Portada del relato Caminando Bajo el Gas de los Faroles
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Fragmento:


La mujer entrecerró los ojos, como si quisiera que el universo le dictara la respuesta. Después de unos segundos crujientes, habló en un susurro.

Duración: 08:13

Caminando Bajo el Gas de los Faroles
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Texto de ajuste de pausa.

A menudo me he preguntado si, en las noches cuando la ciudad duerme con el sueño ligero y la luna apenas es testigo, alguien más además de mí consigue ver la tela que une todas las cosas. No hablo aquí de espiritualidad ni de poesía barata, sino del tejido real, tangible aunque imposible de atrapar: como un perfume, como la música que se aleja tras cerrar una puerta. Hoy lo confieso, porque la ciudad me exige susurros y secretos y yo, Daniel Gámez, a veces me canso de cargar historias que arden en los bolsillos.

Era martes. Y los martes, en mi línea de trabajo, suelen sangrar quietud o rebosar caos. Yo era, o fingía ser, restaurador de vitrales antiguos. Lo suficiente raro para que no me hicieran preguntas y lo bastante rentable para pagar el alquiler de un piso pequeño en la Calle Ocho, cerca del parque de las estatuas y lo suficientemente lejos del bullicio para dormir sin sobresaltos. Me senté junto a la ventana y observé la fina lluvia encendiendo neones en la acera, borrosa, casi líquida. Había algo en el aire, un crujido en la realidad, como cuando un espejo está a punto de romperse.

El timbre sonó poco después de medianoche. Los que acuden a mí a esas horas suelen estar desesperados o condenados, y a menudo ambas cosas a la vez. Mi visitante dejó que la puerta se abriera suavemente. Era una mujer. Piel de cobre, labios partidos de frío y ojos inmensos, como si los usara para mirar a través de varias realidades a la vez. Su abrigo era negro y tenía las costuras rojas. Cantaba el viento una sílaba extraña al cerrarse la puerta tras ella.

—¿Usted es Daniel Gámez? —preguntó con una voz que llamaba a duelo a mis certezas.

Asentí. Aunque se sentía como afirmar que existía el sol en una ciudad donde sólo el neón era rey. Me invitó a sentarme en mi propio sofá y posé en su regazo un bolso gastado por el humo y la lluvia de mil noches. Lo abrió y, como si supiera que debía hacerlo, vertió todo su contenido sobre la mesa. Libros, amuletos, una vieja partitura, lo habitual en mi clientela. Pero también un trozo de espejo, apenas más grande que la palma de mi mano, encerrado en un paño de terciopelo rojo glacial.

—No se mira en ese espejo —dijo, sin mirarme mientras lo decía. Su dedo índice bailaba sobre el cristal empañado por la bruma—. Lo encontré en la calle, junto a una boca de tormenta. Mejor dicho, fue él quien me encontró. Desde entonces han comenzado los crujidos.

La palabra “crujido” jugó a la ruleta en mi mente. De pequeño, cuando la ciudad todavía no me había mordido, creía que los ecos que se deslizaban en las noches eran sólo el granito acomodándose bajo el peso de la historia. Ahora, adulto y desgastado, sabía que había entidades que habitaban entre las grietas de las ciudades. Y que algunas, cuando se cansan de sus prisiones, buscan espejos. Porque les gusta mirar lo que no son y soñar con quebrarse.

—¿Qué quiere que haga? —pregunté.

La mujer entrecerró los ojos, como si quisiera que el universo le dictara la respuesta. Después de unos segundos crujientes, habló en un susurro.

—Devuélvelo al silencio.

Era una frase sencilla, pero las palabras ahí, en esa sala húmeda, pesaban como promesas rotas. Encendí una vela —las lámparas pueden mentir, pero la cera nunca— y examiné el espejo. No había reflejo, sólo penumbra aferrándose a la superficie como musgo en el mármol. Sentí un dolor tibio, leve, en el pecho, justo donde empiezan las pesadillas.

—Hay un precio —dije, más para comprobar que no estaba soñando que para negociar.

—Ya he pagado suficiente precio cargando esto —replicó, y al hacerlo, supe que decía la verdad.

Acepté. La ciudad pide sacrificios, y algunas noches la sangre sabe a palabras. Aquella mujer solo quería volver a dormir sin escuchar el crujido de los sueños de otro.

A medianoche la ciudad se parte en mitades. Hay quienes sólo ven el asfalto y la sirena lejana. Hay quienes conocen el otro lado. Abrí la ventana, dejando que el frío de junio me lamiera la nuca. Soplé sobre la superficie del espejo y murmuré la antífona antigua: “Lo que fue olvidado, regresa. Lo que es sombra, descansa.” Las palabras eran cuchillas húmedas en mi boca.

Al principio, nada. Después, una vibración apenas perceptible en las costillas. Luego el olor metálico de la lluvia que cae dentro de las cañerías y nunca llega al mar. El espejo comenzó a humear. No como un carbón, sino como una carta olvidada que finalmente se quema sin ser leída. La mujer tomó mi mano —su pulso era un tambor en los márgenes de la realidad— y por un instante sentí el peso de las criaturas que se ocultan bajo la ciudad. Cada grieta, cada túnel, tapizado con lenguas de sombra pidiendo paso al mundo de la superficie.

"Déjame", murmuró el espejo. Pero era tarde para los ruegos. Siempre es tarde para los ruegos cuando el ritual ha comenzado.

Di tres vueltas al espejo sobre la mesa, asegurándome de que ni una brizna de luz eléctrica tocara el cristal. Susurré el nombre de la ciudad —el verdadero, el que aprendí en el umbral de la muerte, cuando intentaron arrancar mis ojos en la Plaza de las Palomas— y la lluvia, afuera, se detuvo. No fue un detenerse natural; era como si alguien hubiera pausado una sinfonía sólo en el segundo compás.

El espejo gimió, una nota sola, larga y a punto de quebrarse. Las sombras se alargaron, se entrelazaron, y por un instante vi —no con los ojos, sino con ese otro sentido que te separa del resto de los mortales— lo que habitaba ahí dentro. Una figura, todos los rostros y ninguno, buscaba un lugar para esconderse. Le ofrecí silencio, porque a veces el silencio es un pozo donde el tiempo olvida regresar.

El espejo se apagó, como si dentro de él alguien hubiera cerrado los ojos. El peso en el aire disminuyó. La lluvia volvió, tímida, temerosa.

La mujer suspiró. Cansancio en estado puro. Me miró largo rato.

—¿Cuánto tiempo pasará antes de que regrese? —preguntó, y en su tono había miedo. No por ella, sino por la ciudad entera, condenada por sus propios secretos.

—Ningún espejo se quiebra para siempre —le respondí.

La vi desaparecer por la puerta, pasos de agua en la acera, y me quedé solo con el eco del crujido en mis entrañas. La ciudad, entonces, sonrió bajo las lámparas y los gatos colgaron las colas de las barandillas.

Intenté dormir. No pude. Es difícil dormir cuando una ciudad ha confiado en ti por un instante y el peso de un mundo oculto te vigila desde cada rincón. Me levanté, serví whisky en una taza de barro y pensé en otra historia que nunca le contaré a nadie.

Afuera, el parque de las estatuas resplandecía bajo una farola que nunca funcionaba. Una figura menuda —quizás la mujer, quizás otro eco— cruzaba corriendo y, bajo sus pies, las grietas del asfalto parecieron cerrarse y luego, justo después, abrirse una vez más.

Entendí entonces que mi papel no era sanar la ciudad, ni protegerla. Era, como mucho, ofrecer alivio momentáneo, tirar de la hebra de los misterios lo suficiente para que el resto pudiera respirar. La ciudad no tenía redentor; sólo tenía a gente como yo, dispuestos a escuchar el crujido y a devolver, aunque fuera por una noche, las cosas a su lugar.

A la mañana siguiente, un sobre amarillo, sin remite, apareció bajo mi puerta. Dentro, una llama de cerilla ya usada y, entre dos páginas dobladas de una partitura, una palabra vieja: “Gracias”. Bastó ese detalle para sellar los bordes del sueño y recordar que, habiendo devuelto el silencio por una noche, yo también podía descansar. Al menos hasta que la ciudad me pidiera de nuevo cuentas.

Las ciudades tienen memoria, y a veces se acuerdan de los favores que les has hecho en mitad de la lluvia. Entonces, y sólo entonces, caminan junto a ti bajo la luz turbia de los neones, susurrando que los espejos son sólo portales. Y que el verdadero arte es aprender a convivir con el crujido de lo no dicho, hasta que una canción antigua y suave regrese para callarlo.

Así es el trabajo de los que habitamos la frontera entre los sueños y el asfalto: custodiar los silencios, sellar los espejos, y esperar el siguiente crujido, sabiendo que nunca deja de regresar.

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