Fragmento:
Por las avenidas, las sombras se retorcían entre charcos reflectantes. Allí, donde los viejos edificios parecían encorvarse bajo el peso de demasiadas historias y muy pocas esperanzas, apareció Valentin Praed, enfundado en un abrigo de cuero, gorra baja y guantes de motocicleta. Caminaba como quien huye de algo o de alguien, aunque ningún perseguidor se vislumbraba a su paso; sólo el rumor sofocado de su nombre, susurrado incluso por la lluvia.
Duración: 08:47
Las farolas chisporroteaban como si titilaran en otro siglo. No había luna sobre Eristalía aquella noche, sólo una tirantez eléctrica en el aire y el urgido rumor de la lluvia acumulándose en los aleros. El sonido de los truenos era frecuente en la ciudad —un subproducto de los experimentos de las fábricas de energía—, pero anoche, cuando el Séptimo Toque del Asilo desgranó su campanada, ni las ratas se atrevieron a cruzar Chapel Street.
Por las avenidas, las sombras se retorcían entre charcos reflectantes. Allí, donde los viejos edificios parecían encorvarse bajo el peso de demasiadas historias y muy pocas esperanzas, apareció Valentin Praed, enfundado en un abrigo de cuero, gorra baja y guantes de motocicleta. Caminaba como quien huye de algo o de alguien, aunque ningún perseguidor se vislumbraba a su paso; sólo el rumor sofocado de su nombre, susurrado incluso por la lluvia.
Las noticias de la ciudad no mencionaban ni una palabra de las coronas malditas. Eran, oficialmente, reliquias de museos, joyas en vitrinas cerradas con triple candado. Nadie escribía sobre las muertes extrañas en torno a ellas, sobre cómo volvían locos a quienes las tocaban, sobre los rayos que caían, inusuales, en el techo de quienes las portaban. Valentin lo sabía porque había nacido para custodiar una de tales coronas —aunque nadie supo explicarle jamás si su apellido, Praed, tenía algo que ver con “predador” o “predestinado”.
Atravesó los portales de hierro del distrito industrial y avanzó hacia la Vieja Fundidora. El edificio, caído en desuso y mugre, era territorio de otra clase de seres: los Hombres del Trueno. Nadie sabía cuándo los truenos dejaron de ser solo fenómenos meteorológicos en Eristalía y pasaron a engendrar criaturas. Los Hombres del Trueno, forjados del estrépito y la furia de la tormenta, eran enemigos y guardianes en igual medida; imposibles de doblegar, imposibles de ignorar.
Valentin golpeó la puerta con el nudillo enguantado, siguiendo un patrón marcado por la superstición —minuciosamente aprendido de labios temblorosos. La mirilla se deslizó, mostrando un ojo extrañamente azul, más chisporroteante que humano.
“El Martillo no suena en vano”, dijo Valentin, la frase ritual.
“El Martillo nunca cesa”, respondió el ojo, y la puerta se abrió.
Dentro, la penumbra estaba aromada de ozono, y las vigas exudaban gotas como sudor frío. Al fondo, circulando entre tambores de acero, los Hombres del Trueno arrastraban chispas a cada paso. Su piel poseía el color indefinido del hierro bajo relámpagos, veteada de cicatrices que parecían ríos de luz presta a descargar. Sus voces eran el retumbar de tormentas lejanísimas.
La sala principal albergaba la razón del arribo de Valentin: sobre una pila de cajas oxidadas, bajo un foco trémulo, reposaba la corona maldita. No era una pieza imponente; pequeña, de cobre ennegrecido, engarzada con piedras turquesa que ya no brillaban. La atmósfera en torno a ella parecía distorsionada, el aire temblaba y olía como después de una descarga eléctrica.
Se acercó despacio, reverenciando la quietud. El más antiguo de los Hombres del Trueno, conocido como Dagan, le salió al paso. “Vienes a robarla”, gruñó.
“No”, replicó Valentin, sin variar el tono ni la postura. “Vengo a devolverla. He visto lo que origina.”
Dagan lo observó largamente, como si midiera el peso de su alma en amperios y julios, antes de hablar. “¿Qué te ha hecho?”
“Lo que a todos”, musitó Valentin, y se quitó los guantes, mostrando las quemaduras en las palmas, marcas indelebles en forma de relámpago. “No podemos vivir con ella, pero tampoco podemos abandonarla.”
Hubo un zumbido sutil en la oscuridad; otros Hombres del Trueno se acercaron, formando un círculo. “La corona nos pertenece”, sostuvo una voz rugosa. “Nosotros la forjamos, nosotros la maldijimos.”
Valentin supo, al oír la palabra “maldición”, que jamás habría salida fácil. Desabrochó el abrigo, revelando el otro motivo de su presencia: el diario de su abuelo, el legendario Praed original, quien celebró la boda real que dio inicio a la maldición de las coronas. “Aquí está la historia”, anunció. “La verdad que nadie se atrevió a escribir. Las coronas eran cinco; cuatro se destruyeron, esta es la última. Y yo la entrego para que termine la tormenta.”
El silencio fue atravesado por un trueno lejano —o quizás sólo por el crujido involuntario de la madera podrida. Dagan extendió la mano. “Nadie puede destruir lo que está atado al trueno. Pero quien acepte el ciclo, quien reciba la corona, puede elegir: ser consumido o contener la tormenta.”
Valentin se estremeció. Recordó las noches en las que la ciudad aullaba entre relámpagos y podía sentir la corona, aunque distante, latir como un corazón podrido bajo tierra. Convertirse en un recipiente de tormentas, o dejar que otro lo fuera. ¿Elegir el martirio, la locura o la apatía del abandono? Alzándose, tomó la corona.
El tacto era ácido; la corona ardía contra su piel, y las runas grabadas parecieron encenderse con luz de aguacero. A su alrededor, los Hombres del Trueno comenzaron a entonar un cántico de estremecimientos subterráneos —una melodía que recordaba al rodar de los tambores en ruta de guerra. En lo más alto del techo filtrado, las vigas vibraron: de la nada, la tormenta se desató.
Cayó el primer relámpago, cruzando una ventana rota, y lo siguiente fue un estallido de luz y dolor. Valentin gritó, pero su alarido se quebró en miles de truenos menores, cada uno lanzado a las entrañas de la ciudad. Vio, durante un instante, la esencia de Eristalía: cada hombre y mujer dormidos, los niños en sus camas, todos envueltos en la misma electricidad, la misma pasión, la misma rabia. Sintió las otras coronas arder en la memoria del metal, la sangre derramada por la maldición, el ansia de un poder imposible de comprender.
La corona intentó apoderarse de él; arrastrarlo al borde de la locura. Pero Valentin, con la tenacidad de aquellos marcados por el trueno, resistió. “No más”, murmuró, el eco retumbando en los cimientos del edificio y retorciendo, quizá, el curso del propio relámpago.
El cántico de los Hombres del Trueno se volvió frenético. Dagan avanzó, cuerpo cubierto de chispas, y, en un movimiento brusco, aplicó su palma con fuerza contra la de Valentin. La descarga cruzó desde ambos, como si toda la energía acumulada durante años se transfiriera por instinto, buscando un camino de salida.
El edificio tembló.
Afuera, las farolas explotaron en secuencias apagadas. La ciudad entera se sumió en un apagón, excepción hecha de una única luz: la que brotaba del interior de la Fundidora.
En la penumbra fluorescente, Valentin sintió cómo la maldición se fundía dentro de sí, al tiempo que la corona, inexplicablemente, se reducía a una simple sortija oxidada, sin runas, sin piedras. El círculo de Hombres del Trueno retrocedió en silencio reverencial, y hasta la lluvia afuera parecía detenerse en el aire, petrificada por un nuevo equilibrio.
Dagan, recuperando el aliento, pronunció: “Has contenido la tormenta. Pero no la has destruido.”
Valentin, ahora con los ojos llenos de chispas líquidas —no lágrimas, no electricidad, algo entre ambas—, asintió despacio. “No se puede destruir una tormenta. Sólo puedes llevarla contigo… o entregarla al siguiente.”
Dio media vuelta y se perdió en la noche, la sortija oxidada en el bolsillo, el corazón resonando al compás de un trueno distante que ya nadie, salvo él, podía escuchar.
Detrás, en la Fundidora, los Hombres del Trueno reanudaron su labor. No hablaron de coronas ni de maldiciones, pero marcaron esa noche como el principio de una tregua: en cada generación, alguien llevaría la tormenta, alguien la preservaría de los demás y de sí mismo.
La ciudad, mientras tanto, respiraba honda, ignorando los detalles guardados bajo aleros y pieles marcadas. Un nuevo farol, restaurado semanas después, chisporroteó durante un segundo azulísimo, como si la tempestad interna de Valentin hubiera viajado, sin querer, al cobre del alumbrado público.
Nada cambió en apariencia. El mundo siguió su curso entre lluvia, desesperanzas y ocasionales sobresaltos eléctricos. Pero en los sueños de algunos, muy pocos, una voz de trueno aún narraba el relato de una corona entregada y una maldición aceptada, mientras la verdadera tormenta esperaba, paciente, bajo la piel de su nuevo guardián.
Nada se destruye. Nada se olvida. Porque, aun bajo la arquitectura gastada de la ciudad, el trueno sigue buscando un cuerpo que lo contenga.
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