en una habitación que nunca tiene corriente. De pie, con la luz de su lámpara tambaleándose como un boxeador en la duodécima ronda, Joel vio lo que los demás negaban ver: una sombra, redonda y compacta como un petirrojo, saltó de la repisa de las carpetas, cruzó el suelo de linóleo y salió flotando por la rendija de la ventana.

Durante un instante todo quedó en silencio. Luego, en la calle, oyó el ulular del viento, una nota aguda y hueca, y el tintineo de cristales en alguna parte, como si alguien hubiera dejado caer la luna por unas escaleras. Joel decidió, por primera vez en su vida, seguir la oscuridad. Tomó su abrigo, sus gafas de ver de cerca (que en la calima de la noche le harían más bien tropezar) y bajó a la calle, donde la sombra —ahora mucho más etérea, casi translúcida— se desplazaba calle abajo llevada por el soplo insistente del viento.

Al principio fue fácil seguirla. Joel caminaba como quien no quiere la cosa, manos en los bolsillos, silbando una melodía que nunca terminaba de aprender, y la sombra zigzagueaba delante de él, acariciando las esquinas, lanzándose bajo las furgonetas y saliendo como vapor entre las alcantarillas. A la altura del Café Polilla, la sombra titubeó. Joel frenó en seco. El viento le dio en la cara, polvoriento y cálido, con aroma a pan recién hecho y a ozono. La sombra, como si lo invitara, se arremolinó junto a la puerta de atrás, donde los camareros fumaban en los descansos.

Joel pasó entre dos de ellos, que discutían sobre fútbol y literatura y se detuvo junto a la sombra. La miró de reojo. Le pareció que latía, muy suavemente. Y antes de que pudiera decidir si seguirla o dejarla al destino, una voz —la voz de un desconocido, pero portadora de ese deje de familiaridad de una tía lejana cuyos rasgos sólo se reconstruyen en sueños— resonó detrás de él.

—No todos pueden verla, ¿sabes?

Joel sintió un escalofrío. No quería volver la cabeza. Aun así, lo hizo.

La mujer era menuda y vestía con una elegancia extraña, como quien nunca ha seguido una moda pero siempre ha sabido anticiparlas. Su pelo, plateado y despeinado, formaba un halo poco habitual alrededor de su rostro. Sostenía una sombrilla, aunque no llovía. Le sonrió al verlo dudar.

—¿Ves muchas, muchacho?

—¿Sombrillas? —preguntó Joel, con torpeza.

—Sombras. Que no quieren volver a casa cuando el viento sopla.

Él enrojeció. Si había una norma en Hryst, era que no se debía hablar de las sombras sueltas. La policía ya tenía suficiente buscando ladrones de cobre.

—Yo... sólo las observo —dijo Joel. De pronto, la sombra a sus pies se agitó. Parpadeó —bueno, sería más acertado decir que titiló— y se abalanzó hacia la mujer, quien la recogió delicadamente en el dobladillo de su falda.

—Te voy a contar un secreto —le susurró ella—: todo lo que es sombra alguna vez fue viento, y todo viento, aunque no lo creas, tiene hambre de sombra. Pero últimamente... hay mucha hambre. Más de la habitual.

Con ese misterio críptico, la mujer se deslizó como niebla hacia el interior del callejón que flanqueaba el Café Polilla. Joel, que había sido razonable toda su vida —al menos en cuestiones de seguir a extraños en madrugadas ventosas—, dudó apenas un segundo. Luego la siguió.

El callejón estaba lleno de basura y gatos. Las farolas titilaban a la altura de los tobillos y todo el espacio parecía encogerse, como si estuvieran dentro de una garganta de piedra. Joel caminó tras la mujer y notó que el aire se volvía denso, casi masticable; que las sombras colgadas de los cubos de basura eran más densas, más negras, reptando como culebras recién despertadas.

La mujer se detuvo junto a un portón de madera. Lo empujó y la bisagra gimió como un animal herido. Joel cruzó el umbral y se encontró, de repente, en un lugar que no estaba al aire libre ni tampoco a resguardo. Era una especie de plaza pequeña, sin techumbre, donde el viento y las sombras jugaban a la ruleta rusa sobre los adoquines. Había bancos oxidados, y sobre ellos, siluetas borrosas de personas ajadas por el tiempo, cada una ataviada con su sombra personal, pero más allá —en el centro— una suerte de fuente seca. De ella, en vez de agua, manaban jirones de sombra, como cintas de humo en espiral.

La mujer avanzó hacia la fuente y extendió la mano. Su sombra brincó de sus pies y se zambulló, desapareciendo en el tumulto de oscuridad.

—Aquí es donde cruzan las sombras errantes —dijo—. Aquí llegan las que han estado demasiado tiempo vagando, y aquí se mezclan con el viento una última vez. Si tienes suficiente paciencia, puedes escuchar lo que susurran.

Para Joel, aquello era una revelación y una trampa. Su mente archivista se preguntaba cómo podía catalogar sombras, cómo podía registrar el viento, si acaso existían formas de medir el peligro de lo invisible.

—¿Te preguntaste alguna vez a dónde va una sombra cuando uno la pierde? —la mujer continuó—. ¿O por qué a veces sientes un escalofrío cuando pasas por ciertos sitios, como si alguien te hubiera despojado de una parte?

Joel asintió, abrumado.

Ella sonrió. De cerca, parecía tan vieja como todo lo demás en Hryst.

—Cada sombra es una historia. Algunas sólo quieren descansar. Otras quieren vengarse. Y unas pocas... solo buscan ser vistas una vez más.

Joel se acercó a la fuente. El viento ululaba sobre su cabeza y, en el murmullo, creyó captar palabras. Palabras truncas apenas sugeridas, indiferenciadas… salvo una, que sonó clara, como una campanilla: "Ayúdame".

La mujer estaba a su lado.

—No todas las sombras tienen vuelta atrás —musitó—, pero algunas pueden encontrar paz si les das escucha. Si caminas a su lado. ¿Quieres quedarte, Joel Carfax? ¿Quieres aprender a ser escuchador de sombras?

Era una invitación peligrosa. Una promesa de noches en claro, de secretos a medias, de paseos interminables entre lo oscuro y lo translúcido. Pero Joel, el archivista, el hombre ordinario cuya única rareza era mirar a las sombras, se sintió súbitamente extraordinario.

—Sí —respondió, sin saber muy bien a qué decía que sí.

Entonces, la plaza se fundió en sombras y viento. Joel sintió a las historias —a todas, pequeñas, grandes, furiosas, agotadas— arremolinarse a su alrededor. Comprendió, en estruendos que sólo se pueden callar escribiendo, que sería recordado —o tal vez olvidado— como el hombre que caminaba entre las sombras, que pescaba historias en temporales y devolvía paz a lo que el viento no podía llevarse sin ayuda.

Eso, y una taza de té, sería suficiente para él.

Tiempo después, en la universidad, nadie se sorprendió demasiado cuando Joel entregó su carta de renuncia. Algunos decían que se había ido a enseñar literatura oral en un pueblo remoto; otros, que por fin había conseguido una plaza de documentalista en el museo de la calle 13. Sólo la señora Bez, la conserje, juraba ver, en las noches de viento, su silueta deslizándose por el campus, conversando con otra figura pequeña y plateada, ambas seguidas de un cortejo de sombras que jugaban con el aire, danzando sin miedo a perderse otra vez.

Y si alguien, en algún descuido, encuentra su sombra demasiado ligera una madrugada, si siente un pellizco de nostalgia bajo una farola o un suspiro justo cuando la brisa gira en un recodo, bien puede considerar inclinar la cabeza y agradecer a Joel Carfax: el hombre que aprendió a escuchar y, en ese gesto, concedió a las sombras errantes una segunda y última travesía de regreso a casa.

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